Por Alonso Rosales
La reducción de las lluvias y la persistencia de períodos secos mantienen bajo presión al sector agrícola salvadoreño y generan preocupación por el desarrollo de la cosecha postrera, particularmente de maíz y frijol, dos de los principales granos básicos de la dieta nacional.
El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) ha advertido que los períodos secos asociados a la canícula pueden convertirse en un problema para la agricultura cuando se prolongan y disminuye la disponibilidad de humedad en el suelo. La institución señala que las zonas oriental y costera del país son especialmente vulnerables al déficit de precipitaciones.
Datos recientes citados a partir del monitoreo climático indican que el primer período seco de la temporada lluviosa de 2026 comenzó a manifestarse desde finales de junio. En sectores de la zona oriental, paracentral y Chalatenango se llegaron a registrar entre cinco y seis días consecutivos sin lluvias, mientras 42 estaciones de monitoreo presentaban condiciones de sequía meteorológica débil.
El riesgo adquiere mayor importancia porque la postrera depende, en buena medida, de que exista suficiente humedad durante las etapas críticas del desarrollo de los cultivos. El frijol es particularmente sensible al déficit de agua durante la floración y formación de vainas, mientras que el maíz también puede sufrir reducciones en su rendimiento si enfrenta períodos prolongados de estrés hídrico.
El propio atlas de riesgos del MARN clasifica la sequía meteorológica en función de los días secos consecutivos: entre cinco y diez días corresponde a una condición débil; de 11 a 15 días, moderada; y 16 días o más, fuerte. El organismo también identifica áreas de cultivos de granos básicos expuestas a este fenómeno.
El MAG busca reducir el impacto
El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), por su parte, ha impulsado medidas para reducir la dependencia exclusiva de las lluvias. Entre ellas se encuentran sistemas de riego móvil, perforación de pozos, instalación de punteras y construcción de reservorios de agua.
El viceministro de Agricultura, Óscar Domínguez, informó en julio que el país avanzaba hacia la siembra de postrera y que más del 60 % de las manzanas destinadas a esta etapa contaban con respaldo de riego auxiliar. También señaló que el Gobierno busca aumentar progresivamente las áreas que puedan producir sin depender completamente del comportamiento de la temporada lluviosa.
Las cifras oficiales del MAG muestran además la importancia que tiene la producción de granos básicos. Para el primer ciclo agrícola se reportaron alrededor de 132,000 manzanas de maíz y 32,000 manzanas de frijol, con proyecciones que posteriormente fueron elevadas a más de 12 millones de quintales de maíz y 1.2 millones de quintales de frijol.
Sin embargo, estas proyecciones corresponden principalmente al primer ciclo y no significan que la cosecha postrera esté asegurada. Su resultado dependerá de las condiciones climáticas de las próximas semanas, de la disponibilidad de agua y de la capacidad de los productores para utilizar sistemas de riego.
Oriente, la zona de mayor vulnerabilidad
La preocupación es particularmente relevante para los productores de la zona oriental. Documentos técnicos del MARN identifican esta región como una de las más afectadas históricamente por los períodos secos y advierten que una canícula prolongada puede provocar pérdidas en los cultivos de granos básicos.
El problema no se limita al agricultor. Una reducción importante de la producción de maíz y frijol podría generar presión sobre los precios de los alimentos, incrementar la necesidad de importaciones y afectar a las familias que dependen de estos productos para su alimentación diaria.
Por ahora, no existe una confirmación oficial de una pérdida generalizada de la cosecha postrera. El escenario es, más bien, de vigilancia y riesgo. La evolución de las lluvias será determinante: si los períodos secos se prolongan, la humedad del suelo disminuye y las temperaturas permanecen elevadas, el estrés hídrico podría traducirse en menores rendimientos.
La agricultura salvadoreña vuelve así a enfrentar uno de sus mayores desafíos: producir alimentos en un clima cada vez más irregular. La expansión del riego, el uso de semillas tolerantes a la sequía y el monitoreo permanente del comportamiento de las lluvias serán fundamentales para evitar que la canícula termine convirtiéndose en una crisis para la cosecha postrera.


