Memorias en la Zona Rosa | La Ofensiva del 89 y la noche en que la fiesta se volvió trinchera y muerte

El mundo, antes de romperse, cabía en los límites magnéticos de un casete. Yo estaba tirado en la cama, clausurado del exterior por los audífonos de mi Walkman, dejando que el pulso nocturno y sofisticado de Tango in the Night de Fleetwood Mac me apartara de la realidad. El casete me lo había prestado Pepi, un vecino de la vuelta con un oído finísimo para rescatar joyas en medio del páramo, aunque este diamante era de su padre.

Zarko Pinkas |

El mundo, antes de romperse, cabía en los límites magnéticos de un casete. Yo estaba tirado en la cama, clausurado del exterior por los audífonos de mi Walkman, dejando que el pulso nocturno y sofisticado de Tango in the Night de Fleetwood Mac me apartara de la realidad. El casete me lo había prestado Pepi, un vecino de la vuelta con un oído finísimo para rescatar joyas en medio del páramo, aunque este diamante era de su padre.

Dejando que el pulso nocturno y sofisticado de Tango in the Night de Fleetwood Mac |


En esos años finales de los ochenta, no conocíamos la tiranía algorítmica de las listas de reproducción; nuestra educación sentimental se grababa en cintas TDK metálicas, objetos casi sagrados que prestábamos, rebobinábamos con un lapicero y gastábamos hasta que la música se volvía un susurro distorsionado. Mientras el pop perfecto de las canciones se sucedía una tras otra, recordé que debía llamar a Pepe. Habíamos planeado con Renato y Ronnie desafiar la noche el fin de semana, buscar el refugio de la Zona Rosa y estirar las horas en Marios, o en cualquier rincón donde la madrugada decidiera disolverse.


Pepe no habitaba la periferia de la amistad; se había incrustado en el núcleo de nuestra casa hasta volverse un fragmento indispensable de la familia. Cargaba con un luto antiguo y silencioso —su padre había sido una de las tantas víctimas tempranas de la guerra civil— y ese peso, intuyo ahora con la lucidez cruel que otorgan los años, lo sumergía en temporadas de una depresión espesa que intentaba ahogar en alcohol. Pero había en él una nobleza incorruptible, una lealtad mansa que desarmaba a cualquiera.


Mi madre lo recibía siempre con un afecto protector, Mi hermana Denis buscaba para que la lleváramos a donde sus amigas y, en verdad, todos en el hogar lo considerábamos uno de los nuestros. Y para mí, era el más importante en mi círculo de vida de nocturno.
Aquella noche, mientras la música cambiaba al optimismo melancólico de Cyndi Lauper, a Mr. Mister, o a un compilado personal donde Pet Shop Boys, Erasure y New Order sonaban con una nitidez metálica que nunca volví a encontrar en ningún otro soporte, la vida parecía suspendida en esa tensa calma de la juventud.


La normalidad se quebró a ras de suelo a eso de las nueve de la noche, justo cuando Pepe cruzaba nuestra puerta. Denis terminaba de arreglarse para salir con sus amigas y mi primo Ronald —recién desempacado de Chile un año atrás e intentando descifrar los códigos de la bohemia salvadoreña junto a un vecino llamado Luis— deambulaba por el departamento. Entonces, el aire de San Salvador se trizó.
Al principio fue un eco seco, casi tímido. Luego, el estrépito unánime de los fusiles, el traqueteo continuo de las ráfagas de ametralladora y las explosiones que hacían vibrar los vidrios. No se sentía como el horror focalizado de la matanza de la Zona Rosa que habíamos atestiguado años antes; esto era una marea de fuego que parecía brotar de los cuatro puntos cardinales.


En mi testarudez juvenil e irresponsabilidad, me resistía a aceptar la escala del desastre; yo solo quería que el ruido cesara para poder salir. Mi padre, que permanecía conectado a los radios de su oficina intentando descifrar el caos exterior, regresó a la casa con el rostro ensombrecido y una orden tajante: nadie cruzaba el umbral. La ofensiva hasta el tope había comenzado. La guerra, que hasta entonces había sido un fenómeno lejano —un espectáculo de cadáveres y combates en Guazapa o El Paraíso que mi tío consumía en sus cintas de video grabadas por él durante los almuerzos dominicales con una naturalidad hoy aterradora—, acababa de mudar su cuartel general a nuestra propia calle.


Los días siguientes se convirtieron en un limbo de penumbra y fósforos. El sistema eléctrico colapsaba bajo los atentados, sumiendo a la capital en una oscuridad total donde la luz regresaba como un destello agónico para volver a morir. En medio del encierro, desesperado por el aislamiento, logré marcar el número de Antonia con quien había comenzado a salir en esos tiempos. Al otro lado de la línea no vibró su voz, sino el tono seco y apremiante de una monja del pupilaje donde residía: «Estamos en el suelo, refugiadas bajo tierra, no se puede hablar porque los balazos vuelan», sentenció antes de colgar.


El clic del teléfono tuvo el peso de una certeza: el abismo era real. Mi padre admitió entonces que los rumores institucionales de un asalto final a la capital llevaban semanas circulando, espoleados por los coches bomba que ya habían comenzado a trizar la paciencia de la ciudad. Pero una cosa era el rumor del analista y otra muy distinta era el asombro del testigo.


Por las noches, el condominio se transformaba en un faro sitiado. Una de esas noches subimos al octavo piso a un departamento que le habían prestado a Luis. Junto a Ronald, Luis, Miguel y Gerar nos apostábamos ante el ventanal. Mientras el estéreo reproducía la urgencia de U2 o las líneas limpias de Devo, contemplábamos el volcán de San Salvador convertido en un anfiteatro de guerra.


La escena poseía una belleza perversa y cinematográfica: las líneas trazadoras surcaban el cielo nocturno dibujando parábolas de fuego, ráfagas rojas subían desde las barriadas y estallidos intermitentes iluminaban la silueta de la montaña. Era el espectáculo del fin del mundo. Al amanecer, el descenso a la realidad era inmediato: un proyectil intacto reposaba en el estacionamiento del edificio. El conflicto ya no golpeaba a las puertas; dormía en nuestro sótano. Era como estar experimentando Apocalypse Now de Copolla o en medio de la escena final de Platoon de Stone.


Nosotros mirábamos mientras las brazas de los cigarros alumbraban la oscuridad de los cortes de luz y los sonidos de las bombas y de ráfagas cubrían la música de U2. Entonces Ronald realizó un comentario directo: “creo que deberíamos regresar al mar. Hay toque de queda y esto se está poniendo muy peligroso”. Luis, quien era el mejor amigo, de mi primo lo apoyo “mañana vámonos al rancho”.


El paisaje humano comenzó a desgranarse. Helen, quien tiempo atrás había ocupado mis días y por quien yo guardaba un interés constante, vio cómo la guerrilla tomaba por asalto su casa en la colonia Escalón para incendiar los autos y levantar barricadas; ella y los suyos escaparon hacia Guatemala, convirtiéndose en el primer rostro del exilio que tocó mi memoria.


La incertidumbre alcanzó su cenit la noche en que mi padre no regresó. Salió en su Cherokee polarizada y se disolvió en una ciudad sin teléfonos móviles. Apareció horas después, a pie, con la respiración agitada. La guerrilla se había adueñado de la zona de las Masferrer, utilizando los coches de los civiles como trincheras improvisadas.


Le revisaron los documentos, midieron su filiación y lo dejaron marchar al desierto de asfalto. Días más tarde, su camioneta apareció en las portadas de los periódicos, convertida en un escudo de hierro acribillado en mitad de la calle. Mi madre se consumía tratando de calmarnos, Denis ensayaba una entereza de piedra y yo, con la insensatez que da el miedo, insistía en escapar mentalmente, llegando al extremo de ir al mar con Ronald y Luis en los primeros días del cerco. Una locura, vista hoy; un mecanismo de supervivencia, en aquel entonces o simplemente de una total forma de evasión de la realidad.


A través del dial, Radio Venceremos dirigida por el FMLN y las emisoras oficiales del gobierno se disputaban la narrativa del territorio, con supuestos mensajes de órdenes para la toma de posiciones elevadas para ubicar francotiradores. Los edificios de apartamentos ya no eran viviendas; eran los nuevos cerros de una geografía urbana que imponía su propia lógica de emboscada y muerte.


Y fue ahí, en esa cúspide de la estrategia militar, donde se marcó el destino de Pepe. La oficina donde trabajaba quedó atrapada en el epicentro de un fuego cruzado en los altos de la Colonia Escalón. Se dijo después que, supuestamente, una combatiente cayó al intentar entrar a esa oficina y que la respuesta de las fuerzas de los guerrilleros fue atacar y prender fuego al inmueble. Pepe estaba adentro, junto a tres compañeros periodistas. Los testimonios juran que salieron agitando una bandera blanca al aire viciado de la tarde. Nadie volvió a verlos.


Cuando el fuego cedió, fuimos al día siguiente con mi padre y caminé entre los escombros calcinados de la oficina. En medio del hollín y el desastre, encontré un objeto que me detuvo el corazón: la tarjeta de socio de Marios que yo mismo le había prestado para que pudiera invitar a su novia a la discoteca. Estaba quemada en los bordes, desfigurada, tirada en un espacio donde las huellas negras sobre el suelo delataban que allí se habían consumido cuerpos humanos. Esa tarjeta quemada se convirtió en un huésped fijo de mis pesadillas.


Lo que siguió fue la macabra burocracia del dolor: la peregrinación por morgues, las exhumaciones clandestinas, el intento de arrancar una verdad a la tierra. Quien ha respirado de cerca el olor de la muerte sabe que ese aroma se adhiere a la memoria para siempre. Fuimos a examinar restos desenterrados con la esperanza atroz de reconocerlo. No era él. O al menos, la ciencia y el caos de la época nunca pudieron certificarlo. La respuesta que obtuve a través de confidencias y pasillos fue de una crueldad geométrica: simplemente estuvo en el lugar equivocado, en el minuto equivocado. Esa es la herida abierta que comparten los desaparecidos: no otorgan el beneficio del cierre; condenan a los vivos a un estado de perpetua vigilia.


Sin embargo, cuando la memoria insiste en traerme a Pepe con sus 27 años, mi mente esquiva el humo de la ofensiva. No me quedo en las ruinas de la oficina ni en el horror del estacionamiento. Regreso a El Búho, la discoteca de Plaza Suiza a la que nos mudamos cuando Marios empezó a perder su brillo. Veo la pista iluminada, escucho la melodía sintética de Kon Kan I Beg Your Pardon que dominaba las radios ese año, y lo veo a él, con la sonrisa intacta y los ojos encendidos, moviendo los dedos en el aire con perfecta sincronía, ejecutando un solo de batería imaginaria en medio de una noche cualquiera.

Kon Kan I Beg Your Pardon que dominaba las radios ese año, y lo veo a Pepe, con la sonrisa intacta y los ojos encendidos, moviendo los dedos en el aire con perfecta sincronía, ejecutando un solo de batería imaginaria en medio de una noche cualquiera. |


Esa es la imagen que se niega a morir. No los fogonazos de las trazadoras, no el crujido de los bombazos, no el silencio de los desenterrados. Pepe vive ahí, suspendido en el ritmo de una canción de los ochenta. Los historiadores seguirán debatiendo el significado político y militar de aquellas semanas de noviembre de 1989 en El Salvador. Para mí, la contabilidad es mucho más íntima y dolorosa: fue el momento exacto en que la guerra dejó de ser una pantalla de televisión y bajó a la calle para arrebatarme a un hermano.


En memoria de José Antonio Cevallos, Pepe. 1962-1989