Por Francisco de Asís López Sanz
Durante más de una década, Venezuela ha sido analizada como un país al borde del colapso o a las puertas de una transición. Sin embargo, el rasgo más constante de su realidad reciente no ha sido la ruptura, sino la resistencia del sistema. Contra la intuición de muchos observadores externos, el país no ha implosionado ni se ha transformado de manera decisiva. Ha aprendido, en cambio, a sobrevivir en una crisis prolongada, redefiniendo continuamente sus equilibrios.
El escenario más probable para el futuro inmediato no es una salida repentina del laberinto, sino una continuidad inestable, marcada por ajustes tácticos, pragmatismo político y una economía que se estabiliza lo suficiente como para evitar el colapso, pero no lo bastante como para ofrecer un horizonte de prosperidad compartida. En términos clásicos, un movimiento gatopardista: cambiar lo necesario para que lo esencial permanezca.
Un poder que se adapta… y negocia
El sistema político venezolano ha demostrado una capacidad notable de adaptación autoritaria. Lejos de apoyarse únicamente en la coerción, el poder ha combinado control institucional, fragmentación de la oposición y negociación selectiva con actores internacionales. Esta flexibilidad explica por qué, pese a sanciones, aislamiento y crisis económica, el núcleo del poder se mantiene.
A corto plazo, parece evidente que Delcy Rodríguez y el aparato chavista seguirían siendo los interlocutores funcionales de una eventual negociación con Donald Trump, en caso de que Washington apueste por una transición ordenada y gradual. No se trataría de una rendición ni de una ruptura, sino de un entendimiento pragmático: estabilizar el país, garantizar gobernabilidad mínima, asegurar intereses estratégicos —especialmente energéticos— y abrir un proceso controlado de normalización política.
En ese marco, el chavismo no desaparecería de inmediato, pero podría aceptar una transición pactada que, una vez consolidada la estabilidad institucional y económica, dejara espacio para nuevas elecciones competitivas. Es en ese horizonte —no inmediato, pero plausible— donde podría producirse la llegada al poder de María Corina Machado, no como fruto de un colapso, sino de una secuencia negociada.
La economía del umbral
En lo económico, Venezuela parece haberse instalado en una economía del umbral: demasiado funcional para colapsar, demasiado disfuncional para desarrollarse. La dolarización de facto, la liberalización parcial y el repliegue selectivo del Estado han permitido una relativa normalización en sectores urbanos y comerciales.
Pero esta estabilización es frágil y profundamente desigual. Convive una Caracas de vitrinas iluminadas con un país donde los servicios públicos siguen deteriorados y los salarios permanecen muy por debajo de las necesidades básicas. El petróleo, una vez más, aparece como promesa de salvación, aunque sin reformas institucionales profundas seguirá siendo un recurso político antes que un motor de desarrollo.
Una sociedad cansada, no inmóvil
Quizá el cambio más profundo no esté en las instituciones, sino en la sociedad. Tras años de movilización, frustración y promesas incumplidas, predomina un cansancio silencioso. Millones de venezolanos han optado por estrategias de adaptación individual: emigrar, sobrevivir en la informalidad, depender de remesas.
Este agotamiento reduce la probabilidad de estallidos sociales sostenidos, pero también crea las condiciones para aceptar una transición gradual, siempre que ofrezca estabilidad, previsibilidad y una expectativa creíble de cambio futuro.
La lección española
En este contexto, la experiencia española de la Transición ofrece una referencia útil, no como modelo a copiar, sino como marco conceptual. España mostró que es posible pasar de un régimen autoritario a una democracia no mediante una ruptura total, sino a través de pactos, renuncias mutuas y una secuencia cuidadosamente gestionada.
La clave no fue la ausencia de conflicto, sino su canalización institucional. Para Venezuela, una transición de este tipo implicaría aceptar interlocutores imperfectos, preservar ciertos equilibrios iniciales y posponer algunas demandas de justicia o cambio total en favor de la estabilidad y la apertura progresiva del sistema.
Más tiempo, pero con dirección
En definitiva, el futuro más probable de Venezuela no es una catástrofe ni una redención inmediata, sino más tiempo. Tiempo administrado mediante acuerdos, pragmatismo y una normalidad incompleta. La diferencia decisiva será si ese tiempo se limita a perpetuar el estancamiento o si, como en el mejor escenario, se convierte en el puente hacia un cambio real, negociado y finalmente democrático y en donde España puede desempeñar un rol clave acompañando la evolución democrática venezolana.
Por cierto, siempre recuerdo la casi hoguera de vanidades que viví cuando estuve destinado en El Cairo durante la Revolución de Primavera y tras el derrocamiento de Mubarak, con muchos países ofreciendo su propia experiencia en la transición, incluidos muchos estados de la UE. Sin embargo, la situación en Venezuela ofrece hoy una oportunidad para que la UE apoye la transición con sus ricas y diversas experiencias, pero de forma coordinada.
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