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sábado, 24 de julio del 2021

Clase media sin criterio para elegir presidente

La crisis generada en la clase media de El Salvador como resultado del desprestigio de su clase polí­tica tiene al paí­s a la deriva

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Tanto su insensibilidad e indiferencia a los problemas más graves del paí­s, como su negligencia en asumir un papel protagónico en la búsqueda del progreso, es amparada en parámetros completamente ajenos a su realidad para explicar su distopí­a y cinismo polí­tico. Sea por el poder de adquisición traí­do por la infusión de dinero del exterior o las comodidades que dan los avances tecnológicos, pero en El Salvador se vive una sensación de riqueza mayor a la de muchos paí­ses en desarrollo, incluyendo EEUU.  Es esa sensación de riqueza la que en parte hace que la clase media salvadoreña se sienta parte dominante en el estatus quo, y vea cualquier progreso como una amenaza. Sumado a esta, el nihilismo oportunista de los polí­ticos que se han alejado de toda utopí­a nacional, para convertirse en empresarios exitosos, están creando un sistema de sálvese quien pueda en el paí­s, que trasciende a la ciudadaní­a más activa empresarialmente, al agro y empleados que viven en zonas fuera del control estatal.

Aunque sea claro que en El Salvador no existe ningún proyecto de izquierda propiamente dicho, las bases, simpatizantes y detractores de todos los partidos inscritos siguen asumiendo que lo hay, y que ellos están en contra o a favor de dicho proyecto. Aunque haya habido múltiples intentos de frenar el neoliberalismo fraguado por la globalización y las polí­ticas de los organismos financieros internacionales, en El Salvador no hay fuerza polí­tica alguna que lo resista. Hasta el economista más acuñado como de izquierda adopta el crecimiento económico como indicador de progreso en el paí­s. Los que saben  temen a medirlo en unidades de desarrollo y bienestar social, porque implica parámetros de progreso en producción y distribución de alimentos, salud pública, acceso al agua potable, electricidad y educación, y sobretodo bienestar social, que sus partidos  no tienen en agenda. Los economistas que lo ignoran, simplemente no han  se han actualizado. 

Tanto  la clase media crí­tica, como la opuesta al actual gobierno, deberí­an prescindir de Nicaragua y Estados Unidos como parámetros de gobernabilidad. Hasta hoy, muchos de los ex congregados en o alrededor del FMLN que se consideran de izquierda, le achacan al partido oficial no haber alcanzado los cambios y la estabilidad alcanzada por los Sandinistas. Los “neutros” quisieran en El Salvador un escrutinio polí­tico social similar al de Estados Unidos, después de haberse desangrado en una guerra civil que no tuvo solución alguna. Por el contrario, es necesario establecer criterios y requerimientos propios de  El Salvador para proponer candidatos y elegir presidente. Tanto la prensa tradicional, como la alternativa y los medios sociales o periodismo ciudadano, tienen capacidad de exigir programas de gobierno realistas para el paí­s, independientemente de que los candidatos sean hijos naturales, legí­timos o adoptivos de un partido polí­tico.

Lo que más se le exige al partido en el poder es consistencia histórica ¿Qué era ser de izquierda antes de la guerra, cuando se formó la guerrilla? En la coalición FMLN  hubo propuestas desde instaurar gobiernos popular-revolucionarios con hegemoní­a proletaria, democrático-revolucionarios que hicieran reformas agraria, urbana, educativa, tributaria, hasta las de instaurar gobiernos antifascistas que otorgáran libertades democráticas y rompieran con la dependencia del  imperialismo norteamericano. Aunque es claro que ni la propia dirigencia de aquellas organizaciones sabia  en que se traducirí­an esos enunciados al convertirse en gobierno. Ahora ya no se repiten esas consignas, ni entre los crí­ticos del frente. Los que anhelaban libertades democráticas si lograron incluirlas en la negociación. Lo demás, deberí­a ser objetivo de estudio y aplicabilidad.

A  diferencia de las guerras de Independencia y Civil de Estados Unidos, y  la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua, que sí­ tuvieron triunfador, la guerra civil de El Salvador terminó en un empate. Ni los 55 asesores militares de estadounidenses y el millón de dólares diarios que gastaron en la guerra logaron que el gobierno de los militares y oligarcas cafetaleros derrotara a la guerrilla, ni la clase media, especialmente empresarial, apoyó una revolución que hiciera cambios estructurales en El Salvador.  La revolución Americana derrotó a los ingleses no una sino dos veces, para instaurar su república, la cual ha mantenido electoralmente por más de 200 años.  La  revolución Sandinista no sólo derrotó a la dictadura Somocista, sino que la expropió, repartió sus tierras, nacionalizó recursos en territorio nicaragí¼ense y los mantiene entre gente adepta al FSLN.  Tanto  el aparato polí­tico como el militar de El Salvador se mantuvieron intactos después de la guerra. Los ex-alzados en armas llegaron a arar en tierra ajena.

Ante  la falta de un criterio para definir una izquierda dentro de la clase media salvadoreña que se declara neutra, lo más conveniente para no seguir promoviendo una distopí­a y derrotismo para el paí­s  es votar por agendas y urgencias de la población.  En  vez de proponer y elegir a un individuo porque tenga dinero, porque haya tenido éxito en invertir fondos de retiro, porque haya sido comandante, porque haya tenido éxito en administrar una ciudad, o simplemente por ser mujer, los salvadoreños deberí­an exigir que los candidatos propongan, expliquen y promuevan sus agendas dentro y fuera de sus partidos.

Serí­a bueno saber que piensan los candidatos de una educación bilingí¼e en El Salvador, de devolverle el dominio de su cuerpo a la mujer en protección a ella misma y a sus hijos, sobre la legalización de la mariguana antes que venga la Philip Morris a vendérselas en cajetilla, la inversión en atención médica y medicamentos  por parte del estado, la privatización o no de los fondos y pensiones de retiro, o acerca de un programa de vivienda para todos.  Más  aun, para establecerse como una clase media moderna, esta deberí­a exigirle a candidatos proponer u oponerse a la emancipación de las empleadas domésticas, al destierro, la repatriación, la extradición.  Serí­a  constructivo conocer sus ideas sobre cómo abordar el sistema de control  de territorio y extorsiones en el paí­s de una forma integral y definitiva, no solamente continuar la forma represiva de todos los gobiernos anteriores. Los votantes necesitan saber de dónde piensan los polí­ticos financiar sus planes, programas y salarios. No se puede hablar  de una patria soberana en eventos cí­vicos si no se piensa en un paí­s autosuficiente.  Antes de esperar que otro paí­s nos diga donde debemos hacer una carretera y financiarla con dinero ajeno o prestado, es necesario recordar un dicho americano, “no existe tal almuerzo gratis.”

En  suma, para construir una patria hay que imaginársela primero. EL negativismo nihilista que por hoy cunde a la clase media Salvadoreña sólo llevará al paí­s a más desgracia.  No podemos debatir solo para quejarnos de lo que no hay o no se ha hecho y declararnos neutros para legitimar nuestro carácter reaccionario.  Dante  Alighieri, escritor del infierno que baila en la mente de los que dicen  ser cristianos por temor, advierte que “lo más caliente del infierno está reservado, para los que en tiempos de crisis se declaran neutrales.”

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Mauricio Alarcón
Columnista Contrapunto
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