La lluvia había comenzado tres días antes de las 12:00 a.m. del 24 de junio, la noche de San Juan, y no parecía tener intención de detenerse. Caía sobre las ruinas de los caminos antiguos, sobre las ciudades-estado que aún resistían entre murallas levantadas con concreto rescatado de otro siglo y sobre los bosques deformes que crecían en los territorios donde la penumbra había echado raíces. Aquel año la lluvia tenía algo enfermizo. Los viajeros que llegaban desde el norte aseguraban que el agua desprendía un olor semejante al de las flores marchitas; los pescadores hablaban de peces encontrados muertos junto a las orillas, con las escamas cubiertas por una película gris; los más supersticiosos afirmaban que era una señal, porque cada vez que la noche de San Juan coincidía con lluvias prolongadas ocurrían cosas que más tarde nadie era capaz de explicar.
Zarko Pinkas |
La lluvia había comenzado tres días antes de las 12:00 a.m. del 24 de junio, la noche de San Juan, y no parecía tener intención de detenerse. Caía sobre las ruinas de los caminos antiguos, sobre las ciudades-estado que aún resistían entre murallas levantadas con concreto rescatado de otro siglo y sobre los bosques deformes que crecían en los territorios donde la penumbra había echado raíces. Aquel año la lluvia tenía algo enfermizo. Los viajeros que llegaban desde el norte aseguraban que el agua desprendía un olor semejante al de las flores marchitas; los pescadores hablaban de peces encontrados muertos junto a las orillas, con las escamas cubiertas por una película gris; los más supersticiosos afirmaban que era una señal, porque cada vez que la noche de San Juan coincidía con lluvias prolongadas ocurrían cosas que más tarde nadie era capaz de explicar.
André del Monte había escuchado aquellas historias durante años. Las había escuchado en tabernas construidas dentro de estaciones ferroviarias abandonadas, en monasterios convertidos en fortalezas y en los mercados donde los mercaderes intercambiaban medicinas por municiones. Sin embargo, aquella vez no les prestó atención. Hacía demasiado tiempo que perseguía un único propósito para distraerse con supersticiones.
La caja descansaba dentro de su abrigo. El simple contacto de la madera contra el pecho bastaba para recordarle la razón del viaje. Aunque habían pasado muchos años desde la noche en que arrancó la flor, seguía recordando cada detalle con una claridad enfermiza. Recordaba el aroma dulzón que desprendían los pétalos. Recordaba la sensación de frío que recorrió su brazo cuando los dedos se cerraron sobre el tallo. Recordaba el silencio que siguió después, un silencio tan absoluto que incluso los insectos parecieron desaparecer del bosque durante algunos segundos.
Con el paso del tiempo había intentado convencerse de que aquellos recuerdos eran exageraciones de la memoria. Los hombres suelen adornar sus culpas para hacerlas soportables. Una culpa ordinaria resulta difícil de justificar después de muchos años. Una culpa extraordinaria, en cambio, puede transformarse en una misión.
André llevaba media vida convertido en prisionero de una misión. La idea de que el mundo se había roto por su causa se había instalado en su mente con una persistencia casi religiosa. Cada monstruo encontrado en los caminos, cada asentamiento abandonado, cada historia relacionada con la penumbra reforzaba aquella sospecha. Nunca consiguió demostrarla. Tampoco logró refutarla. Simplemente aprendió a convivir con ella.
El gato caminaba delante de él. A veces desaparecía entre los matorrales durante varios minutos y regresaba sin una sola gota de barro en el pelaje. Otras veces se detenía en medio del sendero para observar lugares donde aparentemente no había nada. André se había acostumbrado a aquellas rarezas del mismo modo que uno termina acostumbrándose al ruido de una casa vieja. Al principio resultan inquietantes; después forman parte del paisaje.
El sendero descendía hacia una región donde el bosque adquiría una apariencia distinta. Los árboles crecían más separados entre sí y la vegetación parecía enferma. Sobre las ramas colgaban masas de musgo tan extensas que recordaban órganos arrancados de un cuerpo gigantesco. En algunos claros se alzaban hongos del tamaño de personas cuyas superficies estaban cubiertas por pequeñas protuberancias semejantes a ojos cerrados. Más de una vez André tuvo la impresión de que aquellas formas lo observaban mientras avanzaba.
La sensación de vigilancia era común en los territorios tocados por la Penumbra. Había aprendido a ignorarla. Lo que no logró ignorar fue el silencio.
Los bosques normales producen una multitud de sonidos pequeños. Hay insectos, aves, ramas agitadas por el viento, animales ocultos entre la maleza. Allí no existía nada de eso. El único ruido procedía de la lluvia golpeando las hojas y del barro cediendo bajo sus botas.
Aquel silencio le recordó ciertos templos abandonados que había encontrado durante sus viajes. Lugares donde la ausencia de vida parecía tan deliberada que terminaba convirtiéndose en una presencia.
Al caer la tarde llegó a una elevación desde la cual pudo contemplar el lago. Permaneció inmóvil durante varios minutos.
Las aguas se extendían hasta perderse entre la niebla. El color oscuro de la superficie impedía calcular la profundidad. En algunos sectores, emergían grupos de árboles muertos cuyos troncos blanquecinos sobresalían del agua como huesos gigantescos. Más allá, casi confundida con la lluvia y la bruma, aparecía la silueta de una isla.
No era una isla particularmente grande. Tampoco parecía distinta de otras elevaciones dispersas por la región. Y sin embargo André sintió un estremecimiento.
Durante años había perseguido rumores relacionados con una segunda higuera. Había encontrado mentiras, errores y delirios. Había llegado demasiado tarde a lugares donde otros aseguraban haber visto señales. Había seguido mapas que terminaban en precipicios o en pueblos abandonados. Aquella búsqueda lo condujo a través de medio continente sin ofrecer una sola certeza.
Ahora contemplaba la isla y comprendía que ya no necesitaba pruebas. Sabía que había llegado. El gato se sentó a su lado. La lluvia resbaló por los bigotes blancos. Durante un momento ambos observaron el lago.
—Todavía puedes regresar —dijo el felino mientras se rascaba la oreja.
La frase no sorprendió a André. Hacía años que había dejado de sorprenderse cuando el gato hablaba.
—Si quisiera regresar, no habría venido.
—Eso no responde la pregunta.
André sonrió.
La respuesta verdadera era más difícil de expresar. No podía regresar porque llevaba demasiado tiempo avanzando. Había sacrificado demasiadas cosas para llegar hasta allí. Regresar significaba aceptar que toda su vida había estado construida alrededor de una posibilidad incierta. Enormes dudas lo asaltaban; implicaba aceptar que quizás jamás sabría si era culpable o inocente.
Y aquello le resultaba insoportable.
La oscuridad comenzó a descender sobre el lago, y con ella, la orilla cobró una vida densa y deforme. Entre la vegetación y los juncos se adivinaban siluetas imprecisas que rompían la simetría de la noche; formas que se agachaban a beber en absoluto silencio y sombras que observaban desde los troncos sumergidos. Ninguno de aquellos seres parecía interesado en atacarlo. Todos parecían estar esperando. Aquella impresión regresó varias veces mientras descendían hacia la orilla. La sensación de que algo estaba a punto de ocurrir. Como si la isla, el lago y las criaturas dispersas por la región conocieran una verdad que él todavía ignoraba.
Cuando finalmente abordaron la pequeña embarcación abandonada que utilizaría para cruzar, la noche de San Juan ya había comenzado. La lluvia seguía cayendo. El lago parecía una extensión de tinta negra.
Y en el centro de aquella oscuridad, apenas visible entre la niebla, la isla aguardaba inmóvil como la espalda de una criatura dormida.
El trayecto hasta la isla resultó más largo de lo que André había calculado. La embarcación avanzaba con lentitud sobre aquellas aguas inmóviles cuya superficie oscura parecía absorber la escasa luz que descendía desde el cielo cubierto de nubes. A medida que se alejaba de la orilla, la sensación de aislamiento aumentó de una forma difícil de explicar. No era solamente la distancia. Había experimentado la soledad muchas veces durante sus viajes. Aquello era diferente. La impresión se parecía más a la que produce una frontera invisible cuando uno la cruza sin darse cuenta. Mientras remaba, tuvo la certeza de que algo había quedado atrás. No sabía si se trataba del mundo conocido o simplemente de la tranquilidad que todavía conservaba.
El gato permanecía inmóvil en la proa observando la isla. Ni siquiera giró la cabeza cuando una sombra enorme se desplazó bajo la embarcación. André alcanzó a distinguir una forma alargada que desapareció en las profundidades antes de que pudiera identificarla. Durante los años transcurridos desde la ruptura había aprendido que ciertas preguntas no debían formularse. Había criaturas que resultaban más soportables mientras permanecieran ocultas.
La lluvia comenzó a disminuir cuando la embarcación tocó tierra. Una niebla tenue descendía desde las partes altas de la isla y se extendía entre los árboles como un velo grisáceo. Desde cerca, el lugar parecía más grande de lo que aparentaba a la distancia. Las pendientes ascendían formando lomas irregulares cubiertas por vegetación salvaje. Raíces gruesas recorrían el suelo en todas direcciones y desaparecían bajo capas de barro acumuladas durante siglos.
André amarró la embarcación a una roca y permaneció unos instantes observando el paisaje. Había esperado sentir alivio después de tantos años de búsqueda. Sin embargo, lo único que encontró fue una inquietud creciente. La isla poseía una cualidad extraña, semejante a la de ciertos edificios antiguos que parecen conservar la memoria de quienes los habitaron. Cada rincón transmitía una sensación de antigüedad que no procedía de los árboles ni de las piedras, sino de algo más profundo e indefinible.
Mientras ascendían por la ladera, comenzaron a aparecer criaturas ocultas entre la vegetación. Algunas observaban desde la distancia. Otras se apartaban lentamente para dejarles paso. André vio anfibios de gran tamaño cuyos lomos estaban cubiertos por pequeños brotes vegetales que crecían directamente desde la carne. También encontró aves de plumaje oscuro con dos cabezas y cuatro ojos amarillos que seguían sus movimientos desde las ramas más altas. Más adelante distinguió una criatura semejante a un alce, aunque sus astas se ramificaban formando estructuras que recordaban raíces y su piel presentaba una textura parecida a la corteza de los árboles.
Lo extraño era que ninguno de aquellos seres manifestó hostilidad. Años atrás habría interpretado aquella ausencia de agresividad como una buena señal. Ahora ya no estaba tan seguro. Había aprendido que algunas criaturas atacaban por hambre, otras por miedo y otras por razones imposibles de comprender. La calma también podía anunciar un peligro.
Conforme avanzaban, el olor comenzó a intensificarse. André lo había percibido desde la orilla, pero allí adquiría una presencia casi física. Recordaba la fragancia de las higueras durante el verano, aunque mezclada con aromas minerales que evocaban sangre, tierra recién removida y piedra húmeda. Aquel perfume se adhería a la ropa y parecía introducirse en los pulmones.
El sendero terminó conduciéndolos hasta una elevación desde la cual podía contemplarse buena parte del lago. Fue entonces cuando André vio la higuera. Durante varios segundos permaneció inmóvil. Había imaginado aquel momento innumerables veces a lo largo de los años. En ocasiones, pensaba encontrar un árbol semejante al primero. Otras veces imaginaba una versión deformada por la penumbra. La realidad resultó completamente distinta.
La higuera dominaba la isla como una torre nacida de la tierra. Su tronco era tan ancho que varias casas podrían haberse construido en su interior. Las ramas se elevaban hasta perderse entre las nubes bajas y las raíces descendían por las laderas formando ondulaciones que recorrían buena parte del terreno. Desde aquella distancia parecía imposible determinar dónde terminaba el árbol y dónde comenzaba la propia isla.
El gato se detuvo. André observó la copa desapareciendo entre la niebla.
Durante un instante sintió que todo el peso acumulado durante años comenzaba a desprenderse de sus hombros. Allí estaba. La búsqueda había terminado. Después de tantas ciudades arrasadas, de tantos caminos recorridos y de tantos muertos encontrados en las fronteras de la Penumbra, finalmente había llegado al lugar que había perseguido durante media vida.
Lentamente introdujo la mano dentro del abrigo y extrajo la caja. La madera oscura presentaba cicatrices, grietas y marcas producidas por el paso del tiempo. Los fragmentos de hueso incrustados en la superficie brillaron débilmente bajo la lluvia. Aquella caja había viajado con él a través de montañas, desiertos y ruinas. En más de una ocasión estuvo a punto de perderla. En otras había considerado arrojarla al mar o enterrarla para siempre. Nunca encontró el valor necesario para hacerlo.
El reloj marcaba pocos minutos para la medianoche. La noche de San Juan avanzaba inexorablemente hacia la hora señalada por las leyendas. André comenzó a caminar hacia las raíces de la higuera mientras la lluvia volvía a caer sobre la isla. Cada paso parecía acercarlo menos a un árbol y más a una pregunta que había permanecido aguardándolo durante años. No sabía si estaba a punto de reparar un error o de descubrir que toda su vida había sido construida alrededor de una mentira. Lo único que sabía con certeza era que ya no existía un camino de regreso.
Cuando alcanzó la base del árbol, el viento comenzó a soplar sobre el lago y las aguas respondieron con una serie de ondulaciones que se extendieron hasta perderse en la oscuridad. Las criaturas que habitaban la isla levantaron la cabeza al mismo tiempo. El silencio descendió nuevamente sobre el paisaje. Incluso la lluvia pareció debilitarse durante algunos segundos.
André apoyó la caja sobre una raíz y contempló el enorme entramado que se extendía ante él. Entonces algo llamó su atención. Había observado raíces de higueras durante toda su vida. Aquello no se parecía a ninguna de ellas. La forma era demasiado regular. Demasiado simétrica. Demasiado semejante a otra cosa que todavía no lograba identificar.
Por primera vez desde que llegó a la isla, una sensación de incertidumbre atravesó la coraza de convicciones que había construido durante años. Mientras se arrodillaba para comenzar a cavar junto a la base del árbol, una idea absurda apareció fugazmente en su mente. Tal vez no había encontrado una higuera. Tal vez había encontrado algo que durante siglos había sido confundido con una higuera.
La tierra cedió con facilidad durante los primeros minutos. El barro acumulado por la lluvia se apartaba sin resistencia y permitía que la hoja de la pala descendiera cada vez más cerca de aquellas raíces desmesuradas. André trabajó en silencio. El sonido metálico de la herramienta se mezclaba con el murmullo del viento y con el golpeteo constante del agua contra las orillas de la isla.
Mientras excavaba, la sensación de extrañeza continuó creciendo dentro de él. Lo que aparecía bajo la tierra no recordaba a un sistema vegetal. Las supuestas raíces descendían siguiendo líneas demasiado ordenadas; algunas se curvaban con una precisión casi anatómica y en varios lugares la textura cambiaba gradualmente hasta adquirir una apariencia semejante a la de tendones petrificados por el paso de los siglos.
André dejó la pala a un lado y se arrodilló para observar con mayor detenimiento. Al tocar la superficie descubierta sintió una temperatura extraña. No estaba fría como la roca ni húmeda como la madera. Poseía un calor tenue y persistente que le recordó la piel de un animal dormido. La idea lo obligó a retirar la mano. Por primera vez desde que había llegado a la isla sintió miedo. No el miedo que nace ante una amenaza visible, sino aquel que aparece cuando una explicación familiar comienza a derrumbarse y deja al descubierto algo imposible.
El reloj marcó las once con cincuenta y nueve minutos. La medianoche se aproximaba. André abrió la caja. La flor permanecía intacta. A pesar de los años transcurridos, sus pétalos conservaban aquella apariencia imposible que parecía desafiar el deterioro natural de todas las cosas. La tenue luminosidad que emanaba de ellos apenas resultaba visible bajo la lluvia, pero bastaba para distinguirla de cualquier otra flor existente en el mundo.
Durante algunos segundos permaneció observándola. Había sacrificado demasiado por aquel momento: amistades, amores y décadas enteras. Recordó ciudades destruidas por las guerras, pueblos abandonados tras el avance de la penumbra y extensiones enteras de territorio convertidas en páramos. Había contemplado suficiente horror para convencer a cualquiera de que el mundo estaba roto. Lo único que jamás consiguió averiguar era si él había participado en aquella fractura.
Cuando se dispuso a depositar la flor dentro de la excavación, la pala cayó por sí sola hacia el fondo del agujero. El golpe produjo un sonido inesperado. Fue un sonido hueco y profundo que pareció extenderse por toda la isla, un eco que continuó propagándose bajo la tierra durante varios segundos.
Entonces llegó la respuesta.
La vibración surgió desde las profundidades del lago y atravesó el terreno bajo sus pies. Las aguas comenzaron a agitarse. Ondas concéntricas recorrieron la superficie oscura hasta alcanzar las orillas. Más allá de la isla, las aves bicéfalas levantaron vuelo al mismo tiempo formando círculos desordenados sobre la niebla. Los anfibios deformes abandonaron los juncos y desaparecieron entre la vegetación. Un segundo estremecimiento recorrió la isla. Esta vez fue más intenso.
La tierra se agrietó varios metros más abajo y una línea oscura comenzó a abrirse paso entre el barro. El sonido que emergió desde las profundidades recordó el derrumbe de una montaña. Árboles enteros se sacudieron. Grandes fragmentos de terreno se deslizaron hacia el lago. El agua retrocedió varios metros de las orillas como si algo gigantesco estuviera emergiendo desde el fondo.
André retrocedió. La excavación continuaba desmoronándose. A medida que el barro desaparecía, nuevas formas surgían bajo la superficie. Allí donde esperaba encontrar madera aparecieron pliegues. Donde esperaba encontrar roca aparecieron curvas demasiado precisas para pertenecer al paisaje. La comprensión llegó lentamente; primero como una sospecha, después como una certeza insoportable. Aquello no era una raíz. Era una vena.
La revelación apenas había terminado de formarse en su mente cuando una enorme masa de tierra se desprendió pendiente abajo. El derrumbe dejó al descubierto una extensión gigantesca de superficie oscura que la lluvia limpió progresivamente. André observó cómo aquella forma adquiría contornos reconocibles. La curva de una frente. La depresión de una cuenca ocular. El relieve de un pómulo enterrado durante siglos.
La isla entera no era una isla. Era un rostro. Un rostro tan vasto que el cerebro se resistía a aceptarlo. Las dos enormes higueras que sobresalían sobre el paisaje comenzaron a inclinarse con una lentitud solemne, casi ceremonial. Eran las prolongaciones de aquella entidad entera, enormes estructuras semejantes a cuernos que habían atravesado la superficie mucho antes de que existieran los primeros asentamientos humanos.
El lago comenzó a hervir alrededor de la formación. Burbujas enormes ascendían desde las profundidades liberando gases atrapados. La niebla se agitó. El suelo continuó elevándose lentamente mientras toneladas de barro se desprendían hacia el agua.
Entonces el ojo se abrió. El párpado comenzó a elevarse con la lentitud de algo que llevaba siglos dormido. La vegetación que había crecido sobre él se desgarró y cayó al lago. Bajo aquella cubierta de tierra apareció una pupila gigantesca donde se reflejaban la lluvia, las nubes y la figura diminuta de André.
Lo más perturbador no fue su tamaño. Fue su expresión. Aquel ojo no contenía furia. No contenía hambre. No contenía la hostilidad que André había visto tantas veces en las criaturas surgidas de la Penumbra. Lo que observó allí fue algo mucho más difícil de soportar. Una tristeza antigua. Una tristeza tan profunda que parecía haber sobrevivido a civilizaciones enteras.
La revelación lo dejó inmóvil. El cuchillo de madera de higuera colgaba de su cinturón, pesado como nunca antes. Bastaba un movimiento, un golpe dirigido hacia las estructuras expuestas que recorrían el cuello de la criatura, donde podían distinguirse conductos oscuros por donde circulaba una sustancia espesa que recordaba tanto a la savia como a la sangre.
André llevó lentamente la mano hacia la empuñadura. La lluvia golpeó el rostro de la entidad. Sin embargo, frente a aquella mirada, el recuerdo apareció sin aviso. Duranté unos segundos dejó de escuchar la tormenta. Volvió a ver los bosques húmedos del sur de Chile, los senderos cubiertos de barro y las manos de su padre hundiéndose en la tierra mientras le enseñaba dónde plantar una higuera joven. Recordó el olor de las hojas mojadas, las tardes de verano recogiendo frutos maduros y la paciencia con que aquel hombre le explicaba que los árboles crecían despacio porque tenían todo el tiempo del mundo.
La imagen duró apenas un instante, pero fue suficiente. La mano de André tembló. Y el cuchillo no descendió.
El cambio en el gato fue inmediato. Al comprender la decisión de André, su cuerpo comenzó a deformarse de una manera imposible. Los huesos se desplazaron bajo la piel, el lomo se arqueó con violencia y entre los omóplatos surgieron estructuras óseas que rasgaron la carne antes de desplegarse como enormes alas membranosas. El aire se llenó del sonido húmedo de tendones estirándose en una forma que nunca había pertenecido al mundo animal.
La criatura abrió la boca y la voz que emergió de ella ya no era la del compañero de viaje.
—Mátalo —la orden resonó sobre la isla con una intensidad que hizo temblar las aguas—. Mátalo ahora.
André retrocedió un paso. La criatura avanzó. Durante años había utilizado la forma de un gato; había observado, guiado y esperado. Ahora toda aquella apariencia se deshacía para revelar algo mucho más antiguo. Las alas se extendieron bajo la lluvia y los ojos brillaron con una luz enfermiza.
—Has llegado hasta aquí para cumplir tu propósito —dijo la criatura—. No puedes detenerte ahora.
Pero André ya no escuchaba. Porque el enorme ojo seguía observándolo en silencio, y por alguna razón incomprensible, confiaba más en aquella tristeza inmensa que en la voz de quien había caminado a su lado durante tantos años.
La criatura lanzó el ataque sin previo aviso. Su cuerpo se desplazó con una velocidad impropia de su tamaño y atravesó la cortina de lluvia como una sombra desgarrada. André apenas tuvo tiempo de apartarse cuando una de aquellas extremidades deformes golpeó la raíz contra la que impactó, partiéndola con un crujido seco.
La caída lo hizo rodar sobre el barro. El cuchillo escapó momentáneamente de su mano, pero consiguió recuperarlo antes de incorporarse. La criatura volvió a lanzarse sobre él, levantando una ráfaga de viento cargada de agua y hojas. Aquella cosa no parecía pertenecer a una especie concreta; era como si múltiples formas incompatibles lucharan por existir dentro de un mismo cuerpo. Por momentos aparecían manos humanas entre las plumas negras, y luego desaparecían bajo capas de carne en constante transformación. Lo único que permanecía inalterable eran aquellos ojos amarillos que durante años habían observado el mundo desde el cuerpo de un simple felino.
—¡Hazlo! —gritó la criatura mientras descendía nuevamente—. ¡Mátalo antes de que despierte por completo!
André bloqueó el ataque con el brazo y sintió un dolor agudo recorrerle el hombro cuando las garras le rasgaron la piel. Retrocedió tambaleándose entre las raíces expuestas. La lluvia le corría por el rostro mezclándose con la sangre. A pocos metros de distancia, la enorme cabeza continuaba emergiendo. El ojo seguía abierto. No intervenía. No atacaba. Simplemente observaba.
Aquella pasividad pareció enfurecer aún más a la criatura. Con un chillido que hizo vibrar las aguas del lago, se lanzó una tercera vez. André comprendió que no podría seguir esquivándola; esperó hasta el último instante y, cuando la masa de alas y garras cayó sobre él, giró el cuerpo y hundió el cuchillo de madera de higuera bajo las costillas de la entidad.
El resultado fue inmediato. No brotó sangre. Del interior de la herida surgió una luz enfermiza, semejante al resplandor verdoso que emiten ciertos hongos en los bosques húmedos durante la noche. La criatura lanzó un grito tan intenso que las aves bicéfalas abandonaron los árboles y desaparecieron en la niebla. Las alas comenzaron a deshacerse, perdiendo coherencia, como si la materia que las componía hubiera olvidado cómo mantener su forma.
La entidad retrocedió tambaleándose.
—No entiendes… —consiguió decir con una voz que ya no parecía provenir de una garganta—. No entiendes lo que viene…
André sostuvo el cuchillo con ambas manos. La criatura intentó avanzar una vez más, pero su forma colapsó por completo, convirtiéndose en una masa oscura que fue absorbida lentamente por el barro de la isla.
El silencio regresó de golpe. Solo permanecieron la lluvia, el lago y la enorme cabeza que continuaba emergiendo desde las profundidades del mundo. André permaneció inmóvil, con el cuchillo todavía aferrado entre las manos. La respiración le ardía en el pecho y la sangre descendía lentamente por el brazo herido. El ojo de la colosal entidad se fijó nuevamente sobre él, y la voz surgió dentro de su mente, extendiéndose por el rumor de las aguas del lago:
—Por fin has llegado.
André apretó la empuñadura.
—¿Qué eres?
—Una pregunta que permaneció enterrada demasiado tiempo —respondió la entidad—. La criatura que te acompañaba deseaba mi muerte. No porque yo fuera el mal, sino porque necesitaba que siguieras creyendo que el mal puede señalarse con un dedo. Soy una de las muchas cosas que sobreviven debajo de las historias que los seres vivos cuentan para comprender el mundo.
André no respondió. Estaba demasiado cansado para acertijos o profecías. Durante años había perseguido la flor convencido de que toda ruina debía tener un culpable único y una solución sencilla.
—Has vivido creyendo que existían dos bandos —continuó la voz—. Has buscado monstruos y salvadores. Pero la realidad es más antigua y más confusa que eso. La maldad existe. La crueldad existe. El odio existe. Pero nunca habitan un solo rostro. Nunca pertenecen a una sola especie. Se desplazan. Cambian. Se mezclan con aquello que los seres llaman virtud, justicia, deber o supervivencia. Lo que unos consideran bondad, otros lo recuerdan como una tragedia. El deterioro del mundo ya estaba presente mucho antes de la Ruptura, oculto bajo generaciones de negaciones y falsas certezas.
André levantó lentamente la mirada. Por primera vez comprendió que la tristeza inmensa que habitaba en el ojo provenía de haber contemplado demasiados siglos, demasiadas guerras y demasiadas civilizaciones convencidas de poseer la razón absoluta.
—Entonces la guerra nunca terminó —murmuró finalmente.
—La guerra que conoces apenas fue una consecuencia.
La respuesta pareció extenderse por la superficie del agua. El lago comenzó a agitarse con un movimiento más profundo y constante, semejante a una respiración. Entre la niebla, empezaron a surgir miles de formas y criaturas que durante siglos habían permanecido ocultas en las profundidades. Ninguna avanzaba hacia la orilla; permanecían dispersas sobre la superficie oscura, rodeando la cabeza colosal obedeciendo una disciplina más antigua que cualquier reino humano.
André miró la antigua caja que descansaba junto a una de las raíces expuestas. El resplandor tenue de los pétalos de la flor parecía insignificante frente a la magnitud de lo que acababa de revelarse. Comprender que no existía una reparación sencilla, ni una puerta secreta para devolver el mundo a su estado anterior, le dejó un sabor amargo en el pecho. Pensó en los años perdidos, en las personas que habían desaparecido durante el viaje y en los lugares que nunca volvería a ver.
Sin embargo, por primera vez desde la Ruptura, la incertidumbre dejó de parecerle un enemigo. Tal vez porque ya no tenía energías para seguir persiguiendo respuestas absolutas, o tal vez porque acababa de descubrir que tales respuestas nunca habían existido.
Lejos de depositar la Flor de la Higuera o cumplir la profecía impuesta por la criatura que lo había manipulado bajo la forma de un gato, André se agachó, la tomó entre sus manos y la guardó nuevamente dentro de la caja de madera. Al cerrarla, percibió que las criaturas del lago lo observaban de una forma distinta, como si reconocieran en él a alguien que había cruzado un umbral del que ya no existe retorno. No recibió órdenes ni títulos, pero comprendió que, a partir de aquella noche, su papel dentro de ese conflicto confuso y vasto apenas estaba comenzando.
Mucho después, cuando la noche comenzó a perder intensidad y una claridad gris apareció detrás de las nubes, André descendió lentamente por la ladera que ya no era una ladera. La embarcación seguía amarrada donde la había dejado. Antes de subir a ella al amanecer, volvió la vista una última vez hacia el centro del lago.
La inmensa figura permanecía allí, observándolo, esperando.
Llevaba consigo la Flor de la Higuera y una certeza inquietante: la verdadera guerra, aquella donde los enemigos no siempre son monstruos y donde la supuesta salvación puede convertirse en destrucción, todavía no había comenzado. Frente a él se extendía un mundo donde ahora contemplaría lo que antes permanecía oculto.
La verdadera travesía acababa de empezar.