Aquello había sido una mujer alguna vez, o al menos conservaba algo de una mujer en la estructura de la cara, en la manera de sostener la cabeza y en ciertos restos de coquetería que todavía parecían adheridos a su cuerpo como recuerdos de una vida anterior. Sin embargo, todo lo demás estaba deformado de una manera difícil de describir sin caer en palabras demasiado sencillas.
Zarko Pinkas |
Cuando André llegó a aquella ciudad ya había caído la tarde y una llovizna fina comenzaba a cubrir las calles con una película de barro y ceniza. Desde la entrada comprendió que no se trataba de una de esas pequeñas ciudades que habían logrado conservar alguna forma de normalidad después de las guerras, los apagones y los largos años de retroceso que habían devuelto a buena parte del mundo a una existencia parecida a la de los años veinte, con cafés donde todavía sonaban pianos, pequeños clubes donde músicos de carne y hueso tocaban por las noches, viejos tocadiscos que funcionaban cuando había electricidad y unos cuantos lugares privilegiados donde todavía podían conectarse a una red de internet que había quedado reducida a pequeños territorios tecnológicos, casi como islas en medio de un continente devastado.
Aquella ciudad, sin embargo, había elegido otra cosa. Las iglesias habían sido derribadas, las capillas estaban convertidas en montones de piedra y las antiguas casas de oración habían quedado reducidas a solares ennegrecidos. No muy lejos de la plaza principal, Andrés vio grandes montículos de libros quemados que aún conservaban fragmentos de tapas, fotografías calcinadas y páginas que el viento levantaba para arrastrarlas por las calles. También había montañas de computadoras destruidas, teclados partidos, monitores abiertos a golpes y discos duros que parecían pequeñas vísceras metálicas entre las cenizas. En las paredes quedaban algunas consignas escritas con pintura negra, y aunque muchas ya habían desaparecido bajo el humo y la lluvia, todavía podía leerse una palabra repetida una y otra vez: ignorancia.
André llevaba en su maletín los tres libros que acostumbraba cargar consigo desde que el mundo había dejado de ser un lugar donde los libros fueran fáciles de conseguir. Los conservaba con una atención casi supersticiosa y nunca permitía que alguien los tocara sin pedirle permiso. En una época en la que la memoria había comenzado a depender nuevamente del papel, aquellas tres cosas le parecían más valiosas que cualquier aparato electrónico.
Se hospedó en un hostal viejo, de esos que todavía tenían lámparas de pared, madera hinchada por la humedad y un mostrador atendido por personas que parecían haber nacido antes del desastre. Le dieron una habitación pequeña en el segundo piso y, después de cerrar la puerta, Andrés dejó el maletín junto a la cama, acomodó los tres libros debajo de la almohada y se tendió sin siquiera quitarse la camisa. Estaba agotado y sabía que al amanecer debía continuar su viaje.
No supo cuánto tiempo había dormido cuando escuchó que la puerta se abría lentamente.
Esperó ver al encargado del hostal, a un borracho equivocado de habitación o quizá a algún ladrón, pero lo que apareció en el umbral tenía una forma tan extraña que durante varios segundos su mente se negó a darle un nombre.
Aquello había sido una mujer alguna vez, o al menos conservaba algo de una mujer en la estructura de la cara, en la manera de sostener la cabeza y en ciertos restos de coquetería que todavía parecían adheridos a su cuerpo como recuerdos de una vida anterior. Sin embargo, todo lo demás estaba deformado de una manera difícil de describir sin caer en palabras demasiado sencillas. Su anatomía parecía haberse reunido mal después de haber sido desarmada, con partes que se habían apelotonado unas sobre otras, hombros hundidos, caderas desplazadas, brazos demasiado pesados y una espalda que parecía haber adquirido la curvatura de un animal que caminara durante años con hambre.
Llevaba una falda corta, unas medias oscuras y una blusa ajustada que, en cualquier otro cuerpo, podría haber parecido provocadora, pero sobre aquella criatura producía una sensación mucho más inquietante, porque conservaba deliberadamente una apariencia femenina y seductora en medio de una anatomía que parecía estar evolucionando hacia otra especie. Tenía los cachetes enormes y endurecidos, la nariz ancha y húmeda, unos pequeños dientes que asomaban entre los labios y unos ojos diminutos detrás de unos lentes de montura gruesa que parecían demasiado grandes para su rostro. Había algo de jabalí en ella, algo de cerdo, algo de mujer y algo más que André no logró identificar, como si la naturaleza hubiera intentado fabricar una criatura nueva utilizando pedazos de animales que nunca debieron estar juntos.
La mujer cerró la puerta y sonrió.
—Así que todavía lees —dijo, mirando el maletín—. Se nota. A ustedes se les reconoce por los ojos. Los que leen tienen una mirada distinta, una mirada contaminada por cosas que no deberían saber.
André no respondió.
Ella se acomodó los lentes y siguió hablando con una rapidez casi enfermiza, sin permitir que hubiera entre una frase y otra un espacio suficiente para respirar.
—La Tierra no es redonda, eso lo inventaron los astrónomos para justificar los impuestos espaciales. Yo misma lo leí hace años, en un libro que después desapareció, y mi primo vio una fotografía donde se comprobaba que los océanos terminaban en una especie de borde congelado. Claro que no puedo enseñártela porque me la quitaron, pero tampoco hace falta verla para saber que es cierto.
André permaneció sentado mientras aquella criatura avanzaba lentamente por la habitación, hablando con una convicción que habría resultado cómica si su presencia no hubiera sido tan desagradable.
—La Luna tampoco es lo que dicen. La Luna brilla porque adentro viven extraterrestres y encienden una maquinaria gigantesca durante la noche. A mí me lo contó un hombre que trabajó en una estación de observación antes de que las cerraran. También lo leí en Google cuando existía. Bueno, no exactamente lo leí, porque el libro era de otra persona, pero me lo contó alguien que sí lo leyó ahí, y eso significa que la información es válida.
La mujer soltó una carcajada.
—Las vacunas cambian el pensamiento, ¿sabías? No todas, por supuesto. Algunas son para curar, pero las importantes llevan instrucciones microscópicas. Por eso hay gente que después empieza a obedecer sin darse cuenta. Los gobiernos no quieren que despiertes porque un hombre despierto deja de pagar por las mentiras.
André la observaba con una mezcla de cansancio y desconcierto. La criatura continuaba hablando, saltando de las vacunas a los gobiernos, de los gobiernos a las estrellas, de las estrellas a las pirámides y de las pirámides a una supuesta civilización que, según ella, había descubierto que el pensamiento podía transmitirse por la sangre.
—Yo soy la iluminada —declaró mientras levantaba un dedo tembloroso frente a su rostro—. No necesito pruebas porque las pruebas son parte de la conspiración. Cuando algo está comprobado, ya ha sido manipulado. Y cuando nadie puede comprobarlo, entonces es auténtico porque todavía no lo han contaminado. Es muy sencillo. Solo hay que despertar.
Andrés miró el reloj. Había pasado más de una hora y aquella criatura seguía hablando con la misma energía. Cada vez que él intentaba decir algo, ella se adelantaba con una nueva revelación.
—El café descafeinado no existe. Los trenes funcionan con pensamientos. Elvis vive en una colonia secreta debajo del océano. El mundo fue creado por siete científicos que después fueron asesinados para que nadie descubriera la verdad. Yo conozco a una persona que conoce a otra persona que estuvo allí. Además, los gatos son los únicos animales capaces de detectar la electricidad que atraviesa la mentira.
André abrió entonces el maletín. La mujer no dejó de hablar. Sacó la escopeta recortada y la sostuvo con ambas manos.
—Eso no sirve —dijo ella, acomodándose los lentes con una expresión casi compasiva—. Las armas también forman parte del experimento. Todo esto estaba previsto. Tú crees que estás decidiendo, pero en realidad ellos decidieron por ti hace mucho tiempo.
André la miró durante unos segundos y pensó que aquella criatura era la consecuencia perfecta de una ciudad donde habían quemado libros, destruido computadoras y perseguido cualquier forma de pensamiento que no pudiera reducirse a una consigna. Quizá no había llegado de otro mundo ni había sido creada en un laboratorio. Quizá simplemente había crecido allí, alimentándose de las cenizas del conocimiento hasta convertirse en una caricatura monstruosa de la ignorancia.
Levantó el arma.
—Entonces supongo que ellos también decidieron esto.
El disparo sacudió la habitación y puso fin, por primera vez desde que había entrado, a la interminable voz de la iluminada. El cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo y los lentes se deslizaron hasta quedar debajo de la cama. André permaneció inmóvil unos instantes, escuchando cómo el eco del disparo se apagaba en el pasillo, y después se inclinó para recoger su maletín, comprobando que los tres libros seguían intactos.
Salió de la habitación sin mirar atrás y bajó lentamente las escaleras mientras, en alguna parte del edificio, una vieja radio comenzaba a transmitir música.
Al llegar a la calle, André se detuvo un momento frente a las ruinas de la ciudad, acomodó el maletín bajo el brazo y recordó su primer gato que había tenido mucho antes de que comenzara todo aquello, cuando todavía existían bibliotecas, conexiones estables, ciudades encendidas durante toda la noche y personas que podían discutir una idea sin necesidad de quemar la idea contraria.
Entonces miró la oscuridad que se extendía detrás de los edificios y dijo en voz baja:
—Yo creo que necesito tener un gato.