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lunes, 6 julio 2026

La mentira más grande de Trump para invadir Irán

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Por Alonso Rosales

En su más reciente discurso a la nación, Donald Trump volvió a recurrir a una estrategia conocida: el miedo como herramienta política. Esta vez, el argumento central gira en torno a una supuesta amenaza inminente de Irán contra territorio estadounidense, asegurando que el país persa estaría “pronto” a contar con misiles capaces de alcanzar a Estados Unidos. Una afirmación de tal magnitud no solo exige pruebas contundentes, sino también responsabilidad. Y lo que hemos visto hasta ahora es más retórica que evidencia.

Resulta evidente que el presidente no encuentra una justificación sólida para alinearse incondicionalmente con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en una escalada militar contra Irán. Incluso en medios norteamericanos y círculos de análisis estratégico se ha sostenido que, de producirse un ataque contra instalaciones iraníes, quienes deberían asumir el protagonismo inicial serían los israelíes y no Estados Unidos. Sin embargo, Trump insiste en empujar a su país hacia una confrontación directa que tendría consecuencias imprevisibles a nivel global.

La afirmación de que Irán tiene —o está a punto de tener— capacidad misilística para atacar directamente suelo estadounidense es, cuanto menos, cuestionable. Irán posee misiles de alcance regional que pueden impactar objetivos en Israel y en países vecinos del Medio Oriente como Arabia Saudita, Qatar, Omán o Jordania. Eso es una realidad geopolítica conocida. Pero sostener que esa capacidad se extiende hasta el territorio continental de Estados Unidos es una declaración que carece de sustento público verificable. Ni siquiera existe evidencia concluyente de que Irán tenga capacidad balística efectiva para alcanzar objetivos en Europa occidental, mucho menos en América del Norte.

Esto no significa minimizar los riesgos reales que representa el régimen iraní. Irán ha demostrado capacidad para operar de manera indirecta, apoyándose en actores no estatales como Hezbollah o los hutíes en Yemen. El financiamiento o respaldo a grupos capaces de ejecutar atentados en Europa o contra intereses estadounidenses en distintas regiones del mundo es un escenario plausible dentro de los riesgos geopolíticos. Pero eso es muy distinto a afirmar que existe una amenaza directa e inminente de misiles intercontinentales apuntando a ciudades estadounidenses.

Un conflicto abierto con Irán no sería quirúrgico ni limitado. Podría desencadenar una ola de desestabilización regional, atentados asimétricos y una expansión del conflicto hacia escenarios inesperados. En momentos de tensión extrema, incluso grupos como ISIS podrían intentar capitalizar el caos para reposicionarse estratégicamente, generando un incremento de atentados en Europa y contra intereses occidentales. Pensar que una guerra se desarrolla en línea recta, bajo control absoluto, es ignorar las lecciones más dolorosas de las últimas décadas.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué insistir en esta narrativa alarmista? En el contexto político interno, Trump enfrenta cuestionamientos y escándalos que han debilitado su imagen. Apelar a una amenaza externa ha sido históricamente un recurso utilizado por líderes que buscan cohesionar a su base electoral y desviar la atención de crisis domésticas. La historia demuestra que nada une más a una nación que la percepción de un enemigo común, real o exagerado.

Inventar o sobredimensionar amenazas para justificar una guerra es una de las decisiones más graves que puede tomar un presidente. No se trata solo de estrategia electoral, sino de vidas humanas, estabilidad internacional y credibilidad institucional. Matar por matar, intervenir por intervenir, no puede convertirse en política de Estado.

La responsabilidad de un mandatario no es alimentar el miedo, sino administrar la realidad con sensatez. Si existen informes de inteligencia que respalden afirmaciones tan delicadas, deben presentarse con claridad. De lo contrario, lo que queda es la sospecha de que se está construyendo una narrativa conveniente.

La historia juzga con dureza a quienes llevan a sus pueblos a guerras innecesarias. Y en este momento, más que discursos grandilocuentes, lo que se necesita es prudencia, diplomacia y verdad.

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