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lunes, 10 de mayo del 2021

Aquí te cuento una historia del mundo – (A Carlos Hernández Cañénguez)

Poema de Rivera Larios dedicado a su amigo desaparecido en 1983, Carlos Hernández Cañénguez

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Contarle la historia del mundo
a un muerto, no es cosa fácil.
Un laberinto
sin hilo de Ariadna
es la historia,
demasiado es el mundo
para unas palabras
con tamaño de hormiga.

¿A qué ángel, diosa o vino
debo pedir que me provea
de sílabas dispuestas
a dar un gran salto?

Quizás no haga falta
entregar una moneda
para cruzar el ancho río
de las desapariciones.
Quien quiera que sea el barquero,
tal vez acepte una canción.

Contarle la historia del mundo
a un muerto, no es cosa fácil.
Que ese muerto seas vos,
lo pone todavía más difícil.

Pesa el relato en la lengua
como la tristeza de un mal sueño
del cual es imposible fugarse
y esto y eso es todo lo que hay:
Primero debo revelarte
que aun sos, en un país
con vocación de osario,
una osamenta perdida
en la isla de otra época.

Desapareciste en una ciudad
que a su vez ha desaparecido.
Te sustrajeron de la vida
y la vida siguió acumulando
apariciones y desapariciones.
Entre fémures, rótulas y cráneos,
vos que tuviste tanto puño,
apenas sos un nombre remoto
por el que nadie pregunta.

Mucho ha cambiado todo,
en cierto sentido,
después de tu muerte.

Salto por encima del dolor
y otras cautelas, para decirte
que las máquinas de escribir
ya no existen,
que las cabinas telefónicas
hoy están en los museos,
que las cartas manuscritas
son animales sin futuro.

En 1985, Roger y David
dejaron de interpretar juntos
aquella poesía que tanto amabas:
So, so you think you can tell…

Las maquinarias del futuro
por fin llegaron, ya están aquí,
sus redes proliferan hasta cubrir
todo el cráneo del planeta.
Con dígitos y circuitos
como sinapsis luminosa
contraen las distancias
y abren extrañas posibilidades,
pero tanto prodigio,
querido Carlos,
no impide que la noche
sea esa lluvia oscura
que no cesa de caer
sobre la calle desierta
del Hotel Bradbury.

Lamento comunicártelo, pero
el cielo por el cual apostabas
y en cuya clara venida creías
y por cuyo reino empujabas
solo era un muro y se vino abajo.

No, ni vos ni yo viajábamos
en un tren veloz cuyo destino
fuese el alba inevitablemente.

Se vino abajo el muro y con él
se desplomaron miles de palabras.
Hasta tus huesos sin tumba
cambiaron de lugar
al trazarse otra frontera
el 9 de noviembre de 1989.

Fijate lo que son las cosas,
en la década de tu muerte
también murió una época.
El futuro que no fue y el que fue
vos no los viste y ya son pasado.

A esa muerte tuya sin lápida,
a esa muerte tuya
que continúa siendo presente
entre mis viejas costillas,
le informo que los líderes
que vos tanto admirabas
entregaron sus armas
en una puerta inesperada.

La señora de Cerritos,
nuestra profesora de sociología,
nos habría dicho: “Muchachos,
escriban un pequeño ensayo
sobre la guerra revolucionaria
como vehículo de movilidad social”.

Así fue:
con la médula del pueblo
amasaron un poder
que entre sus manos
se convirtió en botín.

Así como los capitalistas
se adueñan de la plusvalía,
los comandantes se apropiaron
del esfuerzo de esa guerra
en la que vos desapareciste.

La Coca Cola está robusta.
Los osos polares corren peligro.
El cielo se ha vuelto más pequeño.

Si mis palabras te vuelven
un muerto desconcertado,
dejame decirte que yo
soy un vivo abrumado
y al margen del concierto.

Así es esta época,
a la que vos no has llegado.
En ella todo el mundo
se complace en conjugar
a todas horas, con placer,
el ilustre verbo demoler.

Entre dudas y derribos, atardece
en esta parcela ignota
del presente que me tocó
cuando fue repartido
el porvenir ajeno al sueño.

Pocas verdades, poco pelo
me quedan, a estas alturas
de mi viaje en el viaje.
Si me vieras, no me reconocerías.
Pero tras tanta frontera,
fractura y sobresalto,
ahí sigue moviéndose
dentro de mí tu mirada.

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