Por Carlos Santos
En los archivos aparece apenas una línea, casi burocrática, escrita con la frialdad con que el Estado solía registrar las tragedias: Héctor Guillermo Escobar Vides. Catorce años. Estudiante.
Zaragoza, La Libertad. Sospechoso de ser combatiente de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL).
Pero las líneas de un archivo nunca cuentan lo que realmente ocurre en una calle.
El 13 de febrero de 1983, Zaragoza en el departamento de La Libertad, era un pueblo suspendido en la tensión de la guerra. No era un frente de batalla, pero tampoco era un lugar seguro. Las patrullas militares circulaban con frecuencia. Los miembros de la defensa civil vigilaban las calles con una mezcla de miedo y autoridad improvisada.
Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando Héctor Guillermo caminaba por la calle principal con un amigo.
Dos muchachos regresando por la misma ruta que atraviesa el pueblo desde la iglesia hasta las pequeñas tiendas.
A esa hora todavía había gente en la calle, las mujeres comprando tortillas, mientras que los hombres saliendo de sus trabajos, y los niños jugando cerca de las aceras.
LA CAPTURA OCURRIÓ SIN AVISO.
Un grupo de hombres de la defensa civil apareció y los rodeó. No preguntaron nombres. No pidieron documentos. Los golpes comenzaron casi de inmediato. Les gritaban que ellos habían sido los culpables del ataque guerrillero la noche anterior. Los muchachos lloraban y les pedían que no los siguieran golpeando. Rápidamente fueron empujados contra el suelo. Héctor les pidió llamaran a su madre, pero nadie quiso escuchar.
Las personas que caminaban por la calle vieron la escena completa. Era un cuadro que provocaba tristeza, lastima y rabia. Dos jóvenes siendo agredidos por un grupo de hombres de civil y armados. Algunos se detuvieron unos segundos. Otros siguieron caminando con la mirada baja. En aquellos años aprender a no mirar demasiado era una forma de sobrevivir.
EN POCOS MINUTOS TODO HABÍA TERMINADO.
Los dos muchachos fueron subidos y trasladados bajo custodia hacia la Policía Nacional.
Allí comenzó otra historia. El expediente posterior señala que permanecieron detenidos por algún tiempo, pero quienes conocieron aquellos cuarteles sabían que esa frase podía significar días interminables, o semanas, o meses.
Durante ese período, según la denuncia presentada posteriormente, Héctor Guillermo Escobar y su amigo fueron sometidos a torturas salvajes, pues se les acusaba de ser los responsables del ataque guerrillero al puesto civil de Zaragoza. Los vejámenes duraron varias semanas.
Los interrogatorios en aquella época tenían una lógica simple: cualquier joven podía ser sospechoso, las confesiones de culpabilidad eran arrancadas a fuerza de torturas, amparadas en el sistema legal que reinaba.
No era necesario que existiera una acusación concreta. Bastaba con que alguien dijera que había visto al muchacho conversar con alguien equivocado, caminar por un lugar equivocado o simplemente tener la edad equivocada.
Después de ese tiempo en custodia policial, los adolescentes fueron enviado al penal de La Esperanza, en San Luis Mariona.
Mariona, como se le conocía popularmente, era en aquellos años uno de los centros donde el Estado concentraba a centenares de detenidos relacionados con la guerra: campesinos, estudiantes, sindicalistas, sospechosos anónimos.
Muchos llegaban sin proceso judicial. Muchos no sabían cuánto tiempo permanecerían allí. La denuncia formal no provino de una institución.
Elvira Antonia Escobar de Medrano, residente en Ciudad Delgado, en San Salvador, presentó la denuncia de la captura de su hermano. Fue ella quien llevó el nombre de Héctor Guillermo al registro de las denuncias de los organismos de derechos humanos que velaban para que los detenidos no fueron asesinados o desaparecidos.
En aquellos años, las familias recorrían oficinas, cuarteles y tribunales buscando respuestas que casi nunca llegaban. Cada denuncia era también una forma de resistencia contra el silencio.
El nombre del muchacho quedó registrado. Otro nombre dentro de los miles de nombres que comenzaron a llenar expedientes, archivos y listas. Pero detrás de cada nombre había una historia detenida en el tiempo.
En Zaragoza, algunos vecinos todavía recuerdan aquella tarde. Recuerdan el momento en que los hombres de la defensa civil aparecieron y capturaron a un adolescente de 14 años enfrente de muchos testigos.
Recuerdan a los dos muchachos caminando por la calle principal sin ninguna preocupación, para después verlos golpeados, manando sangre en el suelo.
Y recuerdan que todo ocurrió exactamente a las cinco de la tarde, cuando la luz del sol comenzaba a caer sobre el pueblo.
A esa hora, en febrero de 1983, un niño de catorce años dejó de ser simplemente un estudiante.
Desde ese momento pasó a ser, para el Estado, un enemigo guerra.