Una madrugada de finales de los años ochenta, lo que parecía ser el regreso rutinario de una noche de discotecas terminó convirtiéndose en una inesperada lección sobre los riesgos de vivir en una ciudad en guerra. Entre humo de cigarro, música, un burdel famoso y una redada policial, comprendí que algunas personas percibían San Salvador de una forma muy distinta a como yo lo hacía.
Zarko Pinkas |
Una madrugada de finales de los años ochenta, lo que parecía ser el regreso rutinario de una noche de discotecas terminó convirtiéndose en una inesperada lección sobre los riesgos de vivir en una ciudad en guerra. Entre humo de cigarro, música, un burdel famoso y una redada policial, comprendí que algunas personas percibían San Salvador de una forma muy distinta a como yo lo hacía.
I
Sentado sobre el muro del condominio Torres del Bosque junto a mi hermana, observaba pasar los automóviles por la calle mientras el sol terminaba de desaparecer detrás de los edificios. Aquellas tardes de viernes tenían algo especial. Eran el preludio del fin de semana y, para mí, el fin de semana comenzaba mucho antes de que llegara la noche. Jimmy Márquez, a quien todos conocíamos por el apodo de “el Guerrillero”, estaba con nosotros. En uno de esos momentos de aburrimiento adolescente, tomó un mango verde y lo lanzó hacia la calle. La fruta golpeó el pavimento y estalló en decenas de pedazos verdes. Nosotros nos reímos mientras observábamos el desastre.
En la casa del árbol, habíamos llevado una casetera junto con varios cassettes de The Cars y The Police. La música sonaba como banda sonora de aquellos años y, mientras escuchábamos aquellas canciones, yo ya pensaba en la noche que venía. Después de todo, había pasado apenas un mes desde el cumpleaños de un amigo que terminó arruinado por una monumental borrachera y una serie de acontecimientos absurdos. No tenía ninguna intención de perder otro viernes. Quería salir, caminar por la Zona Rosa, escuchar música, encontrar conocidos y volver a sentir aquella energía que convertía las noches de San Salvador en algo irrepetible.
Por aquellos días había aparecido en nuestras vidas Dylan, un chileno que llevaba apenas un par de meses viviendo en El Salvador. Trabajaba con mi padre y se había vuelto visitante frecuente de nuestra casa. A mi hermana y a mí nos caía bien. Era simpático, hablador y poseía esa facilidad natural para hacer amigos donde fuera. Sin embargo, también tenía algo de hiperactivo y una despreocupación que a veces me resultaba difícil de comprender.
Con el tiempo llegué a pensar que muchos chilenos recién llegados sufrían una especie de choque cultural. Venían desde Santiago o desde otras ciudades de Chile y se encontraban con una realidad completamente distinta. Algunos tardaban meses en adaptarse. Otros jamás lo lograban. Dylan parecía haber decidido enfrentar aquella adaptación lanzándose de cabeza a la vida nocturna salvadoreña.
Mientras yo prefería las discotecas, la música y las conversaciones interminables con amigos, él se inclinaba por los bares. Siempre desaparecía antes de que terminara la noche y nadie sabía exactamente hacia dónde se iba. También había comprado un automóvil soviético, un Lada Samara que llamaba la atención por donde pasaba. Le había tomado cariño a aquel vehículo y se movía por la ciudad como si conociera sus calles desde hacía años.
Aquella noche salí con Pepe y con varios conocidos. Pasamos por algunos de los lugares habituales de la Zona Rosa, conversamos, escuchamos música y vimos desfilar a la gente que iba llegando conforme avanzaban las horas. Para entonces la noche ya estaba bastante avanzada y nosotros nos habíamos quedado sin transporte para regresar a casa. Eran cerca de las dos y media de la madrugada cuando comenzamos a caminar rumbo al departamento.
Entonces apareció Dylan.
El Lada Samara avanzó lentamente por la calle hasta detenerse junto a nosotros. Bajó la ventana y sonrió.
—¿Qué onda? ¿Para dónde van?
—Para la casa —respondí—. La noche ya se terminó.
Dylan soltó una carcajada.
—No hombre, si esto apenas comienza. Súbanse. Vamos a dar otra vuelta.
Pepe y yo nos miramos.
—¿Y adónde vamos? —pregunté.
—Ustedes vengan. Ya van a ver.
Había algo en su tono que indicaba que ya había tomado una decisión por todos.
Subimos al automóvil. La música comenzó a sonar mientras descendíamos por el Paseo General Escalón en dirección al Salvador del Mundo. Durante algunos minutos nadie habló. Después de cruzar tres cuadras, Dylan giró a la izquierda.
Pepe y yo nos volvimos a ver.
—¿Vamos para el Seisa? —,preguntó Pepe.
Dylan sonrió.
—¿Ya lo conocían?
—Claro que sí —respondió Pepe—. Todo mundo sabe dónde queda.
—Ese lugar es puede ser peligroso-, dije.
—Para nada —contestó Dylan.
—Y además es caro.
—Yo gano en dólares —respondió entre risas—. No hay que preocuparse por eso.
A esas alturas ya era evidente que nuestro destino estaba decidido.
II
El tipo de la entrada al Seisa lo saludo llamándolo Agustín y con una gran amabilidad.
Aquella frase de bienvenida terminó de aclarar algo que hasta ese momento solo sospechábamos. El hombre de la entrada no conocía a Dylan como Dylan. Lo conocía como Agustín. Bastó ver la naturalidad con que intercambiaron el saludo para comprender que no era un visitante ocasional. Aquello explicaba muchas de sus desapariciones misteriosas durante las noches. Mientras nosotros suponíamos que se había marchado a descansar o que simplemente se había aburrido de la salida, él tenía una segunda vida nocturna que ninguno de nosotros conocía.
Al cruzar la puerta me golpeó una mezcla de olores difícil de olvidar. El humo de cigarrillo formaba una nube permanente sobre el local y se mezclaba con el aroma del alcohol derramado, la madera vieja, los perfumes baratos y el olor de cientos de personas que habían pasado por allí durante años. La iluminación era tenue y amarillenta. Algunas mesas estaban ocupadas por hombres que bebían whisky J&B o vodka Smirnoff con algunas chicas mientras conversaban en voz baja. Otros simplemente observaban el movimiento del lugar. No era el ambiente glamoroso que aparecía en algunas películas ni tampoco el antro infernal que describían ciertos relatos exagerados. Era, simplemente, un burdel funcionando a las tres de la mañana en una ciudad que vivía una guerra.
Apenas avanzamos unos metros, dos mujeres se acercaron directamente hacia Dylan. Lo abrazaron con confianza, lo saludaron por su nombre alternativo y comenzaron a conversar con él como si fuera un cliente habitual. Pepe y yo intercambiamos una mirada. No hacía falta decir nada. En ese momento entendimos perfectamente adónde iba cuando desaparecía antes que todos los demás. Mientras ellas hablaban con él, observé alrededor intentando comprender por qué el lugar me producía tanta incomodidad.
No era una cuestión moral. Nunca lo fue. Tampoco tenía nada contra las mujeres que trabajaban allí. De hecho, varias de ellas resultaban bastante atractivas y conversaban con naturalidad. Mi incomodidad provenía de otra parte. Provenía de la sensación permanente de riesgo que me transmitía el ambiente. Había crecido durante la guerra y eso modificaba la manera en que uno observaba ciertos lugares. No podía evitar preguntarme cuántos de aquellos hombres andaban armados, cuántos habían bebido demasiado o cuántos podían reaccionar de forma impredecible ante cualquier problema.
Además , los prostíbulos no era mi onda. No sentía ninguna atracción a ese ambiente y menos a gastar dínero, el cual no tenía, pues un rato con una chica de ese lugar eran 200 colones como unos 60 dólares, según recuerdo. Tampoco me interesaba ni que me invitaran a pasar un momento de sexo en un espacio como ese. Repito : no era ninguna moralidad cursi o traba religiosa. Simplemente no me gustaban los puteros.
Por otro lado, siempre he pensado que Dylan observaba El Salvador de una forma distinta a la mía. Él venía llegando desde Chile y, aunque había vivido bajo la dictadura de Pinochet, no había desarrollado la misma percepción cotidiana del peligro que teníamos quienes llevábamos años conviviendo con la guerra salvadoreña. Yo había crecido escuchando noticias de atentados, enfrentamientos y retenes militares. Para mí, ciertos lugares exigían cautela automática. Dylan, en cambio, parecía moverse por la ciudad con una confianza casi infantil. No era imprudencia malintencionada; simplemente veía las cosas de otra manera.
Nos sentamos en la barra mientras él continuaba conversando. Una de las mujeres se acercó a nosotros y comenzó a hablar con absoluta normalidad. Luego llegó otra. Al poco tiempo la conversación derivó hacia temas cotidianos, trivialidades que hoy apenas recuerdo. Lo que sí recuerdo es que me sorprendió descubrir que aquellas mujeres eran muy distintas de la imagen caricaturesca que muchas veces se mostraba en revistas o películas. Eran personas reales, con sentido del humor básico, opiniones propias sin ninguna profundidad y una capacidad notable para mantener conversaciones con desconocidos quienes solo estaban ahí para sacer sus deseos carnales o buscar una mujer que les escucharas sus traumas con sus esposas o novias.
Yo seguía sintiéndome fuera de lugar. En aquella época el tema del SIDA estaba presente en todas partes. Todavía no había muerto Freddie Mercury, pero la enfermedad ya ocupaba titulares y conversaciones. Además, nunca me había atraído la idea de perder la virginidad en un establecimiento como aquel. Mi generación había crecido viendo películas donde las visitas a prostíbulos casi siempre terminaban mal. Recordaba especialmente El último americano virgen, una película que me había dejado una sensación deprimente, y también Despedida de soltero, donde Tom Hanks sobrevivía a una cadena interminable de situaciones absurdas relacionadas con excesos y prostitutas. Tal vez por eso veía aquellos lugares más como escenarios de problemas potenciales que como espacios de diversión.
Mientras Dylan parecía sentirse completamente en casa y Pepe disfrutaba la experiencia con evidente curiosidad, yo me limité a observar. Me encendí un cigarrillo, pedí una cerveza y seguí estudiando el ambiente. La cerveza, para colmo, estaba tibia. Aquello terminó de convencerme de que el lugar no estaba hecho para mí. Sin embargo, ya que estaba allí, decidí aprovechar la oportunidad para mirar y comprender un mundo que hasta entonces solo conocía por relatos ajenos.
Lo que ninguno de nosotros imaginaba era que, en cuestión de minutos, aquella curiosidad adolescente iba a convertirse en una situación bastante más seria. Hasta ese momento la noche solo parecía una excursión inesperada a un lugar extraño. Muy pronto descubriríamos que en una ciudad en guerra cualquier lugar podía transformarse en escenario de problemas, incluso uno donde la gente únicamente parecía interesada en beber, conversar, tener sexo pagado y prolongar la madrugada.
III
No había pasado mucho tiempo desde que nos acomodamos en la barra cuando ocurrió algo que cambió por completo el ambiente del lugar. Hasta ese momento todo había transcurrido con una tranquilidad relativa. Los hombres y mujeres seguían conversando alrededor de las mesas, las botellas continuaban circulando y las chicas que trabajan ahí iban de un grupo a otro manteniendo conversaciones que parecían rutinarias. Incluso Dylan se veía relajado, como si estuviera en uno de sus lugares favoritos de la ciudad.
De pronto apareció un hombre corriendo desde la entrada. Nunca supe si trabajaba allí o si simplemente era uno de los clientes habituales, pero la reacción que provocó bastó para comprender que algo importante estaba ocurriendo. El sujeto avanzó rápidamente entre las mesas y gritó una frase que todavía recuerdo perfectamente:
—¡Ahí viene la “cuilia” !
En El Salvador de aquellos años, la palabra no necesitaba explicación. Todo el mundo entendía que se refería a la Policía Nacional o la Guardia Nacioanal. Lo sorprendente fue la velocidad con que cambió el comportamiento de las personas presentes. En cuestión de segundos el lugar entero pareció entrar en estado de emergencia. Algunos hombres se levantaron de sus sillas. Otros buscaron salidas alternativas. Varias de las mujeres desaparecieron por corredores y puertas que yo ni siquiera había notado hasta ese momento.
Durante años me pregunté qué motivó aquella redada. Nunca llegué a saberlo. Con el paso del tiempo elaboré varias hipótesis. La guerra estaba en pleno desarrollo y no habría sido extraño que alguna persona vinculada a la guerrilla frecuentara el lugar o utilizaran el establecimiento para obtener información con prostitutas espías. También era posible que simplemente se tratara de un operativo rutinario. Lo que si se escuchaba – no era ni fue nunca comprobado- era que el Seisa era propiedad de militares como eran otros dos : el “J21” y el “For men”. Lo cierto es que en aquel instante nadie parecía interesado en averiguar las razones. Todos estaban ocupados tratando de evitar problemas.
La reacción más rápida de todas fue la de Dylan. Apenas escuchó la advertencia, desapareció detrás de la barra con una velocidad que jamás le había visto. Pepe y yo nos miramos durante una fracción de segundo y luego hicimos exactamente lo mismo. No hubo tiempo para discutir opciones ni para evaluar alternativas. Actuamos por puro instinto.
Detrás de la barra había unos compartimientos amplios donde se almacenaban botellas, cajas y suministros. Abrimos una de aquellas puertas de madera y nos metimos dentro como pudimos. En el mismo espacio terminaron refugiándose tres mujeres que trabajaban en el local. Alguien cerró la puerta desde adentro y quedamos completamente ocultos.
El lugar era estrecho, oscuro y olía a licor derramado. Apenas podíamos movernos. Recuerdo haber escuchado mi propia respiración mientras intentaba permanecer en silencio. Desde afuera comenzaron a llegar voces, pasos apresurados y órdenes que resonaban por todo el establecimiento. Se escuchaban puertas abrirse y cerrarse, muebles arrastrándose y personas respondiendo preguntas.
Nadie hablaba dentro del escondite.
Por primera vez desde que habíamos llegado al Seisa sentí una preocupación real. No porque creyera que hubiéramos cometido algún delito importante, sino porque entendía perfectamente el contexto en que vivíamos. El Salvador de aquellos años no era un lugar donde uno quisiera tener problemas con las fuerzas de seguridad.
Además, yo era menor de edad.
Mientras escuchaba las voces afuera, pensé en el absurdo de la situación. Horas antes había estado sentado junto a mi hermana escuchando The Police y viendo pasar automóviles desde el muro del condominio. Ahora estaba escondido dentro de una barra en un burdel mientras la policía realizaba una redada. Aquella secuencia de acontecimientos tenía tan poco sentido que parecía sacada de una película de los años ochenta.
También recordé algo que había pensado al entrar al lugar. Muchas de las películas que había visto mostraban escenarios parecidos. En Despedida de soltero, de Tom Hanks, los problemas parecían perseguir a los personajes cada vez que se acercaban a ciertos ambientes nocturnos. En otras cintas de la época los protagonistas terminaban envueltos en persecuciones, peleas o situaciones ridículas simplemente por encontrarse en el lugar equivocado. Mientras permanecía oculto entre cajas y botellas, no pude evitar pensar que nosotros habíamos terminado protagonizando nuestra propia versión salvadoreña de una de aquellas historias.
El tiempo comenzó a avanzar con una lentitud desesperante. Permanecimos escondidos durante más de una hora. Tal vez una hora y media. Es difícil calcularlo porque dentro de aquel espacio oscuro la percepción del tiempo se vuelve extraña. En algunos momentos escuchábamos movimiento. En otros reinaba un silencio absoluto. Ninguno de nosotros se atrevía a salir para comprobar qué estaba ocurriendo.
Finalmente las voces desaparecieron.
Esperamos algunos minutos más para asegurarnos de que todo hubiera terminado. Cuando abrimos la puerta y nos asomamos con cautela, el lugar parecía otro. Muchas mesas estaban vacías. La actividad había desaparecido casi por completo. Solamente quedaban algunas personas dispersas y dos mujeres sentadas a cierta distancia conversando tranquilamente, como si nada hubiera ocurrido.
Salimos poco a poco de nuestro escondite. Lo primero que sentí fue alivio.
Lo segundo fue enojo.
Me giré hacia Dylan y le dije que aquello era exactamente el tipo de situación que yo intentaba evitar. Le recordé que estábamos en una ciudad en guerra, que una redada podía terminar mal y que ninguno de nosotros tenía necesidad de encontrarse escondido dentro de una barra a las cuatro de la madrugada.
Dylan escuchó mi reclamo con una tranquilidad que todavía hoy me resulta difícil comprender. Cuando terminé de hablar, simplemente sonrió y me respondió que no había motivo para preocuparse porque tenía credencial de periodista.
Aquella explicación no me tranquilizó en absoluto.
IV
Aquella respuesta me provocó una mezcla de alivio y molestia. Era cierto que probablemente no habría terminado en una bartolina por mucho tiempo. También era cierto que los periodistas gozaban de ciertas consideraciones en situaciones complicadas. Pero ese no era el punto. Lo que me preocupaba no era la legalidad del asunto. Lo que me preocupaba era la realidad.
Si alguien hubiera estado armado y hubiera decidido resistirse a la redada, aquello podría haber terminado en una balacera. Si alguien hubiera corrido en la dirección equivocada, si un policía hubiera interpretado mal un movimiento o si cualquier borracho hubiera decidido hacerse el valiente, las consecuencias habrían sido imprevisibles. Nosotros habíamos pasado más de una hora escondidos debajo de una barra sin saber realmente qué estaba ocurriendo afuera.
Con los años comprendí que ese era el verdadero problema de aquellos tiempos. No era únicamente la guerra. Era la incertidumbre constante. Uno nunca sabía cuándo una situación aparentemente normal podía transformarse en algo peligroso.
Abandonamos el lugar poco después. La noche estaba avanzada y ya no tenía sentido quedarse. Las mujeres que habían estado conversando con nosotros habían desaparecido. Los clientes también. El Seisa había recuperado esa apariencia sombría que seguramente tenía antes de abrir sus puertas cada noche.
Subimos nuevamente al Lada Samara de Dylan. El viejo automóvil soviético arrancó con el mismo ruido metálico de siempre y comenzamos a recorrer las calles vacías de San Salvador. A esas horas la ciudad parecía distinta. Había menos vehículos, menos ruido y más sombras. Mientras avanzábamos por las avenidas desiertas, pensé que la noche había terminado siendo mucho más extraña de lo que imaginé cuando salí de casa.
No había perdido la noche. Tampoco la había pasado especialmente bien. Simplemente había terminado en un lugar donde nunca pensé estar.
Durante el trayecto de regreso, Dylan hizo varios comentarios sobre las mujeres que trabajaban en el local. Insistía en que eran especialmente atractivas y lamentaba que la redada hubiera arruinado sus planes. Pepe se reía. Yo escuchaba sin decir demasiado. Mi satisfacción era mucho más simple: salir de allí sin problemas.
Quizás eso tenga que ver con la forma en que veía las cosas en aquella época. Nunca fui particularmente moralista. No me escandalizaban los burdeles, el sexo ni las historias de adultos. Había crecido viendo películas como Despedida de Soltero, Porky’s, La Venganza de los Nerds y tantas otras producciones de los años ochenta donde la prostitución, los excesos y las aventuras nocturnas formaban parte de la trama. Hasta ya ha visto Calígula. También leía revistas Playboy y otras , veía cine y sabía perfectamente cómo funcionaba el mundo.
Sin embargo, una cosa era la curiosidad adolescente y otra muy distinta convertir aquello en un proyecto de vida.
Además, ya existía el SIDA. Ya se hablaba de enfermedades venéreas. Ya había suficientes razones para entender que algunas decisiones tenían consecuencias que iban mucho más allá de una noche de diversión sexual.
Llegamos finalmente al departamento cuando comenzaba a acercarse la madrugada. Dylan se quedó a dormir. Pepe también. Nos sentamos a conversar durante horas sobre lo ocurrido. La tensión de la redada había desaparecido y ahora todo parecía más gracioso que peligroso.
Comentamos la rapidez con que habíamos terminado escondidos bajo la barra. Nos reímos de la expresión de terror que seguramente teníamos cuando escuchamos el grito anunciando la llegada de la policía. También bromeamos sobre la mala suerte de Dylan, quien había terminado perdiendo toda posibilidad de gastar sus dólares en los placeres que había ido a buscar aquella noche.
Cuando finalmente miré el reloj eran casi las cinco de la mañana. La ciudad comenzaba a despertar. Yo estaba cansado, pero también satisfecho.
Había salido. Había vivido una historia improbable. Y, sobre todo, había comprobado una vez más que la vida nocturna de San Salvador durante la guerra tenía una capacidad inagotable para convertir cualquier plan sencillo en una aventura absurda.
Con el tiempo volví a pasar frente a aquel lugar varias veces. Incluso regresé alguna que otra ocasión acompañando amigos. Sin embargo, nunca olvidé aquella primera visita. No por las mujeres. No por la curiosidad adolescente. Ni siquiera por la redada.
La recuerdo porque fue una de las primeras veces que comprendí que la diferencia entre una buena anécdota y un problema serio suele depender únicamente de un poco de suerte.
Y aquella noche, escondidos debajo de una barra entre botellas, humo de cigarro y licor derramado, tuvimos bastante suerte.