Carlos Velis
Tres artistas se han despedido de este plano de existencia. Grandes creadores, además de buenos amigos.
ROMEO: Lo conocí cuando llegó al Bachillerato en Artes, siendo casi un niño. Se había ganado una beca para estudiar Artes Plásticas. Descendiente de una dinastía de artistas, supo llegar a la cúspide de la creatividad que heredó en sus venas. Fue precursor del arte digital, se lanzó a la aventura de hacer “arte postal”; convocó a varios artistas para trabajar un mismo tema a su propio estilo. Y en la cancillería dejó un hermoso legado de promotor de las artes salvadoreñas en el mundo.
A su retiro de las labores de funcionario, que coincidió con el mío, se dedicó a trabajar sus creaciones, pero lo más curioso, por decir lo menos, a recopilar un extenso legado de su vida y su obra. En esa labor, para mi íntima satisfacción, colaboré estrechamente con él. Así nació: Romeo Galdámez, @Aquí, Territorios de la memoria. Libro cofre, de páginas sueltas entre las que figuran textos en tres idiomas, copias en alta resolución de su obra y otras cosas más. Todo un tesoro. El mío es el 7 de 300.
Cuando el corazón dijo hasta aquí, preparaba su casa remodelada en su pueblo, Cinquera, para recibir a su familia el fin de año.
ADRIÁN: Eran los días en que todo comenzaba, marzo de 1979. Llegaba a San José Costa Rica con mi familia, unos gemelos de menos de dos años. Sin conocer nada de aquel mundo, encontré una cara amable: un vecino llamado Adrián Goizueta. Desde entonces, nos saludamos como ¡vecino! Unos años después, ingresé a la UNA, Universidad Nacional Autónoma, cita en Heredia. Para mi sorpresa, Adrián era profesor de planta (casi).
Aunque, por sus compromisos internacionales, no tuve más que unas clases con él, pero sí muchos encuentros en eventos, incluso en el país. Su simpatía y solidaridad con los salvadoreños siempre fue total. Tuvo muchos alumnos salvadoreños, por mencionar algunos, Franklin Huezo, primo de Romeo, apodado Jimmy, por Hendrix, dada la rapidez con que toca la guitarra y Cecilia Salazar, cantante lírica. Yo salí de Costa Rica en 1986; desde entonces, quién sabe cuánto talento salvadoreño salió de sus aulas.
Su música, un compendio de poesía social, lírica profunda y a la vez, innovadora; siempre buscando el rompimiento sonoro, sin perder el sabor de música urgente. Su asocio creativo con Luis Enrique Mejía Godoy ha enriquecido más nuestro acervo cultural centroamericano.
A Mario, lo conocí por circunstancias que no estoy autorizado a ventilar, porque involucra a terceras personas, pero me consta que mantuvo una actitud muy positiva y, podría atreverme a decir que muy dulce con las personas involucradas. No lo vi más, pero siempre voy a estar muy agradecido por su intervención cuando se le requirió. Por amigos en común, puedo asegurar que era una gran persona.
Vuelen alto, queridos amigos, hasta donde “no llegan los rumores de allá abajo, del cieno”.