Vladimir Rogel: ¿asesino material de Roque Dalton o chivo expiatorio del ERP? (Primera Parte)

Una anatomía del combatiente obediente y de la dirigencia que lo moldeó a su conveniencia

Por Carlos Santos

En la memoria oficial de la izquierda salvadoreña, el nombre Vladimir Rogel Umaña —alias Carlos, Humberto o simplemente el Seco— ocupa un lugar incómodo.

No figura en las fotografías solemnes, no aparece citado en las biografías de comandantes y ni siquiera es mencionado en los discursos de reconciliación posteriores a los Acuerdos de Paz.

Pero Rogel fue protagonista directo del episodio más oscuro del ERP: la ejecución interna de Roque Dalton y la purga que le siguió.

Esta crónica reconstruye su trayectoria a partir del testimonio de un excompañero de armas, documentos internos de la época y la reconstrucción del clima político y psicológico en el que se fracturó el ERP y nació la Resistencia Nacional.

El origen del Seco: pobreza, fábrica y obediencia

Rogel creció donde nacen los obreros: en la pobreza que no da tregua. Su escuela fue la fábrica, el asentamiento marginal, la calle. No conoció aulas jesuitas ni discursos académicos. Creció entre la necesidad y el trabajo bruto.

Ese origen explica su carácter: duro, disciplinado, silencioso, sin dobleces.

Un excompañero lo resume así: “El Seco no traicionaba cuando obedecía. No calculaba cuando cumplía órdenes. No aspiraba a privilegios porque nunca los conoció.”

Era el tipo de combatiente que cualquier estructura armada desea al frente —y también el más vulnerable para convertirse en instrumento y luego en culpable útil.

Mientras el Seco venía del hambre, la mayoría de los dirigentes del ERP provenían de una realidad muy distinta.

Sebastián Urquilla (Edgar Alejandro Rivas Mira), Joaquín Villalobos, Fermán Cienfuegos (Eduardo Sancho), Ana Sonia Medina, Marisol Galindo, y otros, estudiaron en colegios católicos exclusivos.

Sus familias, semiproletarias, se endeudaron para darles una educación “de ricos”. Allí los futuros comandantes vivieron una experiencia doble:

Discriminación: sabían que no pertenecían. Fascinación: deseaban pertenecer.

Esa mezcla —resentimiento y admiración— se transformó con los años en: obsesión doctrinaria, autoritarismo interno, y una necesidad casi patológica de demostrar superioridad intelectual y militar.

Ese ADN produjo un ERP que hablaba en nombre del proletariado, pero reproducía los comportamientos de la misma clase dominante que decía combatir.

La “teoría salvadoreña”: el mito que el Seco creyó

En los años setenta, el libro “El grano de oro y la renta diferencial”, de Rafael Arce Zablah, se convirtió en texto sagrado dentro del ERP.

Dalton desenmascara a Arce Zablah por plagiar un libro de teoría revolucionaria

Era presentado como un aporte teórico revolucionario que superaba a Marx, Lenin y Trotsky.

El Seco, sin formación teórica, confió plenamente. Creyó —literalmente— que sus jefes habían descubierto una teoría inédita para la toma del poder.

La tensión se volvió irreversible cuando Dalton cuestionó el plagio del texto doctrinario de Arce Zablah: “El grano de Oro y La renta diferencial” estaba plagiada de un libro venezolano con la diferencia de que en el libro venezolano no se hablaba del café sino del petróleo.

El mito se vino abajo el libro indiscutiblemente era un plagio casi textual de un estudio venezolano sobre petróleo. La diferencia era cosmética: donde decía “petróleo”, Arce Zablah escribió “café”. La dirigencia no toleró la denuncia. No hubo debate ideológico, sino resentimiento.

Y ese resentimiento terminaría en sangre.

Roque Dalton, Armando Arteaga, Ernesto Regalado Dueñas y Roberto Poma, secuestrados desaparecidos y asesinados por la cúpula encabezada por Rivas Mira y Villalobos

Mientras el discurso ideológico se desmoronaba, el militarismo se elevaba.

En los entrenamientos se repetía que el ERP ya superaba al Che Guevara: más táctica, más estrategia, más arrojo.

El Seco era pieza clave de esa fantasía. Eficaz, obediente, sin formación crítica: el ejecutor ideal.
Pero la realidad pondría las cosas en su sitio.

1973: la joyería que quebró la ilusión

La acción debía demostrar la capacidad operativa del ERP. Fue una catástrofe. La seguridad periférica cayó antes de tiempo. El grupo quedó rodeado sin plan de escape. Dentro del local: el pánico. Al salir con las manos arriba, el Ejército los acribilló.

Solo una guerrillera sobrevivió disfrazada de vendedora ambulante. El Seco se hundió en una depresión profunda. Un psiquiatra militante lo atendió.

Regresó endurecido, más vulnerable a la influencia de la dirigencia. Ese fracaso marcó un antes y un después: el hombre obediente se volvió también manipulable.

La herejía Dalton: política antes que balas

Roque Dalton, conocido en la clandestinidad como Julio Deyfus Marín

Cuando Roque Dalton se incorporó al ERP, planteó una idea que revelaba toda la fragilidad de la organización:

“No se hacen operaciones militares donde no hay trabajo político. No hay revolución sin pueblo.”
Dalton insistió en construir base social: sindicatos, vendedoras de mercados, comités barriales, formación política, inserción real en la vida popular.

Para la facción militarista, aquello era una amenaza. El punto de quiebre ocurrió cuando Dalton denunció oficialmente el plagio de Arce Zablah. Desde ese momento, para Urquilla y Villalobos, el poeta se convirtió en un enemigo interno. Urquilla y Villalobos querían lanzar una insurrección inmediata.

Dalton argumentaba: que no había armas, no había masas, no existía situación revolucionaria, y que el ERP estaba aislado del pueblo.

La discrepancia no se resolvió en asamblea. Ni en debate. Ni en reflexión. Se resolvió con pistolas.
Abril de 1975: ejecuciones sincronizadas

Según el testimonio:

Joaquín Villalobos ejecutó personalmente a Roque Dalton con una 9 mm. Vladimir Rogel, el Seco, ejecutó simultáneamente a Armando Arteaga con una Colt.45, cumpliendo órdenes directas.

Armando Arteaga, “Pancho”, asesinado por ser seguidor de Dalton

Con esas dos muertes se cerró la discusión. Lo que siguió fue una purga:

Eduardo Sancho se declaró neutral, esperando el momento para reestructurar otra organización que lo dejara como dirigente.

Jonás visitó hogares para dar 48 horas de exilio forzado so pena de no hacerlo les acarrearía la muerte.

El obrero Ernesto Jovel fue marcado como “totalmente peligroso”; sobrevivió por azar. Lil Milagro Ramírez fue sentenciada; se salvó disfrazada, pero más tarde fue entregada a los cuerpos de seguridad tras una llamada anónima.

Las FPL mediaron para frenar la matanza entre organizaciones. Pero la ruptura ya era irreversible. De esa fractura nació la Resistencia Nacional.

¿Qué lugar le reservó la historia al Seco?

El Seco cargó dos pesos: El peso real: haber ejecutado a Arteaga. El peso político: servir como chivo expiatorio para que la cúpula quedara limpia.

Nunca ascendió. Nunca recibió reconocimiento. Nunca tuvo voz. Nunca escribió su versión.
Su historia quedó enterrada bajo tres capas de silencio: el silencio del miedo, el silencio de la culpa, y el silencio interesado de quienes necesitaban reescribir la historia desde arriba.

Edgar Alejando Rivas Mira (izq) y Joaquín Villalibos (der): al autor intelectual y el ejecutor de Roque Dalton

Cuando hablen los ofendidos

El testigo que narra esta historia la cierra con una frase que funciona como diagnóstico del país y advertencia moral:

“Ahora es el turno del ofendido.” (El Turno del Ofendido, es el título de un poemario de Roque Dalton).

El ofendido no es el comandante que estudió en Oxford, ni el asesor de gobiernos extranjeros, ni el que terminó dando conferencias sobre democracia.

El ofendido es el militante anónimo que obedeció órdenes, cargó el fusil y quedó atrapado entre decisiones tomadas por otros. El ofendido es el Seco.

Y también los cientos que, como él, sirvieron de engranaje desechable en una revolución que prometió liberarlos… y que terminó devorando a sus propios hijos.

Ahora, al fin, es su turno de hablar. Y de escribir lo que la historia oficial todavía calla.