Los héroes anónimos del terremoto: las manos que Colombia puso al servicio de Colombia

Alonso Rosales
Periodista y analista internacional

Hay tragedias que se miden en muertos, heridos, viviendas destruidas y familias desplazadas. Pero hay otras cifras que no aparecen fácilmente en los balances oficiales: el número de manos que se tendieron para levantar una piedra, el número de personas que cocinaron para un desconocido, los que llevaron agua, los que prestaron una pala, los que abrieron las puertas de sus casas y los que, sin esperar reconocimiento, decidieron que la tragedia de otro también era su tragedia.

El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto, con especial fuerza en el Chocó, Pereira, Cali y otras zonas del occidente del país, ha dejado una imagen que merece ser contada: la de los héroes anónimos.

No tienen despacho. No llevan uniforme de alto funcionario. No convocan conferencias de prensa. No necesitan cámaras delante para demostrar que están ayudando.

Fueron, en muchos lugares, los primeros.

Cuando todavía se sentía el polvo y muchas familias no sabían dónde estaban sus seres queridos, hombres y mujeres comenzaron a remover escombros con sus propias manos. Sin esperar maquinaria pesada, sin saber siquiera si debajo de aquellas toneladas de concreto había alguien con vida, comenzaron a retirar piedra por piedra.

En Pereira, la escena adquirió una fuerza especial. Tras el colapso de un hotel que albergaba a personas en situación de vulnerabilidad, cientos de ciudadanos llegaron espontáneamente para ayudar. Reportes periodísticos hablan de unos 500 voluntarios que se organizaron alrededor de la zona de desastre y trabajaron entre los escombros en búsqueda de sobrevivientes. Allí se mezclaron ciudadanos comunes, vendedores informales, aficionados al fútbol y personas que simplemente decidieron que quedarse mirando no era una opción.

Esa Colombia merece ser mirada.

Es la Colombia que no pregunta primero quién gobierna, quién pertenece a qué partido o quién aparecerá en televisión.

Es la Colombia que pregunta: “¿Qué puedo hacer?”

Las manos que llegaron antes que las máquinas

Hay algo profundamente humano en el acto de quitar un ladrillo con las manos.

Quien lo hace sabe que una piedra puede pesar poco, pero también sabe que detrás de ella puede existir una vida.

Por eso esos voluntarios no esperaron a que todo estuviera organizado. Se organizaron entre ellos. Unos removían escombros. Otros buscaban herramientas. Algunos llevaban agua. Otros ayudaban a sacar personas heridas.

En medio de la tragedia, apareció una especie de organización espontánea que demuestra que las sociedades también poseen mecanismos de solidaridad que se activan cuando las instituciones resultan insuficientes o tardan en llegar.

En Chocó, la comunidad también asumió un papel fundamental en las labores de rescate. Personas con conocimientos de ingeniería, enfermería y otros oficios se incorporaron a las tareas de emergencia mientras los habitantes de Quibdó enfrentaban una situación particularmente difícil por los daños en viviendas, hospitales e infraestructura.

Y hay algo que no debe olvidarse: los voluntarios también arriesgan sus propias vidas.

Entrar a una estructura dañada, levantar concreto o permanecer cerca de un edificio que puede colapsar nuevamente no es un gesto menor. Es solidaridad llevada hasta sus últimas consecuencias.

Las ollas comunitarias: cuando cocinar también es rescatar

Pero no todos los héroes están debajo de los escombros.

Algunos están frente a una olla.

En Pereira, las llamadas ollas comunitarias se han convertido en otro de los símbolos de esta emergencia. Personas que quizá perdieron parte de sus pertenencias o que también tienen miedo decidieron ponerse a cocinar.

Preparan alimentos para los voluntarios que pasan horas trabajando.

Preparan comida para los vecinos.

Preparan para quienes llegaron de otros lugares a colaborar.

Y muchas veces cocinan sin preguntar quién es la persona que recibirá el plato.

La lógica es sencilla: si alguien está trabajando para salvar a otro, alguien tiene que alimentarlo.

Así, una cocina improvisada se transforma en puesto de socorro. Una olla se convierte en una herramienta humanitaria. Un plato de arroz, una sopa o una comida caliente adquieren un significado que va mucho más allá de su valor económico.

En las emergencias, alimentar a la gente también es salvar vidas.

Los reportes sobre la respuesta ciudadana en Pereira muestran precisamente cómo los voluntarios han asumido tareas esenciales de atención a familias afectadas y cómo la organización comunitaria ha adquirido un peso enorme durante la emergencia.

También están los que protegen las cosas de los demás

Hay otra clase de héroe que suele pasar desapercibido.

Es el vecino que, mientras ayuda a una familia a salir de una vivienda afectada, también intenta proteger las pocas pertenencias que quedaron.

Es quien recoge documentos.

Quien guarda una fotografía familiar.

Quien ayuda a sacar una cama, una nevera, una caja con ropa o los medicamentos de una persona mayor.

Porque después de un terremoto no solamente se pierden paredes.

Se pierden recuerdos.

Se pierden fotografías.

Se pierden documentos.

Se pierden objetos que quizá no tienen un gran valor económico, pero que para una familia representan décadas de vida.

Por eso también hay que reconocer a quienes están cuidando las cosas de los damnificados, evitando que la desesperación convierta la tragedia en una segunda tragedia.

La solidaridad verdadera también significa respetar lo poco que le quedó al otro.

Jhon Arias: ayudar desde Brasil para no olvidar al Chocó

Entre las muestras de solidaridad que han trascendido las fronteras aparece la del futbolista colombiano Jhon Arias, nacido en Quibdó y actualmente jugador del Palmeiras de Brasil.

Arias no se limitó a publicar un mensaje de condolencia.

Junto a su esposa, Alejandra Ayala, anunció acciones concretas para apoyar a las víctimas del terremoto, especialmente en su departamento del Chocó.

Desde Brasil, el futbolista puso recursos propios para movilizar ayuda hacia Quibdó. De acuerdo con los reportes publicados por medios colombianos, se dispuso un avión para trasladar profesionales de la salud e insumos médicos hacia la capital chocoana. Además, Arias y su esposa promovieron mecanismos de donación tanto en Colombia como en Brasil para ampliar la ayuda.

El gesto tiene una dimensión que va más allá del fútbol.

Arias pudo haberse limitado a expresar solidaridad desde la distancia. En cambio, decidió utilizar su posición, sus recursos y sus contactos para intentar ayudar a la tierra donde nació.

Y eso también es importante.

Porque Chocó no solamente necesita que Colombia lo recuerde cuando ocurre una tragedia.

Necesita que Colombia lo recuerde siempre.

El terremoto volvió a colocar al departamento frente a los ojos del país y del mundo, pero también puso de manifiesto una realidad histórica: comunidades que durante décadas han reclamado mayor presencia del Estado enfrentan ahora una emergencia de enormes dimensiones. En Quibdó, la infraestructura hospitalaria y las condiciones de muchas viviendas han complicado todavía más la respuesta.

Por eso la ayuda de quienes tienen capacidad para movilizar recursos adquiere especial importancia.

Jhon Arias y su esposa representan, en este momento, una parte de esa Colombia que ayuda desde lejos para estar cerca.

La tragedia sacó lo mejor de Colombia

Colombia ha vivido momentos de profunda división.

Pero hay momentos en los que las diferencias desaparecen.

El terremoto parece haber producido precisamente eso en numerosos lugares: una pausa en las discusiones políticas para dar paso a una pregunta mucho más urgente: ¿cómo ayudamos?

En las calles de Pereira, Cali y Quibdó aparecieron ciudadanos que no se conocían entre sí y terminaron trabajando juntos.

Unos cargaron escombros.

Otros buscaron desaparecidos.

Otros cocinaron.

Otros llevaron agua.

Otros donaron ropa.

Otros ofrecieron vehículos.

Otros entregaron dinero.

Otros simplemente estuvieron allí.

Y algunos hicieron algo todavía más silencioso: acompañaron a una persona que acababa de perderlo todo.

Esos gestos no siempre producen titulares.

No siempre aparecen en televisión.

No generan millones de reproducciones en redes sociales.

Pero son precisamente esos gestos los que sostienen a una sociedad cuando todo parece venirse abajo.

El país que aparece cuando desaparecen las cámaras

Hay una lección profunda en esta tragedia.

Las cámaras suelen buscar al presidente, al gobernador, al alcalde, al ministro, al jefe del organismo de emergencia o al experto que puede explicar lo ocurrido.

Y está bien.

Pero una tragedia también debe ser contada desde abajo.

Desde el hombre que llegó con una pala.

Desde la mujer que encendió el fogón.

Desde el joven que pasó horas cargando piedras.

Desde el comerciante que entregó agua.

Desde el vecino que abrió su casa.

Desde el médico que trabajó sin descanso.

Desde el conductor que puso su vehículo al servicio de la emergencia.

Desde los colombianos que están en otros países y enviaron dinero.

Desde los deportistas que utilizaron su influencia para movilizar ayuda.

Esos son los héroes anónimos.

No necesitan una conferencia de prensa.

Su conferencia está en las manos llenas de polvo.

Está en el plato de comida servido a un voluntario.

Está en la botella de agua entregada a un desconocido.

Está en la familia que comparte lo poco que tiene con otra familia que perdió todo.

Está en quien, desde Brasil, decide que su pueblo no está solo.

Después del rescate vendrá otra batalla

La solidaridad será indispensable también cuando desaparezcan los titulares.

Porque después de retirar los escombros comenzará una etapa todavía más larga: reconstruir viviendas, recuperar escuelas, restablecer servicios, atender a los heridos, acompañar a quienes perdieron familiares y reconstruir la confianza de comunidades que durante mucho tiempo han sentido que el Estado llega tarde.

El terremoto no terminará cuando deje de temblar la tierra.

Para miles de colombianos, la tragedia continuará durante meses o años.

Y allí volverán a ser necesarios los héroes anónimos.

Los que no abandonan al vecino cuando las cámaras se marchan.

Los que continúan cocinando.

Los que siguen donando.

Los que ayudan a reconstruir.

Los que acompañan a una familia en un funeral.

Los que vuelven a levantar una pared.

Los que ayudan a un niño a regresar a la escuela.

Porque reconstruir un país después de una tragedia no consiste solamente en levantar edificios.

También consiste en levantar la esperanza.

Y si algo ha demostrado este terremoto es que, debajo del dolor, Colombia conserva una fuerza extraordinaria: su gente.

Una fuerza que no siempre aparece en los discursos oficiales, pero que estuvo allí desde las primeras horas, entre el polvo y los escombros, removiendo piedras con las manos.

Una fuerza que apareció alrededor de una olla comunitaria.

Una fuerza que cruzó fronteras desde Brasil.

Una fuerza que no pidió nada a cambio.

Quizá esa sea la imagen que Colombia debería conservar de esta tragedia.

No solamente la imagen de la destrucción.

Sino la de miles de manos extendidas.

Porque cuando la tierra golpeó a Colombia, Colombia también decidió levantarse a sí misma.

Fuentes consultadas

  • El País América Colombia: reportaje sobre los voluntarios que trabajaron entre los escombros en Pereira.
  • RTVC Noticias: información sobre voluntarios y rescatistas durante la emergencia.
  • El Olfato: reporte sobre la atención comunitaria y voluntaria a damnificados en Pereira.
  • El País América Colombia: situación de Quibdó, participación comunitaria y respuesta a la emergencia en Chocó.
  • El Espectador: información sobre la ayuda movilizada por Jhon Arias hacia Chocó.
  • La FM / Pulzo: detalles sobre la ayuda de Jhon Arias y su esposa desde Brasil, incluido el traslado de personal médico e insumos.