Memorias en la Zona Rosa: luces, cervezas y ruido en el pecho | Parte 1

Yo tendría catorce años en 1984 y ya estaba completamente harto de las fiestas de colegio. Desde hace un tiempo, y por alguna razón, había entrado en una faceta de comenzar a leer y cuestionarme los entornos.

Zarko Pinkas |

Yo tendría catorce años en 1984 y ya estaba completamente harto de las fiestas de colegio. Desde hace un tiempo, y por alguna razón, había entrado en una faceta de comenzar a leer y cuestionarme los entornos. Era chileno y llevaba algunos años ya en El Salvador. Me gustaba pero sentía que no calzaba en esas reuniones tan pequeñas. Hasta yo había organizado una pequeña fiesta y me había aburrido hasta la médula. No era una exageración adolescente ni una pose, era un aburrimiento real, casi físico, como si el aire dentro de esos salones estuviera viciado de rutina. Ibas a ver a los mismos compañeros que veías todas las mañanas, hablando exactamente de lo mismo, riéndose de los mismos chistes, moviéndose con esa torpeza contenida de quien todavía no entiende bien qué hacer con su cuerpo. Todo era predecible, todo era plano, todo terminaba temprano. A las doce ya estabas de vuelta en tu casa, como si la noche tuviera un límite impuesto por adultos invisibles.

Entonces apareció Mario K. Mario tenía unos veinticinco años, lo cual en ese momento lo convertía en una especie de especialista en conocimiento de la juerga . No era solo la edad, era la forma en que se movía, la gente con la que andaba, un grupo de amigos peruanos que ya vivían la noche como si fuera su territorio natural. Nosotros éramos tres chicos sin experiencia, sin historia, sin nada realmente. En verdad, estabamos hundidos entre el colegio y las maquinitas en Fun House, Machiland y la Plaza Alegre y una noche, sin demasiadas explicaciones, salió la invitación: “¿Van a venir o no?” Nos miramos entre nosotros y claro que íbamos a ir.

La Zona Rosa no la conocía, pero apenas llegamos entendí que ese lugar tenía algo distinto. No era solo una calle con bares, era una especie de circuito vivo, una pequeña geografía nocturna donde todo estaba concentrado y ocurriendo al mismo tiempo. A mano izquierda, donde comenzaba, se alineaban los locales: La Hola, luego Mediterrane con ese olor a mariscos que se mezclaba con el humo y la humedad, después Chili’s con hamburguesas, un pequeño lugar de pizzas, una pastelería que parecía sacada de otro horario, y al final La Vida Rosa. Todo tenía luz, todo tenía sonido, todo tenía gente entrando y saliendo, riendo, fumando, llamándose a gritos. No había que decidir demasiado: la noche ya estaba armada.

Nos sentamos, comimos algo, y sí, bebí. Un par de cervezas, sin culpa, sin reflexión, sin ese discurso posterior que algunos inventan con los años. Bebí porque estaba ahí, porque todos bebían, porque era parte de entrar en ese mundo que hasta ese momento me había sido ajeno. Y la verdad es que se sentía bien, no por el alcohol en sí, sino por lo que representaba: dejar de mirar desde afuera y dar rienda a esa sensación de sentirme mayor. Así que disfrute la cerveza Pilsener y los cigarros Malbdoro rojos que fumabamos. En ese tiempo, todo los lugares eran antro de fumadores.

Después de la medianoche vino el verdadero desplazamiento, como si alguien hubiera dado una señal invisible. “Vamos a Marios”, dijo uno de ellos, y caminamos hacia lo que era, claramente, el centro de todo. La discoteca no era para nosotros, eso estaba claro, pero Mario K. conocía al portero. Hubo un intercambio de miradas, una media sonrisa, y de pronto estábamos adentro. Así de simple, así de absurdo, así de decisivo.

Adentro era otro mundo. La música no solo sonaba, golpeaba. Sonaban David Bowie, A-ha, New Order, y cada canción parecía empujar el cuerpo hacia adelante, obligarte a moverte, a perder la timidez, a entrar en el ritmo. Las luces cortaban el aire, el humo flotaba bajo, y la pista estaba llena de gente que no estaba ahí para posar, sino para bailar. Eso fue lo primero que entendí: aquí se venía a bailar, no a observar. La pista con tablones de madera y al lado una mesa alredor de un arbol pintado de blanco era como la parte más exclusiva según yo.

El lugar estaba totalmente repleto de gente. La mayoría de arriba de 25 años en adelante. Solo yo y dos amigos teníamos 14 años y pienso que debió notarse.

Y sumado a ese ambiente de adrenálina , estaban las chicas. Chicas de verdad, no compañeritas de curso con uniforme cambiado, sino chicas con minifalda, con actitud, con una seguridad que a esa edad te descoloca por completo. Uno las miraba, claro que las miraba, las piernas, la forma en que se movían con una botella de cerveza en la mano o un trago, la manera en que sostenían la mirada un segundo más de lo necesario. No había manual para eso, no había instrucciones, así que hice lo único que se podía hacer.

Me acerqué tratando de superar la tímidez del puberto que todavía juega con He-Man o los Transformers…

—¿Quieres bailar? —le dije a una, casi gritando por la música.

Me miró, evaluó en un segundo todo lo que yo era —o lo que no era— y simplemente dijo: “Ya”. Y bailamos. Después vino otra. Y lo importante no era quiénes eran ni sus nombres, que nunca supe, sino el hecho mismo de estar ahí, en medio de esa pista, moviéndome sin pensar demasiado, sintiendo la música en el pecho, entendiendo por primera vez que la noche tenía un lenguaje propio y con dos mujeres que no identificaron mi rostro de menor de edad, pues de noche todos los gatos son pardos.

En algún momento, alguien propuso ir a Paradise, un lugar justo enfrente. Entramos, pero no era lo mismo. Era caro, incómodo, ajeno. Un bar para posar. No tenía ese pulso. No tenía esa energía. Yo solo quería volver a la discoteca, a ese espacio donde todo estaba ocurriendo sin esfuerzo. Ahí entendí algo que no he olvidado: no todos los lugares donde hay gente tienen vida.

Salimos de ahí y la noche siguió hasta que dejó de ser noche. Regresé a casa de madrugada, cuatro, cinco, tal vez seis de la mañana, con esa sensación extraña de haber estado en otro plano, como si el mundo real todavía no terminara de alcanzarte.

El lunes, en el colegio, escuché a los de siempre hablando de la fiesta del fin de semana. Quién fue, quién no fue, quién se fue temprano. Los miré, los escuché, y no sentí envidia ni interés. Ellos seguían en lo mismo. Yo no.

Porque había descubierto algo mucho más simple y mucho más peligroso: que la fiesta no era un evento, era un lugar. Y ese lugar existía varias noches a la semana, esperando.

Y sin darme cuenta, ahí, en medio de esa música y esas luces, la adolescencia —la de verdad— había empezado.