Memorias en la Zona Rosa | El cumpleaños que se perdió en la noche | Parte 8

Zarko Pinkas |

Lo que comenzó como una celebración sencilla entre amigos terminó convertido en una odisea absurda de vómitos, tipos armados, decisiones equivocadas y una noche que parecía empeñada en arruinarse a sí misma.


Siempre he pensado que algunos amigos llegan a la vida por accidente y terminan quedándose más tiempo del que uno imagina. Con Manolo ocurrió algo así. Lo había conocido poco después de llegar a El Salvador en 1983 y ,en 1986, compartíamos los recreos del Colegio San Francisco, las conversaciones interminables sobre música, las muchachas y todas esas dramas personales que sólo pueden parecer importantes cuando uno tiene dieciséis años. Por eso, cuando se acercó su cumpleaños, decidimos celebrarlo en grande; bueno, en grande según los estrictos parámetros de nuestra edad. La idea era ir a Marios, sentarnos a tomar algo y quemar la noche en la Zona Rosa. Yo incluso había prometido invitar a algunas rondas porque tenía ciertas ventajas para conseguir tragos sin gastar demasiado. En aquellos años todavía tomaba y, para ser sincero, esperaba los viernes y los sábados con una ansiedad casi religiosa.

La noche era mi lugar favorito, mi templo. No porque yo fuera particularmente valiente ni porque tuviera una vida extraordinaria, sino porque la noche ofrecía una tregua que el resto de la semana nos negaba. La música, los neones, el movimiento constante de la gente y esa sensación eléctrica de que cualquier cosa podía ocurrir me atrapaban por completo. Había descubierto muy pronto que me fascinaba observar personas, descifrar conversaciones ajenas y sentir que formaba parte de algo más grande y misterioso que las aburridas rutinas del colegio. San Salvador era una ciudad con mucho que hacer en los ochenta y yo buscaba sacarle al mundo la madre como decía una canción del Temucano.

Llegamos a Marios alrededor de las diez. El lugar todavía no estaba lleno, pero la atmósfera ya se sentía densa, viva. Desde los parlantes estallaba Madonna con “Into the groove “, que mejor canción de discoteca para iniciar una noche de excesos permitidos por nuestras billeteras.

Un denso humo de cigarro flotaba suspendido sobre la pista de baile, tiñéndose con las luces y un láser de colores que giraban lentamente desde el techo. En esa época se fumaba en todas partes —en las mesas, en la barra, en los pasillos y hasta en los baños— y ese olor a tabaco y perfume era el oxígeno natural de nuestra juventud. Nos acomodamos cerca de la barra y pedimos algo para brindar. Manolo estrenaba una camisa blanca con detalles rojos que le gustaba especialmente; recuerdo que me la mostró varias veces, orgulloso de su regalo para la ocasión, sin sospechar el destino que le esperaba.

Mientras conversábamos, apareció Víctor preguntando si habíamos visto a Martín. Aquello me puso en alerta. Martín era de esas personas que parecían estar en todas partes: alegre, sociable, incapaz de quedarse quieto. Solía llegar tarde porque acostumbraba pasar antes por el redondel Masferrer con un grupo de amigos mayores entre ellos Alonso. Víctor nos advirtió que lo había visto tomando tequila y que ya arrastraba las palabras, pero no le dimos importancia. Éramos jóvenes y creíamos que perder un poco el control era un requisito obligatorio de la fiesta.

Sin embargo, cuando Martín apareció un rato después, mi primer pensamiento fue que la descripción de Víctor se había quedado corta: venía tropezando con las mesas, con la mirada perdida y tratando de sostener una conversación que ni él mismo entendía. Se acercó a saludarnos balanceándose de un lado a otro. Yo escuchaba a Manolo hablar cuando, de reojo, noté la expresión de absoluto horror en el rostro del mesero que preparaba la siguiente bebida. Giré la cabeza y el desastre ocurrió en cámara lenta: Martín estaba vomitando sobre la camisa nueva de Manolo. No en el piso, no sobre la barra, sino directamente sobre el blanco y rojo del estreno de su cumpleaños.

El shock nos congeló por unos segundos; fue una escena tan grotesca y absurda que tardamos en reaccionar. En cuanto Martín salió corriendo hacia el baño, lo seguimos en automático. El baño de Marios era ridículamente pequeño para una discoteca de ese tamaño: un lavamanos, un urinario y una puerta negra que resguardaba el único inodoro, todo saturado por una peste claustrofóbica de humedad, tabaco y desinfectante . Martíb llegó primero y, de la desesperación, le dio una patada voladora estilo Bruce Lee a la puerta.

Ahí fue donde la noche dio su primer vuelco oscuro. Adentro estaba un hombre al que todos conocían en la zona por apodos que daban escalofríos: algunos le decían Robert, otros simplemente “El Capitán”. Era bastante mayor que nosotros y cargaba con la reputación de ser un tipo extremadamente peligroso, de los que andaban armados y no dudaban en agarrarse a golpes con pistola en mano.

Cuando la puerta se abrió de golpe y lo vimos ahí sentado, sentí un frío helado en el estómago. Pensé, con total certeza, que íbamos a terminar muy mal. No porque fuéramos valientes para sostener una pelea, sino precisamente por todo lo contrario: éramos unos simples muchachos de colegio enfrentándonos, por la pura el exceso de tequilas de un amigo, a alguien cuya sola presencia hacía temblar a los bravucones de la Zona Rosa.

Por suerte, el Capitán reaccionó con una paciencia que no merecíamos. Se apartó con fastidio mientras Mario se desplomaba frente al inodoro para seguir vomitando. El sujeto nos barrió con la mirada unos segundos, midiendo nuestra evidente cara de niños asustados, y soltó con desprecio: «¿Qué le pasa a este chamaco?». Le explicamos tartamudeando que había bebido demasiado. Nos miró a nosotros, miró a Martín que estaba en el suelo y finalmente nos recomendó que nos lo lleváramos antes de que ocurriera algo peor. Hasta el día de hoy sé que tuvimos una suerte inmensa; cualquier otra reacción de su parte habría convertido aquella celebración en una tragedia de las que abundaban en esos años.

Al salir arrastrando a Martín, nos topamos con Román, el portero de la discoteca, un tipo que sabía descifrar el termómetro de la noche antes de que las cosas estallaran. «Señor Pinkas —me dijo con tono seco—, este ya es problema suyo. Tienen que sacarlo de aquí». Tenía toda la razón. Por más que me molestara la situación, la lealtad pesaba: no podíamos dejar a un amigo tirado en medio de la Zona Rosa. Así que, entre Manolo y yo, comenzamos la penosa tarea de trasladarlo. No fue fácil. Cuando una persona llega a ese nivel de inconsciencia etílica, deja de colaborar con la gravedad; se convierte en un peso muerto, un bulto torpe que arrastra los pies mientras uno intenta avanzar con el cuerpo descompuesto por el esfuerzo.

Salimos a la calle bajo los neones de la Zona Rosa y emprendimos el lento camino hacia mi departamento. Sentía las miradas y los comentarios burlones de la gente que pasaba a nuestro lado disfrutando de la noche. Qué envidia me daban. Mientras ellos iban hacia la música, nosotros avanzábamos como un patético trío de la noche. En ese trayecto, mi mente no estaba pensando en la salud de Martín; estaba maquinando un plan de escape.

Mi esperanza era fría y muy sencilla: llegar al departamento, tirarlo en la cama, esperar unos veinte o treinta minutos a que se estabilizara y salir corriendo de regreso a Marios. Aunque suene muy egoísta, yo no estaba dispuesto a regalar mi sábado. Había esperado toda la semana por esa noche, contaba los días, horas, minutos y segundos por salir los fines de semana, y la idea de que un mal cálculo de tequilas de un amigo me la robara eso, me parecía una injusticia insoportable.

Llegamos al condominio y la suerte pareció ponerse de nuestro lado: mis padres no estaban y mi hermana tampoco. La casa estaba sola, lo que simplificaba las cosas de manera brillante. Dejamos caer a Martín en mi cama y se quedó profundamente dormido al instante, como si nada hubiera pasado. Al ver que respiraba tranquilo, Manolo y yo respiramos también. Cerramos la puerta convencidos de que habíamos salvado la situación con honores. Volvimos a la Zona Rosa casi corriendo, sintiendo que la noche nos pertenecía de nuevo y que el cumpleaños de Manolo por fin iba a comenzar.

Pero nuestro optimismo duró apenas una hora. Estábamos en la pista bailando con unas desconocidas cuando apareció Alonso, el amigo algo ansioso de Martín.

Alonso encajaba perfectamente en esa fauna que abundaba en el San Salvador de los 80: tipos que se comportaban como si vivieran en una película de guerra permanente, con el cabello cortado a la usanza militar, chaquetas de cuero, un repertorio de historias exageradas y, casi siempre, el bulto de un arma oculto bajo la ropa.

-¿ Y el Martín? Me dijeron que estaba con ustedes. Cuando le explicamos, con la mayor naturalidad del mundo, que Martín estaba a salvo durmiendo en mi cama, su reacción no fue la que esperábamos. No le gustó para nada. Insistió, de forma pesada y autoritaria, en que debíamos ir a traerlo de inmediato. Le dijimos que estaba descansando, le argumentamos que no tenía sentido despertarlo, le rogamos implícitamente que lo dejara tranquilo, pero fue inútil. – Hey, estamos bailando -, le repliqué viendo a mi compañera de baile con cara de ” este tipo está loco”. Alonso no aceptaba un “no” por respuesta y nos dio el argumento que la madré de Martín , quien era una señora muy estricta, lo iba ” a colgar de los coyoles”, sino lo llevaba él a su casa. Que era su responsibilidad.

Terminamos metidos a la fuerza en su Volkswagen Golf GTI Cabriolet café. Yo con la gran cara larga y sacado de onda totalmente por la situación. Alonso no me caí mal , no obstante lo encontraba un sujeto demasiado raro para mi termometro de rarezas permitidas.

Eso sí, tenía un tronco de nave, pensé al ver el auto. El carro estaba equipado con un sistema de sonido tan potente que hacía vibrar los vidrios y los asientos, amplificando el dolor de cabeza que ya me estaba dando la situación. Mientras el Golf avanzaba por las calles , yo sentía una frustración rabiosa que me quemaba el pecho. Mi mente no paraba de protestar: «¿Por qué carajos no estamos en la discoteca? ¿Por qué estoy aquí con este enajenado?». La música seguía sonando allá en Marios, la gente seguía llegando, las muchachas seguían bailando, y nosotros estábamos recorriendo media ciudad detrás de un problema que ya habíamos resuelto perfectamente.

Me sentía atrapado, con la noche completamente arruinada. Por un momento cruzo por mi mente la idea de exigirle que me dejara bajar para regresar caminando por mi cuenta, pero la realidad se impuso de golpe: eran los años 80, El Salvador estaba en guerra, y andar solo de madrugada por la calle era una ruleta rusa que nadie en su sano juicio jugaba. Tenía que aguantarme.

Cuando abrimos la puerta del departamento, el silencio nos recibió como un mal augurio. Fuimos directo a mi habitación y descubrimos con horror que Martín ya no estaba en la cama. Durante unos segundos el pánico nos congeló, pensando que se había salido a la calle y por ende a Zona. Que ironía pensé, Martín debe estar en la discóteca y nosotros en mi casa , pero entonces un ruido apagado nos guió hacia el baño. Ahí estaba. Sentado sobre el inodoro, con los pantalones puestos y la cabeza colgada hacia el pecho, profundamente dormido. La imagen era tan patética y grotesca que, a pesar de la rabia, me dio una risa amarga.

Alonso, con esa prepotencia militarizada que se cargaba, abrió la puerta de golpe y comenzó a darle cachetadas en las mejillas. «¡Despertate!», le gritaba. Martín apenas emitía un quejido, balanceando la cabeza. «¡Despertate, carajo!». «Sí…», balbuceó el otro, entre la inconsciencia y la saliva. Entonces Alonso soltó la frase que se me quedó grabada a fuego en la memoria, resumiendo toda la gloriosa estupidez de esa fauna ochentera: «¡Yo te enseñé a tomar! ¡Yo te he enseñado a ser macho!». Como si emborracharse hasta el desmayo fuera una cátedra universitaria de la que sentirse orgulloso.

A punta de sacudidas lograron ponerlo en pie y volvimos a salir a la calle. Para ese momento, yo ya daba la noche por muerta, pero la madrugada en San Salvador siempre tenía un giro guardado. Mientras avanzábamos en el Golf café, vimos un carro detenido a la orilla del camino junto a un grupo de muchachas. Eran unas hondureñas que estaban de visita en el país y se les había quedado el auto por un problema mecánico. Nos bajamos a auxiliarlas y, en medio de las herramientas y la cháchara, empezamos a conversar. Eran simpáticas, atractivas, tenían ganas de fiesta y, de repente, sentí un chispazo de adrenalina. Mi mente, que no se rendía, empezó a calcular a mil por hora: «Por fin mejora esto. Regresamos con ellas a la Zona Rosa, bailamos, y el cumpleaños de Manolo va a terminar como Dios manda». Era la luz al final del túnel.

Pero Alonso tenía otros planes, y su palabra en ese carro era ley.

Las muchachas, ya con el carro arreglado, enfilaron de regreso a los neones de la Zona Rosa. Nosotros, por el capricho de Alonso, terminamos estacionados en los alrededores del redondel Masferrer. Aquello fue el tiro de gracia para mis expectativas. Si la Zona Rosa representaba la música, el flirteo y la burbuja de diversión que buscábamos, el redondel Masferrer era el polo opuesto: la noche oscura, tensa y peligrosa de la guerra. Nunca me gustó ese lugar. Nos sentamos en una mesa al aire libre y las cervezas empezaron a llegar en automático, pero el ambiente no era de fiesta. A los pocos minutos, la paranoia de la época se materializó sobre los tablones: los hombres de las mesas de al lado empezaron a sacar sus armas —pistolas, escuadras, lo que fuera— y las ponían a la par de los vasos como si fueran encendedores.

Yo observaba la escena de reojo, con una mezcla de incomodidad y desprecio, pensando en lo absurdo de mi suerte. Había salido de mi casa vistiendo mis mejores trapos para bailar en una discoteca y celebrar a mi amigo, y terminaba la madrugada rodeado de tipos armados, escuchando historias exageradas de balazos y cuidando a Martín que apenas se estaba recuperando mientras Alonso le obligada a tomar una Pilsener. La noche estaba definitivamente perdida. Me arruinaron el sábado.

Soportamos esa tensión hasta cerca de las cuatro de la madrugada, cuando finalmente Alonso nos fue a dejar a la Zona Rosa , la noche se estaba acabando y todos los lugares estaban casi vacios. También Marios. Nos fuimos a mi casa. Pero el destino todavía me tenía guardada la última bofetada. En cuanto entré al departamento, vi la luz de la sala encendida y a mi madre despierta.

Resulta que Martín , en su breve despertar antes de que Alonso se lo llevara, no había ido al baño solo a dormir: había vuelto a vomitar, pero esta vez con una puntería trágica directamente sobre la cama de mi hermana. Para colmo de males, un amigo de mis padres había pasado por el edificio más temprano y vio a Alonso con sus facha de película de acción y a Mario dando tumbos en la acera. La versión que le llegó a mis padres de “los amigos con los que andaba tu hijo” era un cuadro de borrachines digno de los periódicos de nota roja.

Aquella bendita madrugada de domingo, en lugar de terminarla bailando o conversando con una hondureña, la pasé de pie escuchando un sermón monumental que duró una eternidad, mientras cambiaba sábanas ajenas y colchones impregnados de olor a vomito.

Al final, viendo el saldo de los daños a la mañana siguiente, Manolo consiguió el teléfono de una de las hondureñas —lo que salvó un poco su dignidad de cumpleañero—, Martín sobrevivió a la tremenda goma sin recordar la mitad de sus pecados, y yo perdí por completo mi noche sagrada.

Seguí siendo amigo de Martín. Nuestra amistad fue fortalecida por esa experiencia al final. Después la vida da vueltas, él se marchó a Venezuela. Volví a verlo mucho tiempo después, cuando el espejo ya nos mostraba el rostro de hombres adultos y aquellas madrugadas de neón y adrenalina parecían pertenecerle a la vida de otra persona. Hoy, cuando el recuerdo de aquel cumpleaños regresa, la rabia y la frustración de haber perdido el sábado se han evaporado. Queda la nostalgia, la complicidad de la amistad y esa sonrisa que da el saber lo jóvenes que éramos, capaces de transformar una noche cualquiera en una aventura absurda.

En ese momento juré que era un desastre irreparable; hoy sé que simplemente fue una raya más al tigre, una historia de esos años en San Salvador. Y después de todo, la noche siempre da revancha, y el siguiente viernes y sábado en la Zona Rosa se volvería a encender sus luces para mí.