Por Álvaro Rivera Larios
En la última década del siglo pasado, ya calados por la corriente desmitificadora del posmodernismo, en El Salvador se lanzó una consigna: desacralizar a Roque Dalton. Su leyenda —se decía entonces— era un estorbo para la lectura rigurosa de sus textos; funcionaba como un peso simbólico desfasado frente a los nuevos valores cívicos y ante el lenguaje lírico que demandaba la nueva época. Sin duda, aquella tarea desacralizadora era necesaria, saludable y oportuna: encarnaba una forma de tomar distancia respecto de uno de los símbolos que, durante los años setenta y ochenta, había gobernado la imaginación política y cultural de los salvadoreños.
Sin perdonar mármol alguno, a dicha tarea se dedicaron, con sus voluntariosos martillos dialécticos, Rafael Menjívar Ochoa, Rafael Lara Martínez, Ricardo Roque Baldovinos y Horacio Castellanos Moya, entre otras voces. Sin embargo, en ese momento de entusiasmo desmitificador generalizado, nadie pareció advertir que habíamos sido testigos —en el último cuarto del siglo XX y ante nuestras propias narices— de la formación de un meta-relato, de una leyenda: la de Roque Dalton como uno de los últimos poetas nacionales de América Latina.
En un contexto histórico en el que los poetas tendían a recluirse con gusto en pequeñas comunidades iniciáticas de lectores —cuando buena parte de los creadores adoptaba lenguajes deliberadamente alejados del gusto y la comprensión de las mayorías—, Dalton logró atravesar los excelsos lindes de esos guetos culturales. Sus textos comenzaron a circular simultáneamente como palabra comunal y como espacio de intervención académica. El poeta ocupó así una plaza extraña: compartida, no sin tensiones, entre doctores y lectores relativamente comunes. Un poeta apropiado por la comunidad era ya, en el último cuarto del siglo XX, una figura anómala, a contracorriente.
Ese fenómeno —que tras el final de la guerra civil pudo percibirse como un estorbo, como una estatua en la plaza merecedora de algunos martillazos desacralizadores— no solo demandaba crítica, sino que merecía y aún merece exploraciones y explicaciones más atentas.
Cabe preguntar entonces : ¿cuántos poetas nacionales equiparables a Dalton surgieron, en ese mismo período, en Honduras, Costa Rica, México, Argentina, Venezuela, Cuba o Perú? En la recién estrenada posguerra, durante la década de los noventa, nos preocupamos más por derribarlo que por interpretar su aparición en un momento histórico en el cual figuras como la suya —aun antes del final de la Guerra Fría— parecían condenadas por el reflujo general de la historia. ¿Cómo pudo surgir en El Salvador su clamorosa excepción?
Roque Dalton no es solo un gran poeta comprometido y un intelectual militante: es una figura de condensación simbólica, alguien en quien confluyen biografía, obra, sacrificio, traición, memoria colectiva y disputa por el sentido nacional. Eso lo saca del campo estrictamente literario y lo coloca en una zona liminal, donde operan los mitos fundacionales modernos —o, más precisamente, sus ruinas.
Si afinamos el criterio —impacto simbólico nacional duradero, circulación popular del nombre, apropiación política transversal, presencia en rituales de memoria y conflicto permanente por su significado—, el grupo al cual pertenecería nuestro poeta se vuelve extraordinariamente reducido en el último cuarto del siglo XX latinoamericano.
Algunos puntos clave permiten delimitarlo. El mito no se decreta: no lo produce el Estado, ni la academia, ni siquiera un partido. Surge cuando una figura empieza a ser invocada para explicar contradicciones colectivas no resueltas. Dalton sirve para hablar de revolución, traición, ética, fracaso, esperanza, nación y lenguaje. Eso es central. Tampoco basta el prestigio literario: Octavio Paz es infinitamente más famoso que Dalton, pero no es un mito cívico; es un clásico, un intelectual de Estado crítico, una figura de alta cultura. No encarna una herida nacional abierta. Y no basta la militancia: hubo muchos poetas militantes; casi ninguno se convirtió en símbolo que desborda su campo. La mayoría quedó archivada en la historia de la izquierda o de la literatura comprometida.
Hagamos, con este criterio, un recorrido rápido por los países antes citados. En Honduras, Roberto Sosa es un gran poeta moral, pero no alcanza la dimensión mítica: no estructura el imaginario nacional ni provoca disputas simbólicas persistentes. En Costa Rica, Jorge Debravo posee aura popular y cierto tono cívico, pero su figura no funciona como mito conflictivo ni como alegoría del proyecto nacional. En México, el Estado absorbió casi todo: los escritores fueron canonizados o neutralizados; ni siquiera las figuras trágicas lograron esa condensación mítica moderna. En Argentina, Juan Gelman se acerca mucho: no tanto como mito nacional unívoco, pero sí como figura ética que encarna la herida de la dictadura; aun así, su impacto es más moral que mítico en sentido fuerte. En Venezuela no hay equivalente: la poesía no produjo una figura cívica de ese tipo en el período. En Perú, Vallejo sería el caso paradigmático, pero es anterior; en el último cuarto del siglo XX no surge nadie con esa densidad simbólica.
En ese sentido, Dalton queda emparentado con un linaje muy raro, donde entran figuras como Vallejo, poeta-mito de la injusticia y el dolor humano; Martí, poeta-apóstol y fundador simbólico de la nación; Neruda, poeta-voz del continente, aunque ya más institucionalizado; y el propio Gelman, poeta de la pérdida, la memoria y la ética, sin llegar del todo al mito nacional.
Lo específico de Dalton —y aquí reside su singularidad histórica— es que su mito no se cerró y terminó cuajando en una época que ya descreía de los metarelatos. Podría decirse que encarnó, paradójicamente, el cierre de un ciclo: el de los grandes poetas nacionales de América Latina. No fue canonizado plenamente ni demonizado del todo. Sigue siendo una figura viva, en disputa, y eso lo vuelve funcional en el presente. Su asesinato, su ironía, su amor al país, su lucidez tardía impiden reducirlo a santo o a mártir. En plena crisis de la modernidad, nuestro poeta es un anacronismo vivo y lo que eso signifique aún está por pensarse. No es que faltaran grandes poetas en América Latina a fines del siglo XX; es que faltaron figuras capaces de cargar con una nación fracturada en su propio cuerpo y en su lenguaje.
La emergencia del compañero poeta en armas y su consolidación como figura central de una mitología cívica no se explican únicamente por la propaganda ni por un designio editorial. En su formación confluyeron factores locales decisivos: el ethos de una escritura culta capaz de abrirse a la comunidad sin abdicar de la ironía crítica; el impacto de algunos libros que circularon más allá de los circuitos literarios como instrumentos de lectura del país; la movilización cultural de una izquierda insurrecta que aún concebía la palabra como forma de intervención histórica; la experiencia masiva de la emigración, que convirtió su voz en una patria portátil; y, finalmente, una muerte trágica que introdujo una herida narrativa imposible de suturar dentro de la épica revolucionaria.
La condición de “compañero” inscribe al poeta en la historia concreta de la comunidad y lo sustrae, al mismo tiempo, de la fría distancia del monumento. No se trata solo de una adscripción política, sino de una forma de pertenencia simbólica que lo vuelve figura cálida y cercana, a la vez comunal y doméstica. De ahí que, al nombrarlo, muchos no digan Dalton sino Roque, como quien invoca a alguien conocido, casi familiar, atravesando sin estridencias los respetables lindes de la figura literaria consagrada.
Ese gesto nominativo no es pequeño: señala el paso del autor concreto al mito vivo. Ocurre cuando una comunidad no solo reconoce una obra, sino que se reconoce en ella; cuando abraza al mito y es, a su vez, abrazada por él. El mito deja entonces de ser abstracción o emblema distante y se convierte en mediación afectiva que protege contra la dispersión y ofrece continuidad simbólica frente a la fragmentación individual.
En ese sentido, llamar a Roque por su nombre propio no es una falta de respeto, sino una forma de apropiación comunitaria. El poeta ya no pertenece únicamente al campo literario ni al archivo académico: pertenece a un nosotros que, al pronunciarlo, se reafirma. El mito no se impone desde arriba: circula horizontalmente, como vínculo que anuda memoria, afecto e historia compartida. Tal vez ahí resida una de las claves más persistentes de su vigencia.
El anclaje subjetivo del poeta en la imaginación comunitaria confiere a su biografía una resonancia que excede con mucho el orden de lo individual. Esa resonancia ampliada es, precisamente, la del mito. No se trata solo de que su vida sea recordada, sino de que vuelve: se reactualiza, se repite, se inscribe en un tiempo ya no lineal, sino cíclico.
De ahí que la fecha de su trágico fin adquiera densidad ritual. El calendario deja de ser mera cronología y se convierte en escenario de recurrencia simbólica. La historia de su asesinato vuelve a pronunciarse; retorna la pregunta por los responsables; se reactiva, una y otra vez, la condena colectiva cada diez de mayo. No es fijación morbosa: es la lógica propia de los mitos heridos, aquellos cuya muerte no clausura el relato, sino que lo reabre.
Porque matarlo no equivalió a eliminar su emblema: quien mancilló su cuerpo atentó contra el lazo simbólico comunitario que sostenía al hombre como signo. El asesinato del poeta, revivido cada diez de mayo, se convierte así en un agravio cíclico a la comunidad. Sin preverlo, quienes asesinaron a Dalton terminaron suicidándose simbólicamente en el teatro de la memoria colectiva. La pequeña y miserable victoria política de sus verdugos los dejó suspendidos en una zona espectral: medio vivos, medio muertos. La persistencia del diez de mayo no habla solo del pasado, sino de un grupo vasto que, al reiterar la condena cíclica, reafirma su propia continuidad.
Si las palabras hacen cosas, los mitos —cuajados en relatos, imágenes y gestos reiterados— siguen obrando en la comunidad que los hace suyos. No permanecen como residuos del pasado, sino como fuerzas activas que organizan afectos, memorias y juicios. Por eso, cada diez de mayo, el poeta no es solo recordado: su mito juzga y condena a los asesinos.
Esa condena no es mero efecto de propaganda ni de consigna política. Tiene la forma y la persistencia de un ritual comunitario. Como todo ritual, no busca información nueva, sino reafirmación simbólica: restablecer un límite moral, volver a trazar la frontera entre lo admisible y lo intolerable. En ese gesto reiterado, la comunidad no solo acusa a los culpables del pasado: se reconoce a sí misma en el acto de acusar. El mito funciona así como instancia ética: no absuelve, no prescribe olvido, no permite que la violencia quede archivada como simple error histórico.
La escéptica posmodernidad recusó los grandes relatos; sin embargo, mientras ese descrédito se consolidaba en las metrópolis culturales, en El Salvador —en la periferia de la periferia— apareció a contracorriente un gran relato. No nació de un programa teórico ni de una voluntad de canonización, sino del entrecruce tenso entre vida, literatura y política: el de Roque Dalton como poeta nacional.
No está claro si esa emergencia confirma las tesis posmodernas o si, por el contrario, las pone en duda al evidenciar que ciertas comunidades, en situaciones históricas extremas, siguen necesitando relatos amplios para reconocerse. Lo evidente es que ese relato, modesto en sus pretensiones, pero denso en sus efectos, continúa operando en múltiples sentidos.
El poeta trasciende bibliotecas y archivos especializados; su palabra sigue circulando como interpelación pública. Señala, con ironía persistente, a los nuevos grandes señores; incomoda a los administradores del presente; y, cada vez que el ritual se reactiva, continúa juzgando a quienes lo asesinaron. Dalton no habita solo el pasado ni la memoria literaria: habita un espacio simbólico donde el mito no clausura el sentido, sino que lo mantiene abierto.
El comprensible rechazo a las grandes filosofías de la historia y a los altos emblemas cívicos pasó por alto esta constelación compleja y, con ella, la formación de Dalton como mito nacional crepuscular, pero todavía vivo: no el del poeta fundador de un porvenir, sino el de la figura que testimonia la supervivencia, en la periferia de la periferia, de una época iniciada en el romántico siglo XIX, cuando aún parecía posible articular poesía, historia y comunidad bajo un mismo horizonte de sentido.