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jueves, 29 de julio del 2021

El sexo en la antigí¼edad: mitos, tabús y perversiones

Los antiguos griegos, romanos y egipcios tení­an preferencias eróticas y tabús sexuales de los que raramente oí­mos hablar

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“Sólo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y de la segunda no me acuerdo”. La sentencia es del cineasta neoyorquino Woody Allen y revela, con humor y acierto, que una de las cosas más elementales, primitivas y universales del ser humano es el sexo.  La versión clásica del asunto podemos hallarla en alguna de las numerosas pintadas de Pompeya, aunque destaca como resumen de todas ellas la que presenta un pene en relieve y una inscripción que reza: hic habitat felicitas (“aquí­ vive la felicidad”).

Salvo aquellos que legí­timamente han decidido privarse de ello (de “˜amen”™ a “˜amén”™ hay sólo una tilde de distancia), la mayorí­a de las personas del planeta disfrutan de ese momento animal en que todo da igual ““”de la segunda no me acuerdo”””menos lo que a uno le está aconteciendo.

No obstante, si nos fijamos en ciertos ambientes actuales, el sexo puede parecer de todo menos primitivo: sofisticados juguetes a pilas, compuestos lubricantes de diseño exclusivo o la infinita gama de elementos inspiradores que ofrece la pornografí­a son prueba fehaciente de que el sexo se ha modernizado con los tiempos. ¿O no? ¿Tan modernos somos?

Para comparaciones y divagaciones al respecto es de gran ayuda el libro de Vicki León, afincada en California pero gran amante del Mare Nostrum y sus inspiradoras islas. La estadounidense ha escrito un libro llamado The Joy of Sexus (Walker and Company) que desgrana las costumbres y hábitos sexuales de la Antigí¼edad clásica. “Los antiguos griegos, romanos y egipcios tení­an preferencias eróticas y tabús sexuales de los que raramente oí­mos hablar”, dice la autora del libro. En la obra se despliega toda una serie de perversiones clásicas que relegan a la condición de mojigatas muchas de sus fantasí­as sexuales (sí­, sí­, las suyas, lector liberado del siglo XXI). Aquí­ van algunas de las más curiosas.

El dirigente más pervertido 

Nerón o Calí­gula eran meros principiantes en comparación con el emperador Tiberio, al que podemos coronar como el más perverso de todos los mandatarios de la antigí¼edad. Según Suetonio,  que tuvo el honor de redactar la biografí­a del emperador, cuando Tiberio ya caneaba y coqueteaba con la madurez, lejos de escribir aforismos o redactar palimpsestos de diálogos filosóficos  ““¿qué hací­an,  si no, los antiguos?”“ se construyó una suerte de palacete del porno en Capri. En ella, los chavales representaban elaboradas posturas encadenadas con los más diversos actos sexuales. Espectáculo del que el mandatario era voyeur y partí­cipe. Claro que eso no era nada comparado con aquello que tení­a lugar en las piscinas: allí­ se enseñaba a  niños de entre uno y dos años a mordisquear y practicar felaciones. El viejo verde les llamaba perversamente “mis pececillos”.   Al parecer, para romper con todo lí­mite ético y ejecutar toda fantasí­a  inconfesable que a uno se le pase por la cabeza, nada como hacerse emperador romano.

Los úteros viajantes 

Que los hombres no saben qué hacer con los misterios de la anatomí­a femenina tampoco es nuevo. Sin embargo, algo sí­ hemos aprendido, aunque sólo sea gracias a los avances de la ciencia y la medicina, y es que en esto les sacamos ventaja a griegos y romanos.

En la Antigí¼edad el desnudo era mucho más natural  que ahora y las formas humanas se adoraban explí­citamente. Es conocida la especial admiración de los griegos por las nalgas, tanto masculinas como femeninas (inventaron la democracia, al fin y al cabo). No obstante, no eran muy amigos de inspeccionar los cuerpos inertes, tabú que les condujo a un gran desconocimiento de la anatomí­a. El cuerpo humano, al menos en su interior, estaba totalmente inexplorado, y todo lo que de él se decí­a eran conjeturas.

Una  de las más extrañas era la creencia de que el útero vagabundeaba por el  interior del cuerpo de la mujer causando la histeria. De hecho, la etimologí­a de este término la hallamos en el griego ὑστέρα, que querí­a decir precisamente “matriz, ví­scera de la pelvis”.  Los métodos para contrarrestar semejante fenómeno eran aún más extraños: los médicos ““y los asustados maridos”“ las exponí­an a malos olores y sonidos estruendosos, para asustar al útero y hacer que volviera a su posición inicial. Flaca manera de amedrentar a un útero, por otra parte.

Además, médicos, hombres, maridos y demás tení­an una terrible opinión del clí­toris:  los diminutos, pase (¿cómo no va a ser inofensivo algo tan minúsculo?),  pero los que eran algo más grandes que éstos estaban abocados irremediablemente a la ““ay”“ cirugí­a.

El beso 

Convocar  orgí­as multidimensionales y adiestrar a los más pequeños para las más perversas prácticas, bien. Besarse en público, mal. Excepto el beso de rigor a la parienta cuando el cansado general volví­a al hogar (beso con el que ella calculaba la cantidad de copas de vino que el amigo habí­a tomado), cualquier otro beso en público estaba muy mal visto por la aristocracia griega y romana.

Además, el beso perdió gran parte de su popularidad  cuando se hizo de dominio público la práctica de los romanos que habitaban la Pení­nsula Ibérica, consistente en lavarse los dientes con su propia orina. En tales casos, y con la cantidad de lugares susceptibles de ser besados que ofrece el cuerpo humano, tampoco es cuestión de forzar.

Menos mal que el séptimo arte le ha devuelto al beso su trono presidencial en lo que a muestras de cariño se refiere,  copando con memorables ósculos la gran pantalla, como bien supo ver Giuseppe Tornatore.

La fama del sexo anal 

En  los últimos tiempos de la Antigí¼edad clásica la sodomí­a perdió su condición de abominación (no así­ antes: Sodoma es de las pocas ciudades que se ufana de llevar como nombre lo que entonces era un delito). Era llamada pedico y la practicaban hombres y mujeres, éstas últimas en gran medida como método anticonceptivo (ahí­ sí­: respecto al control de la natalidad, la modernidad se anota un gran tanto).

No obstante, cuando el sexo anal se practicaba en el adulterio, la ley contemplaba una curiosa penalización: la parte culpable debí­a ser sodomizada por la parte ofendida. O, en caso de necesitar un suplente, por un gran rábano.

Como dirí­a Obélix, están locos estos romanos.

Ví­a: El Confidencial.

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