spot_img
viernes, 3 julio 2026

El amor en la caja del gato de Schrödinger

¡Sigue nuestras redes sociales!

Medusa en los espejos |

Era una fría mañana de diciembre del año pasado, donde la brisa te va acomodando el cabello. Caminaba por el centro de Santa Tecla con la intención de distraerme. Andaba de cacería, en la búsqueda de objetos antiguos o raros en las tiendas de segunda, como solía hacer desde hacía mucho tiempo.

Sabía qué buscar. Una taza Limoges con pincelazos de oro de 24 quilates, platos de escenas victorianas, jarras alemanas… algo del pasado que pudiera traerme recuerdos o motivar una sonrisa; un tesorito material para adornar o para vender a futuro.

Una fina escaneada de anaqueles y, de pronto, encontré algo curioso. Estaba sobre un anaquel de descuento, como esas cosas que nadie quiere o entiende. Una taza negra con una extraña ecuación lúdica. Se trataba de una taza ilustrando el viejo ejercicio de Erwin Schrödinger de 1935. Había oído hablar del tema en la serie The Big Bang Theory o en redes, no recuerdo bien. Vaya, con lo que me gustan los acertijos científicos que son difíciles de comprender para alguien a quien le gustan las letras, la rima, la poesía y la canción. Afán de no sentirme inútil en la ciencia. Me dije: “Ya me dieron qué hacer”.

Compra rápida, me di por satisfecha…

La taza negra literalmente decía: “gato vivo + gato muerto”. Y como sufro de ailurofilia, una cosa tan sencilla me aportaba a la reflexión de la mañana.Yo tengo cuatro gatos rescatados en casa, variopintos y todos unos diablos.

Por la bendita taza, leí sobre el ejercicio del tal Schrödinger e intentando comprender, busqué una analogía. Será, me dije, para recordar cuánto afecto representan mis felpudos en la cotidianidad. Saberlos independientes, astutos, algo autistas e interesados. Pero finalmente, en el entendimiento de que son compañía que enseña el amor en libertad.

Regresé a casa para leer un poco intrigada sobre el tema: el gato de Schrödinger… Sí, yo, a quien la lógica matemática le fue materia negada. El placer mío eran las palabras, así que era un gran desafío entender algo de la mecánica cuántica.

En 1935, Erwin Schrödinger propuso un ejercicio mental para ejemplificar cómo los principios de la mecánica cuántica —que hablan del comportamiento de las partículas más pequeñas del universo, a nivel microscópico— no aplican en nuestro mundo tangible y visible, sobre todo en cuanto a si algo está vivo o muerto.

En ese sentido, la propuesta sugería imaginar una caja con un gato, una partícula radiactiva y un interruptor con una cápsula de gas. Si la partícula radiactiva se desintegraba, entonces el interruptor soltaría el veneno, matando al gato.

Sin embargo, el observador del experimento debía reconocer que, si no abría la caja, el gato podría estar vivo y muerto al mismo tiempo. Solo una vez que abriera la caja ocurriría un colapso de estado; es decir, el escenario se definiría: estaría vivo o muerto.

Leyendo e intentando captar la enseñanza del experimento mental, estaba sentada en la cocina saboreando un café. Y entonces, mientras pensaba en lo que cocinaría de almuerzo, se me ocurrió compararlo con el amor. Igual que esa madrugada me habían asaltado las dudas existenciales sobre mi matrimonio de larga data. Qué loca, me dije… una taza me ha llevado al borde de mi ansiedad para cuestionar cómo estoy con mis vínculos. Seguro ya se me sobaron las tuercas, ya pateé cable, me dije, un poco resignada, pero esbozando una media sonrisa.

Había recordado el saludo desganado de la mañana, el beso frío de despedida, quince minutos en el día con pláticas sobre logística familiar, malentendidos y buenos momentos, discusiones insulsas y miradas fijas buscando chispa, caricias de mar en calma y otras atropelladas.Sí, me había puesto a pensar en qué punto estaba con aquel ser que me ha acompañado en un abanico de lecciones y seguía ahí. La pregunta era saber si aquel ser con el que dormía aún era el complemento. Y a mis cincuenta y tantos años había resuelto que ya no me sentía dependiente, que había comprendido que el amor era dejar ser, que ni él ni yo éramos propiedad de nadie y que, si algo se había roto, no pasaba nada, que todo se recomponía en ese universo íntimo de los dos.

Y sí, el amor dejó de ser ese juego romántico para ser un justo abrazo con la incertidumbre. Se sentía como un alivio no pretender que todo fuera perfecto, como no tener que sonreír en cada foto para que la gente pensara en mi familia como un núcleo sublime. Muy al contrario, esa dualidad, en la frágil balanza del tiempo y el afecto, donde casi siempre hallaría cómo juntar las piezas de nuevo o no, quizá había llegado por fin a un terreno más fértil: el de la libertad.

Finalmente, yo solo me dejaba fluir en gestos duales. Decidir su significado en el día a día me daba la vida o la muerte y pensé: la taza, qué interesante la taza negra del gato de Schrödinger… una metáfora en un pedazo de cerámica.

Me dije: de aquí en adelante voy a intentar observar, así como sugería Schrödinger. Ver la caja, ver este corazón, a ver si palpita, a ver si se salta un latido, a ver si tiene taquicardia o no, o de repente a ver si se infartó y darle respiración o adrenalina.Darle RCP si era necesario, pero no afanarse después de quince minutos que fueran años, pero que terminarían si la voluntad de uno así lo exigía.

Y recordé que el fin de semana anterior habíamos ido a la playa. Habíamos pasado cada quien por su lado. Él esperando las olas reventar; yo, bebiendo una copa de vino sola sobre la arena, juntando conchas de mar y disparando fotos a las cosas más simples. Desconectados quizá, pero habría sentido un eco, la nostalgia, quizá un chispazo cuando me tomó de la mano para enfrentar el atardecer… Quizás el gato estaba vivo, suspiré con alguna duda.

Al final, igual que el gato de Schrödinger, el amor puede estar vivo y muerto a la vez, en un estado superpuesto. Todo depende de qué miremos, de qué enfoquemos. Los amantes hacen sus retruécanos de amor y desamor en un ciclo indefinido, un bucle, un tejido, un vaivén de felicidad e infelicidad. Así somos; toleramos esos estados del ser y no ser hasta que una emoción, una decisión, una confesión, una conversación profunda o una simple mirada no sostenida nos “colapsa el estado”, y entonces definimos si el gato, si el amor, está vivo o muerto; si es presente o fantasma, si muere o sobrevive, si funciona o se atasca.

Él y yo tenemos otro día, que es hoy, para ver la caja, para escrutarnos los ojos, para observar si en nuestro universo de palabras aún nos entendemos, aún somos esos cómplices con un mismo lenguaje y reímos de un chiste. A ver si el silencio sigue siendo cómodo, tanto como las condiciones para continuar jugando con la caja y el gato, con la partícula radiactiva de la mentira, el veneno de la verdad o viceversa. Y si continuamos eligiéndonos, reconociéndonos y refrendando razones para confirmar si el gato es libre y escapó de la caja o si se envenenó por la toxicidad del entorno.

Me terminé el café. Las hormigas reclaman las migajas de lo que me comí y de lo que se hilvanó en la mente. Ahí están mis cuatro gatos esperando sus croquetas.

Esta tarde me ha dado frío y he visto la caja. Me acaricié el anillo en la mano, escuché las canciones viejas que aún tenían sentido. Quizá la caja contenía un gato vivo de milagro. Un superviviente del encierro, del frío y del hambre.

Igualmente, si la caja estuviera vacía, ya sabemos que los gatos son vagos y les gusta joderse una odisea en los tejados, fajarse con todo el barrio. No necesariamente es que se envenenó.

De repente encontró otra casa, como esos gatos prevenidos con dos esclavos.

Aquí nada fue verdad, nada fue mentira.


También te puede interesar

Redacción ContraPunto
Redacción ContraPunto
Nota de la Redacción de Diario Digital ContraPunto

Últimas noticias