Una bandera exhibida tras la victoria de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial 2026 reabrió mucho más que una vieja disputa territorial. También despertó recuerdos personales, heridas históricas y una reflexión sobre el nacionalismo, el fútbol y la forma en que ambos terminan mezclándose.
Zarko Pinkas |
Una bandera exhibida tras la victoria de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial 2026 reabrió mucho más que una vieja disputa territorial. También despertó recuerdos personales, heridas históricas y una reflexión sobre el nacionalismo, el fútbol y la forma en que ambos terminan mezclándose.
No. Yo jamás me pondré una camiseta de la selección argentina. Y no espero convencer a nadie de que haga lo mismo, porque las convicciones no se contagian como un entusiasmo mundialista ni se imponen a fuerza de goles. Tampoco escribo estas líneas porque me interese discutir quién juega mejor al fútbol, si Lionel Messi merece o no todos los elogios que recibe o si Diego Maradona fue el mejor futbolista de todos los tiempos. Francamente, me da igual. Nunca he sido un apasionado del fútbol y difícilmente lo seré. Lo que me mueve a escribir esta columna es otra cosa: la memoria. Esa memoria que en América Latina solemos archivar demasiado rápido cuando nos conviene, pero que reaparece cada vez que el nacionalismo encuentra un escenario perfecto para disfrazarse de patriotismo.
Cuando la selección argentina derrotó a Inglaterra y algunos de sus jugadores desplegaron una bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas”, muchos vieron un acto de reivindicación nacional. Yo vi algo distinto. Vi cómo un conflicto diplomático que lleva décadas sin resolverse era trasladado deliberadamente a una cancha de fútbol, sabiendo perfectamente que el reglamento de la FIFA prohíbe ese tipo de manifestaciones políticas. No me sorprendió, por eso, la reacción del Gobierno británico ni el pronunciamiento de la administración de las Islas Falkland pidiendo que el caso fuera revisado. Era exactamente el desenlace que cualquiera podía prever.
Una memoria que comenzó antes de las Malvinas
Quizá mi forma de ver este asunto sea distinta porque mi historia comenzó antes de la Guerra de las Malvinas. Quienes crecimos en Chile durante los años finales de la década de los setenta sabemos perfectamente que hubo un momento en que la guerra parecía inevitable. La dictadura de Jorge Rafael Videla preparó la llamada Operación Soberanía para ocupar las islas Picton, Nueva y Lennox, mientras Chile movilizaba tropas convencido de que el enfrentamiento podía comenzar en cualquier momento. Finalmente fue la mediación del papa Juan Pablo II la que evitó una tragedia entre dos pueblos vecinos, pero el miedo quedó instalado en miles de familias.
Mi primo cumplía entonces el servicio militar en Punta Arenas. Esperaba, como tantos otros jóvenes, la posibilidad real de una invasión. Eso no lo aprendí en un documental ni en una clase universitaria; forma parte de la historia de mi familia. Por eso, cuando hoy escucho discursos cargados de fervor nacionalista, inevitablemente regreso a aquellos años. La memoria tiene esa costumbre incómoda: nos recuerda que detrás de cada consigna patriótica siempre hay personas de carne y hueso que terminan pagando el precio.
La conversación que nunca olvidé
En algún momento surgió el tema de los mundiales y alguien preguntó por qué tantas personas de Centroamérica, el Caribe e incluso México acostumbraban usar camisetas de la selección argentina. Algunas de las respuestas fueron despectivas. Recuerdo que se dijo que aquello era ridículo, que cada quien debía apoyar únicamente a su propio país y que resultaba casi vergonzoso que pueblos que ni siquiera compartían frontera celebraran victorias ajenas. Incluso apareció aquella vieja expresión, muy utilizada hace décadas en ciertos ambientes futboleros del Cono Sur, según la cual algunos países “jugaban con la pelota cuadrada”, una frase cargada de desprecio hacia el nivel futbolístico de Centroamérica y el Caribe.
No afirmo que esas personas representaran a toda la sociedad argentina. Sería intelectualmente deshonesto hacerlo. Lo que sí afirmo es que esa conversación existió, que yo la escuché y que dejó una impresión profunda en mí. Desde entonces empecé a prestar mucha más atención a determinados discursos nacionalistas que reaparecen una y otra vez alrededor del fútbol, especialmente cuando se mezclan con la política.
Nacionalismo y fútbol: una combinación peligrosa
Siempre me ha parecido que el fútbol tiene la extraordinaria capacidad de sacar lo mejor de las personas cuando une a una comunidad, pero también de sacar lo peor cuando se convierte en un vehículo para demostrar supuestas superioridades nacionales. Ahí es donde deja de ser un juego para transformarse en un espectáculo político.
Por eso considero un error utilizar un triunfo deportivo para reabrir conflictos diplomáticos que siguen siendo objeto de disputa internacional. La cuestión de las Malvinas continúa enfrentando las posiciones del Reino Unido y de Argentina, y cada Estado sostiene argumentos jurídicos e históricos distintos. Precisamente por tratarse de un conflicto vigente, convertir una semifinal del Mundial en un escenario para lanzar consignas políticas me parece una decisión equivocada, más aún cuando quienes la realizan saben perfectamente que participan en una competición cuyas reglas prohíben ese tipo de manifestaciones.
No es una cuestión de si uno simpatiza más con Londres o con Buenos Aires. Es una cuestión de respetar las reglas del torneo. Si la FIFA sanciona a una selección africana, europea o asiática por utilizar mensajes políticos, entonces el mismo criterio debería aplicarse a cualquier campeón del mundo. La igualdad ante el reglamento también debería existir en el deporte.
Con los años he intentado comprender por qué ese tipo de gestos despiertan tanta adhesión en determinados sectores de la sociedad argentina. Lo que voy a decir ahora no pretende ser una verdad absoluta ni una conclusión académica; es simplemente una hipótesis personal construida a partir de mis lecturas, de mis estudios en Ciencia Política y de mis propias experiencias.
Siempre me ha parecido que Argentina desarrolló una fuerte tendencia a convertir determinadas figuras en símbolos casi sagrados de la identidad nacional. Maradona, Evita Perón, Carlos Gardel y otros personajes ocupan un lugar profundamente emocional dentro del imaginario colectivo. No critico a esas personas ni desconozco su importancia histórica o cultural. Lo que me interesa observar es la manera en que, desde algunos sectores, esas figuras son utilizadas para reforzar una narrativa nacionalista donde la crítica suele verse como una traición.
Esa es mi interpretación, y como toda interpretación puede ser discutida. Pero creo que ayuda a entender por qué algunos símbolos terminan adquiriendo una dimensión casi religiosa dentro del debate público.
Quiero ser muy claro en este punto porque sé que algunos preferirán leer esta columna desde el prejuicio. No escribo contra los argentinos. He conocido algunos argentinos extraordinarios, inteligentes, generosos y profundamente críticos de su propio país. Sería absurdo juzgar a más de cuarenta millones de personas por las actitudes de algunas que conocí o por determinados discursos públicos.
Lo que cuestiono es un tipo de nacionalismo que, a mi juicio, aparece periódicamente en la política argentina y encuentra en el fútbol un extraordinario amplificador. También rechazo cualquier forma de racismo o de superioridad étnica, venga de donde venga. No pienso tolerar que alguien me menosprecie por mi color de piel, por mis rasgos o por mi origen latinoamericano.
Tampoco aceptaría ese mismo comportamiento si proviniera de un chileno, de un europeo o de cualquier otra persona. El problema nunca ha sido la nacionalidad; el problema siempre será la arrogancia de quien cree que vale más que otro por haber nacido en un lugar distinto o con mejores genes.
Con frecuencia algunos amigos me preguntan por qué nunca apoyo a Argentina durante un Mundial. Mi respuesta siempre es sencilla. Primero, porque nunca he sido un fanático del fútbol. Segundo, porque, si alguna vez decidiera apoyar una selección, sería la de mi propio país. Y tercero, porque mi memoria pesa más que cualquier resultado deportivo. No puedo separar ciertos gestos, ciertas experiencias y ciertos episodios históricos de la forma en que hoy observo este fenómeno.
Respeto a quienes quieran vestir la camiseta celeste y blanca. Es su derecho. Del mismo modo espero que se respete el mío de no hacerlo jamás. No necesito adoptar los colores de otra selección para disfrutar un buen partido ni para reconocer el talento de un futbolista.
El fútbol dura noventa minutos. La historia permanece durante generaciones. Y cuando la política decide ponerse la camiseta del deporte, casi siempre termina ocurriendo lo mismo: el partido se olvida, los goles pasan al archivo y lo único que permanece es el ruido del nacionalismo.
Por eso, no, yo jamás usaré una camiseta de Argentina. No por odio. No por resentimiento. No porque crea que un pueblo pueda reducirse a un estereotipo. Simplemente porque mi historia personal, mi memoria familiar y mis convicciones me impiden celebrar un tipo de nacionalismo con el que nunca me he sentido identificado. Y esa, como cualquier otra opinión, puede discutirse; lo que no puede exigírseme es renunciar a ella.