Los hinchas del odio

Por: Nelson López Rojas

Quedamos con unos amigos para ver el partido entre Argentina e Inglaterra. Cuando llegué al bar, el encuentro ya había comenzado. Muchos vestían la camiseta albiceleste; unos pocos, la inglesa. Los demás seguían con ropa de oficina mientras miraban distraídamente la pantalla. Cada vez que Argentina se acercaba al área rival se escuchaba el inevitable «¡uhhh!», ese idioma universal del fútbol que anuncia un gol frustrado o una ocasión desperdiciada. Después volvía el silencio.

Hasta que Inglaterra anotó. Entonces mi mente viajó a mis días de estudiante de filosofía y recordé aquella palabra alemana: Schadenfreude, que designa el placer que produce la desgracia ajena. No es exactamente la alegría por un triunfo propio; es la satisfacción de ver fracasar al otro.

Varias personas que hasta entonces habían permanecido indiferentes se levantaron a celebrar. Difícilmente eran ingleses. Tampoco parecían admiradores de la Premier League ni de la historia de aquella selección. No es que estuvieran festejando el gol, sino la posibilidad de que Messi perdiera. Parece igual, pero no es lo mismo.

Uno puede simpatizar con Inglaterra porque disfruta de su fútbol, admira a sus jugadores o simplemente le despierta entusiasmo. Eso es ser aficionado. Lo que presencié aquella tarde eran personas cuya emoción dependía menos de la victoria de un equipo que de la derrota de un hombre.

Vivimos rodeados de personas que han construido su identidad alrededor de aquello que detestan. Ya no son seguidores o pro-algo; son «anti» alguien. El aficionado espera con ilusión el próximo partido de su equipo, mientras el «anti» vive pendiente de las derrotas del rival.

La psicología explica parte de este fenómeno mediante el sesgo de negatividad. Nuestro cerebro presta más atención a las amenazas que a las alegrías porque durante miles de años detectar peligros aumentó nuestras posibilidades de sobrevivir. Gracias a ese mecanismo nuestros antepasados evitaron depredadores. Hoy lo usamos para indignarnos por futbolistas, cantantes o escritores. Puesí, la indignación ha dejado de ser una emoción para convertirse en un modelo de negocio.

Resulta más fácil decir «yo odio a Messi» que explicar qué futbolista nos emociona. Es más sencillo declarar que Bad Bunny representa el fin de la música que hablar de los artistas que realmente admiramos. El rechazo ofrece una identidad inmediata que no nos exige cultivar gustos; basta con compartir un enemigo.

Amar algo exige tiempo, exige leer, escuchar, aprender y comprender. Odiar apenas requiere un blanco y tal vez por eso abundan los especialistas en despreciar a Bad Bunny, Ricardo Arjona, Paulo Coelho o Dan Brown. Muchos conocen apenas un puñado de canciones, algunas páginas o, más frecuentemente, la opinión de alguien más. Estos expertos dedican una enorme cantidad de energía a explicar por qué “todo eso es basura”, mientras los artistas que desprecian siguen llenando estadios, vendiendo millones de libros y acumulando reproducciones.

Las redes sociales descubrieron hace tiempo que la admiración genera aplausos, pero la indignación genera dinero. Es así como un elogio suele morir en pocos segundos, mientras un insulto factura, produce likes, respuestas, discusiones interminables, capturas de pantalla, videos de reacción y cientos de comentarios.

Arthur Schopenhauer observaba que aquello a lo que prestamos atención termina gobernándonos. El odio también crea dependencia y quien vive pendiente de su enemigo termina entregándole el control de su tiempo, de sus emociones y, muchas veces, de su identidad. A veces el mayor admirador de una celebridad es, paradójicamente, su enemigo más fiel. Decía el pastor Toby que le gustaba que la gente hablara de él pues le generaba rating. ¿Y si dejaras de hablar de tu odio y comenzaras a hablar de lo que te produce placer? ¿cuánto tiempo dedicamos a hablar de aquello que amamos y cuánto a aquello que detestamos?

Aquel día, en el bar, me pregunté cuántas de esas personas habrían disfrutado realmente del partido. Si durante noventa minutos uno solo espera que un jugador falle, que un equipo pierda o que un rival sea humillado, el fútbol deja de ser un espectáculo para transformarse en un ajuste de cuentas emocional. Sin darnos cuenta, comenzamos a mirar el mundo desde el resentimiento, pero este mecanismo no termina cuando apagamos la tele o salimos del estadio. También invade nuestras relaciones más íntimas.

Dos personas pueden haber compartido romances y felicidad, viajes inolvidables, conversaciones que parecían no terminar nunca y proyectos construidos entre los dos. Sin embargo, cuando la relación acaba, muchas veces actúan como si nada de eso hubiera existido. Borran fotografías, bloquean al otro, eliminan mensajes y reescriben el pasado hasta convencerse de que todo fue un error.

Es una extraña forma de protegernos. Si logramos convencernos de que la otra persona siempre fue egoísta, cruel o indiferente, la ruptura duele menos, ¿va?. El problema es que, para aliviar el presente, terminamos falsificando el pasado.

No se trata de negar el dolor ni de olvidar las razones por las que una relación terminó. Se trata de reconocer que una ruptura no convierte en mentira los momentos felices. Si un día hubo risas, también fueron reales. Si hubo amor, también existió. Si una persona nos hizo felices durante un tiempo, ese tiempo merece un lugar digno en la memoria. Recordar con gratitud no significa querer regresar, más bien es negarse a permitir que el resentimiento falsifique la memoria. Con frecuencia preferimos quedarnos con la quinina en la boca e ignorar toda la miel que alguna vez probamos.

El sesgo de negatividad vuelve a aparecer. Nuestro cerebro concede más importancia al dolor reciente que a la felicidad acumulada. Fue un mecanismo extraordinario para sobrevivir, pero bastante deficiente para comprender la vida.

Y quizá por eso hacemos lo mismo con tantas otras cosas. Una mala película nos hace olvidar la brillante carrera de un director; un libro mediocre parece borrar todos los anteriores; un error cometido por un amigo pesa más que años de lealtad; y hasta un desacuerdo político basta para convertir a alguien en enemigo.

Es el mismo mecanismo que vi en aquel bar. Hay quienes no pueden disfrutar un partido porque están demasiado ocupados esperando que el odiado falle. Hay quienes no pueden escuchar una canción sin pensar en el artista que detestan. Hay quienes no pueden recordar una relación sin reducir años enteros a un puñado de heridas. El odio termina robándonos la capacidad de apreciar la belleza cuando aparece.

Hay una frase que suele atribuirse a Nelson Mandela, aunque no existe evidencia sólida de que él la pronunciara: «El resentimiento es como beber veneno esperando que mate a tu enemigo». Sea o no suya, la enseñanza permanece. El odio rara vez destruye a quien lo recibe y casi siempre desgasta a quien lo alimenta.

Vamos al bar a ver la final entre las dos mejores selecciones del mundo porque, al final, el odio nunca consigue que disfrutemos menos la vida del otro, pero sí consigue que disfrutemos menos la nuestra.