Memorias en la Zona Rosa: ¡Cómo no olvidar semejante pendejada! | Parte 5

Entre tormentas de septiembre, billeteras prestadas, música new wave y conversaciones huecas, a veces la adolescencia confundía el amor con la obsesión y las pistas de baile con el destino. Esta es la memoria de una noche donde todo parecía posible, aunque en el fondo ya estuviera condenado a vivir unos de los momentos más

Zarko Pinkas |

Entre tormentas de septiembre, billeteras prestadas, música new wave y conversaciones huecas, a veces la adolescencia confundía el amor con la obsesión y las pistas de baile con el destino. Esta es la memoria de una noche donde todo parecía posible, aunque en el fondo ya estuviera condenado a vivir unos de los momentos más “pendejos” de mi pubertar.


I.

Había algo que ya se había instalado en mí desde hacía tiempo, una sensación persistente que no lograba nombrar con claridad, pero que me empujaba noche tras noche a la discoteca. No era solo la música, aunque la música era esencial, ese golpe en el pecho que te hacía sentir que estabas vivo, que algo estaba pasando. Tampoco era el alcohol, porque nunca fue lo mío. Era otra cosa. Era la búsqueda. Yo iba a buscar a alguien.

No sabía quién, no sabía cuándo iba a aparecer, pero sabía que tenía que estar ahí, en medio de esa pista, entre luces, humo y canciones que parecían diseñadas para conectar a desconocidos por unos minutos. Reconozco que estos pensamientos eran una característica de siempre tener más. Había terminado con Sofia una semanas antes y eso me impulsaba a buscar un clavo que saca otro clavo. No obstante, mi adicción a la noche era también fuerte y se traducía en bailar. Ese herencia de los tiempos primitivos me llenaba de excitación.

Bailar era el lenguaje. No había nada extraño en acercarse a una chica y decirle “¿bailamos?”. Así se conocía la gente. Así se empezaban historias. Y fue en ese código, en esa lógica simple y directa, que la vi por primera vez el repuesto emocional. No era una belleza evidente en el sentido clásico, pero tenía algo distinto. Falda blanca, presencia particular, una forma de moverse que rompía con lo común. Y eso bastó para mí. La saqué a bailar. Bailamos varias canciones, suficientes como para que el momento se sintiera completo. Al terminar, me dijo gracias y se fue a sentar. Yo no la seguí. Habían códigos y uno los respetaba. La noche continuó y terminó.


II.

Tengo demasiado presente la sensación de esperar a Ricky afuera de mi casa mientras veía pasar autos bajo una lluvia que amenazaba con caer desde temprano. Él llegaría en su microbús y luego iríamos a buscar a dos amigas de él. Una de ellas era Elisa.

La había visto varias veces en Marios en la Zona Rosa. Habíamos bailado juntos tres veces y eso había bastado para dejarme completamente enamorado. Así funcionaban las cosas a esa edad. El amor llegaba como un golpe seco en el pecho. No era algo sexual ni perverso todavía. Era más bien una sensación absurda y hermosa de mariposas en el estómago, una especie de electricidad adolescente que hacía que una simple mirada pareciera una escena de película.

Cada vez que bailábamos me sentía flotando. Como si la música y las luces rosadas de la discoteca transformaran todo en algo más grande de lo que realmente era.

Por mi timidez nunca le pedí el teléfono, pero San Salvador era pequeño y gracias a Ricardo terminé descubriendo quién era. Vi su fotografía en un anuario del Colegio Británico y la reconocí inmediatamente por sus ojos negros y aquel pelo con copete perfectamente ochentero que parecía salido de un video de A-ha.

Con el nombre en la mano, el siguiente paso fue buscar en la guía telefónica. Habían dos opciones posibles. Dos números. Dos probabilidades. Y nuevamente apareció la barrera: no me atreví a llamar. No por falta de interés, sino por miedo al rechazo. Así que hice lo que en ese momento parecía una solución brillante y hoy suena ridícula: le pedí a Pepe que llamara por mí, usando otro nombre: José Antonio.

Ahí comenzó el error.

Pepe era José Antonio. Él llamó, habló con ella, y después la segunda llamada la hice yo. Pepe me advirtió que esto saldría mal- Son demasiadas las novelas que ves para armar esta pendejada – me dijo. – No hay problema, respondí.

Cuando la llame traté de recordarle quién era, insistí en que habíamos bailado varias veces. Ella decía no acordarse. Aun así, la conversación avanzó lo suficiente como para abrir una puerta. Y yo, en lugar de entrar con cautela, decidí derribarla.

Le mandé doce docenas de rosas rojas. Un acto que se convirtió en una broma que me seguiría por décadas: el hombre de las doce docenas de rosas que las envía antes tener el pastel en la mesa para comerlo.

No tenía sentido económico ni lógico, pero en ese momento estaba completamente metido en la idea de que el amor se construía así, con gestos desproporcionados, con símbolos exagerados. Mi madre, como siempre, apoyando incluso mis decisiones más absurdas, hizo posible ese envío. Y las flores llegaron. Eso nos llevó a la cita.

III.

Recuerdo perfectamente esa noche. Esperaba a Ricardo en su microbús. Íbamos a recogerlas. Yo ya estaba completamente metido en una película que no tenía base real. Me imaginaba una vida con ella, una historia completa que no había comenzado. Esa es la intensidad de los 17 años. Todo se siente definitivo.

Ricardo llegó manejando rápido. Había una guerra, pero al final nos importaba un bledo. Yo iba viendo por la ventana mientras alucinaba despierto. Ya me imaginaba casado con Elisa, con hijos, viviendo alguna fantasía absurda construida en menos de una semana. Así era uno de adolescente. Bastaba una canción lenta y dos bailes pegados para empezar a inventarse una vida entera.

Antes de salir me di cuenta de que mi billetera no servía para la ocasión. Era una OP sintética bastante corriente, así que fui donde mi primo y le pedí prestada una de cuero legítimo que parecía sacada de un ejecutivo de los ochenta. En esos tiempos la imagen importaba muchísimo. No como ahora con redes sociales y filtros, sino físicamente. Había que parecer alguien.

Me puse un pantalón Polo blanco donde se mirara claramente el caballito bordado en la pierna. Si el caballo no se veía, entonces el pantalón no valía nada socialmente. Así funcionaba la estupidez colectiva de esos años y uno jugaba el juego aunque supiera que era ridículo.

Cuando llegamos por ellas y Elisa se sentó a mi lado, sentí que se me paralizaba el cuerpo. Llevaba un vestido negro corto que hacía resaltar sus piernas blancas con una perfección imposible. La lluvia comenzó a caer con fuerza mientras avanzábamos hacia la Zona Rosa.

—Ricky, subí los vidrios —le dije.

La hermana de Elisa soltó una carcajada.

—¿Ricky? —repitió burlándose.

Ricardo me jaló la corbata y murmuró al oído:

—No me digás así, men. Suena muy marica.

Llegamos a Paradise. En 1987 aquello era el centro absoluto de la vida nocturna elegante en San Salvador. Si querías sentirte parte de algo exclusivo, tenías que estar ahí. La guerra civil parecía no existir dentro de la Zona Rosa. Era como una burbuja absurda donde todo seguía funcionando mientras afuera el país se despedazaba lentamente.

Nos sentamos y pedimos comida. Todos ordenamos filet mignon y nos reímos por la coincidencia como si hubiéramos descubierto algo trascendental.

Elisa pidió un amaretto. Ricardo pidió cerveza con vino. Yo una conga.

Fui al baño y mientras me secaba las manos me dio un ataque de ansiedad. Había un problema enorme: yo era José Antonio.

Ella pensaba que yo era José Antonio, ¿Por qué razón?  : “Dime con quién andas y te diré quién eres”.  Mi grupo de amistades éramos  expulsados del San Francisco y otros colegios, estrellas caídas de la farándula nocturna ligada a conductas revoltosas en fiestas y la discoteca. Esa era un percepción la cual con el tiempo me di cuenta que era una exageración más de esta historia. Yo no bebía pero mi grupo de amigos lo hacía y eso me obligó a ocultar mi verdadero nombre. Era José Antonio y punto y después vería como resolver la blanca mentira.

Regresé a la mesa y Ricardo me preguntó: ¿qué tal el ambiente por la barra del bar, José Antonio? Y me guiñó el ojo. — Muy bien —le respondí tomando de un trago toda la conga. 

La conversación fue exactamente lo que uno espera de adolescentes intentando parecer adultos: autos, colegios, novios ajenos, universidades, rumores, dinero y una cantidad monumental de conversación que a mí me parecía demasiado básica.

¡Oh, Dios! , me repetí para mis adentros, el aburrimiento era  tal que pensé seriamente en irme a la barra a saludar a algunos amigos que había visto al entrar. Sentía que estábamos hablando tanta tonterías que alguien reclamaría, pero al final me calmé, pues en las otras mesas los temas eran la misma verborrea barata de la vida de otros. Ese era el oleaje social y había que seguirlo o quedabas como un raro.

Saqué a Elisa a caminar por la terraza nueva del lugar. La verdad era que quería que me vieran con ella. Así de superficial era también yo a los 17. Tener una mujer hermosa al lado en la Zona Rosa era una especie de trofeo social silencioso.

Hablamos más tranquilos después. Ella quería estudiar administración de empresas porque su padre trabajaba con telas. Yo le dije que quería estudiar arquitectura, aunque no tenía la menor idea de qué hacer con mi vida. Le dije con todo el sarcasmo: que interesante. Cuéntame más.

En medio de la conversación empecé a desesperarme. Ella evitaba tocarme. Quitaba las piernas cuando rozaba sus rodillas con las mías. Sonreía por educación, no por interés.

Ahí entendí algo terrible: yo estaba enamorado y ella simplemente estaba pasando la noche. Pero aún así seguí intentando. Hice todo lo normal para sentirme cerca de ella. Podría haberle dicho que me encantaba Ricardo Arjona, Coelho o las cumbias si eso ayudaba, pero cuando no hay química no existe estrategia que funcione.

Después fuimos a la discoteca.Las luces rosadas atravesaban el humo artificial y todos bailábamos creyendo que éramos inmortales. En un momento pusieron canciones para bailar pegado y el ambiente cambió completamente. Había un instante donde la música dejaba de ser ruido para convertirse en excusa para abrazar a alguien.

Bailamos juntos y aunque no sentía reciprocidad de entusiamo emotivo, igual recuerdo ese momento como algo hermoso. Sentir el perfume mezclado con humo de cigarro, la mano en su cintura, el movimiento al ritmo de “Me cuesta tanto olvidarte” de Mecano y “Alone” de Heart mientras afuera seguía lloviendo sobre San Salvador. Eso era suficiente para un adolescente.

Fuimos a la terraza de Marios que era el lugar donde todos los que estaban en una cita terminaban. Entonces llegó el momento de quitar la máscara que asfixiaba mi mente. Fui al grano sin tanta amabilidad excesivamente cursi. —¿Quieres que volvamos a salir?, le pregunté. Elisa me miró y dijo que la llamara uno de estos días. La noche se fue acabando como la posibilidad de conquistar a la princesa de mis sueños.

Salimos de la discoteca y las fuimos a dejar  a su casa. Nos despedimos con un beso en la mejilla sin sabor a nada. Ricky me llevó y me dijo que esperaba que la hubiera pasado muy bien. Le dije que había sido una noche fantástica. Aunque sabía, en mi interior, que yo había creado un monstruo con un mentira tan pendeja. En cierta forma sentía un alivio al no tener que confesar esa estupidez de poner a otro a hablar a quien consideraba alguien importante.

Al día siguiente le mandé rosas rojas. Nunca pasó nada.

Años después entendí que esa noche no trataba realmente sobre Elisa. Trataba sobre la adolescencia misma. Sobre querer encajar, querer gustar, querer besar, querer sentirse amado bajo las luces rosadas de la Zona Rosa.

IV.

De esa forma bastante deprimente, terminó ese capítulo de un amor fallido a finales de 1987. Ahora parado en la Zona Rosa esperando un Uber me recordé a Elisa y de la última vez que la vi 30 años después. Había perdido todo su brillo para mí.

Hablamos cinco minutos de temas, que igual que ese septiembre del 1987, no significaban nada. Esta vez no hubo sueños de boda ni de hijos. Solo una conversación sobre nada que recuerde. Suspiré y aluciné que igual me casaría con ella y me sentí parte de la gran pendejada de nuevo.