Aquel hombre también caminaba. Regresaba del trabajo cuando vio una pequeña mosca sobre la acera rodeada de la caca. Estaba inmóvil y cualquier descuido habría bastado para aplastarla. El hombre levantó el pie, la observó apenas un instante y decidió rodearla. Continuó su camino sin volver la vista atrás.
Zarko Pinkas |
La ciudad llevaba décadas cubierta de mierda. Nadie recordaba el color de los árboles, ni el canto de los pájaros, ni el olor de la lluvia limpia, solo el olor de la mierda, su sonido al ser aplastada por los zapatos y sus diversos colores que iban del café oscuro al blanco tiza.
Las calles eran corredores de caca resquebrajada entre edificios oscuros donde sobrevivían los pocos habitantes que aún permanecían allí, sobreviviendo entre toda esa colosal materia fecal . Cada persona caminaba mirando el suelo, procurando llegar a casa sin pisar la caca que poblaba el todo y aunque se habían acostumbrado a la pestilencia , evitaban llevarla en sus suelas.
Aquel hombre también caminaba. Regresaba del trabajo cuando vio una pequeña mosca sobre la acera rodeada de la caca. Estaba inmóvil y cualquier descuido habría bastado para aplastarla. El hombre levantó el pie, la observó apenas un instante y decidió rodearla. Continuó su camino sin volver la vista atrás.
Para la mosca, aquel gesto significó el descubrimiento de algo desconocido. Nunca antes un ser humano había perdonado la vida de un mosca. Con sus innumerables ojos, contempló la figura del hombre alejándose y, desde ese preciso momento, se enamoró de él.
Lo siguió volando hasta un pequeño apartamento ubicado en uno de los edificios más viejos de la ciudad. Cuando el hombre abrió la puerta, sintió un ligero cosquilleo sobre el hombro. Giró la cabeza y vio a la diminuta mosca posada sobre su chaqueta. Sonrió con cansancio y la dejó estar. No intentó espantarla.
Desde aquella noche compartieron el mismo hogar.
La mosca recorría las paredes, las ventanas, el techo y los muebles, pero siempre regresaba para contemplarlo. Lo observaba mientras preparaba la cena, mientras leía los pocos libros que conservaba, mientras dormía y mientras permanecía sentado durante largos minutos mirando la oscuridad detrás de la ventana. Para ella, cada movimiento del hombre era una maravilla y cada día aumentaba un amor imposible de comprender.
Con el paso del tiempo ocurrió algo que jamás pudo explicarse. Una noche, simplemente sucedió. Ni el hombre ni la mosca parecieron sorprenderse. El silencio del apartamento guardó el secreto y nunca volvió a mencionarlo.
Poco después, la mosca comenzó a poner huevos. Al principio aparecieron unos cuantos detrás del refrigerador y en las esquinas del techo. Después fueron cientos, luego miles. Había huevos en los cajones, bajo la cama, detrás de los cuadros, entre los libros, en la cocina y hasta dentro de los zapatos del hombre.
Él creyó que desaparecerían solos.
Pero una mañana el apartamento despertó lleno de un zumbido casi imperceptible. Los huevos comenzaron a abrirse y de ellos salieron diminutas moscas que inmediatamente llenaron el aire. Eran pequeñas, de distintos tonos oscuros y brillantes, y revoloteaban por toda la casa siguiendo siempre a la primera mosca, la que nunca dejaba de observar al hombre.
Cada día nacían más. El apartamento terminó cubierto por miles de insectos. Las paredes parecían moverse y el techo vibraba constantemente. Las moscas se posaban sobre el hombre con una confianza absoluta, como si todas lo reconocieran desde el instante mismo de nacer.
Fue entonces cuando comenzó su verdadera angustia. No sentía miedo de las moscas.Sentía miedo del compromiso.
Aquellas criaturas habían llegado al mundo por su culpa y ahora dependían de él. Se preguntaba cómo iba a alimentarlas. Hacía cálculos absurdos mientras recorría el supermercado pensando cuánta fruta descompuesta, cuánta carne y cuántos desperdicios necesitaría para mantener viva a semejante familia. El dinero no alcanzaba y cada mañana encontraba nuevas generaciones naciendo en cualquier rincón del apartamento.
Durante varias noches no pudo dormir. Comprendió que jamás lograría hacerse cargo de millones de moscas. Entonces compró una raqueta eléctrica, varias tiras de papel matamoscas y un potente insecticida.
Comenzó la matanza convencido de que los insectos no entenderían lo que estaba haciendo. Pensaba que eran criaturas ciegas, incapaces de comprender una traición. Las descargas eléctricas iluminaron la habitación mientras decenas de moscas caían al suelo y otras quedaban atrapadas en las cintas adhesivas.
Sin embargo, las sobrevivientes observaban cada movimiento. Desde el techo, las paredes., las ventanas abiertas y desde el exterior del edificio, donde miles de moscas permanecían inmóviles mirando hacia el apartamento.
Los vecinos dejaron de ver al hombre salir. Durante semanas solo escucharon un zumbido constante detrás de la puerta cerrada. Finalmente llamaron a la policía.
Cuando los agentes derribaron la puerta, el olor obligó a varios de ellos a cubrirse la nariz. El detective que encabezaba el procedimiento avanzó lentamente entre una nube de moscas hasta encontrar al hombre sentado en una silla.
Estaba muerto. De sus ojos salían moscas. También de sus oídos y de la nariz. De la boca abierta brotaba un interminable río de pequeños cuerpos negros que abandonaban lentamente el cadáver que apestaba más que la misma mierda que estaba presente en las calles de la ciudad.
El detective observó la escena sin encontrar explicación. Con cuidado hizo a un lado el cuerpo para facilitar el trabajo de los forenses y comenzó a espantar las moscas para que abandonaran el apartamento. Poco a poco la nube salió por las ventanas abiertas hasta que el lugar quedó casi vacío.
Cuando terminó la inspección, el detective cerró la puerta y descendió las escaleras del edificio sin advertir que una pequeña mosca acababa de posarse sobre su cuello.
La diminuta criatura acercó lentamente su trompa a la piel del hombre, como quien deposita un beso lleno de ternura. Después permaneció inmóvil sobre su hombro mientras él se alejaba sin sospechar que acababa de convertirse en el nuevo dueño del amor más paciente y más terrible del mundo.