Memorias en la Zona Rosa | Cuando el mundo comenzaba a cambiar | Parte 13

A finales de 1989, mientras el Muro de Berlín comenzaba a caer y el mundo parecía entrar en una nueva época, yo regresaba a El Salvador después de una ofensiva que había dejado muertos, desaparecidos y una generación de jóvenes tratando de entender qué hacer con sus propias vidas. Entre Guatemala, la música, la universidad, los amigos y una vida nocturna que volvía a encenderse, descubrí que algunas heridas no desaparecen cuando termina una batalla: simplemente aprenden a caminar con uno.

Zarko Pinkas |

A finales de 1989, mientras el Muro de Berlín comenzaba a caer y el mundo parecía entrar en una nueva época, yo regresaba a El Salvador después de una ofensiva que había dejado muertos, desaparecidos y una generación de jóvenes tratando de entender qué hacer con sus propias vidas. Entre Guatemala, la música, la universidad, los amigos y una vida nocturna que volvía a encenderse, descubrí que algunas heridas no desaparecen cuando termina una batalla: simplemente aprenden a caminar con uno.


Only time will tell.

Durante los últimos días de 1989, aquella canción de Asia sonaba una y otra vez en el televisor de la casa de Lita y Carlos Tapia, en Guatemala. No recuerdo exactamente qué canal era, aunque creo que tenían cable y probablemente veíamos MTV o alguno de los canales musicales que comenzaban a formar parte de la televisión de aquella época. Lo que sí recuerdo perfectamente es el video: una gimnasta suspendida sobre una sucesión de televisores, moviéndose entre las pantallas mientras la canción avanzaba con una melancolía que me resultaba difícil de explicar.

Aquella canción me hacia sentir nostalgia, podría decir que me dada “depre” . Había algo en su melodía y en aquella imagen de la mujer girando sobre los televisores que me producía una tristeza extraña, una sensación de pérdida que no sabía poner en palabras. La canción hablaba de una relación que terminaba, de una decepción y de una verdad que solamente el tiempo terminaría revelando. Pero en mi cabeza había adquirido otro significado. Yo tenía diecinueve años y estaba esperando regresar a un país donde acababa de ocurrir una de las ofensivas más violentas de la guerra civil. Había perdido a mi mejor amigo Pepe, había visto cosas que todavía no sabía cómo procesar y, mientras tanto, el mundo parecía estar cambiando de una manera que nadie podía detener.

Tengo la leve impresión de que algo se dobló en mi vida después de aquella ofensiva. No sé si fue una ruptura definitiva con una parte de mi adolescencia o simplemente el momento en que comprendí que ya no podía mirar las cosas de la misma manera. Pepe no tenía ni 27 años y ya no estaba.

Esa era la realidad más brutal de todas. Su presencia física había desaparecido y solamente quedaban algunas fotografías, las historias de quienes lo conocimos y los recuerdos que cada uno guardaba de él. Podíamos hablar de Pepe, podíamos recordarlo, incluso podíamos reírnos contando alguna de sus ocurrencias, pero nada de eso cambiaba el hecho fundamental: ya no existía como cuerpo, como voz, como persona que pudiera aparecer de repente en una discoteca o llamar por teléfono.

Después de aquello empecé a pensar que nadie estaba realmente seguro en San Salvador mientras la guerra continuara. La confrontación había convertido la ciudad en un territorio donde las personas podían quedar atrapadas entre las fuerzas que ocupaban una zona, los combates que se desarrollaban en las calles y la posibilidad de que una casa se transformara, de un momento a otro, en una posición militar. Uno podía terminar siendo víctima del fuego cruzado, quedar atrapado en medio de una operación o simplemente encontrarse en el lugar equivocado cuando comenzaban los disparos. El problema no era solamente la posibilidad de morir; era no saber dónde podía ocurrir.

Por eso recuerdo aquella tarde en Panajachel. Estaba desayunando a las cuatro de la tarde en un bar llamado The Last Resort, frente al cual había un enorme dragón rojo. Siempre me habían fascinado los dragones. Para mí representaban fuerza y fuego, dos cosas que de alguna manera siempre me habían atraído. Mientras miraba aquel dragón hablaba con mi primo Ronald sobre el regreso a San Salvador. Mi padre ya había vuelto. Manolo también se había marchado. En Guatemala quedábamos mi madre, mi hermana, Ronald, un amigo Gerard y yo, esperando el momento de regresar.

Habíamos llegado a Guatemala buscando alejarnos de la guerra, pero sabíamos que no podíamos permanecer allí indefinidamente. Mi decisión de estudiar Periodismo y Comunicaciones en la José Simeón Cañas ya estaba tomada. No había escogido la UCA por los jesuitas. Mi idea era más práctica: algún día quería regresar a Chile y necesitaba una formación universitaria que tuviera peso, incluso pensando en la posibilidad de continuar estudios o buscar una oportunidad en la Universidad de Chile. A los diecinueve años todavía tenía planes bastante ambiciosos para mi futuro.

La casa de los Tapia había sido nuestro refugio durante aquellos días. Lita y Carlos nos habían recibido con una generosidad que nunca he olvidado. Éramos familias sudamericanas que habíamos terminado viviendo en Centroamérica y ese origen común creaba un vínculo muy fuerte. Lita era peruana; Carlos era su hermano; Napo, Napoleón Tapia, se había convertido en uno de mis mejores amigos, y Cecilia también formaba parte de aquel pequeño universo familiar que durante esos días terminó convirtiéndose en una especie de extensión de nuestra propia casa.

Pasábamos mucho tiempo escuchando música y viendo televisión. Napo tenía un gusto musical extraordinario y antes de separarnos me había dejado grabado un casete TDK negro metálico con Depeche Mode, New Order y Erasure. Lo escuchábamos una y otra vez. En aquel momento un buen casete podía convertirse en un objeto casi sentimental. No era simplemente música grabada: era una forma de llevarse un pedazo de una persona cuando uno se marchaba.

Aquellos últimos días en Guatemala tuvieron una tranquilidad extraña. Comíamos en la casa, salíamos algunas tardes con Lita, hablábamos de lo que había ocurrido y tratábamos de imaginar qué nos esperaba al volver. También fuimos al cine a ver Volver al Futuro II, que estaba en cartelera, y seguimos haciendo algunas de las cosas normales que hacen los jóvenes cuando tienen la oportunidad de olvidarse durante unas horas de todo lo que ocurre a su alrededor. Esa normalidad era, en sí misma, una forma de alivio.

Y entonces llegó el Muro de Berlín.

Lo vi por televisión mientras estaba en Guatemala. De pronto, aquellas imágenes que durante años habían representado una frontera casi imposible de atravesar comenzaron a mostrar a miles de personas cruzando, golpeando y celebrando la caída de aquella estructura que había dividido una ciudad y que se había convertido en uno de los símbolos más poderosos de la Guerra Fría.

Para nosotros aquello significaba mucho más que la caída de un muro. Yo tenía diecinueve años y comenzaba a entender que estábamos viendo el derrumbe de un mundo político. La Unión Soviética todavía existía, pero ya era evidente que algo se estaba desmoronando. Cuba tendría que enfrentar un futuro mucho más incierto. Nicaragua también estaba entrando en otra etapa y, para nosotros, era imposible no pensar en el FMLN y en lo que significaría para la guerra salvadoreña perder progresivamente el respaldo de un bloque internacional que parecía comenzar a desaparecer.

No lo veía entonces con la precisión de un analista político. Lo veía como un muchacho que había crecido dentro de la Guerra Fría y que de pronto contemplaba cómo algunas de las cosas que nos habían producido miedo durante años comenzaban a caer una detrás de otra. Era un efecto dominó. Una pieza había caído en Berlín y todos intuíamos que otras terminarían cayendo después.

Tampoco creía que aquello significara la llegada de un mundo perfecto. Nunca he creído en sociedades perfectas ni en libertades absolutas. Lo que aparecía frente a nosotros era, desde mi perspectiva de entonces, una idea de libertad occidental que podía ser mucho mejor que vivir detrás de un muro o bajo una dictadura. Eso no significaba que todo fuera a convertirse mágicamente en justicia. A los diecinueve años ya sabía que el mundo no funcionaba de esa manera.

Mientras veía aquellas imágenes pensaba incluso que debía ser increíble estar en Alemania esa noche. Imaginaba las fiestas que debían organizarse después de tantos años de encierro. El mundo estaba cambiando y millones de personas celebraban el comienzo de algo nuevo. Yo, en cambio, estaba sentado en Guatemala pensando en regresar a San Salvador.

La ironía era enorme.

Mientras afuera comenzaba a hablarse de democracia, libertad y el final de una época, yo seguía }seguía pensando en la guerra. Seguía pensando en Helen y en caos post ofensiva de 1989.

Había averiguado que Helen estaba en Guatemala y hasta había intentado encontrarla. Visto desde la distancia, aquello me parece casi absurdo. Había perdido a mi mejor amigo, acababa de pasar por una experiencia traumática y, al mismo tiempo, me había convertido en un buscador triste de un amor platónico que probablemente existía mucho más en mi imaginación que en la realidad. Tal vez buscaba en ella algo que me hiciera sentir vivo. Tal vez necesitaba compañía. Con los años entendí que el amor no siempre es lo más importante. A veces lo que realmente importa es tener a alguien con quien compartir la vida cotidiana, una conversación, una caminata, una canción o simplemente el silencio.

Pero yo tenía diecinueve años. Todavía confundía muchas cosas.

Finalmente regresamos a San Salvador. La ciudad estaba ahí, prácticamente igual. Las calles seguían existiendo, los edificios seguían en su sitio y la gente volvía poco a poco a sus rutinas. Pero yo no podía verla de la misma manera. Algo había cambiado dentro de mí y todavía no sabía cómo explicarlo.

Comencé a prepararme para los exámenes de admisión de la universidad. Mi primo me ayudó mucho durante aquellos meses y también tuvo la paciencia de enseñarme a conducir. En poco tiempo estaba manejando un Toyota Corolla verde de dos puertas que me parecía un automóvil magnífico. Tenía su casetera, aunque hacía falso y el sonido se perdía de vez en cuando. Para mí, sin embargo, aquel carro representaba independencia. Mi padre nunca había sido particularmente paciente para enseñarme esas cosas, mientras que Ronald sí se tomó el tiempo necesario para hacerlo.

Entré a la UCA y descubrí un mundo completamente diferente al que había conocido en mis colegios. Había estudiantes provenientes de lugares y realidades sociales distintas, muchachos que llegaban todos los días desde pueblos como Zacatecoluca y personas cuya experiencia de vida no tenía nada que ver con la mía. Uno de ellos era Juan.

Juan era extraordinariamente inteligente. Tenía una capacidad intelectual que yo no había encontrado en ninguno de mis colegios y, como las matemáticas siempre habían sido una especie de tortura para mi cabeza, muchas veces recurría a él para que me explicara cosas que no entendía. Nunca me ha dado vergüenza reconocer que no sé algo. El que no pregunta no aprende. Juan me explicaba y terminamos haciéndonos amigos.

Yo tenía automóvil y muchas veces lo llevaba hasta el lugar donde tomaba el bus para regresar a Zacatecoluca. Hacía aquel recorrido todos los días. Era un muchacho con una enorme fuerza intelectual y con una voluntad extraordinaria para estudiar. Cuando lo conocí supe que, si algún día salía con nuestro grupo de amigos, probablemente iba a sentirse una diferencia. No porque él fuera maleducado o porque careciera de educación; todo lo contrario. Era un hombre educado, inteligente y con una conversación mucho más profunda que la de muchos de nosotros.

La diferencia estaba en otra parte. Yo tenía conciencia de clase y no me avergüenza reconocerlo. Esa conciencia venía también de mi propia historia familiar. Mi padre había sido militante demócrata cristiano, mi abuelo había estado vinculado a la izquierda y mi bisabuelo pertenecía a una tradición conservadora del Partido Radical. Lo que aprendí de ellos no fue una ideología única, sino la importancia de ciertos valores y de la ética. Para mí, eso significaba que no podía juzgar a una persona por la ropa que llevaba, por la manera de hablar o por su apariencia.

Sabía, sin embargo, que otras personas sí lo hacían.

Cuando llevé a Juan a conocer a mi grupo de amigos, percibí inmediatamente esa incomodidad. Nadie le hizo un desplante directo. Nadie lo insultó ni le dijo que no pertenecía allí. Era algo mucho más silencioso: las miradas, la distancia, la sensación de que alguien había entrado en un círculo que tenía códigos propios. Con los años comprendí que la inteligencia y la educación no siempre abren las puertas de determinados sectores sociales. Hay grupos que se construyen precisamente alrededor de la exclusión de quienes consideran diferentes.

Mis amigos seguían siendo mis amigos y no pretendo convertir aquella historia en un juicio moral contra ellos. Eran jóvenes, tenían sus propios códigos y pertenecían a un círculo bastante cerrado. Yo mismo formaba parte de ese mundo. La diferencia es que siempre tuve una curiosidad mucho mayor por conocer personas distintas y moverme fuera de los límites de un solo grupo.

También por eso empecé a sacarlos de las reuniones en casa. Ellos tenían la costumbre de reunirse, tomar y pasar horas conversando. Yo ya había dejado completamente el alcohol y no me interesaba demasiado quedarme sentado viendo cómo los demás se emborrachaban. A mí me gustaba salir. Siempre me había gustado. Les decía que existían los bares, las discotecas, la calle y la noche. ¿Para qué íbamos a quedarnos encerrados en una casa si podíamos salir a escuchar y vivir la música?

Así comenzamos a frecuentar lugares como Caranguecho, un pequeño bar de mariscos cercano a Mario’s. Poco a poco aquel grupo también empezó a descubrir que podía divertirse fuera de las casas. Tenían dinero para beber, automóviles y una libertad económica que facilitaba muchas cosas, pero también cargaban con sus propias inseguridades. Algunos querían encajar, otros buscaban reconocimiento y alguno que otro estaba mucho más interesado en las mujeres y en la imagen que proyectaba cuando aparecía acompañado por una muchacha atractiva.

Aquello también formaba parte de la sociedad salvadoreña de principios de los noventa. Pesaban los apellidos, los colegios, los automóviles, el dinero y las relaciones familiares. Había personas que podían ocultar determinadas cosas, pero era mucho más difícil esconder de dónde venían. Yo, en cierta forma, tenía una ventaja extraña: era extranjero, tenía un nombre y un apellido poco comunes y no necesitaba fingir demasiado para explicar por qué no encajaba completamente en determinados códigos.

Y, mientras todo aquello ocurría durante el día, por las noches comenzaba a ocurrir algo que para mí era fundamental: la vida nocturna estaba regresando.

Mario’s volvía a llenarse. El Búho continuaba funcionando. La ofensiva no había destruido las discotecas ni había conseguido borrar aquella necesidad de salir que tenía nuestra generación. Había puesto la vida nocturna en pausa, pero ahora la música volvía a sonar y la gente regresaba a bailar con una energía que parecía incluso mayor que antes.

Yo salía prácticamente todas las noches. Había dejado el alcohol, pero no había dejado la noche. Y creo que eso fue importante para mí. Durante el día podía sentir ansiedad, agobio, tristeza y esa sensación que hoy podría describir como una consecuencia del trauma, aunque entonces no tenía ninguna palabra para explicarla. Pero llegaba la noche, aparecían mis amigos, comenzaba la música y durante unas horas podía comportarme como cualquier muchacho de diecinueve años.

Ahí sí había felicidad. No voy a decir que era completamente auténtica, porque muchas veces era una felicidad construida sobre la necesidad de no pensar. Pero existía. Me reía. Bailaba. Conversaba. Conocía gente. Me gustaba vestir bien, salir con mis amigos y sentir que nuevamente tenía una vida. Después de haber pasado meses rodeado de guerra, muerte y miedo, aquellas noches eran una especie de recuperación de la juventud que la ofensiva había interrumpido.

La música también estaba cambiando. Depeche Mode seguía siendo fundamental, Erasure y New Order continuaban apareciendo en las pistas y Violator comenzaba a convertirse en uno de esos discos que definían una época. Al mismo tiempo, muchas canciones que habían sido nuevas unos años antes seguían sonando porque todavía tenían fuerza. La música era una especie de pista de la vida. Bastaba escuchar una canción para recordar exactamente quién era uno cuando la escuchó por primera vez.

Y entonces volví a encontrarme con Helen. Una noche apareció en Mario’s con el mismo novio que tenía antes de la ofensiva.

La vi y tuve una sensación extraña, casi absurda: como si la guerra hubiera sido solamente una pausa y alguien hubiera presionado el botón de rebobinar. Ahí estaba ella, con el mismo personajillo, en el mismo ambiente, como si nada hubiera ocurrido. Yo había vivido una ofensiva, había perdido a un amigo había cruzado la frontera, había visto caer el Muro de Berlín, había comenzado la universidad y estaba tratando de reconstruir mi vida. Y ella parecía haber regresado exactamente al mismo punto.

Me molestó. También me molestó descubrir cuánto seguía pensando en ella.

Había decidido olvidarla. Me parecía ridículo continuar obsesionado con una persona con la que, en realidad, nunca había tocado su mano, su boca con mi lengua, que jamás había sido parte de mí y nunca había tenido una relación. ¿Qué conexión podía existir? ¿Qué estaba buscando yo? Tal vez después de perder a Pepe necesitaba aferrarme a algo que perteneciera a una parte más simple de mi vida. Tal vez necesitaba un conflicto mucho más pequeño que la guerra para sentir que todavía tenía algún control sobre algo.

La noche también me enseñó otra cosa: uno aprende a utilizar diferentes máscaras dependiendo del lugar donde está. Yo sabía que Helen conocía mi interés por ella y que eso le producía cierta satisfacción. A esa edad uno aprende rápidamente cómo funcionan ciertas dinámicas de ego, celos y competencia. Yo también jugaba ese juego. Cuando podía, bailaba cerca de ella con otras muchachas del grupo, no porque estuviera enamorado de ellas, sino porque quería que Helen lo viera.

Era una conducta infantil para alguien que estaba a punto de cumplir veinte años. Pero era la conducta que tenía. No voy a disfrazarla ahora para parecer más inteligente de lo que era entonces.

En realidad, aquella época estaba llena de contradicciones. Podía pasar el día pensando en la guerra, en la política internacional y en las diferencias sociales que comenzaba a observar en la universidad, y unas horas después estar en una discoteca bailando con mis amigos y haciendo una especie de competencia absurda de celos con una muchacha que ni siquiera había sido mi novia y ni siquiera le había pegado un buen revolcón. Fue ahí que reflexioné sobre lo que pasaría cuando tuviera una relación sexual más intensa, de esas estilo porno.

Así era yo. Así éramos muchos.

Tenía diecinueve años y estaba intentando entender un mundo que acababa de cambiar de forma mientras intentaba, al mismo tiempo, descubrir quién era yo dentro de él.

Quizá por eso Only Time Will Tell me producía tanta tristeza. La canción hablaba de algo que solamente el tiempo podía revelar, y yo todavía no sabía qué iba a revelar el mío. No sabía qué ocurriría con la guerra, con la universidad, con mis amigos, con Helen ni conmigo. Tampoco sabía que muchas de las cosas que en aquel momento parecían definitivas terminarían siendo apenas fragmentos de una vida mucho más larga.

Lo único que sabía era que la Zona Rosa había vuelto a encenderse. Las luces regresaban, las discotecas se llenaban, Mario’s recuperaba su público y El Búho seguía poniendo aquella música que parecía hecha para nosotros. La guerra no había conseguido destruir la noche. Nosotros tampoco queríamos permitirlo.

Quizá esa fue nuestra manera de resistir. No con discursos y grandes teorías. Simplemente saliendo. Bailando. Escuchando música. Riéndonos hasta la madrugada. Y tratando, aunque fuera por unas horas, de convencernos de que todavía teníamos veinte años por delante.

Yo todavía tenía diecinueve y el mundo, afuera, estaba cambiando más rápido de lo que cualquiera de nosotros podía imaginar.