Abro sin saber que abrir implica haber estado cerrado. La luz no irrumpe, más bien se instala, como si siempre hubiera estado ahí esperando a que yo la reconociera. No hay dolor, no hay golpe que pueda recordar, solo esta certeza extraña de estar viendo antes incluso de comprender qué significa ver.
Zarko Pinkas |
Abro sin saber que abrir implica haber estado cerrado. La luz no irrumpe, sino se presenta, como si siempre hubiera estado ahí esperando a que yo la reconociera. No hay dolor, no hay golpe que pueda recordar, solo esta certeza extraña de estar viendo antes incluso de comprender qué significa ver.
El mundo se desplaza bajo mí con una lentitud que no coincide con la sensación de altura; las formas avanzan, las casas, los techos, las calles, todo fluye como si yo fuera arrastrado por una corriente invisible que no alcanzo a cuestionar del todo, porque lo primero que encuentro es una explicación cómoda: me llevan, eso debe ser, me trasladan después de algún accidente que no consigo reconstruir.
Esa idea me tranquiliza lo suficiente como para intentar lo siguiente que haría cualquier cuerpo que despierta: moverme. Pero no hay respuesta. No es que falle un brazo o una pierna, es que no existe el intento mismo, como si la orden no encontrara dónde alojarse. Entonces recurro a lo único que parece quedarme intacto, que es mirar, y en ese gesto, casi instintivo, fuerzo la vista hacia arriba y descubro aquello que me sostiene. No tiene forma humana ni pretende tenerla: es oscuro, irregular, vivo de una manera que no comprendo, y termina en dos curvas tensas que me aprisionan. No siento dolor, pero entiendo que estoy sujeto, suspendido, llevado por algo que no se parece a nada que yo haya visto antes.
Podría aceptar el miedo en ese instante, pero en lugar de eso me aferro a otra cosa: los recuerdos. No como una decisión consciente, sino como un refugio que aparece por sí solo. Veo la calle frente a mi casa, la manera en que la luz de la tarde se filtraba por la ventana y dibujaba líneas sobre el suelo.
Veo a mis hijos cruzando ese espacio, no escucho sus voces ni puedo nombrarlos, pero reconozco la velocidad de sus cuerpos, la familiaridad de su movimiento. Y veo a mi esposa, su rostro quieto, siempre quieto cuando yo la miraba, como si supiera que en esa inmovilidad residía su forma de permanecer en mí. Nunca me detuve a pensar en eso, en que mi relación con el mundo era únicamente a través de lo que veía, como si todo lo demás fuera accesorio.
Esa calma dura lo suficiente para que la mente intente ordenarse, pero no lo suficiente para sostenerse. Algo empieza a filtrarse, al principio como una repetición sin importancia: una puerta que se cierra, una vez, y luego otra, y luego otra más, cada vez con una fuerza mayor que no logro explicar.
La escena insiste sin razón aparente, y en esa insistencia aparece lo que no debería estar ahí, una mancha que se expande sobre el suelo, otra que la sigue, hasta que el espacio entero queda cubierto por una oscuridad más densa que la sombra. Entonces surge una mirada, una sola, fija, dirigida exactamente hacia mí, con una claridad que no admite duda.
Quiero apartarme de eso, pero no puedo. No es una limitación física, es algo más profundo: no existe en mí la posibilidad de dejar de ver. Y es ahí, en esa imposibilidad, donde la memoria deja de disfrazarse.
Lo que antes eran fragmentos se organiza de golpe, no como una historia que alguien cuenta, sino como una secuencia inevitable que se impone. La puerta, la habitación, el silencio que vino después, y sobre todo esa sensación previa, esa especie de impulso que no tenía voz pero sí dirección, que no argumentaba pero exigía. No fue un instante de locura súbita; fue algo más lento, más consciente de lo que me gustaría admitir, una obediencia que se fue construyendo hasta volverse irrefutable.
Comprendo entonces que no hay traslado, que nadie me lleva a ningún lugar donde esto pueda revertirse, y que la idea del accidente no era más que una forma de protegerme de lo evidente. Lo que ocurre ahora no es un rescate, es una continuidad. Algo tomó lo que quedaba de mí y lo arrastra, y en ese arrastre me obliga a mirar lo único que nunca quise mirar del todo cuando todavía podía elegir.
El movimiento cambia sin aviso. La altura deja de ser abstracta y se vuelve concreta cuando las formas del suelo comienzan a definirse con una nitidez inquietante. El aire ya no es una sensación, es una presión que empuja hacia abajo, y en ese descenso hay una claridad que no había estado antes: no se trata de llegar a algún sitio, sino de terminar de caer. Intento aferrarme a cualquier otra imagen, a la calle, a la luz, a los rostros que alguna vez reconocí como propios, pero todo se diluye frente a lo que aparece al final del trayecto.
Porque lo último que veo, justo antes de que la cercanía del suelo lo ocupe todo, no es un lugar cualquiera. Es ese árbol, una higuera, inmóvil y ajena, como si hubiera estado esperando este momento desde mucho antes de que yo existiera. Y en esa visión final, más clara que cualquier recuerdo, entiendo que nunca dejé de estar cayendo hacia esto.