La política del amor

«¡Ay! —dijo Cándido—, ya he conocido a este amor, ese soberano de los corazones, esa alma de nuestra alma; hasta ahora solo me ha valido un beso y veinte puntapiés en el trasero». Cándido, de Voltaire.

Zarko Pinkas | El Ayatolá del Rock ‘n’ Rolla”.

«¡Ay! —dijo Cándido—, ya he conocido a este amor, ese soberano de los corazones, esa alma de nuestra alma; hasta ahora solo me ha valido un beso y veinte puntapiés en el trasero». Cándido, de Voltaire.


El amor es como la política: una actividad humana que, en teoría, busca gobernar o dirigir el Estado en la relación amorosa.

Son conocidas algunas definiciones de la política como el ejercicio del poder en una relación de conflicto de intereses, los cuales pueden ser llevados a los tiernos y monopólicos brazos de esta emoción, digna de pensar muy bien antes de entrar en su dinámica.

Una relación de pareja se define por interacciones humanas emotivas, donde una de las dos partes puede encontrarse en un conflicto de amigo-enemigo, como resume Carl Schmitt, y cuya máxima expresión es la guerra. Las parejas viven en una constante batalla por ganar el dominio sobre la otra. Claro, la palabra amor tiene muchas connotaciones según el contexto: «Te amo como a mí mismo», «Te amo porque eres mi mejor amiga», «No te amo ahora, pues mi vida es un infierno contigo». Conflicto es la palabra de inicio; manipulación, el resultado final.

Maurice Duverger nos explica la política como una lucha entre individuos para conquistar el poder, donde los vencedores lo usarán en su propio beneficio. ¿Quién no se ha sentido usado y derrotado en una relación donde la contraparte amada gana la batalla utilizando sus mejores armas y astucias políticas? Son comunes las situaciones donde el macho dominante ejerce el control sobre su Estado-hogar con un absolutismo bestial y nada ilustrado sobre su víctima, derrotada por la opresión de la violencia intrafamiliar, donde su artillería verbal, psicológica y física conquista la voluntad de la atormentada vasalla mediante el poder de las palabras y los golpes.

Para Maquiavelo, la meta es obtener el poder y mantenerlo, sin importar la forma. Para él, este poder es asimétrico: una parte impondrá su voluntad como sea y la otra acatará sus decisiones con una sonrisa torcida por el miedo. Las amenazas de algunas féminas muy astutas, junto con sus armas de seducción, son capaces de dejar sin voluntad a cualquier individuo sin preparación y con grandes vacíos existenciales. El amor puede ser tan poderoso como una buena policía política de la Alemania Oriental: la Stasi.

En una relación amorosa, que se va estableciendo entre dos conciencias, la más débil terminará amando más; será la sometida al yugo. Aquella que ama menos será la fuerte: dominará y manipulará a la otra. Si tú me amas demasiado, eres mío; si yo te hago el favor de amarte menos, te voy a dominar como a un Estado conquistado. De esta forma, podemos tener un ejemplo muy realista de las conciencias emocionales del dominio.

Siempre habrá una conciencia que buscará dominar y otra explotada, intervenida, sin derecho a opinión ni libertad de expresión, que tendrá que pagar más impuestos psíquicos y perder su derecho a entregar emociones a ese rey o reina monárquica que solo piensa en sus propios intereses.

El asunto es no permitir ser víctima en este proceso de imperialismo o dictadura emocional. Lograrlo implica fomentar que nuestra parte racional sea más potente cuando el enemigo quiera imponer su gobierno sobre nuestras acciones personales. Esos silencios incómodos, esas miradas esquivas, la pérdida de nuestra identidad, y comprender que no existe una conciencia de clases emotiva, son claves para evitar entrar en un torbellino típico de argumentos demagógicos del amor cursi.

El amor nos permite renacer entre las espumas del mar, pero también puede atraparnos bajo el dominio de Poseidón. Sin embargo, la gente es feliz, y eso hay que respetarlo, aunque no necesariamente aceptarlo. Suerte para esas parejas perfectas que forman parte de nuestras sociedades, unas sociedades en decadencia intelectual.

Al fin y al cabo, «Romeo y Julieta», de William Shakespeare, es como una constitución nacida de un referéndum realizado por una dictadura. Solo los ilusos de los «sentimientos del amor», y no los de los «sentimientos racionales», secan sus lágrimas sobre tan hermosa y fantasiosa obra de la literatura universal.