Zarko Pinkas-Ramírez |
Una reacción furiosa en redes sociales tras una columna sobre Morrissey abre una pregunta más amplia: ¿por qué tantas personas pasan su tiempo atacando aquello que dicen despreciar?
La reacción fue desproporcionada. Tras publicar una columna sobre la cancelación de un concierto del cantante británico Morrissey —en la que se defendía algo bastante elemental, que un artista puede suspender una presentación si no está en condiciones de cantar— la respuesta en algunos grupos en Facebook fue una avalancha de insultos. No se trató de una discusión musical ni de un intercambio de argumentos. Fue otra cosa: ataques personales, descalificaciones y, en al menos un caso, incluso una amenaza de muerte.
Para quien escribe en medios desde hace años, este tipo de reacciones no es completamente nuevo. El periodismo de opinión siempre ha generado respuestas intensas. Sin embargo, lo que llama la atención es la naturaleza particular de ese enojo: muchas de las personas que reaccionaron con más violencia participaban precisamente en grupos dedicados al propio Morrissey o a su antigua banda, The Smiths. Es decir, espacios supuestamente creados por admiradores del artista.
Ahí aparece una paradoja interesante: personas que dicen detestar a un músico, pero que pasan horas siguiendo cada noticia sobre él para reaccionar con furia.
Ese fenómeno no es nuevo. En los estudios de cultura popular existe incluso un término para describirlo: el “anti-fan”. No es simplemente alguien que no disfruta de un artista. Es alguien que mantiene una relación obsesiva con aquello que rechaza. El objeto de su desprecio se convierte, paradójicamente, en el centro de su atención.
La investigadora estadounidense Whitney Phillips, profesora de la University of Oregon y especialista en cultura digital, ha estudiado cómo internet facilita este tipo de comportamientos. En su libro This Is Why We Can’t Have Nice Things, Phillips describe cómo las plataformas digitales amplifican la agresividad porque el conflicto genera visibilidad. Cuanto más incendiario es un comentario, más reacciones produce, y más se multiplica dentro del ecosistema de las redes.
Algo similar ha señalado el psicólogo social John Suler, de la Rider University, quien acuñó el concepto de “efecto de desinhibición online”. Según Suler, la distancia que crea internet —el anonimato, la ausencia de contacto cara a cara— reduce los frenos sociales que normalmente limitan la agresividad. Personas que en la vida cotidiana jamás amenazarían a alguien pueden hacerlo con facilidad desde una pantalla.

Ese mecanismo ayuda a explicar por qué discusiones aparentemente triviales —como la cancelación de un concierto— pueden convertirse en tormentas de odio.
Pero en el caso de Morrissey hay además otro elemento: la naturaleza del propio artista.
Desde los años ochenta, Morrissey ha sido una figura profundamente polarizante. Primero como vocalista de The Smiths y luego como solista, construyó una personalidad pública marcada por la sensibilidad extrema, el sarcasmo mordaz y una inclinación constante a la polémica. Ha criticado la monarquía británica, ha hecho declaraciones incendiarias sobre la industria musical y, en ocasiones, ha expresado opiniones políticas que han generado rechazo incluso entre antiguos admiradores.
Al mismo tiempo, su influencia cultural es innegable. Las canciones de The Smiths redefinieron el indie británico de los años ochenta, y su carrera solista ha mantenido una base de seguidores leales durante décadas. Esa mezcla de admiración y controversia ha creado una figura que muchos aman intensamente… y otros parecen disfrutar odiando con la misma intensidad.
La cuestión de las cancelaciones de conciertos también forma parte de esa historia. Morrissey ha suspendido presentaciones por diversos motivos a lo largo de su carrera: problemas de salud, conflictos logísticos, tensiones con promotores. Para algunos críticos, eso es motivo de frustración. Pero para cualquier seguidor veterano del cantante, la imprevisibilidad forma parte del paquete.
Pero la pregunta que suele aparecer inmediatamente es otra: ¿por qué Morrissey cancela más que otros artistas?
La respuesta más simple —y probablemente la más honesta— es que Morrissey es una persona particularmente compleja. Nunca ha ocultado esa condición. Durante décadas ha construido una figura pública marcada por la sensibilidad extrema, la irritabilidad ocasional y una relación ambivalente con el mundo que lo rodea. Él mismo ha declarado en diversas entrevistas que no le gusta especialmente la gente, una confesión que puede parecer paradójica para alguien cuya carrera depende precisamente del público.
Sin embargo, esa contradicción no es rara en el mundo artístico. Muchos músicos y actores viven de la atención de los fans y al mismo tiempo sienten una profunda incomodidad ante la exposición permanente. El escenario es un espacio controlado; la vida pública, en cambio, puede convertirse en una presión constante.
En el caso de Morrissey, esa tensión ha sido visible durante toda su carrera. Sus conciertos siguen llenándose en muchas ciudades —la fidelidad de su público es notable incluso después de más de cuatro décadas de trayectoria— pero al mismo tiempo el cantante nunca ha dejado de mostrar incomodidad frente a la maquinaria que rodea a la industria musical: la prensa, las giras interminables, las expectativas del público.
Las cancelaciones, por lo tanto, no pueden entenderse únicamente como caprichos de un artista temperamental. En algunos casos han estado relacionadas con cuestiones muy concretas. En 2025, por ejemplo, Morrissey canceló conciertos en Estados Unidos tras recibir una amenaza de muerte considerada creíble, lo que llevó a suspender actuaciones en Connecticut y Boston por razones de seguridad.
Más recientemente, una presentación en Valencia fue suspendida después de que el cantante declarara haber pasado la noche en un estado de privación extrema de sueño debido al ruido constante del festival Las Fallas, algo que según su equipo lo dejó incapaz de actuar.
Estos episodios muestran que las cancelaciones pueden responder a motivos muy distintos: salud, seguridad, agotamiento o simplemente condiciones que un artista considera imposibles para actuar.
Pero incluso aceptando esos factores, sigue existiendo algo que distingue a Morrissey de otros músicos: su personalidad pública siempre ha sido más frágil, más irritable y más introspectiva que la de la mayoría de las estrellas del pop. En otras palabras, es un artista que nunca ha fingido ser fácil.

Esa complejidad también explica parte de la relación conflictiva que mantiene con ciertos sectores de la prensa. Medios británicos como The Guardian han mantenido durante años una postura editorial muy crítica hacia el cantante, especialmente a raíz de algunas de sus declaraciones políticas. Morrissey, por su parte, ha respondido con la misma dureza, afirmando en varias ocasiones que sabe perfectamente que tiene enemigos dentro de la industria cultural.
En ese contexto, cada cancelación termina amplificándose como un episodio más dentro de una narrativa de conflicto permanente.
Pero aquí aparece otra pregunta interesante: ¿por qué alguien que ha alcanzado la fama, el reconocimiento y una estabilidad económica considerable sigue sometiéndose a la presión de las giras?
La respuesta puede ser tan simple como compleja. Los artistas viven de sus seguidores, y la relación con el público es parte esencial de su identidad. Incluso quienes se muestran incómodos con la exposición suelen sentir una obligación —o al menos una conexión emocional— con las personas que han sostenido su carrera.
Pero también existe la posibilidad de que esa relación sea profundamente contradictoria. Un artista puede necesitar al público y al mismo tiempo sentirse agotado por él.
Tal vez por eso algunos observadores se preguntan si llegará el momento en que Morrissey decida abandonar definitivamente los escenarios. No sería una decisión absurda. Después de todo, su legado musical ya está asegurado. Las canciones que grabó con The Smiths y su extensa discografía solista seguirán existiendo independientemente de si vuelve a cantar en vivo o no.
Y sin embargo, cada vez que anuncia un nuevo concierto, miles de personas siguen comprando entradas.
Lo que demuestra que, pese a todas las controversias, cancelaciones y polémicas, Morrissey sigue ocupando un lugar extraño y singular dentro de la cultura popular: el de un artista tan admirado como exasperante, tan venerado como discutido.
Y quizás precisamente por eso continúa provocando reacciones tan intensas.
Comprar una entrada para ver a Morrissey implica aceptar cierta incertidumbre. No es un secreto. Es parte de la personalidad artística de alguien que siempre ha sido, en muchos sentidos, un divo del pop alternativo.
Por eso resulta extraño observar a personas que, conociendo esa realidad, siguen dedicando energía a indignarse cada vez que ocurre.
La psicóloga Claire Wardle, especialista en desinformación y comportamiento digital en la Brown University, ha señalado que las redes sociales fomentan lo que ella llama “la economía de la indignación”. En ese sistema, el enojo funciona como combustible emocional. Compartir una crítica furiosa o un insulto produce una sensación momentánea de pertenencia a un grupo: la comunidad de quienes están indignados.
En ese contexto, el objeto de la indignación —un político, un actor o un cantante— se convierte simplemente en un pretexto.
Lo verdaderamente importante es la reacción colectiva.
Desde esa perspectiva, el episodio vivido en redes sociales no dice tanto sobre Morrissey como sobre la forma en que muchas personas utilizan internet. Para algunos usuarios, las plataformas digitales funcionan como espacios de desahogo emocional, lugares donde descargar frustraciones personales contra figuras públicas o contra cualquiera que se atreva a defender una opinión distinta.

Cuando esa dinámica escala hasta el punto de incluir amenazas, la situación deja de ser simplemente desagradable y se vuelve preocupante. Amenazar de muerte a alguien por un artículo de música no es un gesto de pasión artística; es una señal de que algo en la relación con el mundo digital ha perdido proporción.
Y sin embargo, este tipo de episodios se repite una y otra vez en la cultura contemporánea.
Quizá la pregunta más interesante no sea si Morrissey es un artista difícil —algo que él mismo nunca ha negado— sino por qué tantas personas parecen necesitar enemigos culturales permanentes. Figuras a las que seguir, vigilar y atacar con regularidad.
Porque existe una opción mucho más simple: ignorar aquello que no nos gusta.
Quien detesta a Morrissey no está obligado a escuchar sus discos, a comprar entradas para sus conciertos ni a participar en comunidades dedicadas a su música. Internet ofrece una abundancia infinita de contenidos. Basta con cerrar una ventana y abrir otra.
Pero para algunos usuarios, esa opción resulta sorprendentemente difícil. Tal vez porque el odio, cuando se convierte en hábito, termina generando su propia forma de adicción.
Y en ese escenario, el artista que se supone detestan deja de ser el verdadero protagonista de la historia. El protagonista pasa a ser la necesidad constante de confrontación, esa pulsión contemporánea que convierte cualquier tema —incluso la cancelación de un concierto— en un campo de batalla digital.



