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jueves, 2 julio 2026

Morrissey no durmió y el odio despertó: el caso de la cancelación de un concierto en Valencia

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Zarko Pinkas-Ramírez |

La cancelación de un concierto en Valencia por falta de descanso desató una ola de burlas e insultos en redes sociales. Entre el ruido de las fiestas, los titulares provocativos y la cultura del desprecio digital, una situación perfectamente comprensible terminó convertida en combustible para el “hate” contra Morrissey.


La cancelación de un concierto siempre provoca frustración. Los fanáticos viajan, compran entradas, organizan su agenda. Cuando un espectáculo se suspende, es comprensible que exista decepción. Sin embargo, lo ocurrido recientemente con el exlíder de The Smiths muestra cómo, en la era de las redes sociales, una cancelación puede convertirse rápidamente en una ola de insultos, burlas y acusaciones que poco tienen que ver con la realidad.

Según diversos reportes, el problema se originó en el ruido provocado por las celebraciones de Las Fallas, una de las festividades más ruidosas de España. Durante varios días, las calles de Valencia se llenan de petardos, explosiones y fuegos artificiales que comienzan temprano y continúan hasta altas horas de la noche. Para quienes conocen la tradición, no es un detalle menor: en muchas zonas de la ciudad es literalmente imposible dormir con normalidad.

Aquí aparece un punto que los comentarios rápidos en redes sociales parecen ignorar: la privación de sueño no es un asunto trivial. No dormir no es simplemente “estar cansado”. La falta de sueño afecta la concentración, la memoria, la coordinación motora y el equilibrio emocional. En profesiones que requieren precisión física o vocal —como cantar frente a miles de personas— el descanso no es un lujo, es una condición mínima de funcionamiento.

De hecho, la privación de sueño ha sido utilizada históricamente como método de presión psicológica. Durante la invasión estadounidense a Panamá, una de las tácticas utilizadas contra Manuel Noriega fue bombardear con música a alto volumen el lugar donde se refugiaba para impedirle dormir. En distintos contextos penitenciarios, la privación del sueño también ha sido documentada como forma de presión o interrogatorio. No dormir altera profundamente el estado mental de cualquier persona.

Si esto es cierto para alguien joven, también lo es para alguien de más de sesenta años. Morrissey tiene actualmente 65 años. A esa edad, cualquier profesional —sea cantante, profesor, médico o periodista— debe cuidar con mayor atención su salud y sus ritmos de descanso. Subirse a un escenario a cantar durante dos horas requiere energía, control respiratorio y estabilidad física. Hacerlo después de una noche sin dormir no es solo incómodo: puede ser irresponsable.

Los médicos coinciden en que un adulto necesita entre siete y ocho horas de descanso para mantener sus funciones cognitivas y físicas en equilibrio. Cualquier persona que haya dormido apenas cuatro horas sabe lo que significa enfrentar el día siguiente: fatiga, irritación, pérdida de concentración. Pretender que alguien actúe frente a miles de personas bajo esas condiciones no parece una expectativa razonable.

Además, existe otro elemento que suele omitirse: no todos los músicos llevan el mismo estilo de vida. Algunos artistas han tenido carreras marcadas por excesos. Basta recordar al legendario Ozzy Osbourne, quien durante años cantó en condiciones extremas y luego reconoció públicamente el costo que ese estilo de vida tuvo en su salud. Morrissey, en cambio, siempre ha sido conocido por una disciplina personal bastante más estricta. Puede gustar o no su carácter, pero es evidente que se trata de un artista que cuida su estado físico y su voz.

Cuando cancela un concierto, el dinero de las entradas se devuelve. No hay fraude ni engaño. Hay simplemente una decisión profesional: no presentarse si no se encuentra en condiciones adecuadas.

El papel de los medios y la fabricación del odio

Lo más llamativo del episodio no es la cancelación en sí, sino el tono que adoptaron algunas publicaciones en redes sociales. Un ejemplo concreto es la nota difundida por el medio argentino Indie Hoy, que acompañó la noticia con una pregunta final aparentemente inocente: “¿Cuál pensás que será la próxima excusa?”

Esa frase no informa. Sugiere. Provoca. Incita.

En el ecosistema digital actual, ese tipo de cierre funciona como combustible para los comentarios agresivos. No sorprende entonces que debajo de la publicación aparecieran insultos directos contra el artista. Algunos comentarios lo llamaban “payaso”, otro iban mucho más lejos.

Lo más curioso es que, cuando alguien intenta introducir un matiz —por ejemplo, recordar que la falta de sueño puede ser un problema real— esos comentarios desaparecen o son eliminados, mientras los insultos permanecen visibles.

Como periodista, esto plantea un problema ético evidente. Los medios no solo informan: también modelan la conversación pública. Cuando una publicación se formula de manera provocativa y luego se deja crecer una cadena de insultos, el medio deja de ser un espacio informativo y se convierte en un amplificador de hostilidad.

Y lo preocupante es que este fenómeno se ha vuelto habitual. Algunos portales digitales han descubierto que la indignación genera clics, comentarios y visibilidad en algoritmos. El resultado es una lógica editorial donde la polémica se fabrica deliberadamente.

La caricatura permanente

En el caso de Morrissey, esta dinámica no es nueva. Desde hace años el cantante ha sido objeto de controversias por declaraciones políticas y culturales. En la cultura digital actual, basta una serie de opiniones polémicas para que una figura quede permanentemente etiquetada.

A partir de ese momento, cualquier acción se interpreta bajo esa lente. Incluso la cultura popular ha contribuido a esa caricatura: un episodio de The Simpsons presentó una versión exagerada del músico como un personaje grotesco y xenófobo. La sátira siempre ha sido parte del entretenimiento, pero también demuestra cómo una figura compleja puede terminar reducida a un estereotipo.

Lo curioso es que Morrissey siempre fue polémico. En los años ochenta criticaba a la monarquía británica, al sistema político y a distintos aspectos de la sociedad inglesa. En aquel momento esas provocaciones eran vistas como parte del espíritu rebelde del rock alternativo.

Hoy, cuando algunas de sus opiniones se ubican en otro lugar del espectro ideológico, el tratamiento mediático es muy distinto.

Una pregunta más simple

Tal vez el episodio de Valencia no sea tan complejo como parece. Un artista de más de sesenta años, en medio de una ciudad donde explotan petardos toda la noche, no pudo descansar lo suficiente para ofrecer un concierto en condiciones adecuadas.

Tal vez el episodio de Valencia no sea tan complejo como parece. Un artista de más de sesenta años, en medio de una ciudad donde explotan petardos toda la noche |

Eso puede ocurrirle a cualquiera.

Quien haya pasado una noche sin dormir lo entiende de inmediato. La falta de sueño convierte el día siguiente en una batalla contra el cansancio y la irritación. Pretender que alguien suba a un escenario bajo esas condiciones parece más una exigencia del espectáculo que una expectativa razonable.

Vivimos en una época que habla constantemente de salud mental, autocuidado y bienestar. Sin embargo, cuando una persona decide priorizar su descanso o su salud, la reacción pública puede ser exactamente la contraria: sospecha, burla o insulto.

Quizás el verdadero problema no sea Morrissey.

Quizás el verdadero problema sea el ruido —no el de los petardos de Valencia, sino el ruido mucho más persistente del odio digital.

Y cuando ese ruido comienza desde los propios medios, la pregunta deja de ser médica o artística y se vuelve ética.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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