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viernes, 14 de mayo del 2021

Prácticas sexuales prehispánicas que horrorizaron a los conquistadores

Durante la antigí¼edad, el sexo tomó un carácter mágico y profundo, un ví­nculo indivisible entre la humanidad y cosmos. Sin embargo, el dogmatismo cristiano reprimió esta visión a su llegada al Nuevo Mundo.

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De la misma forma que el amor, la muerte o la felicidad, el sexo es necesario para comprender el mundo que se levanta alrededor de los seres humanos y la propia naturaleza humana. Ninguna civilización podrí­a dejar de lado un tema de tanto interés sin ahondar en él, su práctica y el profundo significado que tiene un acto históricamente ligado al misticismo y a los ritos.

Durante la antigí¼edad, la práctica sexual tomó un carácter mágico y profundo, un ví­nculo indivisible entre la humanidad y el orden del cosmos con implicaciones en la fertilidad de la tierra, las cosechas, el pasado, el futuro y todo el espectro de la vida humana. No es para menos. El mecanismo evolutivo que utilizan millones de seres vivos para transmitir su legado a través del tiempo en la Tierra es un hecho que asombra a cientí­ficos y aún hoy conserva secretos inescrutables.

Una actividad tan maravillosa, útil y placentera no tendrí­a por qué avergonzar a ningún pueblo. Sin importar su credo, cosmovisión u organización social, una moral que negara al sexo serí­a equivalente a ocultar la naturaleza humana; sin embargo, el cristianismo edificó un discurso sobre la exclusión del cuerpo y repudió las prácticas sexuales de distintas naciones indí­genas, en especial cuando llegó a América ví­a conquista:

La dualidad maya, presente en distintas culturas mesoamericanas, concebí­a al erotismo como un principio organizador del mundo, lo mismo que ocurre en otros aspectos de la vida, tan amplios como los puntos cardinales, los colores o el dí­a y la noche. Desde esta perspectiva cósmica, la civilización mesoamericana mantení­a prácticas sexuales inaceptables para la moral española, influida por el cristianismo y su desprecio sistemático al cuerpo.

Para los mayas, la masturbación era un acto sagrado vinculado con la fertilidad; de la misma forma que el agua favorece a la tierra y hace brotar vida, el semen ““producto final de la estimulación masculina”“ debí­a surtir algún efecto vital idéntico en las entrañas de los surcos, tal y como ocurre en el vientre materno. Este rasgo fue compartido con distintas culturas antiguas alrededor del globo. La representación de la tierra como una entidad femenina es un rasgo esencial de la sexualidad en los pueblos que se establecieron en las costas del Mediterráneo, de los que existen vestigios plásticos como las Venus, mujeres con caderas anchas que simbolizaban la procreación y la vida.

Las relaciones entre individuos del mismo sexo también formaban parte de la sexualidad maya, tolteca y gran parte del erotismo en Mesoamérica. Mientras que para la cultura que ocupó la costa del Golfo de México y otras tantas la experimentación con el sexo idéntico era parte de la exploración del cuerpo y ritos asociados al tránsito a la vida adulta, para los aztecas posiblemente se trataba de un delito que debí­a castigarse con la muerte.

Entre los vestigios históricos que dan cuenta de la vida y el pensamiento prehispánico, los hallazgos de esculturas y objetos fálicos con fines rituales y masturbatorios, demuestran que el placer y descubrimiento del propio cuerpo era una práctica aceptada antes de la conquista. Objetos sexuales parecidos a los consoladores modernos, tallados en madera y relieves con escenas sexuales demuestran la apertura sexual. Al respecto, el cristianismo encuentra en esta actividad un pecado que no sólo ofende a Dios, también es una falta de respeto al propio cuerpo. 

Las prácticas sexuales de la América prehispánica horrorizaron a los conquistadores y faltaron a su moral. Ante el reconocimiento de culturas que aceptaban el sexo, el uso de los placeres y el conocimiento del cuerpo, fueron exterminadas un sinfí­n de piezas plásticas y otras quedaron ocultas por siglos. En su sitio, se fincó un discurso que encuentra en una actividad biológica una afrenta a  Dios y reprime cualquier deseo de una acción que por naturaleza es propia del humano y por evolución, digna de disfrutar.

Revista Arqueologí­a Mexicana, “La sexualidad en Mesoamérica“, vol. XVII, núm. 104, julio 2010.

Ví­a: Cultura Colectiva.

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