Dos semanas después de la ofensiva de noviembre de 1989 y de la desaparición de uno de sus mejores amigos, un grupo de jóvenes salvadoreños cruza la frontera hacia Guatemala buscando algo más que refugio. Entre las luces de la Zona Viva, las noches de Panajachel, conversaciones inolvidables y el descubrimiento de que la violencia también habla otros idiomas, este capítulo reconstruye un breve paréntesis de libertad antes del inevitable regreso a un país que todavía aprendía a convivir con las cicatrices de la guerra.
Zarko Pinkas |
Dos semanas después de la ofensiva de noviembre de 1989 y de la desaparición de uno de sus mejores amigos, un grupo de jóvenes salvadoreños cruza la frontera hacia Guatemala buscando algo más que refugio. Entre las luces de la Zona Viva, las noches de Panajachel, conversaciones inolvidables y el descubrimiento de que la violencia también habla otros idiomas, este capítulo reconstruye un breve paréntesis de libertad antes del inevitable regreso a un país que todavía aprendía a convivir con las cicatrices de la guerra.
I
Dos semanas después de la desaparición de Pepe, mi padre y mi madre tomaron la decisión que muchas familias salvadoreñas estaban tomando en silencio: sacar a los hijos del país por un tiempo. No se hablaba de exilio; se hablaba de “ir a pasar unos días a Guatemala”, como si cambiar de frontera pudiera disminuir el ruido de las ametralladoras que todavía seguía rebotando en la memoria.
La mañana de la salida, frente al edificio, nos esperaba la Cherokee de mi padre. O lo que quedaba de ella. El vehículo había sido alcanzado durante los enfrentamientos en la colonia Escalón. El vidrio trasero estaba parchado con cinta adhesiva, el techo conservaba un impacto y varios orificios de bala seguían visibles alrededor de la carrocería. Mi padre, hombre práctico hasta el exceso, nunca se preocupó demasiado por devolverle la apariencia original.
—Así funciona —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Para qué gastar más?
Subimos mi madre, mi hermana Denise, mi primo Ronald, Manolo y yo. Mientras la ciudad quedaba atrás, tuve la sensación absurda de que no escapábamos solos: la guerra viajaba con nosotros pegada al metal agujereado de la camioneta.
A unos cien kilómetros de la frontera apareció otra imagen que todavía puedo ver con nitidez. Cuatro cuerpos yacían sobre la carretera. No había combate en ese momento, ni humo, ni disparos. Solo el silencio de la mañana y la sangre oscureciendo el asfalto. Mi padre redujo la velocidad unos segundos y continuó.
Yo me quedé mirando los rostros. Con los años entendí que la guerra produce una forma extraña de anestesia. No es que uno deje de sentir; es que el horror se vuelve parte del paisaje. Veníamos de perder a Pepe, de recorrer morgues y de buscar respuestas entre rumores. Ver otros muertos ya no provocaba el mismo estallido emocional. Provocaba otra cosa: la confirmación de que el país entero estaba roto.
Al llegar a Ciudad de Guatemala, cerca del mediodía, nos recibió la familia Tapia en Vista Hermosa. Carlos y Lita nos abrieron la puerta con abrazos, café y preguntas sobre San Salvador. Los vecinos miraban la Cherokee estacionarse frente a la casa y luego miraban las placas salvadoreñas y los agujeros de bala. Era imposible pasar desapercibidos.
Guatemala también tenía guerra, pero la capital respiraba de otra manera. Aquí la gente hablaba de trabajo, de tráfico y de fiestas; en San Salvador hablábamos de ofensivas, toques de queda y desaparecidos.
Yo tardé menos de una hora en volver a ser quien era.
—Lita, ¿dónde están las discotecas?
Ella soltó una carcajada.
—Ni siquiera han deshecho las maletas.
—Precisamente por eso. No me vengo a encerrar como estabamos allá. Dime todo los que sabes.
Lita conocía toda la movida de la Zona Viva, la versión guatemalteca de la Zona Rosa. Nos habló de Chinos, de Dash y de otros bares cuyos nombres se me fueron perdiendo con el tiempo. Esa misma noche salimos Ronald, Denise, Manolo, Lita y yo.
La Zona Viva era animada, pero no tenía el alma de la Zona Rosa. Entramos a un bar donde sonaban salsa y merengue. Había gente bailando, meseros cruzando entre las mesas y humo de cigarro pegado al techo, pero yo buscaba otra cosa: sintetizadores, pop europeo y ese ruido eléctrico que había acompañado mis noches en San Salvador.
Entonces alguien nos recomendó una discoteca llamada Dash. Ahí sí sentí que el viaje empezaba.
Mientras hablábamos con una amiga llamada Carola, quien vivía en Guatemala hace dos años, vi varios televisores colgados sobre la pista. En una de las pantallas aparecía una cantante pelo negro en una piscina, con un traje de baño blanco y una sonrisa imposible.
—¿Eso es una película? —pregunté.
—No, hombre —rió Manolo—. Es un video musical.
La canción repetía “boys, boys, boys”. Era Sabrina Salerno.
Hoy la gente discute si los videos actuales son demasiado provocadores. Nosotros, en 1989, estábamos viendo a Sabrina enseñando parte de sus pezones desde una tele en Guatemala y sintiendo que Europa entera había entrado a la discoteca por la pantalla. Estoy seguro que varios de esa noche tuvieron sueños humedos con Sabrina y con buena razón. Eso sí, esa fue única canción que pego, las demás era malísimas.
Bailamos hasta la madrugada. Por primera vez desde la ofensiva, olvidé durante algunas horas que veníamos de una ciudad sitiada. Eso sí, extrañaba el Buhó y ya sabía que Marios lo estaban remodelando ¿ sería todo como antes? , me preguntaba.
Los días siguientes entramos en lo que yo llamo la fiesta sin límites.
Carlos tenía una Vespa roja pintada con pintura de avión y nos la prestaba con una confianza que hoy me parece suicida. Manolo, Jorge —un chileno once años mayor que nosotros— y yo recorríamos centros comerciales, bares y cualquier lugar donde hubiera música y muchachas guatemaltecas.
Una tarde, Jorge pidió la moto para “dar una vuelta rápida”. Regresó veinte minutos después arrastrando la pierna.
—Viejo… —dijo jadeando— se me fue en la bajada.
Manolo venía detrás, todavía blanco.
—Le grité que había gravilla —contó—. Frenó y salimos volando.
Carlos miró la Vespa raspada y abrió los ojos.
—¡Mi moto! ¡La pinté con pintura de avión!
Jorge tenía el codo y la pierna convertidos en una sola quemadura. Manolo aseguraba que se había salvado porque, al caer, se aferró al chaleco de Jorge y terminó deslizándose sobre él como si fuera un colchón humano.
La escena fue tan absurda que terminamos riéndonos para adentro mientras le limpiábamos las heridas.
Mi padre volvió a San Salvador poco después. Mi madre se quedó con nosotros y, gracias a Dios, nunca fue una mujer obsesionada con controlar cada movimiento de sus hijos y de nadie. Yo sí. Mi hermana tenía 15 años y todos los vecinos guatemaltecos de esa edad venían a conocerla. Mis celos eran fuertes y cuidaba a mi hermana. No confiaba en estos tipos y menos veía una actitud de “perros” sin códigos. Jamás iría yo a la casa ajena a venir a preguntar por una vecina recien llegada, no obstante en Guatemala parece que no les importaba y obvio con mis carotas no bastada. Igual mi hermana tenía su propio carácter para frenar a cualquier pasado para la punta y, como yo, detectaba a los farsantes. Eran parecidos. No nos importaba lo material en lo más mínimo y menos como forma de llamar la atención.
Las noches continuaron. Con Ronald y Manolo caminábamos hasta una tienda de la esquina a comprar unas cervezas Gallo gigantes, casi de un litro. Bebíamos en la acera, fumábamos y hablábamos de música, de mujeres y de la guerra como si fueran temas separados, aunque en realidad ya estaban mezclados para siempre.
Fue también en Guatemala donde entendí algo sobre mí mismo.
Desde niño había buscado un tipo de amor que no venía de la realidad, sino de las caricaturas japonesas. Mi primer gran enamoramiento había sido la Princesa Zafiro. Me gustaban los ojos grandes, el cabello corto y esa mezcla de fragilidad y valentía que tenían ciertos personajes. Con los años terminé fijándome en mujeres que, de una forma u otra, se parecían a ese ideal imposible.
Y aunque estaba rodeado de gente nueva, mi cabeza seguía regresando a Helen.
Sabía que había escapado a Guatemala después de que incendiaran vehículos cerca de su casa. Conseguí averiguar en qué colonia estaba y hasta convencí a Carlos Tapia de llevarme a dar una vuelta por la zona. No toqué ninguna puerta. No pregunté por ella. Solo pasé frente al lugar y seguí de largo. Ahí entendí que algunas personas no ocupan tu vida: ocupan tu imaginación.
La casa de los Tapia terminó convirtiéndose en una pequeña embajada del caos salvadoreño.
Llegaron Mario K., Renato, Jorge, amigos de Ronald y otros conocidos que iban apareciendo con maletas, historias y ganas de olvidar. Una noche éramos tantos durmiendo entre sofás y colchones improvisados que parecía un campamento.
Entonces Ronald anunció:
—Nos vamos a Panajachel.
Ya había planeado con Luis y los otros dos ese viaje en medio de la ofensiva. Y mi padre, que debía regresar al día siguiente a trabajar en medio de la posofensiva, soltó una idea inesperada:
—¿Y por qué no vamos todos?
Denisse dio un salto de felicidad. Yo sonreí mirando por la ventana, ya que conocía Panajachel y era un lugar de excesos para quienes los buscaban y también de una ambien de fiesta eterna. Había salido de San Salvador creyendo que solo cruzaría una frontera. En realidad, estaba entrando en otra etapa de mi vida, aunque todavía no lo sabía.
II
Panajachel apareció frente a nosotros como un espejismo. Después de varias horas de carretera, las montañas comenzaron a abrirse hasta revelar el Lago Atitlán, inmenso, azul y rodeado de volcanes que parecían vigilar el agua desde tiempos inmemoriales. Había estado ahí un par de años antes, pero aquella visita había sido un desastre. El automóvil en que viajábamos se averió en plena subida y terminamos durmiendo prácticamente en el cuarto de un mecánico, sin dinero y esperando que alguien hiciera un milagro con el motor. Esta vez era diferente. Llegábamos con mi padre y mi madre, con la sensación de que, aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos al otro lado de la frontera, todavía existían lugares donde la vida seguía un ritmo distinto.
Panajachel tenía algo difícil de explicar. No era únicamente un pueblo a la orilla del lago. Era un punto de encuentro entre culturas. Bastaba caminar unas cuantas cuadras para escuchar italiano, francés, inglés, alemán y español mezclados con los idiomas mayas que hablaban muchas mujeres de la región, orgullosas de vestir sus trajes tradicionales. Aquella mezcla le daba una personalidad única. Uno podía desayunar junto a una pareja de mochileros australianos, almorzar al lado de un grupo de franceses y terminar la noche compartiendo una cerveza con salvadoreños que, como nosotros, habían llegado escapando de la guerra.
Encontramos rápidamente a Ronald con Gerardo, Miguel y Luis. Estaban instalados cerca del centro y, apenas nos vieron, comenzaron los abrazos y las bromas.
—¡Pensé que se habían arrepentido! —gritó Ronald.
—Con vos nunca sabemos si el viaje termina en un hotel o en una comisaría —le respondí .
Mi padre negó con la cabeza.
—No le des ideas.
Aquella misma noche salimos todos.
El lugar donde más tiempo pasábamos era el Circus Bar, también conocido por muchos como La Posada del Pintor. Tenía ese ambiente bohemio que parecía definir a Panajachel. Paredes cubiertas de afiches, olor a pizza recién horneada, humo de cigarrillos flotando sobre las mesas y viajeros contando historias imposibles de comprobar. Nadie preguntaba demasiado de dónde venía uno. Bastaba decir “soy de El Salvador” para que la conversación cambiara de inmediato.
—¿Cómo está la guerra? —preguntaban.
Y uno respondía con frases cortas.
—Complicada.
No hacía falta decir mucho más.
Después cruzábamos la calle hacia una discoteca donde sonaban reggae y música internacional. Ahí Mario y Jorge conocieron a dos muchachas salvadoreñas que también estaban refugiadas temporalmente en Guatemala. Nosotros, en cambio, seguíamos haciendo lo que mejor sabíamos hacer a los diecinueve años: caminar, observar y esperar que la noche nos sorprendiera con alguna historia. No sabíamos que esa historia llegaría de la peor manera.
A la mañana siguiente Manolo había desaparecido. Al principio nadie se alarmó.
—Seguro se fue con alguna greenga —comentó Ronald mientras terminaba un café.
Pasó una hora. Después otra. El desayuno terminó y Manolo seguía sin aparecer. Mi madre fue la primera en preocuparse de verdad.
—La mamá me lo encargó antes de salir de San Salvador…
Su voz tenía un tono que conocíamos bien. No era enojo. Era miedo. Comenzamos a buscarlo por los bares, por las calles, preguntando en hoteles y restaurantes. Incluso terminamos acercándonos a la policía para reportar la situación. Veníamos de un país donde las personas desaparecían de verdad. Para nosotros esa palabra tenía otro significado.
Las horas transcurrían lentamente. Cerca del mediodía apareció caminando por una de las calles que daban al lago. Despeinado y sucio. Con el pantalón roto y caminando con dificultad.
—¡¿Dónde demonios estabas?! —le pregunto mi padre ¿no ves lo qué paso con Pepe?
Manolo levantó una pierna. Tenía varias mordidas profundas.
—Me atacó una jauría de cuchos…
Nos quedamos viéndolo en silencio.
—¿Perros?
—Sí… creo que cinco… o seis… ya perdí la cuenta.
La preocupación cambió de dirección.
Todos sabíamos lo que significaban las mordidas de perros callejeros en aquella época: rabia, vacunas, hospital. El viaje de Manolo prácticamente terminaba ahí.
Entre bromas intentaba quitarle importancia.
—Lo bueno es que no me mordieron la cara, dijo Manolo
Pero ya nadie se reía demasiado. Había que regresar.
Sin embargo, antes de abandonar Panajachel ocurrió algo que terminó convirtiéndose, sin que yo lo supiera, en uno de los recuerdos más importantes de aquellos días.
Entré a un bar donde colgaba un gran afiche de El bueno, el malo y el feo. Me quedé observándolo. A mi lado apareció una muchacha italiana. —Leone era un genio —dijo en español con un acento apenas perceptible.La conversación comenzó ahí. Terminó una hora después. Hablamos de cine italiano, del western, de la música de Ennio Morricone, de cómo una película podía contar mucho más con un silencio que con una explosión.
Nunca le pregunté su apellido. Ella nunca preguntó el mío. Cuando sus amigas decidieron irse, simplemente sonrió. —Ha sido un gusto. —Igualmente, le respondí.
La vi alejarse entre la gente hasta perderse. Nunca volví a verla. Pero esa noche comprendí algo que hasta entonces desconocía. La inteligencia también podía resultar profundamente seductora. Hasta ese momento había admirado la belleza física. Aquella conversación me descubrió otra forma de atracción. Salí del bar con la misma sensación que deja una gran canción al terminar: la impresión de haber vivido algo breve pero imposible de olvidar.
Con los años entendí por qué Panajachel terminó convirtiéndose en uno de mis lugares favoritos del mundo. No fue únicamente por el lago ni por las montañas. Fue porque ahí descubrí que existían personas capaces de cambiar una manera de pensar en apenas una conversación. Y eso vale mucho más que un romance de una noche.
III
El regreso de Panajachel fue mucho más silencioso que el viaje de ida. La alegría de los primeros días comenzó a diluirse cuando la realidad volvió a imponerse sobre las vacaciones improvisadas que todos intentábamos vivir. Manolo ya no era el muchacho despreocupado que había desaparecido una noche entre las calles del pueblo. Las mordidas de aquellos perros callejeros obligaban a regresar cuanto antes a San Salvador para iniciar el tratamiento contra la rabia. En aquellos años nadie tomaba a la ligera una situación así. Bastaba escuchar la palabra “rabia” para que cualquier conversación terminara hablando de hospitales, vacunas y semanas enteras de incertidumbre. Jorge tampoco estaba en buenas condiciones. La caída de la Vespa seguía pasándole factura y apenas podía moverse sin hacer algún gesto de dolor. Aun así, intentaba convertir todo en una broma, como si reírse de las heridas fuera otra forma de hacerlas menos profundas.
—Viejo, creo que ya no sirvo para piloto de motos.
Manolo soltó una carcajada.
—No, lo que no servís es para frenar. Te dije que había gravilla y todavía preguntaste “¿cómo?”.
Jorge negó con la cabeza mientras levantaba el vaso.
—La culpa fue de la gravilla.
Aquella conversación terminó provocando las primeras risas sinceras desde que habíamos salido de San Salvador. Era extraño. Apenas unas semanas antes recorríamos hospitales y oficinas buscando noticias de Pepe. Ahora nos reíamos de una motocicleta raspada y de un accidente sin mayores consecuencias. Con los años comprendí que la vida tiene una capacidad extraordinaria para obligarnos a seguir caminando, incluso cuando uno todavía no entiende por qué.
De regreso en Ciudad de Guatemala volvimos casi de inmediato a Dash. La discoteca seguía igual de llena, con los televisores suspendidos sobre la pista proyectando videos musicales europeos y estadounidenses que en El Salvador apenas comenzaban a verse. Ahí volvimos a encontrarnos con Carla, una amiga salvadoreña que estaba viviendo en Guatemala y que trabajaba como modelo. Después de conversar un rato nos comentó que al día siguiente habría una reunión en una casa donde estaban preparando una sesión de fotografías y que, terminada esta, seguirían con una fiesta entre amigos. Ronald aceptó sin pensarlo dos veces y Manolo hizo lo mismo. Yo, en cambio, no estaba del todo convencido.
Aquella tarde me había invadido una tristeza difícil de explicar. No era exactamente depresión. Era una mezcla de agotamiento, nostalgia y preguntas que todavía no tenían respuesta. Pasé varias horas escuchando Bad Animals, de Heart, un disco que siempre me gustó, pero que también tenía la extraña capacidad de remover emociones que uno prefería mantener dormidas. Mientras sonaban aquellas canciones volví a pensar en Pepe, en la guerra, en Helen y en la llamada telefónica que había recibido pocos días antes.
—Necesito decirte algo —me dijo al otro lado de la línea.
—Decime.
Hubo un silencio breve antes de que pronunciara la frase que terminó por cerrar aquella historia.
—Creo que todavía quiero a mi exnovio.
Me quedé unos segundos sin responder. Miré por la ventana, respiré profundamente y pensé en todo lo que estaba ocurriendo en El Salvador. Habíamos salido del país prácticamente huyendo de una ofensiva militar, uno de mis mejores amigos acababa de desaparecer y ella había decidido que ese era el momento adecuado para terminar la relación.
—Bueno… escogiste un momento perfecto para hacerlo.
No hubo reclamos ni escenas dramáticas. Simplemente colgué el teléfono. Con los años comprendí que aquella conversación no me dolió únicamente porque terminara un noviazgo, sino porque descubrí que muchas personas son incapaces de ponerse en el lugar del otro. No era un asunto de amor o desamor. Era una cuestión de empatía. Tenía diecinueve años, acababa de terminar el colegio y comenzaba a entender que las relaciones también exigían sensibilidad hacia los momentos que vivía la otra persona. No pretendo presentarme como un santo, porque no lo era. A esa edad ya no soñaba únicamente con caminar tomado de la mano. También existía el deseo físico y la curiosidad propia de cualquier joven. Sin embargo, aquella llamada dejó una marca que durante mucho tiempo me hizo desconfiar de las promesas sentimentales.
Finalmente terminé asistiendo a la reunión. Denise insistió tanto en que la acompañara que resultó imposible negarme. La casa estaba llena de gente. Había modelos, fotógrafos, música sonando en todas las habitaciones y personas que iban y venían con vasos en la mano. Entre los invitados reconocí a Morán, un hombre bastante mayor que nosotros a quien había visto muchas veces en las noches de Mario’s, en la Zona Rosa de San Salvador. Aquello confirmaba una sensación que venía teniendo desde nuestra llegada: buena parte de la vida nocturna salvadoreña se había trasladado temporalmente a Guatemala.
En algún momento Ronald y Morán comenzaron a discutir por un malentendido relacionado con aquella sesión de fotografías. Ninguno parecía dispuesto a ceder.
—Cuando querás arreglamos esto afuera.
—Cuando vos querrás.
Los dos aseguraban conocer artes marciales y la conversación subió de tono durante algunos minutos. Al final no ocurrió absolutamente nada. La discusión terminó igual que muchas peleas de madrugada: con dos personas convencidas de haber ganado sin que nadie lanzara un solo golpe.
Lo verdaderamente insólito ocurrió unos minutos después. Estábamos conversando tranquilamente en una habitación cuando la puerta se abrió de golpe con una patada. Jorge apareció sosteniendo un revólver .357 brillante, apuntando hacia el interior del cuarto con una expresión completamente seria. Durante unos segundos nadie entendió qué estaba pasando.
—¿Dónde está ese tipo? —preguntó mirando hacia todos lados.
Ronald intentó tranquilizarlo.
—Ya pasó, hombre. No pasó nada.
Poco a poco Jorge bajó el arma y volvió a guardarla en la cintura como si aquello hubiera sido el acto más normal del mundo. Luego tomó otro vaso y continuó conversando con todos los presentes. Aquella escena me hizo comprender que algunas personas nunca lograron abandonar la guerra. Simplemente cambiaron de país, pero siguieron viviendo con la sensación de que cualquier discusión podía terminar a balazos.
Pocos días después mi padre decidió regresar a San Salvador acompañado por Manolo, Renato y Jorge. Nosotros permanecimos algunos días más en casa de los Tapia junto a Ronald, Luis, Miguel y Gerardo. Las noches siguieron transcurriendo entre salidas, conversaciones y algún paseo ocasional por la ciudad. Una de ellas fuimos al cine con un amigo chileno para ver Volver al Futuro II, una película que en ese momento era la gran novedad. Al salir caminamos hasta un bar llamado Sherlock Holmes, uno de los lugares más elegantes de la Zona Viva y que, por su ambiente, siempre me recordó al Paradise de la Zona Rosa.
Aquella noche conocimos a dos hombres que acababan de llegar. Uno de ellos trabajaba como detective. El otro era un tipo amable, conversador y aparentemente tranquilo. Cuando ya nos disponíamos a marcharnos se acercó con absoluta naturalidad y me hizo una pregunta que todavía recuerdo.
—¿Vos creés que me vuelvan a dejar entrar aquí?
Pensé que se refería a algún problema con el administrador del bar.
—¿Por qué no habrían de dejarte entrar?
El hombre tomó un sorbo de cerveza antes de responder.
—Porque hace unos días le pegué dos balazos a un tipo aquí afuera.
Lo dijo con una tranquilidad desconcertante, como quien comenta un accidente de tránsito. Luego añadió otro detalle.
—Fue con una .357 Python.
Se quedó observándome unos segundos antes de formular la última pregunta.
—¿Vos creés que sobrevivió?
Después de todo lo que habíamos visto en El Salvador durante aquellos meses, mi respuesta salió casi de manera automática.
—Si fueron dos disparos en el pecho con una Python… sinceramente no creo.
El hombre bajó la mirada, terminó su cerveza y simplemente asintió con la cabeza. Nunca supe si aquella historia era cierta o si únicamente intentaba impresionar a quienes lo escuchábamos. Sin embargo, aquella conversación volvió a recordarme que la violencia tiene muchas formas de manifestarse y que no pertenece exclusivamente a un país o a una guerra. Cambian los escenarios, cambian los protagonistas y cambian las razones, pero el lenguaje de las armas termina pareciéndose demasiado en cualquier lugar.
Unos días más tarde emprendimos el regreso a El Salvador. La Cherokee volvió a cruzar la frontera llevando todavía los agujeros de bala como testimonio de los días que habíamos dejado atrás. Durante unas semanas Guatemala nos regaló música, conversaciones, amistades, noches interminables y la ilusión de que la juventud podía abrirse paso incluso en medio del desastre. Sin embargo, al volver a ver el paisaje salvadoreño comprendí que aquel paréntesis había terminado. La ofensiva ya era parte del pasado inmediato, pero el país que nos esperaba seguía lleno de cicatrices. Nosotros también regresábamos distintos. Habíamos salido buscando alejarnos de la guerra, pero descubrimos que algunas experiencias viajan con uno, sin importar cuántas fronteras logre cruzar.