jueves, 30 mayo 2024

Milei, otra vez la teoría del “enemigo interno”

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Jorge Boccanera aporta en esta nota un enfoque poco observado en los análisis sobre Javier Milei: la utilización de la figura del enemigo interno creada por la Doctrina de Seguridad Nacional, noción a través de la cual Milei le atribuye al socialismo -y al arte- la causa de todos los males.

Por Jorge Boccanera.

Entrevistado recientemente en un programa radial de Colombia,  Nocturna RCN, el candidato a la presidencia Javier Milei desempolvó el viejo estigma del “enemigo interno”, uno de los puntos principales de la Doctrina de la Seguridad Nacional, soporte de las últimas dictaduras de la región. Lo hizo al sostener que el verdadero mal de Argentina eran “los socialistas”, en un contexto de “batalla cultural” -conjura basada en las ideas del filósofo italiano Antonio Gramsci- y un plan para fundar una Unión Soviética Latinoamericana. También culpó a los artistas de propagandizar ideas socializantes que, dijo, son “la enfermedad del alma” y “conducen a la pobreza”.

Con una argumentación en base a exabruptos -trata al socialista de “basura” y “excremento humano”-, y conceptos vagos. En la cuerda de la indeterminación premeditada que incrementa el temor, Milei dista de ser original; hace casi un siglo que la propaganda nazi instigaba a individualizar al adversario en un único enemigo. Pero, ¿quién es ese enemigo socialista que invoca Milei?: ¿un radical?, ¿un agnóstico?, ¿un peronista?, ¿un sociólogo?, ¿un trotsko?, ¿un independiente? ¿un periodista?, ¿la cocinera de un merendero?, ¿un científico?, ¿un cura villero?, ¿un profesor de Historia?, ¿un librepensador?, ¿un indio toba, mapuche, tupí guaraní?

Megalómano, autoritario, mesiánico, culpa a los socialistas de ser “la verdadera enfermedad de Argentina”; proponiéndose como el sanador a la manera de Primo de Rivera, dictador español que se consideraba el “cirujano de hierro” y que también rugía contra la “casta” (en ese caso: liberales, demócratas, intelectuales, líderes sindicales), empujado por un anticomunismo primitivo.     

Los programas políticos desplegados con miras a las próximas elecciones, tienen como proa un plan económico y un reacomodamiento de la vida pública. Los partidos de derecha que encabezan Milei y Bulrrich, al martillar con poner “orden”, valiéndose del tema “inseguridad”, y reivindicar la mano dura y los planteos negacionistas, dejan en claro que ese “orden” irá del brazo de los ajustes económicos, lo que proyecta la sombra de Martínez de Hoz pedaleando su bicicleta financiera, en el marco de una dictadura cívico militar que custodió su plan persiguiendo a sectores obreros y opositores, con un saldo de cientos de miles de desaparecidos, presos y exiliados.

En las bravatas de los candidatos, como quedó dicho, “ajuste” y “orden” vienen pegados; sin embargo daría la sensación de que muchos análisis de politólogos, funcionarios, periodistas y políticos de un lado y otro de la mentada brecha ideológica, giran alrededor del tema económico (el dólar), dejando de lado temas primordiales como el de los “valores”, que dicho en medio de la refriega parece una abstracción. Valores que alientan la justicia social, el disenso, el respeto a la diversidad, la libertad de pensamiento, libertad a la imaginación. Valores y virtudes ensanchados a través de una larga historia de luchas populares, sustentadas por el trabajo intelectual, el conocimiento, el debate de las ideas.

Sería necio negar que la economía es un tema central en la Argentina de hoy, con una pobreza que alcanza al cuarenta por ciento de la población; pero los dislates de la ultraderecha fuera del tema “dólar” no se deben subestimar, ya que la amenaza de ajustes salvajes anunciados por Milei y la dinamitadora Bullrich anuncia la represión a la protesta social. Una mirada vigilante que se posará en todo lo que oponga resistencia a los desmanes totalitarios, y desde ya a todo aquello que tenga que ver con el bien común, la solidaridad, las tareas mancomunadas. O sea, lo colectivo, la empatía por el otro; esa comprensión que espolea la búsqueda de un horizonte más humano; una sociedad más receptiva y tolerante frente a la depredación de los afectos. La idea de Milei de mostrar al “socialismo” como un baldón que contamina el cambalacheo social de lo plural, tiene como fin diseminar el miedo, el arma poderosa y controladora de las dictaduras; inmovilizar a partir del terror. 

Contra esa política de cerrojo, subrayar los valores es bregar por más democracia, educación y equidad; es activar la contracara del negacionismo, del falseamiento de la historia, de la libre portación de armas, del desprecio por el medio ambiente y, sobre todo, del avasallamiento de un Estado que Milei imagina minúsculo y atado de pies y manos, a cargo de un mercado insaciable en su especulación financiera.   

DIÁLOGOS CON UNA MOTOSIERRA

No se puede dialogar con una motosierra; esa máquina con filo y ruidos estridentes es la metáfora que le cabe a Milei y su programa político de eliminar al que piensa diferente. Enemigo de las ideas, emite frases chirriantes, un parlamento armado en base a altisonancia y aparatosidad. Una motosierra como símbolo del desmonte del pensamiento y de un tejido humano que, a contramano de la barbarie, se fortalece en el conocimiento que es estudio, intercambio y reciprocidad. 

En la entrevista citada a la radio de Colombia, dejó al desnudo la representación que tiene de la realidad; un mundo bipolar dividido entre el bien y el mal. Redujo así la complejidad social como urdimbre de una diversidad inconmensurable de puntos de vista, experiencias e interpretaciones, a un enfrentamiento de tintes cuasi religiosos entre entidades dispares que lleva a un callejón sin salida: “ellos o nosotros”. 

Esgrimió, además, el concepto de “batalla cultural” -argumento trillado en el discurso de los militares de la dictadura del 76- reduciendo, de nuevo,  el complejo, inabarcable y a veces enrevesado mundo del debate político y la heterogeneidad, a un plan macabro fraguado por el marxista Antonio Gramsci, encarcelado por Mussolini en 1926 -un funcionario gubernamental dijo que por veinte años debían “impedirle a este cerebro funcionar”-, y liberado en 1937 cuando prácticamente estaba agonizando.

De nuevo la estigmatización de Gramsci y sus Cuadernos de la Cárcel, que han servido desde hace décadas como argumentación a distintos sectores autoritarios, y que en mucho recuerdan a Los protocolos de los sabios de Sión, tomados a su vez de la policía del Zar de Rusia, que alertaban sobre una supuesta conspiración judeo comunista para dominar el mundo, y que han servido para justificar matazones y genocidios. (¿No sustentaban esta teoría los conspiranoicos que pretendieron tomar el Capitolio de Washington?). Pero Milei fue más allá. Advirtió sobre otra conjura a partir del Foro de San Pablo de 1989, realizado, según dijo, con la intención de crear una “Unión Soviética latinoamericana” mediante un plan gradual cuyos puntos principales serían: la batalla cultural, el procurar recursos, el atacar al empresariado y “las expropiaciones”.

En otro derrape de la entrevista, Milei, que sólo avanza en su exposición en base a premisas unidireccionales dictadas por el fanatismo, encuentra dentro de los pliegues de lo que barrunta, a otros culpables de la crisis que funcionarían como los peones del socialismo: los artistas. Así, en ese avance de una jactancia vacía de contenidos, añadió que ese socialismo “se metió en la cultura, en los artistas y los artistas son grandes difusores de las ideas de la izquierdaSe han metido en la educación, entonces los programas educativos cada vez enseñan más socialismo”, y han “cooptado a los medios de comunicación” para adoctrinar a la gente “y llevarla a esas ideas románticas que lo único que conducen es a la pobreza”.

Sobre esto último, no hay más que ver la mayoría de los grandes medios de Argentina -diarios, revistas, programas de radio y televisión, redes sociales, etc.-, para constatar cómo, en la arrasadora trivialidad y manipulación informativa de cada día, el socialismo estaría trabajando subrepticiamente, de modo subliminal. Ironías aparte, Milei es paradójicamente quien se habría dejado “cooptar” ya que su imagen tiene mucho que ver con el armado de un fenómeno mediático.

(Aquí, un comentario aparte que atañe a personajes de los medios y que, imagino, podría interesar a la psicología. ¿No resulta por lo menos curioso y paradójico que en la búsqueda de complementar su imagen con una primera dama, haya presentado como su pareja a una mujer que se dedica a imitar a Cristina Fernández, vicepresidenta y ex presidenta dos veces de la Nación, a quien Milei ve como integrante central de esa casta que, según él, está “contra los argentinos de bien”?).  

Respecto a la acusación a los artistas -y aquí el término “adoctrinador” vale para el arte en general: creatividad, inventiva, ideas-, evidencia una linealidad que va del absurdo a la chatura; el desconocimiento total de aquel que ni siquiera sospecha la multiplicidad de caminos y sentidos que a su vez derivan en tendencias, formas, conceptos, estilos, intuiciones. En suma, ese abanico de mundos e imaginarios que escapan a cualquier etiqueta. El candidato desconoce olímpicamente, o se desentiende, o menosprecia o subestima, o abomina, o todo eso junto, a la cultura y su desarrollo por fuera de todo tipo de intención puramente propagandística y utilitaria, para indagar el sentido de la existencia conjugando ideas, belleza y emoción en el punto justo donde la imaginación y la conciencia van del brazo. (Un tema para esta nota, pero imposible de sintetizar en unas líneas, es el concepto de  “arte degenerado”, utilizado por los mismos nazis que mandaron a las cámaras de gas a millones de personas).

Milei ha lanzado al ruedo la figura espectral y peligrosa del “enemigo interno”, una antigualla de la Doctrina de Seguridad Nacional armada en los sótanos de las maquinaciones bélicas de Estados Unidos en la Guerra Fría. Y no ha dudado en colgarle el sambenito al socialismo como causante de todos los males; llegando a incluir en esa categoría difusa al mismísimo Papa Francisco, a quién tildó de “representante del maligno en la Tierra”.  Está más que clara la campaña de la ultraderecha para desembarcar en el gobierno con su viejo maletín repleto de consignas despóticas; (“¡abajo la inteligencia, viva la muerte!”, berreaba en 1936 por un coronel franquista en la misma Universidad de Salamanca). Las próximas elecciones en nuestro país son una oportunidad de detener el avance del autoritarismo que, por otra parte, se viene replicando en distintas partes del mundo, rechazando además de sus planes económicos -la entrega de nuestros recursos y el achique de áreas sensibles como salud, educación y vivienda para una población ya pauperizada- la  impronta déspota e irracional que conlleva la doctrina del “enemigo interno”. En esa encrucijada habrá que vigorizar la mística incanjeable que siempre puso por delante valores y virtudes que han sido y son el aliento de las causas populares, y que sustentan nuestra libertad, nuestra dignidad, para no lamentar luego el retroceso al abismo social que indefectiblemente conduce, como constata la historia, a un sistema de imposiciones degradantes.

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Jorge Boccanera
Jorge Boccanera
Escritor y periodista argentino, colaborador de ContraPunto en temas sociales y culturales
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