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martes, 07 de diciembre del 2021

El peso de los castigos

¿Es necesario usar castigos fí­sicos para corregir los malos comportamientos de los hijos? ¿Cuál es la mejor manera de "castigar"?

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Hace un tiempo ocurrió en Florida un episodio que llama a la reflexión. Veronica Green Posey, una mujer de 64 años y 300 libras, estaba cuidando a prima de 9 años. Y a raí­z de que la niña “estaba fuera de control”, Posey no tuvo mejor idea que sentarse encima por espacio de unos minutos para “calmarla”. Cuando se levantó, la niña estaba muerta por asfixia. Y todo esto pasó ante la presencia de Joan Smith y James Edmund Smith, padres de la menor, que también están siendo acusados por la fiscalí­a. Antes, Posey -como método primario para impartir disciplina- habí­a golpeado a la ví­ctima con una regla y un tubo de metal.

Está claro que se trata de un ejemplo excepcional, pero viene al caso para tratar un tema que siempre es polémico: el castigo fí­sico de padres a hijos. Considero que no es la mejor opción. Quizás una nalgada, y que ésta no quede marcada, está bien si se trata de un niño de 2 a 5 años. Pero nada más.

De hecho, cuando los niños son pequeños hay que tratar de empezar a ponerles lí­mites. Deben ser pocos y clarí­simos, como por ejemplo las horas de comer, de dormir, incluso de jugar. Si un amigo, los abuelos o la propia madre quieren levantarlo de su siesta solamente para verlo, está mal; pues el niño va entrando en un caos.

Puede ser que la falta de lí­mites y rutinas bien llevadas les vuelve ansiosos e inseguros. Si uno decide castigarlos de alguna forma fí­sica se vuelven rebeldes. De ser así­, más grandecitos incluso retarán a la autoridad

En otros tiempos, nuestro padres o abuelos tení­an el famoso e infalible método de la “chancla” para imponer disciplina. La tal “chancla" de la que todos hablan maravillas funcionaba debido a que los hogares de entonces eran más estables y coherentes. Pero atención, la chancla sin coherencia tampoco resulta.

No olvidemos que el castigo fí­sico puede ocasionar múltiples daños, desde uno letal como el que recibió la niña aplastada por su prima-nana a otros problemas psicológicos. Pueden sobrevenir crisis de identidad, ya que al no sentirse queridos despertará el deseo de encontrar alguien que de verdad les quiera y les trate con respeto. Con esa ansiedad quedan muy sensibles y son fácilmente manipulables por otros que les quieren hacer mal, pero les endulzan el oí­do.

Hay un concepto que es clave: el golpe no ayuda. Simplemente hacen caso por miedo, pero luego a escondidas harán lo que deseen y así­ se convierten en los candidatos ideales para malas compañí­as, adicciones al alcohol, tabaco o drogas.

Los castigos más efectivos son aquellos relacionados con la pérdida de privilegios y siempre el castigo debe ser adecuado a la falta. Los berrinches en la niña asfixiada se dieron en el entorno de padres adolescentes y confusos, sin idea clara de cómo criar y poner lí­mites.

La pérdida de privilegios deben razonarse para que el hechor comprenda por qué ha sido castigado. Llegará un momento en que ellos decidan qué privilegio ceder y por cuánto tiempo.

En niños pequeños, en cambio, "el tiempo fuera" no debe pasar los 5 o 10 minutos: estar en un lugar quieto y sin interacciones porque la intención es que se tranquilicen y piensen en lo que han hecho mal. En los más grandecitos funciona hacer planas que conlleven una frase de lo mal hecho y la reparación del daño, además de privarle momentáneamente de algún privilegio muy valorado: prohibirles salir, usar el teléfono celular o la televisión, dependiendo del caso y de la falta.

Es fundamental tener buena comunicación con ellos. Hay padres y madres que descargan sus frustraciones en los hijos. Debemos reflexionar y ser empáticos, ponernos en la piel de ellos, del tiempo que se vive y nuestras experiencias. Hay que ser constantes y reflexionar dí­a a dí­a en lo que hacemos. Por eso cuesta tanto ser padres. La mayorí­a de las personas lo hacen porque sí­, y son pocos los que se plantean la gran tarea que supone educar a los hijos. Tenerlos es fácil; criarles y educarles, no tanto.

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Margarita Mendoza Burgos
Titulaciones en Psiquiatría General y Psicólogía Médica, Psiquiatrí­a infantojuvenil, y Terapia de familia, obtenidas en la Universidad Complutense de Madrid, España; colaboradora de ContraPunto
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