El puente de concreto agrietado, suspendido sobre un río que hacía décadas se había convertido en un hilo de lodo negro, era el único paso firme hacia la costa firme tras dejar la isla atrás. Andrés caminaba despacio, sintiendo el peso del maletín de lona gastada que llevaba cruzado en el pecho; allí dentro, resguardada en una caja metálica, latía la Flor de la Higuera, el único testimonio de su encuentro con la inmensa cabeza cósmica en el corazón del laberinto.
Zarko Pinkas | “El Ayatolá del Rock ‘n’ Rolla”
I
El puente de concreto agrietado, suspendido sobre un río que hacía décadas se había convertido en un hilo de lodo negro, era el único paso firme hacia la costa firme tras dejar la isla atrás. André caminaba despacio, sintiendo el peso del maletín de lona gastada que llevaba cruzado en el pecho; allí dentro, resguardada en una caja metálica, latía la Flor de la Higuera, el único testimonio de su encuentro con la inmensa cabeza cósmica en el corazón del laberinto.
Aún resonaban en su mente las palabras de esa entidad gigante, la aceptación de que en esta nueva y definitiva realidad ya no existían los antiguos bandos de buenos y malos, sino solo sobrevivientes y criaturas intentando habitar el quiebro del tiempo. Él había aceptado ser su abanderado, el custodio de ese umbral. Pero el páramo no perdona las revelaciones.
Antes de alcanzar la mitad del viaducto, el rugido de motores mal afinados cortó la niebla grisácea. Dos vehículos cubiertos de planchas de acero soldadas le cerraron el paso, mientras del lodo del bajo puente trepaban hombres armados con fusiles oxidados y machetes de desmonte.
No vestían uniformes, sino jirones de ropa militar mezclados con cuero podrido. Eran paramilitares, facciones sin bandera ni ley que vagaban por las ruinas , buscando cualquier cosa que pudiesen consumir, robar o destruir. En sus cuellos, tatuados o colgados de tiras de cuero, exhibían símbolos extraños y contradictorios: runas deformadas, marcas de antiguas corporaciones muertas y cruces invertidas; un sincretismo de la barbarie que no respondía a ninguna fe, sino al puro instinto de la jauría.
André intentó retroceder, pero un culatazo seco en la nuca lo mandó directo al asfalto agrietado. Mientras lo pateaban en las costillas y el estómago, sintiendo cómo sus dedos se aferraban inútilmente al maletín, escuchó las voces ásperas y codiciosas de sus captores. Al abrir el maletín y forzar la caja, los paramilitares no encontraron oro ni munición, sino la extraña y luminosa Flor de la Higuera, cuyo brillo vegetal y húmedo parecía pulsar con una vida propia e imposible en medio de la podredumbre.
Al instante, aquellos bárbaros comprendieron que ese hombre no era un vagabundo común; venía del otro lado, de la isla prohibida a la que nadie lograba llegar sin ser devorado por las sombras.
Lo arrastraron semiinconsciente, amarrado como un animal, hasta el viejo depósito ferroviario que se alzaba a unos kilómetros. Allí, donde las vías muertas morían entre la maleza seca y el hierro oxidado, comenzó el interrogatorio sin preámbulos.
El líder del grupo, un hombre de rostro marcado por la viruela y mirada vacía, no buscaba un diálogo ni explicaba sus ambiciones; solo quería saber cómo cruzar a la isla y qué secretos abría aquella flor. Para ellos, el santuario del otro lado no era un templo de entendimiento, sino un territorio virgen que saquear, un nuevo suelo donde cazar, jugar y matar a su antojo.
Ante el primer silencio de André, la brutalidad se desató con método. Lo sentaron en una silla de hierro fijada al suelo y, usando unas pinzas de mecánico oxidadas, el líder comenzó a apretar y triturar sistemáticamente las falanges de sus manos.
El crujido de los huesos de los dedos al ceder bajo la presión del metal fue un dolor líquido que le subió por los brazos, pero André solo apretó los dientes, dejando que un hilo de sangre corriera por su barbilla. Al ver que no hablaba, uno de los hombres acercó un soplete de soldar, aplicando la llama azul directamente sobre las yemas de sus dedos y la piel de los pies descalzos.
El olor a carne quemada llenó el ambiente, mezclándose con el polvo del depósito. Andrés resistió el tormento con los ojos fijos en el suelo, hasta que el dolor superó los límites de su cuerpo y la negrura del desmayo lo reclamó.
Cuando recuperó el sentido, suspendido ya bajo las cadenas del colosal aparejo de poleas donde el péndulo de metal comenzaba su lento balanceo siseante, el líder volvió a pararse frente a él. André, con la vista nublada y la respiración rota por el castigo físico, miró al hombre a los ojos. En su mente educada, forjada en un mundo que una vez tuvo leyes y libros, André sopesó el destino del páramo: si les entregaba el secreto para cruzar a la isla, estos bárbaros llevarían su sed de sangre al único rincón sagrado que quedaba en la tierra, destruyendo la frágil tregua entre los hombres y las criaturas del sendero. No podía permitirlo.
El líder se inclinó hacia adelante, su aliento rancio golpeando el rostro ensangrentado de André, y repitió la pregunta con la misma frialdad mecánica:—¿Dónde escondiste la Flor de la Higuera? ¿Y cómo se llega a la isla? Dilo, y el acero dejará de bajar.
Andrés no respondió y solo sonrío. Pensaba que la muerte era una forma de liberación y no había nada con que pudieran amenazarlo.
II
El olor que dominaba el ambiente no era el de la sangre que ya comenzaba a secarse en sus sienes, sino el de la grasa rancia, el hierro oxidado por décadas de abandono y el polvo suspendido en los escasos haces de luz que lograban filtrarse por el techo roto del viejo depósito ferroviario. André estaba suspendido bajo el vientre de una colosal estructura de poleas y cadenas herrumbrosas que en otros tiempos habían levantado vagones enteros, pero que ahora servían como el bastidor de una tortura meticulosa. Frente a él, balanceándose con un siseo metálico que erizaba la piel, el péndulo improvisado con una enorme cuchilla de desguace descendía milímetro a milímetro, cortando el aire estancado con la regularidad de un metrónomo maldito.
A un costado, flanqueado por la quietud antinatural de unos homúnculos de piel grisácea y ojos vacíos que apenas parecían respirar, el líder de la secta observaba el descenso con una paciencia enferma. No había rabia en su rostro, solo una fría y burocrática urgencia que se traducía en dos únicas preguntas que repetía cada vez que la hoja pasaba a la altura de los ojos de Andrés, lo suficientemente cerca como para que el viento del metal le rozara las pestañas.
—¿Dónde escondiste la flor? —preguntó una vez más—. ¿Y cómo se llega a la isla?
Andrés no respondió. Apretó los dientes, sintiendo el sabor salado y metálico en la boca, y fijó la mirada en un punto indeterminado del techo, ignorando el brillo de la cuchilla que ya casi rozaba el pecho de su desgastada camisa. Sabía que el silencio era su única arma, el único muro que aún mantenía a esos hombres al margen del umbral que tanto ansiaban profanar.
La negativa silenciosa desató el siguiente paso. A un gesto casi imperceptible del líder, uno de los captores dio un paso al frente con una barra de hierro al rojo vivo, apoyándola contra las costillas de André. El dolor fue un latigazo sordo que le nubló la vista, un ardor que amenazaba con arrancarle la conciencia, pero André contuvo el grito en la garganta, transformándolo en un gemido ronco que se ahogó entre los engranajes del techo. El péndulo continuó su descenso regular, cortando ahora los primeros hilos de su ropa, mientras el calor de la fricción y el frío del metal se mezclaban sobre su piel expuesta.
Desde las fosas de mantenimiento y los túneles oscuros por donde antaño transitaban las locomotoras, un chillido agudo y sibilante comenzó a multiplicarse por centenares. Antes de que los guardias pudieran reaccionar, las ratas aladas irrumpieron en el recinto como una marea negra y frenética, golpeando las paredes de lámina, enredándose en los cabellos de los sectarios y desgarrando con sus garras membranosas todo lo que encontraban a su paso. El caos fue inmediato; los homúnculos, desorientados por el desorden y el chillido ensordecedor, comenzaron a golpear a ciegas, mientras los mercenarios intentaban sacudirse a las bestias que les cubrían el rostro.
En medio del descontrol, André concentró la adrenalina del dolor en sus muñecas. Aprovechando el forcejeo de uno de sus custodios que cayó herido cerca de él, logró estirar el brazo lo suficiente para alcanzar la daga que el hombre llevaba al cinto. Con un movimiento desesperado y preciso, cortó las amarras de cáñamo que lo sujetaban, rodando por el suelo justo en el instante en que el péndulo cortaba la madera del soporte donde había estado suspendido.
Se incorporó con la agilidad que solo da el instinto de quien ha esquivado a la muerte durante décadas. El líder de la secta, intentando cubrirse de los ataques de las alimañas del subsuelo, no vio venir la sombra que se abalanzaba sobre él. Andrés cayó encima con todo su peso, hundiendo la daga en su cuello y, con un giro violento apoyado por la inercia del cuerpo, decapitó al hombre de un solo tajo limpio y brutal. La sangre brotó a borbotones, empapándole la cara, el pecho y las manos con una tibieza viscosa que contrastaba con el frío del metal que lo rodeaba.
Minutos después, el depósito quedó en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el goteo constante de la herrumbre y el siseo del péndulo que seguía balanceándose inútilmente sobre el cadáver del líder. André salió al exterior, arrastrando los pies por el sendero baldío que bordeaba las vías muertas. El sol de la tarde, plomizo y moribundo, iluminaba su figura cubierta de rojo.
Se detuvo y miró sus manos, empapadas de una sangre que ya empezaba a tornarse oscura y pegajosa, y luego observó un charco de agua estancada a unos metros; sin embargo, pasó de largo. Se arrodilló ante un talud, hundió las palmas en el barro frío y frotó la tierra contra su piel con fuerza, dejando que la aspereza de la arena y el lodo barrieran los restos de la matanza. El agua limpia era para los hombres que aún esperaban volver a casa; el barro era para los que sabían que el suelo que pisaban era el único hogar que les quedaba.
Se puso en pie, contemplando el horizonte vacío y polvoriento que se extendía ante él. Llevaba cuarenta años sobreviviendo en ese páramo donde cada rincón intentaba devorarlo, y mientras se ajustaba los jirones de la ropa, cerro los ojos y soñó con un lago ardiente donde se veía gente quemándose en fuego blanco.
Comenzó a llover y siguió sin parar por días.