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viernes, 03 de diciembre del 2021

Claudia Lars: la escritora exiliada y las jornadas salvadoreñas de 1944

Este 22 de julio de 2019 se cumplen 45 años del fallecimiento de Claudia Lars. También es el año del 75 aniversario de la gesta del 2 de abril. En homenaje a ambas efemérides, el historiador salvadoreño comparte estos poemas.

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A los 43 años de edad, la escritora Claudia Lars (1899-1974) tení­a una vida no llena de lujos, pero sí­ ausente de la mayor parte de las carencias que azotaban a gran parte de la población salvadoreña. Gracias a sus lecturas y publicaciones era cada vez más conocida dentro y fuera del territorio nacional. Su voz poética era leí­da y escuchada (gracias a emisiones radiofónicas semanales) dentro y fuera de las fronteras nacionales.

Después de la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial (diciembre de 1941), Claudia y otros intelectuales salvadoreños se convirtieron en mentes y voces crí­ticas ante el avance de los totalitarismos de corte fascista y nacionalista, denunciados en el ámbito internacional por la Carta del Atlántico. Como hecho curioso, el régimen presidencial salvadoreño encabezado por el brigadier Maximiliano Hernández Martí­nez se consideraba democrático y, por ende, no vio problema alguno en respaldar y suscribir aquel documento de persecución mundial de todas las dictaduras y gobiernos opresores.

Durante el año 1942, Claudia Lars desplegó un intenso trabajo a favor de la libertad y en contra de las pretensiones fascistas y nazis. Sus palabras quedaron plasmadas en los periódicos de la época o fueron transportadas por las ondas hertzianas de La media hora de la Francia Combatiente, un programa de Radio YSO del que era coanfitriona.

Es indudable que su radicalización contra el fascismo internacional también implicó una vuelta de tuerca interna en cuanto a la polí­tica nacional. Se convirtió en una más de las amenazas para la seguridad del Estado, pese a la buena relación que hasta ese momento su hermano, el abogado Dr. Maximiliano Patricio Brannon, habí­a mantenido con el dictador. Llegaba el momento de tener que marcharse del territorio nacional, no tanto por salvaguardar su integridad, sino para poner a buen resguardo a su hijo adolescente Le Roy Manuel Beers Brannon (1927-2015).

En la noche del miércoles 3 de febrero de 1943, un grupo de personas amigas le ofreció una cena en el capitalino Hotel Nuevo Mundo. Dos dí­as más tarde, a bordo de un ferrocarril y en compañí­a de Roy, se marcharon hacia la capital guatemalteca, donde la intelectual salvadoreña fue honrada con un té ofrecido por personas amigas. La siguiente etapa de su viaje fue la capital mexicana.

Una vez establecida en la ciudad de México, fue presentada por el polí­grafo  hondureño Rafael Heliodoro Valle ante el PEN Club mexicano, en una ceremonia desarrollada el 3 de marzo de 1943.

En esa megaurbe latinoamericana, Claudia trabajó para Ediciones Modernas como traductora de las historietas cómicas de Walt Disney, militó en la Unión Democrática Centroamericana (1942-1950, dirigida por el intelectual costarricense Vicente Sáenz, fallecido en México D. F., en abril de 1963. En su revista Centro América libre, Lars presentó varias cartas y colaboraciones) y llegó a entablar amistad con diversas personalidades mexicanas de los ámbitos polí­tico, social y cultural, entre quienes se destacó la promotora cultural y mecenas Marí­a Asúnsolo (1916-1999).

El 2 de abril de 1944, un grupo de oficiales, soldados y civiles encabezó un alzamiento armado contra el largo gobierno martinista. La respuesta del mandatario fue brutal, al aplastar a sangre y fuego aquella intentona, masacrar a decenas de tropas santanecas en una emboscada en la carretera de San Andrés y llevar ante cortes marciales a varias decenas de insurrectos, que acabaron sus dí­as ante los paredones de fusilamiento. Sin embargo, aquella sangre no fue en vano. El pueblo salvadoreño decidió asumir el reto y se concentró durante varias semanas en la llamada “huelga de brazos caí­dos” para derrocar al tirano con la fuerza del pacifismo y la no violencia. Así­, el 9 de mayo, aquellos años de hierro finalizaron para siempre.

Enterada de las duras noticias procedentes de El Salvador, Claudia Lars se vio impactada por aquellos hechos sangrientos y comenzó a redactar los poemas que, poco a poco, darí­an como resultado el borrador de un libro, Los romances de la sangre caí­da. Algunos de ellos los publicó en El Salvador y Costa Rica. Otros aún permanecen sólo en versiones manuscritas, inéditas. Hasta la fecha, no se sabe por qué Lars decidió no seguir con ese proyecto literario y lo descartó por completo.

Este 22 de julio de 2019 se cumplen 45 años del fallecimiento de Claudia Lars. También es el año del 75 aniversario de la gesta del 2 de abril. En homenaje a ambas efemérides, les comparto tres de esos poemas casi olvidados, con las referencias de los medios y lugares donde fueron publicados. Hoy, más que nunca, es de justicia conocerlos y difundirlos.

Romance de los Héroes Sin Nombre

(Opinión Estudiantil, San Salvador, sábado 12 de diciembre de 1945
universitario. Fue reproducido en ese mismo periódico universitario
el 11 de abril y sábado 27 de octubre de 1949, pág. 4).

Yo quiero entrar en la muerte 
de balas y sollozos.
Quiero saber lo terrible
para cantarles a todos:
a los que alzaron su grito

definitivo y glorioso;
 a los que juntó el azar
bajo señales y escombros;
a los que mudos cayeron
y ni siquiera conozco;
¡los que no tení­an nombre
y casi no tienen rostro…!

Allí­ están… son lo más firme
y mejor que hay en nosotros.
Por ellos suelta mi labio
una diana y un responso.

Vinieron a la llamada
creyendo que eran tan poco…
resueltos en la esperanza,
tajantes en el estorbo,
y repartiendo la sangre
como se reparte el plomo.

¡Abril doliente y vencido!
¡Diciembre vencido y roto!
Una dulce patria libre
saldrá de aquellos despojos…

Como se juntan mazorcas
juntaron sus años mozos.
¡Qué voces de adiós erguido!
¡Qué camino sin retorno!

El corazón en el puño,
la mirada en lo remoto,
contra embestidas y suertes
iban jugando a los toros…

Descendí­an las granadas;
pájaros negros… de soplo
amenazantes en el vuelo
y de agoní­a en el polvo;
mientras rencor de metralla,
emponzoñado y sonoro,
con su martillo incesante
golpeaba el viento redondo.

Unos llevaban clarines…
Otros, su amor y su arrojo.
Tení­an voces desnudas
y no les manchaba el odio.

Y cayeron… bajo el aire
tibio de sol y oloroso.
¡Herida parva de sueños!
¡Amontonado rastrojo!

Voluntarios y solemnes,
-uno y mil… hombro con hombro,-
duermen la noche infinita
bajo tierra de abandono.

En sus pasos silenciados,
en sus desteñidos rostros,
una bandera invencible
clava sus colores rojos.

Sobre ellos danzan los lirios
y los niños y los trompos.
Ellos están, resurrectos,
detrás de cada sollozo.

Son el batallón eterno
que jamás tiene reposo.
Los valientes del pasado
y los que van con nosotros.

Por ellos suelto mi canto,
el que pertenece a todos:
¡A los que mudos cayeron
y ni siquiera conozco!

Romance de Antonio Gavidia

(Opinión Estudiantil, San Salvador,
sábado 12 de diciembre de 1945)

Silencio de sangre rota
sobre una tregua de balas…
Silencio de inútil llanto
y ataúdes sin campanas.
Hay un dolor oprimido
entre el pulso y la palabra,
y está sembrada la tierra
de mil semillas humanas.

La calle borró sus pasos
y aseguró sus aldabas.
No abrieron risas los niños
ni golondrinas las ramas.
De tanto mirar la muerte
están secas las miradas,
y por honda, más intensa
corre la sal subterránea…

¿Quién viene, frágil y erguido,
como la misma esperanza…?
¿Quién camina, luminoso,
como el sol en marejada?
¿Quién tiene el rostro tan puro
y tan varonil la marcha?]
¿Quién alza, sobre despojos, ]
aquella bandera blanca…?

Murallones cenicientos
con fusiles a la espalda.
Centinelas de resorte
y peligrosas ventanas.
Antonio Gavidia llega,
en postura alucinada,
con el corazón sin miedo
y una brasa en la garganta.

Después… ¡los aires se pueblan
de voces atribuladas…!
¡Para su cuerpo caí­do
una vibrante mortaja…!
Tallos amargos despliegan
rosas de luto en su cara,
y un ángel grave en la torre
echa a volar las campanas.

¡Antonio Gavidia… firme
en el camino del alba!
¡Mensajero de la sangre
con olor a barricada!
Estás, -lo mismo que entonces-
bajo tu bandera blanca,
y eres San Jorge vencido
pero ya fijo en la fábula…!

Romance de la sangre caí­da
(A los rebeldes salvadoreños en su semana heroica)

(Revista Repertorio Americano, San José, Costa Rica, tomo 41,
no. 7, 27 de mayo de 1944, página 106. Está fechado en
México D. F. en abril de 1944 (sin señalar dí­a especí­fico) y
lleva una nota al calce, dirigida al intelectual costarricense
Joaquí­n Garcí­a Monge: "Ya ve Don Joaquito, este romance
que escribí­ cuando supe de la muerte de Ví­ctor Marí­n (a
quien quebraron todos los huesos, y que murió como un
valiente) lo mismo que la de otros desgraciados, resultó
profético. Al cabo de un mes ha caí­do el hombre. /
Ojalá que se convoque a elecciones libres. ¡No queremos
militares!- C. L.”
En El Salvador, el poema fue publicado por la Revista del Ministerio
de Instrucción Pública, San Salvador, volumen 3, no. 9, 
julio-agosto de 1944, pág. 80).

Yo levantaré la sangre,
¡La sangre de mis hermanos!…
La que ha corrido, desnuda,
bajo metal y soldados.
La que subí­a en el aire,
-por altas nubes girando,-
y al derrumbarse quedó
hecha de sal en los párpados.
¡Sangre de los hombres libres!
¡Imán de rumbos marcados!

Yo levantaré la sangre
desde la muerte a mis labios,
y en ellos, ya resurrecta,
continuará lo empezado…
Por cuatro puntos precisos
brillarán cuatro relámpagos;
sobre seguro trayecto
nuevo gesto y nuevos pasos.

Compactas voces saliendo
de muros de cal y canto;
í­gnea custodia que lleva
adentro nombres sagrados,
y capitán del momento
un ángel de Viernes Santo.

No tiemble la rosa leve
ni cambie su afán el pájaro.
No pregunte el niño al miedo
la razón de lo jurado
¡Ya están ciegos de tormenta
los que vientos desataron!
¡Ya se les cerró el camino!

         ———–

¡Ya están sus dí­as contados!…
Descubren seres sin culpa
culpa cubierta de engaños,
porque el silencio despierta
y los muertos se han parado.

¡Cuscatlán… tierra pequeña,
siempre, por fuerza, sangrando!…
¡Tierra de flor macerada,
de jadeo y aletazo!
¡Qué bien te miro de lejos,
corazón del centro… campo
de rebeldí­as maduras
y de hombres arrebatados!

Si tus sueños han caí­do
se alzan en otros espacios:
por derribados más firmes;
por perdidos, encontrados.
Y tus hombres, ¡tierra mí­a!
para la ruta o el tránsito,
llevan bandera de muertos
clavada en el puño amargo.

Ya verás… ¡tierra en cadenas!
a los muertos levantados.
Ya verás la sangre de hoy
precipitada en mil brazos…

      ——-

Con el color de la noche
queda el tiempo señalado,
y no podrán defenderlo
ni flechas de sagitario.

Yo levantaré la sangre,
¡la sangre de mis hermanos!…
Irá por sitios de ausencia,
donde hay nombres sepultados…
Iluminada otra vez;
de nuevo en rumbos exactos;
con todo el fervor de ayer,
y toda la sal del llanto.

Yo levantaré la sangre,
desde la muerte a mis labios…
Porque por eso estoy viva
y me ha sido dado el canto!

México, 7 de abril de 1944.

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Carlos Cañas Dinarte
Historiador, escritor e investigador salvadoreño, residente en España. Experto en temas centroamericanos, columnista de ContraPunto
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