Las discoteca y bares de los años 80 estaban llenas de música, humo, luces de neón y gente tratando de convertirse en alguien más. Algunos querían olvidar quiénes eran por unas horas. Otros necesitaban exagerarlo todo. Y en la Zona Rosa había un personaje que aparecía constantemente: el mentiroso. El tipo que construía una versión mejorada de sí mismo para poder sobrevivir en la noche.
Zarko Pinkas |
Las discoteca y bares de los años 80 estaban llenas de música, humo, luces de neón y gente tratando de convertirse en alguien más. Algunos querían olvidar quiénes eran por unas horas. Otros necesitaban exagerarlo todo. Y en la Zona Rosa había un personaje que aparecía constantemente: el mentiroso. El tipo que construía una versión mejorada de sí mismo para poder sobrevivir en la noche.
Con el tiempo aprendí que la vida nocturna tenía distintos ecosistemas. Estaban los que iban solamente a bailar, los que iban a intentar ligar, los que iban a beber hasta perder el sentido, los que iban a disfrutar la música y los que iban a actuar. Estos últimos eran los más incómodos. Eran actores improvisados de una obra que nadie había pedido ver.
Yo llegué a la Zona Rosa siendo todavía casi un niño. Tenía quince, dieciséis años y pasaba noches enteras entre Paradise, Chilis, Marios y otros lugares donde la músicay el ambiente era mejor que estar encerrdo en la casa o en fiestas de colegio. En esos años, uno terminaba formando una especie de tribu nocturna. Amigos del colegio, hermanos mayores de otros amigos, conocidos que aparecían cada viernes y desaparecían entre semana. Al final todos nos terminábamos reconociendo.
Casi siempre llegaba con Pepe. Pepe era distinto. Más callado, más introspectivo. Nunca trataba de impresionar a nadie. Su padre había muerto en un atentado relacionado con la guerra y eso le había dejado una especie de sombra permanente encima. Él escuchaba más de lo que hablaba y jamás necesitaba inventarse historias para sentirse importante. Tal vez por eso me llevaba tan bien con él. La conversación humana real siempre vale más que el espectáculo.
Y después estaban los otros: los mentirosos. Aquellos que necesitaban demostrar dinero, mujeres, poder o una vida que no tenían.
En la Zona Rosa era fácil identificarlos porque uno terminaba viendo siempre a las mismas personas. Estaban los tipos que llegaban temprano para estacionar el BMW o el Mercedes Benz justo enfrente de la discoteca. No importaba si entraban o no rápido; el objetivo era que el auto quedara exhibido como parte del personaje. Antes de entrar, muchos nos sentábamos en las mesas exteriores de Chilis o La Vida en Rosa y desde ahí mirábamos desfilar a la gente y, sin querer, también a los carros, como si aquello fuera una pasarela de egos.
Recuerdo especialmente a uno que manejaba un BMW negro. Tendría unos treinta años, muchísimo mayor que nosotros. Siempre aparecía vestido de saco, con una corbata estilo ejecutivo y con esa actitud de hombre que cree que todos lo observan. Y probablemente sí lo observaban, pero más por curioso que por admirable. Siempre solo. Nunca con pareja. Pasaba horas viendo la pista de baile desde la barra ubicada junto a ella, diseñada precisamente para observar pero no tocar. No era un espacio pensado para mujeres, sino para hombres solos que buscaban encontrar alguien con quien bailar. Esa era la idea, y el chico del BMW era uno de ellos. Yo evitaba ese lugar porque sentía que dejaba una especie de huella social en la noche y prefería quedarme en la barra junto a mi grupo de amigos.
En fin, el problema no era el auto. El problema era la necesidad desesperada de construir una película falsa alrededor de sí mismo.
Por otro lado, estaban los mentirosos. Esos sí eran realmente incómodos. Tengo tan presente al “Guatón Loyola”. Era algo así como el chófer de un grupo de chicas que siempre llegaban a la discoteca. Una noche apareció donde estábamos hablando con un conocido mío y comenzó a contar que acababa de regresar de México. Hasta ahí todo normal. Pero después dijo que había estado en un yate con Luis Miguel.
Yo me quedé callado. El otro muchacho comenzó a seguirle la corriente solamente para burlarse.
—¿En serio? ¿Y qué tal Luis Miguel?
El hombre siguió.
—No, hombre, si somos amigos. Pasamos varios días allá.
Entonces el otro le preguntó si también había estado con José José y el tipo respondió totalmente serio que sí, que incluso habían bebido juntos en el Hotel Presidente antes de un concierto.
La mentira iba creciendo como una bola de nieve.
Después aseguró que venía manejando desde México y que en la frontera entre Guatemala y México había estado en una balacera donde su novia mexicana había quedado herida. Según él, la había dejado hospitalizada y ella le había suplicado que regresara a San Salvador porque la situación era demasiado peligrosa y porque su M16 se había quedado sin balas.
Todo eso contado a las doce de la noche, parado afuera de una discoteca, frente a un grupo de pubertos de entre diecisiete y diecinueve años, mientras nosotros apenas podíamos contener la risa.
Lo impresionante era que no entendía que se estaban burlando de él. Seguía hablando con total seguridad, inventando detalles y construyendo escenas absurdas como si realmente creyera que eran convincentes.
Ahí descubrí algo importante: el verdadero mitómano no miente solamente para engañar a otros. También termina engañándose a sí mismo. Y había otro problema relacionado con este tipo de personajes de la fauna nocturna: mucha gente los encontraba simpáticos. Uno de mis mejores amigos del colegio, Julio, me decía que era entretenido escucharlo, y para mí resultaba totalmente ilógico oír a un farsante mentir de esa manera.
Me provocaba una especie de asco moral y me dejaba claro que ese entorno, que iba desde el colegio hasta la vida nocturna, era también el reflejo de una mentira más global. Siempre tuve la costumbre de evitar a este tipo de sujetos porque, además de sus falsedades, arrastraban cierto clasismo hacia otros. Una manera de mirar de menos a las personas por su fisonomía o por la ropa que usaban. Y en el caso del “Guatón Loyola”, todas esas características parecían mezcladas dentro de su personalidad. Aunque yo también podía apartarme de personas cuya conducta consideraba poco ética, nunca me interesó hablar mal de ellas ni asumir actitudes de prepotencia clasista. Me importaban un bledo mientras estuvieran lejos.
Desde esa noche evité cualquier espacio donde él estuviera presente. Algo curioso sobre los mentirosos de la Zona Rosa es que todos los que recuerdo eran hombres.
Otro personaje distinto era el que fingía pertenecer a una clase social más alta. Ese me daba más tristeza que enojo. No era feo ni desagradable. Simplemente estaba atrapado en esa presión absurda de aparentar.
Usaba ropa prestada. Me pedía pantalones OP, camisas Polo y relojes Watch porque en esos años la ropa funcionaba como una contraseña social. Las marcas importaban demasiado. El caballo pequeño bordado en la camisa parecía definir quién pertenecía y quién no.
Yo entendía parcialmente esa presión. Mi bisabuela tenía una frase chilena antigua que repetía siempre: “Bien vestido, bien recibido”. Ella hablaba desde otra época, pero en los años ochenta esa idea seguía viva.
El problema era que este muchacho también mentía constantemente. No afirmaba ser amigo de artistas ni participar en balaceras contra guerrilleros como el “Guatón Loyola”, pero sí decía vivir en una colonia exclusiva de San Salvador. Un día pidió que lo dejaran cerca de esa zona y después supe que caminaba casi una hora hasta llegar realmente a su casa. No era una colonia peligrosa ni miserable. Era simplemente una zona de clase media baja. Pero para él decir la verdad parecía insoportable.
La situación explotó cuando me pidió ayuda con una novia que estudiaba en mi colegio. Me dijo que habían discutido y que necesitaba que yo hablara con ella. Acepté hacerle el favor.
Al día siguiente fui a buscarla y apenas mencioné el nombre del tipo, la muchacha explotó furiosa.
—Ese mentiroso… ¿y ahora vos también le hacés favores?
Salí de ahí sintiéndome idiota. Esa misma noche todavía tuvo el descaro de preguntarme qué le había dicho para que ella estuviera tan enojada. Ahí comprendí que el problema no era solamente mentir. Era vivir dentro de una mentira permanente.
Le pedí que me devolviera mi ropa y prácticamente ahí terminó la amistad. Después tuvimos un par de encontronazos en discotecas. Nada serio, pero sí esa tensión incómoda de saber que uno perdió un amigo por culpa de las falsedades ajenas.
Y después estaba Jorge K. Él mentía distinto.
Con él uno incluso se reía porque tenía talento para inventar historias. Decía que trabajaba en cosas importantes, que ganaba muchísimo dinero, que había viajado y que salía con varias mujeres a la vez. Algunas historias eran tan exageradas que parecían escenas de una telenovela mala.
Pero el problema llegó cuando comencé a moverme con otro grupo de otros amigos relacionados a mi vecino Luis, eran de familias de lo llamado por algunos como la “oligarquía imperante”, tipos que sí tenían dinero de verdad, carros último modelo y una vida completamente acomodada
Curiosamente ninguno de ellos necesitaba presumir. Esa fue una de las lecciones más interesantes que aprendí en la noche salvadoreña de los años ochenta: la gente que realmente tenía dinero casi nunca hablaba de dinero o exageraba con muestra de poder económico. Luis , que vivía en quinto piso de donde yo residía, tenía una camioneta , pero era una persona de gran humildad.
Jorge, en cambio, necesitaba impresionar constantemente y el grupo comenzó a verlo como lo que era: un fabulador. Me decían : este si es un gran “pajero”.
Yo todavía lo encontraba simpático a ratos, pero entendía perfectamente el rechazo que provocaba. Lo perdonaba porque lo trataba desde 1984 y para 1989 ya conocía su lado bueno: ser un adicto a la noche y al baile en las discotecas. Eso sí, la mentira continua termina agotando. Uno ya no conversa con la persona; conversa con el personaje que inventó.
Claro, también existía otro lado de la historia.
Muchas veces los mentirosos sí triunfaban. Conseguían las mujeres más guapas, entraban a los grupos más exclusivos y parecían dominar la noche. La seguridad falsa, aunque fuera artificial, podía resultar seductora, especialmente en un ambiente donde todos intentaban parecer más interesantes de lo que realmente eran.
Y las mujeres también practicaban ese juego de la imagen. Había algunas que entraban a la discoteca como si fueran celebridades. Bellísimas y conscientes del efecto que provocaban. Recuerdo una especialmente. Trigueña, pelo negro, minifalda, unos aros metálicos larguísimos que parecían garras plateadas y una uña falsa metálica extremadamente larga. Nunca hablé con ella. Pero bastaba verla cruzar la discoteca para que medio lugar volteara a verla. Hasta donde supe, ella no era mentirosa. Y algo que sí me quedaba claro, que las chicas que se movían en esos años en la vida nocturna no mentían con temas de clasismo como los hombres.
La noche estaba llena de teatro, pero también de peligro. Porque detrás de los mentirosos venían los otros: los violentos. Los que mezclaban ego,mentiras, alcohol y necesidad de demostrar fuerza. A esos sí había que evitarlos. Uno de ellos era particularmente temible. Como aprendí a esquivarlo, nunca enfrenté directamente su furia y, con las décadas, terminamos siendo apenas conocidos, nunca amigos.
Vi peleas terribles en esos años. Tipos destruidos a golpes solamente porque alguien vio mal a otro o porque una mujer aceptó bailar con alguien distinto. El alcohol transformaba a algunos en seres completamente impredecibles.
Por eso, viéndolo ahora en retrospectiva, entiendo que la Zona Rosa era una especie de pequeño universo humano comprimido entre luces de neón y música new wave. Ahí estaban los tímidos, los románticos, los solitarios, los violentos, los mentirosos, los que buscaban amor, los que buscaban olvidar y los que solamente querían que alguien los mirara por unos minutos. Y quizá los mentirosos no eran más que eso: personas desesperadas por sentirse vistas, aunque para lograrlo tuvieran que inventarse una vida distinta bajo las luces rosadas de la noche. Seres que hoy posiblemente serían influencers.