Un 31 de diciembre

Por Silvio Rodríguez

Un 31 de diciembre hace 55 años, a eso de las 10 de la noche, bajé de mi segundo piso en 23 esquina a 24 y fui hasta la bodega de la esquina, por supuesto cerrada ya. Al lado del viejo sillón de Tato, el limpiabotas, estaba el
teléfono público que yo usaba. Saqué un papelito que llevaba en el bolsillo de la camisa, lo revisé, inserté cinco centavos en la ranura del teléfono y marqué el número. Después de algunos timbres salió la persona que yo llamaba, contestando en monosílabos, evidentemente muy contrariada.

–¿Qué te pasa?, si se puede saber –le pregunté.

–Nada –contestó–. Que la vida es una mierda.

       –Y eso ¿por qué?... Una gente como tú, que ha hecho tantas cosas que valen la pena ¿por qué dices eso?

      –Porque cuando yo era joven juré que si llegaba a los 40 me iba a quitar la vida, ya que la vida después de los 40 es una mierda. Y hoy estoy cumpliendo 45. Tremendo chasco.

Yo no sabía qué decirle. Era una persona con una existencia extraordinaria, con logros más que evidentes, útiles para todo el país, incluso para el mundo. No podía entender, pero de pronto me acordé del viejo Tomás Mendoza, un espiritista que yo visitaba en la adolescencia, que era todavía más radical, porque decía que la vida era una mierda después de los 30. ¿Sería algo que se decía, que se pensaba antes de que yo naciera?

El caso es que traté de convencerle, de decirle que no sólo yo sino mucha gente le quería por todo lo que había hecho, y que a mí y a toda esa gente sus 45 años no nos parecían de mierda sino de pura nutrición.

No sé si conseguí espantarle el pájaro siniestro. Luego de un rato regresé a mi segundo piso y estuve cavilando sobre aquello hasta el amanecer. Hoy puedo afirmar que aquel amigo siguió viviendo y haciendo cosas buenas para este pueblo y para otros.

Se llamaba –se llama– Alfredo Guevara y justo hoy cumple un siglo de nacido.