Memorias en la Zona Rosa: El carnaval donde nadie quería irse | Parte 12

Miraba a unos perritos nacidos debajo de una tarima de madera donde nuestra pastor alemán los había parido. Mi hermana y yo los observábamos porque ya comenzaban a salir de su escondite. Nuestra perra, Jacky, nos miraba mientras de fondo sonaba Bohemian Rhapsody. Fue un momento mágico de 1982, apenas un mes antes de viajar a El Salvador.

Zarko Pinkas | “El Ayatolá del rock and rolla”

Miraba a unos perritos nacidos debajo de una tarima de madera donde nuestra pastor alemán los había parido. Mi hermana y yo los observábamos porque ya comenzaban a salir de su escondite. Nuestra perra, Jacky, nos miraba mientras de fondo sonaba Bohemian Rhapsody. Fue un momento mágico de 1982, apenas un mes antes de viajar a El Salvador.

Quién habría dicho que unos años después volvería a escuchar esa misma canción mientras saltaba, completamente ebrio, sobre el techo de un Volkswagen Escarabajo.

En aquellos días de marzo de 1987, tenía bastante tiempo libre para seguir saliendo por las noches y perderme en la Zona Rosa. No era algo extraño para mí. La noche se había convertido en una extensión natural de mi adolescencia. Mientras otros amigos preferían quedarse en reuniones familiares o pasar encerrados en sus casas viendo televisión, yo necesitaba el ruido, las luces, la música y esa sensación de que siempre podía ocurrir algo inesperado. Mi mente fantasiosa giraba constantemente alrededor de historias extrañas. Me levantaba, ponía un casete de Heart y dejaba volar la imaginación.

Cuando comenzó a hablarse del Carnaval de la Zona Rosa, la idea me sonó casi absurda. Cerrar toda la calle, montar escenarios, traer bandas y convertir aquel lugar en una fiesta gigantesca parecía demasiado para el San Salvador de esos años. Precisamente por eso todos querían ir. La Zona Rosa ya tenía fama de ser el centro de la vida nocturna, el lugar donde se cruzaban universitarios, estudiantes de colegio, extranjeros, músicos, personajes extravagantes, muchachas elegantes y gente que simplemente buscaba escapar por unas horas de la rutina o de la guerra que existía fuera de aquella pequeña burbuja iluminada.

Convencí a un amigo del colegio, Manolo, de que teníamos que llegar temprano. Primero fuimos a un pequeño restaurante frente al edificio donde yo vivía, llamado Taco a Taco. Servían buena comida mexicana y las cervezas siempre estaban bien frías.

En esa época estaba bebiendo más de lo habitual. Nunca me consideré alcohólico. El alcohol me mareaba con facilidad y esa sensación nunca me gustó. Desde niño había probado vino durante algunas fiestas familiares, cuando mis primos nos regalaban fresas o duraznos empapados en vino tinto. Ahora que lo pienso, sigo creyendo que nunca tuve un problema con el alcohol. Solo bebía los fines de semana y aquel día habíamos decidido salir temprano para evitar pagar los treinta colones que costaba la entrada al carnaval.

—Mirá, ahí va a estar todo el mundo —me dijo Mario cuando me llamó por teléfono.

Yo también pensaba que sería así, aunque realmente había muy poca información sobre quiénes asistirían. Sabía que iríamos Manolo, Mario, Pepe, yo y varios compañeros del Colegio San Francisco, los más aventados para salir de noche, porque la mayoría todavía prefería quedarse en esas reuniones familiares que a nosotros nos parecían tremendamente aburridas.

Llegamos alrededor de las seis de la tarde, justo cuando comenzaban a cerrar la calle y a organizar los accesos. Queríamos entrar antes de que empezaran a cobrar o antes de que aquello se volviera imposible de cruzar.

Poco a poco comenzaron a llegar grupos completos de personas. Lo que más me sorprendió fue encontrarme con tantos compañeros del colegio, muchos más de los que imaginaba. Andaban mezclados entre universitarios y adultos bastante mayores que nosotros.

Había una energía extraña, eléctrica, distinta a cualquier otra salida normal. No era simplemente ir a una discoteca. Era sentir que toda la ciudad había decidido reunirse en una sola calle.

Los parlantes comenzaron a rugir mientras caía la tarde y poco después apareció Crisis, una banda de heavy metal que interpretaba versiones de Judas Priest y Black Sabbath. El sonido no era perfecto, pero tampoco hacía falta. En aquellos años uno no necesitaba conciertos impecables para pasarla bien. Bastaban el volumen, el humo, las guitarras distorsionadas y la vibración de los amplificadores golpeando el pecho.

La multitud se volvió inmensa. Llegó un momento en que apenas se podía caminar. Había gente por todas partes: muchachas riéndose sentadas en las aceras, tipos tomando cerveza ya tibia porque el hielo se había terminado, vendedores abriéndose paso entre la multitud y personas lanzándose bolsas con agua de un lado a otro.

Un amigo apareció completamente tomado y nos ofreció marihuana.

Manolo y yo le dijimos que no de inmediato.

En aquellos años existía un miedo enorme hacia las drogas. La campaña de Drogápolis aparecía constantemente en televisión y realmente provocaba una sensación de temor. No era rebeldía ni moralismo; simplemente nos daba miedo probar algo así. Nuestro amigo volvió a desaparecer entre la multitud y nosotros seguimos concentrados en el concierto.

Recuerdo que subieron a una muchacha al escenario para cantar una canción de heavy metal. No recuerdo cuál era, pero sí los gritos del público y la forma en que el ambiente parecía explotar alrededor.

Lo curioso es que, pese a todo, no se respiraba violencia. Había cientos de personas, alcohol por todos lados y algunos bastante alterados, pero aquella noche estaba dominada más por la euforia que por la agresividad.

Y eso era raro en el El Salvador de los años ochenta.


Después del concierto entramos a la discoteca. Ahí volvimos a encontrarnos con Pepe, que había desaparecido durante horas entre la multitud. Nadie sabía dónde había estado y, en realidad, tampoco importaba demasiado. Así funcionaban las noches entonces. La gente aparecía, desaparecía y volvía a surgir horas después en otro lugar.

Al cruzar la puerta, el ambiente cambió por completo. Afuera seguían resonando las guitarras de Crisis y los ecos de Judas Priest. Adentro, en cambio, el DJ había transformado la noche. Los sintetizadores reemplazaban las distorsiones y la pista comenzaba a llenarse mientras sonaban Kate Bush, Peter Gabriel, Genesis, Madonna y Cyndi Lauper. Las luces rosadas se reflejaban sobre el humo de los cigarrillos y el aire acondicionado todavía conservaba ese frío que poco a poco desaparecía conforme la discoteca se llenaba de cuerpos bailando.

Fue entonces cuando tomé un ron con Coca-Cola. Después otro. Más tarde llegaron un par de Campari y varias cervezas. A partir de ese momento los recuerdos empiezan a desordenarse. Hay escenas que todavía puedo reconstruir y otras que permanecen envueltas en una neblina de alcohol y música.

Amanecimos otra vez ahí.

No recuerdo exactamente a qué hora salimos. Solo conservo la sensación de caminar de madrugada, cuando todo terminaba y la ciudad quedaba extrañamente silenciosa después de tantas horas de ruido.

Nunca necesité terminar una botella para pasarla bien. Aprendí desde muy joven a entrar en sintonía con la noche sin depender completamente del alcohol. Me gustaba observar, escuchar música, bailar, conversar y sentir esa electricidad que tenía la Zona Rosa en aquellos años. Pero esa noche habíamos llegado con Manolo, Napo, Pepe, Luis —el hermano de Manolo— y otros amigos que hoy aparecen borrosos en mi memoria.

Subí al apartamento y, sin pensarlo demasiado, tomé una botella de vodka de mi padre. Me serví un vaso. Después otro. Al final tomé la botella. Recuerdo haber dicho, entre risas:

— “¡Hasta ver a Dios!”

A partir de ahí todo comenzó a cambiar.

El mareo dejó de ser una simple sensación física y se convirtió en una euforia difícil de describir. Bajé nuevamente al estacionamiento, donde seguían mis amigos. Mi padre tenía un Volkswagen Escarabajo celeste y, entre las risas y los gritos de “¡Baila, Pedro, baila!”, terminé subiéndome al techo del carro para bailar sin ningún sentido.

Entonces ocurrió algo extraño.

El ruido comenzó a apagarse lentamente.

No fue de golpe. Las voces se fueron alejando, la música desapareció y las carcajadas dejaron de existir, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible sobre el carnaval.

Después vino el silencio. Sentí que caía desde el techo del Volkswagen y, durante un instante, todo se convirtió en una mezcla de colores. Cuando abrí los ojos, un hombre muy delgado estaba inclinado sobre mí, ayudándome a incorporarme.

—Estuvo cerca —me dijo.

No entendí a qué se refería.

—Muy cerca.

Volví a mirar alrededor. El estacionamiento había desaparecido.

Frente a mí solo había un paisaje abierto, cubierto de campos verdes. Hacía frío. Sobrevolaban aves que nunca había visto y, a lo lejos, una mujer de cabello crespo permanecía inmóvil, observándonos. Llevaba un anillo extraño, como si estuviera formado por pequeñas serpientes entrelazadas, semejantes a los cabellos de Medusa. Ella nunca dijo una palabra.

El hombre volvió a hablar. —Todo lo que viene puedes cambiarlo. Pero todo aquello que no puedes cambiar llegará de todas formas. La guerra apenas está comenzando.

Sentí que alguien volvía a levantarme. Cuando recuperé la conciencia estaba acostado en mi cama.

Mis amigos me contaron que había caído del techo del Volkswagen, que lograron subirme al apartamento y que después volví a bajar sin que nadie pudiera detenerme.

Pensé que todo había sido una pesadilla provocada por el licor. Sin embargo, mientras tratábamos de reconstruir la noche, Manolo me hizo una pregunta que todavía hoy no he podido responder.

—¿Quién era el viejo flaco que andaba con vos? El de la barba de chivo… Se fue en un carro azul.

Lo miré sin entender. Nunca vi llegar a ningún automóvil azul. Nunca vi marcharse a nadie.

Y, sin embargo, hasta hoy sigo recordando el silencio que apareció después de la música. Aquella noche de 1986, en medio del carnaval de la Zona Rosa, entre guitarras, luces de neón y cerveza derramada sobre el asfalto, tuve la extraña sensación de que algo había comenzado a suceder, aunque en ese momento todavía era incapaz de comprender qué demonios era.- ¿ Alguien me da un cigarro?