André lo encontró en la parte más alta del cerro, donde el viento parecía llegar desde todos los lugares al mismo tiempo. A esa hora de la tarde, la hierba estaba húmeda y tenía un olor áspero, mezclado con el de la tierra removida y unas flores pequeñas que crecían entre las piedras. Desde allí arriba podía verse el valle casi completo, aunque una bruma gris comenzaba a extenderse sobre las partes más bajas. Al principio Andrés pensó que aquello que permanecía inmóvil junto a una roca era una formación extraña del terreno, una especie de tronco cubierto de musgo. Después vio que respiraba.
Zarko Pinkas |
André se encontró en lo alto de un cerro con una criatura de seis patas, alas de murciélago y un cuerno en espiral, mientras en el valle dos ejércitos se destruían bajo una lluvia de bombas. Lo extraño no fue que aquella bestia hablara con él, sino descubrir que, frente al horror de los hombres, parecía ser la criatura más pacífica de todas.
André lo encontró en la parte más alta del cerro, donde el viento parecía llegar desde todos los lugares al mismo tiempo. A esa hora de la tarde, la hierba estaba húmeda y tenía un olor áspero, mezclado con el de la tierra removida y unas flores pequeñas que crecían entre las piedras. Desde allí arriba podía verse el valle casi completo, aunque una bruma gris comenzaba a extenderse sobre las partes más bajas. Al principio Andrés pensó que aquello que permanecía inmóvil junto a una roca era una formación extraña del terreno, una especie de tronco cubierto de musgo. Después vio que respiraba.
La criatura levantó lentamente la cabeza y lo miró.
Tenía seis patas, gruesas y desiguales, terminadas en garras oscuras. De la frente le nacía un cuerno en espiral, parecido al de ciertos animales antiguos que Andrés había visto alguna vez en libros que ya no existían. Su piel era verde, pero no de un verde uniforme: tenía manchas más oscuras en los costados y algunas zonas parecían cubiertas por una sustancia húmeda que reflejaba la poca luz que quedaba. De la espalda le nacían dos alas de murciélago, enormes, plegadas sobre el cuerpo. La cola, larga y cubierta de pelo, terminaba en una especie de penacho semejante al de un león.
Pero lo más extraño estaba en su lomo. De entre las placas de la piel nacían unas criaturas que Andrés no sabía cómo nombrar. Parecían medusas transparentes, pero tenían patas delgadas, alas diminutas y aguijones curvos. Se movían lentamente sobre el cuerpo de la bestia, como si estuvieran unidas a ella por raíces invisibles. Algunas inflaban sus cuerpos y volvían a contraerse, produciendo un sonido casi imperceptible, parecido al zumbido de un insecto atrapado dentro de una botella.
André había visto cosas peores. Después de lo ocurrido con aquel animal que parecía un gato y que terminó demostrando ser algo completamente diferente, había aprendido que en aquel mundo la apariencia ya no servía para distinguir lo monstruoso de lo cotidiano. Había aprendido también algo que le resultaba todavía más extraño: podía conversar con aquellas criaturas. Algunas eran brutales, otras desconfiadas, otras simplemente incapaces de comprender a los hombres, pero ninguna le producía la incomodidad que sentía cuando hablaba con ciertas personas.
La criatura volvió a mirarlo.
—Si vas a quedarte ahí observándome, al menos podrías decir algo.
André sonrió y se acercó unos pasos.
—No sabía si eras de los que hablan.
—Casi todos hablamos. Otra cosa es que tengamos algo interesante que decir.
André se sentó sobre una piedra. Durante un momento ninguno de los dos dijo nada. El viento pasó entre la hierba y agitó las alas de la criatura. Entonces un estruendo hizo vibrar el suelo.
El sonido llegó desde el valle. Después vino otro. André levantó la cabeza. En la distancia, comenzaron a aparecer destellos amarillos y naranjas. Las explosiones levantaban columnas de tierra y humo. Desde el cerro podía distinguirse el movimiento de varios tanques avanzando lentamente entre los campos, mientras en el cielo flotaban grandes globos de observación y, más arriba, varios aviones cruzaban las nubes dejando rastros blancos que el viento iba deshaciendo.
La batalla acababa de comenzar. Una detonación particularmente fuerte levantó una nube negra en medio de una formación de soldados. Andrés vio cómo varios cuerpos fueron arrojados por el aire. Durante unos segundos no pudo distinguir qué eran aquellas formas que giraban sobre el humo. Después comprendió que eran hombres. Una pierna cayó entre las llamas. Más lejos apareció un brazo. Algo parecido a una cabeza rodó por una pendiente antes de desaparecer detrás de un tanque.
El olor llegó hasta el cerro poco después. Pólvora, aceite quemado, tierra caliente y un olor más pesado que Andrés reconoció inmediatamente, aunque hubiera preferido no hacerlo.
Carne.
Los gritos también comenzaron a subir desde el valle. No eran gritos de soldados dando órdenes ni voces de hombres llamándose entre sí. Eran gritos de dolor. Algunos duraban apenas unos segundos; otros permanecían suspendidos en el aire hasta confundirse con el estruendo de los cañones.
André miró a la criatura.
—¿No te da lástima?
La bestia permaneció contemplando el valle.
—No.
—Están muriendo.
—Lo sé.
—Son hombres.
—También lo sé.
André no entendió la tranquilidad de su respuesta.
—¿Entonces no sentís nada?
La criatura movió lentamente la cola y una de las medusas-avispas que llevaba sobre el lomo abrió sus pequeñas alas.
—He visto morir demasiados hombres. Al principio pensé que había algo excepcional en ellos, pero después comprendí que no. El hombre siempre ha peleado. Cuando no tiene otro hombre contra quien pelear, busca alguna otra cosa. Ahora tienen criaturas como nosotros y también las han convertido en soldados.
André observó nuevamente el valle. Allí abajo, entre las columnas de humo, podía distinguirse a algunas bestias luchando junto a los ejércitos. Algunas llevaban armaduras; otras arrastraban piezas de artillería; otras simplemente corrían junto a los hombres y desaparecían entre las explosiones.
—¿Por qué pelean?
La criatura tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
André volvió el rostro.
—¿No lo sabés?
—Sé que siempre existe una razón.
—Eso tampoco responde nada.
—Quizá peleen por tierra. Quizá por poder. Quizá por oro. Tal vez alguien les dijo que una montaña, un río o una ciudad les pertenecía y que tenían derecho a matar a cualquiera que dijera lo contrario. También puede ser que hayan comenzado por una razón y continúen ahora porque ya nadie recuerda cuál era.
André permaneció en silencio. Una nueva explosión iluminó el valle y durante un instante todo quedó cubierto por una luz rojiza.
—Entonces pueden estar matándose sin siquiera recordar por qué empezaron.
—Los hombres son capaces de hacer cosas mucho más extrañas que esa.
André dejó escapar el aire lentamente.
—Estos últimos años han sido demasiado extraños. Pandemias, guerras, criaturas que aparecieron de lugares que nadie conocía, ciudades enteras desapareciendo… A veces pienso que el hombre finalmente va a llegar a su extinción.
La criatura soltó una especie de gruñido que pudo haber sido una risa.
—No creo.
—¿Por qué?
—Porque el hombre es una plaga.
André lo miró con cierta molestia.
—Eso no suena precisamente como una defensa de nuestra especie.
—No estoy defendiéndola. Estoy describiéndola. Las plagas tienen una característica que las hace difíciles de destruir: se adaptan. El hombre ya sobrevivió a cosas que deberían haberlo terminado.
La criatura levantó una de sus patas delanteras y señaló vagamente hacia el horizonte.
—Cuando se abrió aquel mundo paralelo, muchos pensaron que aquello sería el final. No lo fue. Los hombres cambiaron, aprendieron a vivir con cosas que antes habrían considerado imposibles y siguieron adelante. Después llegó aquella enfermedad que vino desde Oriente, aquella gripe que mató a tantos siglos atrás. También pensaron que desaparecerían. Luego llegaron otras enfermedades, otras pandemias, otras guerras. Cada vez parecía que sería el final y cada vez encontraban una manera de continuar.
André miró las columnas de humo que se levantaban del valle.
—Hasta que inventaron las armas capaces de destruirlo todo.
—Sí. Ese fue el momento en que comprendieron que podían ganar una guerra y perder el mundo.
—Y por eso hicieron el tratado nuclear.
—El último acuerdo que realmente importó —respondió la criatura—. No utilizar aquello contra los demás porque hacerlo significaría destruirse a sí mismos. Fue una de las pocas ocasiones en que el miedo consiguió hacer lo que la inteligencia nunca había logrado.
André observó cómo un avión descendía sobre el valle y desaparecía detrás de una montaña. Unos segundos después llegó el estruendo.
—Y después el planeta comenzó a secarse.
—Sí. Los mares retrocedieron en algunos lugares. Las cosechas desaparecieron. Las grandes naciones dejaron de poder sostenerse como antes y las fronteras comenzaron a perder sentido. Los estados se fragmentaron. Aparecieron pueblos independientes, ciudades que se gobernaban solas, comunidades separadas por la lengua, la cultura y la tecnología. El mundo dejó de ser aquel mapa que los hombres habían dibujado tantas veces.
—¿Y vos dónde estabas?
La criatura giró la cabeza hacia él.
—Al sur.
—¿Qué tan al sur?
—Más de lo que imaginás.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, la criatura pareció sonreír.
—Estuve cerca del estrecho de Magallanes. Es un lugar hermoso. Frío, pero hermoso. El viento puede ser insoportable y algunas noches parece que quiere arrancar las casas del suelo, pero allí la gente aprendió a vivir con él. Hay pueblos pequeños junto al agua. La gente pesca, trabaja, tiene hijos, envejece. Se preocupa por cosas pequeñas.
André escuchó con atención.
—¿Y las criaturas?
—También están.
—¿Y no pelean?
—No demasiado. Con el tiempo dejaron de ser extraordinarias. Cuando una generación crece viendo monstruos caminar por la calle, los monstruos dejan de ser monstruos. Se convierten en vecinos.
André miró nuevamente el valle.
—Entonces allá es más fácil vivir.
—Mucho más.
Una pausa quedó entre ambos mientras el viento golpeaba las alas de la criatura.
—Yo quiero regresar —dijo finalmente—. Estoy esperando que termine esta batalla para poder cruzar hacia el otro lado.
André lo miró.
—¿Puedo ir con vos?
La criatura tardó un momento en responder.
—Sí. No veo por qué no.
André alcanzó a sonreír.
Entonces el cielo se abrió sobre ellos.
La explosión fue tan violenta que el suelo desapareció bajo los pies de André. Una granada había caído directamente sobre la criatura. Andrés se lanzó hacia un costado y rodó entre la hierba mientras las medusas-avispas salían despedidas en todas direcciones. Algunas explotaron al tocar el suelo; otras quedaron ardiendo entre las piedras. El olor que llenó el aire era insoportable.
Cuando André consiguió levantarse, la criatura yacía inmóvil. Una de sus alas había quedado reducida a jirones. Varias de sus patas estaban dobladas bajo el cuerpo y el cuerno en espiral se había partido por la mitad.
André se acercó lentamente. Entonces vio una de sus manos. Había quedado separada del cuerpo y descansaba sobre la tierra, a pocos centímetros de sus pies. Los dedos todavía se movían con una lentitud casi imperceptible, como si buscaran algo en la oscuridad.
Andrés se quedó mirándolos. Después se agachó y tocó la mano. Los dedos dejaron de moverse.
Durante un largo momento permaneció allí, sin saber qué hacer. Abajo, la batalla continuaba.
Los cañones seguían disparando contra posiciones que Andrés ya no podía distinguir. Los aviones cruzaban el cielo y los tanques avanzaban entre los cuerpos. El humo se extendía por el valle hasta ocultar completamente el horizonte. André intentó recordar por qué estaban peleando. No pudo.
Quizá era por tierra. Quizá por poder. Quizá por oro. Tal vez por una frontera que había sido trazada mucho antes de que nacieran aquellos hombres. Tal vez por una palabra, una bandera, una promesa o una mentira que alguien había repetido tantas veces que terminó convirtiéndose en verdad.
Pero desde aquella altura todo parecía absurdo. Los hombres de un ejército y los hombres del otro corrían entre el humo con el mismo miedo en los ojos. Las criaturas que combatían junto a ellos morían de la misma manera. La sangre tenía el mismo color. Los gritos eran los mismos.
André levantó la vista hacia el cuerpo de la criatura. Había creído que los monstruos eran aquellas cosas que habían aparecido en el mundo después de que todo comenzara a cambiar. Había pasado años intentando comprenderlos, temiéndolos, huyendo de ellos y, algunas veces, conversando con ellos.
Ahora, mientras el humo de la batalla cubría lentamente el valle, empezó a sospechar que quizá había estado mirando en la dirección equivocada. La criatura tenía seis patas, un cuerno en espiral, alas de murciélago, cola de león y medusas capaces de matar a un hombre sobre el lomo.
Sin embargo, había querido regresar a un pueblo frío junto al estrecho de Magallanes para vivir en paz. Abajo, miles de hombres seguían matándose sin que Andrés pudiera descubrir siquiera por qué.
Y mientras el viento arrastraba el humo hacia el cerro, comprendió que tal vez la criatura nunca había sido un monstruo.