Zarko Pinkas |
Pintor, ceramista, investigador y estudioso del patrimonio ancestral salvadoreño, dedicó su vida a explorar las huellas de las antiguas culturas, rescatar documentos de nuestra historia artística y construir puentes entre el pasado y el presente.
Hay hombres que dedican su vida a crear obras y otros que, además, consagran su existencia a recuperar aquellas que el tiempo, el abandono y el olvido han dejado atrás. En esa búsqueda, el arte se convierte también en una forma de resistencia frente a la desaparición de la memoria. Albert Camus reflexionó sobre esa relación entre la creación y la condición humana. Una idea que encuentra resonancia en la trayectoria de Edgardo Quijano, artista salvadoreño que hizo de la investigación, la pintura y la exploración del pasado una manera de comprender su propia sociedad.
Quijano, conocido afectuosamente entre sus amigos y compañeros como «El Gato», falleció el 31 de octubre de 2026. Nació el 6 de febrero de 1954 y construyó una trayectoria de más de cinco décadas vinculada a las artes plásticas, la investigación histórica y la gestión cultural.
Su formación artística comenzó en el Centro Nacional de Artes (CENAR), donde obtuvo su título de profesor en artes en 1972. Posteriormente amplió sus estudios en letras, humanidades y bellas artes. La pintura y la cerámica fueron parte de su expresión creativa, pero su curiosidad intelectual lo condujo hacia otros territorios: la arqueología, la iconografía precolombina y las manifestaciones artísticas de las antiguas culturas que habitaron el actual territorio salvadoreño.

Uno de los grandes ejes de su vida fue el estudio de los petrograbados y las pinturas rupestres. Su fascinación por el universo de las piedras ancestrales estuvo vinculada a su relación temprana con el lago de Güija, un lugar que marcó profundamente su sensibilidad artística e investigadora. Allí encontró un territorio de símbolos, figuras y relatos que lo acompañarían durante décadas.
En 1992 publicó junto al escritor Ricardo Lindo el libro Las estrellas y las piedras, una investigación dedicada a los petrograbados de la isla de Igualtepeque, en el lago de Güija. La obra representó un acercamiento a esas manifestaciones gráficas ancestrales desde la investigación y la interpretación artística, contribuyendo a despertar el interés por un patrimonio que todavía guarda numerosos interrogantes sobre las culturas que lo produjeron.
Su trabajo no se limitó a la investigación arqueológica. Quijano fue también un profundo conocedor de la vida y obra de Salvador Salazar Arrué, Salarrué, una de las figuras fundamentales de la literatura salvadoreña. En 2012 protagonizó un importante aporte a la recuperación de su legado al localizar y entregar a la Editorial Universitaria de la Universidad de El Salvador el manuscrito del cuento inédito El collar mágico, permitiendo que aquel material pudiera incorporarse al patrimonio literario nacional.
La gestión cultural ocupó otro capítulo fundamental de su trayectoria. Entre 1973 y 1995 trabajó en la Galería Nacional de Arte del Parque Cuscatlán, institución que llegó a dirigir. Durante ese período contribuyó a la preservación de documentos e inventarios relacionados con la historia artística del país.
Posteriormente participó en diferentes iniciativas culturales, entre ellas la Iniciativa por el Arte Popular (INAR), la Fundación La Casa de Salarrué y el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI). Su colaboración con este último comprendió investigaciones, exposiciones históricas y trabajos de divulgación relacionados con el patrimonio arqueológico y cultural salvadoreño.
Su compromiso con la cultura también tuvo una dimensión ciudadana. Entre 2001 y 2005 formó parte de la Mesa Ciudadana de Cultura de Santa Tecla, desde donde participó en los esfuerzos por el rescate del Palacio Tecleño de la Cultura y las Artes, una iniciativa vinculada a la recuperación de espacios patrimoniales para la vida cultural de la ciudad.
Como pintor, desarrolló una obra inspirada en las cosmogonías indígenas centroamericanas, los relatos míticos y las expresiones simbólicas de las culturas ancestrales. Sus trabajos fueron exhibidos en El Salvador y en el extranjero, y forman parte de colecciones privadas y museos. También realizó labores de curaduría en exposiciones relacionadas con el arte, la ciencia y la arqueología.
En una entrevista realizada mientras trabajaba en un mural artístico, Quijano explicó su particular manera de entender la creación: «Siempre he pensado que el arte forma parte de la espiritualidad de una sociedad». Para él, investigar y crear también significaba recuperar caminos abandonados por la historia, la memoria y la sociedad.
Quizá allí se encuentre una de las claves para comprender su trayectoria. Edgardo Quijano no buscó únicamente representar el pasado, sino acercarse a él, interrogarlo y encontrar en sus vestigios elementos para comprender el presente. Su trabajo tendió puentes entre la expresión artística, la investigación histórica y la identidad cultural salvadoreña.
Su partida deja un vacío entre quienes compartieron sus búsquedas, sus investigaciones y su pasión por el arte. Sin embargo, quedan sus pinturas, sus escritos, sus investigaciones y aquellos documentos que contribuyó a rescatar. También permanece una tarea que trasciende su propia vida: continuar explorando, estudiando y protegiendo las huellas de nuestra memoria ancestral.
Edgardo Quijano fue, en palabras del recuerdo que hoy acompaña su despedida, un cazador de utopías y un poeta de la vida. Un hombre que encontró en las piedras antiguas no solamente vestigios del pasado, sino historias que todavía esperan ser escuchadas.


