Durante más de mil años, el arte occidental no solo representó el bien y el mal: les dio un rostro. Ángeles luminosos, demonios híbridos, murciélagos, gárgolas y criaturas nocturnas conformaron un lenguaje visual que trascendió la religión para instalarse en la cultura, la literatura y el cine. ¿Hasta qué punto esa estética sigue influyendo en la manera en que imaginamos el mal?
Zarko Pinkas | “El Ayatolá del Rock ‘n’ Rolla” | Imagen: El diablo obliga a sus invocadores a concluir un pacto — extracto del Compendium Maleficarum de Francesco María Guazzo (1608)
Durante más de mil años, el arte occidental no solo representó el bien y el mal: les dio un rostro. Ángeles luminosos, demonios híbridos, murciélagos, gárgolas y criaturas nocturnas conformaron un lenguaje visual que trascendió la religión para instalarse en la cultura, la literatura y el cine. ¿Hasta qué punto esa estética sigue influyendo en la manera en que imaginamos el mal?
Mucho antes de que la mayor parte de la población supiera leer, las catedrales ya habían construido una gramática visual donde cada color, cada gesto, cada animal y cada criatura fantástica ocupaban un lugar preciso dentro de una pedagogía de la salvación. Los ángeles descendían envueltos en luz, con alas de ave, túnicas blancas y rostros serenos; los demonios, por el contrario, emergían de la piedra con cuernos, garras, pezuñas y alas membranosas semejantes a las de un murciélago. Aquellas imágenes no fueron simples adornos arquitectónicos. Constituyeron uno de los sistemas simbólicos más influyentes de la cultura occidental y moldearon, durante siglos, la manera en que millones de personas aprendieron a distinguir visualmente el bien del mal.
Resulta difícil exagerar la importancia que tuvo el arte en una sociedad donde la palabra escrita estaba reservada para una minoría. Los frescos, los vitrales y las esculturas eran una forma de enseñanza. La religión transmitía un mensaje espiritual, pero el arte le daba un cuerpo visible. La teología hablaba del pecado, del juicio y de la salvación; los artistas les otorgaban un rostro. Así nació un lenguaje visual que terminaría sobreviviendo incluso a la época que lo produjo.
El demonio que hoy reconocemos casi de inmediato no nació únicamente de una doctrina religiosa. Nació también del pincel, del cincel y de la imaginación de generaciones de artistas que, durante siglos, transformaron conceptos teológicos en imágenes capaces de sobrevivir mucho más que los propios sermones.
Umberto Eco recordaba, en Historia de la belleza y Historia de la fealdad, que ni la belleza ni la fealdad son categorías naturales o eternas. Cada civilización construye sus propios cánones estéticos y, con ellos, define aquello que considera armonioso, grotesco o monstruoso. La belleza, como la fealdad, pertenece a la historia antes que a la naturaleza. Si aceptamos esa premisa, surge una pregunta inevitable: ¿también el rostro del mal fue una construcción cultural?
La imagen del demonio que hoy reconocemos de inmediato no surgió completa de las Escrituras. Como ha explicado el historiador Jeffrey Burton Russell en sus estudios sobre la evolución de Satanás en la cultura occidental, la iconografía cristiana fue incorporando elementos de la Antigüedad clásica, de los bestiarios medievales y de antiguas divinidades paganas hasta consolidar una representación que terminó pareciéndonos casi inevitable. Los cuernos evocaban la fuerza indómita de ciertos animales; las patas de cabra recordaban a Pan y a los sátiros del mundo grecorromano; las garras y los colmillos reforzaban la idea de una naturaleza salvaje opuesta al orden divino. Sin embargo, quizá el elemento más sugestivo de todos sean las alas.
¿Por qué alas de murciélago?
No existe una respuesta definitiva, pero sí una constatación evidente: el murciélago fue convertido en un símbolo antes de ser comprendido como animal. Habitante de la noche, de las cuevas y de los espacios que la imaginación medieval asociaba con lo desconocido, terminó ocupando un lugar privilegiado dentro de la iconografía del miedo. Paradójicamente, la biología moderna nos muestra una realidad muy distinta. Los murciélagos son esenciales para numerosos ecosistemas; polinizan plantas, dispersan semillas y controlan poblaciones de insectos. Nada en su naturaleza los convierte en criaturas malignas. Fue la cultura, no la zoología, la que les asignó ese papel.
Algo semejante ocurrió con el cuervo, el lobo, la lechuza o el gato negro. Todos ellos fueron absorbidos por una estética donde la noche representaba incertidumbre y el animal salvaje simbolizaba aquello que escapaba al control humano. No se trataba de describir la naturaleza, sino de construir un universo simbólico comprensible para el creyente.
Las gárgolas constituyen uno de los ejemplos más elocuentes de ese proceso. Hoy suelen admirarse por su extraordinaria calidad escultórica, pero en su origen fueron mucho más que elementos decorativos o ingeniosos sistemas de desagüe. Sus rostros deformes, sus cuerpos híbridos y sus expresiones amenazantes formaban parte de un lenguaje destinado a recordar la existencia del caos, del pecado y de los peligros que acechaban fuera del orden representado por la Iglesia. Erwin Panofsky, uno de los grandes historiadores del arte del siglo XX, insistía en que las imágenes nunca son inocentes. Toda iconografía expresa una determinada visión del mundo. Una gárgola no era simplemente un monstruo esculpido en piedra; era una idea convertida en forma.
Ese lenguaje visual sobrevivió mucho más allá de la Edad Media. Cuando Europa dejó atrás el monopolio cultural de la religión, aquellas imágenes no desaparecieron; simplemente cambiaron de escenario. Las alas del demonio reaparecieron en el vampiro. El miedo ancestral a los lobos se transformó en el hombre lobo. Los cuervos continuaron anunciando la muerte en la literatura romántica. Los gatos negros siguieron acompañando a las brujas. El cine de terror, el cómic y la cultura popular heredaron una iconografía cuyos orígenes se remontan a siglos anteriores.
Quizá el mayor logro de aquella tradición artística fue haber conseguido que el mal tuviera un aspecto inmediatamente reconocible. Sin embargo, esa misma eficacia plantea una cuestión que merece ser discutida. Si una civilización contempla durante siglos el mismo rostro para el bien y el mismo rostro para el mal, ¿es posible que esas asociaciones terminen influyendo en su forma de percibir el mundo?
Sería intelectualmente deshonesto atribuir a la iconografía cristiana el origen del racismo. La esclavitud, el colonialismo y las teorías raciales responden a procesos históricos mucho más complejos. Pero tampoco parece descabellado preguntarse si una estética repetida durante generaciones pudo contribuir, aunque fuera de manera indirecta, a consolidar determinadas asociaciones entre luz y pureza, oscuridad y amenaza, belleza y virtud, deformidad y pecado. Las imágenes no determinan por sí solas la historia, pero participan en la formación del imaginario con el que las sociedades interpretan la realidad.
Basta observar otras tradiciones culturales para comprender que esas asociaciones no son universales. En el antiguo Egipto, el negro era también el color de la fertilidad porque evocaba el limo que dejaban las inundaciones del Nilo. En la tradición hindú, Kali posee una piel oscura sin representar el mal absoluto; encarna la destrucción del ego, el tiempo y la transformación. Estos ejemplos recuerdan que el significado de los colores, de los animales y de los símbolos nunca es fijo. Depende de la cultura que los interpreta.
Quizá por eso convenga volver a mirar aquellas imágenes con cierta distancia crítica. No para negar su extraordinario valor artístico ni para desacreditar la tradición religiosa que las produjo, sino para comprender el inmenso poder que poseen las representaciones visuales. El arte no solo refleja una época; también educa la sensibilidad de quienes vienen después. Las imágenes sobreviven a las generaciones que las crean y continúan influyendo cuando ya nadie recuerda el contexto que les dio origen.
La historia terminó revelando una ironía que los artistas medievales difícilmente habrían imaginado. El mal real rara vez se parece al demonio que esculpieron en las portadas de las iglesias. Los grandes criminales de la historia no tuvieron cuernos ni alas de murciélago. Muchos vistieron con elegancia, hablaron con cortesía, ocuparon cargos públicos o fueron considerados ciudadanos ejemplares. La realidad demostró que la perversidad puede ocultarse tras el rostro más común y que la apariencia física nunca constituye una prueba de la condición moral de una persona.
Tal vez esa sea la enseñanza más valiosa que puede ofrecernos hoy la historia del arte. Los murciélagos nunca fueron demonios; los cuervos jamás anunciaron la muerte por voluntad propia y los lobos no encarnan el pecado. Fueron nuestras culturas las que depositaron sobre ellos el peso de sus temores. Comprender ese proceso no disminuye la grandeza estética de las catedrales ni la fuerza simbólica de sus imágenes; por el contrario, nos permite apreciarlas en toda su complejidad. Porque quizá la pregunta ya no sea quién le dio un rostro al mal, sino cuánto de ese rostro seguimos viendo, todavía hoy, cada vez que creemos reconocerlo.
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