Los pasos de los mariachis se ahogaban en los charcos. Había terminado de llover a las 6 de la tarde y Tegucigalpa era más triste a esa hora.
Fue un domingo de 1982, en “Pollos La Casita”, frente al parque La Libertad. Yo era un niño y miraba por la barda de bambú que cercaba aquel restaurante viejo.
Afuera, los restos de la llovizna se doblaban con el aire. Adentro, las mesas, pintadas con un anuncio desconchado de Cerveza Imperial, estaban vacías. Había pocos y pobres parroquianos: hombres con una canastita de pollo y, a su lado, damas de noche que parecían mariposas con las alas quebradas.
Entraron los mariachis: cuatro fantasmas veteranos con guitarrones destartalados. Llevaban pantalones negros con estoperoles plateados.
El líder del grupo era “El Zarco”; le decían así porque sus ojos tenían un azul que no era de cielo, sino de un nubarrón de tormentas. No cantaba al entrar: solo daba vueltas por el laberinto de sillas.
No usaba botas de charro, sino unos tenis Caprissa. Rascaba las cuerdas de aquel bolero de José Alfredo Jiménez; pasaba lento alrededor de las mesas, buscando con la mirada, rastreando algún hueco sentimental de dolor, algún pedacito de ilusión. Alguna mueca de sufrimiento en la cara de la gente, algo que le indicara, la primera cantada de la noche.
Entonces tanteaba la soledad de las mariposas sosegadas en las piernas de los hombres y en el último aliento, esforzándose con su voz de vendedor de canciones ajenas, era preciso decir una mentira: “Mire caballero, la joven quiere una canción”.
Pero nadie lo volvía a ver.
Nadie decía: vení, Zarco, cantame “…cuando te hablen de amor y de ilusiones…”. Nadie levantaba la mano. Nadie les chiflaba. Nadie pedía canciones; ya el romance se lo había tragado las rockolas.
El Zarco miraba triste, con esa tristeza con que se miran los pollos muertos en la comida, y agachaba la mirada hacia la miseria blancuzca de sus tenis, para simular la humillación de no ser alquilado ni por lástima, y salía detrás de sus compañeros viejos, cargando los guitarrones como sus propios ataúdes.
Años después, cuando me hice hombre y cuando Pollos La Casita ya no existía, me encontré al Zarco en el parque central. Él ya andaba solo, con otros tenis más viejos, con otro pantalón sin remaches plateados y cargando su guitarrón de ataúd; abatido, sentado en una banca, en sus ojos agitando el nubarrón de tormentas pasadas.
Arrastrando la mirada entre las gentes, buscando encontrar a alguien que lo llamara para pedirle aquel bolero: Un mundo raro.