Ahora las cosas se mueven sobre el mar, debajo de las aguas quietas, dentro de los sueños, en los rincones donde antes solo habitaba el silencio. Espíritus, bestias, sombras antiguas… ya ni siquiera sé cómo llamarlas. He intentado devolver la flor a su lugar. Lo hice una vez, creyendo que podía revertir el daño, pero nada cambió. El mundo siguió pudriéndose igual.
Zarko Pinkas |
En un mundo quebrado por entidades antiguas y pueblos condenados por sus propios sueños, André del Monte llega a Saint-Élme acompañado de Galvarino, su inseparable gato. Allí descubrirá que algunos horrores no viven en las montañas ni en los bosques, sino debajo de aquello donde la gente intenta descansar.
Han pasado tres décadas desde que el mundo dejó de ser lo que era. Los sistemas cayeron como cuerpos enfermos y las naciones terminaron reducidas a pueblos amurallados, ciudades-estado y pequeñas polis que sobreviven bajo leyes improvisadas, gobernadas por el miedo, el hambre o la superstición. Ya no existen banderas verdaderas, ni mapas confiables. Cada territorio tiene sus propias reglas, sus propios verdugos y sus propias formas de condena.
Cuando intenté cambiar mi suerte mediante el misticismo y la manipulación de lo desconocido, jamás imaginé que terminaría comprendiendo algo peor: el mundo ya estaba condenado mucho antes de que yo arrancara aquella flor de la higuera. Lo entendí demasiado tarde. Lo que liberé no creó la oscuridad; simplemente abrió las puertas para que caminara libremente entre nosotros.
Ahora las cosas se mueven sobre el mar, debajo de las aguas quietas, dentro de los sueños, en los rincones donde antes solo habitaba el silencio. Espíritus, bestias, sombras antiguas… ya ni siquiera sé cómo llamarlas. He intentado devolver la flor a su lugar. Lo hice una vez, creyendo que podía revertir el daño, pero nada cambió. El mundo siguió pudriéndose igual. Quizás porque aquello que desperté jamás perteneció a un solo sitio. Quizás siempre estuvo aquí. Esperando.
Desde entonces camino junto a mi gato, Galvarino. Treinta años atravesando los Senderos de Lieira, viajando entre pueblos destruidos y ciudades que apenas recuerdan lo que significa ser humanas. He luchado contra monstruos imposibles, pero también contra hombres peores que ellos. Y después de tanto tiempo entendí algo terrible: estas criaturas no son invasoras. Son parte de esta realidad. Siempre lo fueron. Solo que ahora tienen más fuerza. Más hambre. Más espacio para respirar.
Todavía recuerdo a Greta. Su cabello blanco agitándose bajo las luces moribundas de una estación abandonada. Ella se alejó de mí cuando le confesé que no quería traer un hijo a este mundo. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo condenar a alguien a crecer entre cadáveres, guerras tribales y ciudades donde la gente vende recuerdos para comprar comida? La mentira, el odio y el terror terminaron mezclándose con las ruinas de lo que fuimos. Greta quería conservar esperanza. Yo ya había visto demasiado.
Mi edad comienza a pesarme. Cada cicatriz parece abrirse cuando llega el frío. Pero sigo buscando una señal, una forma de reparar aunque sea una mínima parte del daño que provoqué. Porque aunque la maldad domina el mundo, lo que yo liberé está más allá del mal humano. No puede describirse con palabras comunes. No existe idioma capaz de traducir algo que nació antes de la historia, antes incluso de que el universo tuviera forma. Estas bestias tienen millones de años. Y creo que la Tierra les perteneció mucho antes de que nosotros apareciéramos creyéndonos dueños de ella.
A veces todavía encuentro ciudades que lograron protegerse. Viejas capitales donde sobreviven cafés, teatros, museos y conexiones precarias a internet. Lugares donde algunos continúan fingiendo normalidad mientras observan las ruinas desde pantallas luminosas. Pero fuera de esos muros el resto del mundo retrocedió siglos. Hay pueblos que viven como en la Edad Media, gobernados por fanáticos o mercenarios. Otros simplemente desaparecen durante la noche y nadie vuelve a hablar de ellos.
Y aun así… después de recorrer tantos caminos, todavía creo que queda una posibilidad. Pequeña. Ridícula quizás. Pero suficiente para seguir avanzando. Tal vez el mal que liberé no sea lo peor que habita este mundo. Tal vez incluso atemorice a las cosas que ya gobernaban desde las sombras mucho antes que nosotros existiéramos.
Ahora me acerco a otro pueblo. Uno más entre cientos. Llevo conmigo un arma, algunos símbolos sagrados en los que ya casi no creo y el cansancio de demasiados inviernos. La gente paga por exorcismos, por protección, por cualquier mentira que les permita dormir una noche más.
No recuerdo en qué año vivimos. Apenas recuerdo los rostros de mis padres. Lo único que sé es que sigo caminando. Y mientras todavía respire, continuaré buscando la forma de cerrar aquello que abrí.
Aunque para hacerlo tenga que descender hasta el lugar donde nacen los gritos.
Llegué a Saint-Élme cuando la nieve ya no se derretía ni en junio; un manto espeso y grisáceo que parecía devorar la luz del sol. El pueblo estaba maldito, partido por la mitad: de un lado, casas con las ventanas burdamente tapiadas con maderas astilladas; del otro, un puñado de sobrevivientes que se saludaban con los ojos bajos y la respiración contenida, como si el aire mismo tuviera un precio mortal.
Yo cargaba con la culpa incrustada en los huesos. Décadas atrás, en el fondo de un sótano húmedo en Praga, cometí el error de abrir lo que debía permanecer sellado. Buscaba un viejo grimorio de alquimia, pero en su lugar encontré una grieta en la realidad. Del otro lado emergieron otras cosas sin nombre, aberraciones abstractas que se colaron en nuestro mundo como aceite negro en el agua limpia. Desde entonces, arrastro dos condenas. La flor de la higuera robada en Parral y la fisura en Praga. No existe la absolución para mí, solo el trabajo sucio el cual en mundo aberrante me deprime cada más.
Mi único compañero en esta penitencia era Galvarino, un gato tuxedo de mirada lenta, ojos como pozos de ámbar y bigotes blancos que apareció una noche cualquiera en un andén neblinoso de Lisboa, decidiendo que mi miserable vida era ahora su problema. Galvarino no maullaba demasiado; se limitaba a observar y a juzgar con una fijeza casi humana. A veces, la forma en que movía las orejas me hacía comprender que él veía los hilos invisibles de este mundo, cosas que yo apenas lograba intuir en mis peores pesadillas.
En Saint-Élme, la gente compartía el mismo suplicio nocturno: todos soñaban con él. Lo describían como un demonio de cuernos retorcidos, con una piel que parecía hecha de hollín viviente y carne carbonizada que supuraba un aceite espeso. Lo peor era su grito, una frecuencia imposible de soportar que colapsaba los tímpanos. Los que no despertaban amanecían en sus camas con los rostros deformados por espasmos horribles, las mandíbulas desencajadas en un silencio más aterrador que cualquier alarido. El cura local insistía en que era un castigo divino, pero yo conocía el olor de lo oculto: aquello no era justicia, era simple hambre de almas.
Me hospedé en el Hostal de la Campana Rota, un edificio que crujía con el viento como un ataúd de madera vieja. Sabía que dormir era la única forma de entrar en su territorio, pues no existe otra manera de enfrentar a una entidad que anida en el tejido de los sueños. Uno debe entregarse al sueño y, si es lo suficientemente rápido y alberga la suficiente rabia, puede arrancarle algo a la bestia antes de que sus garras te desgarren la mente.
La noche cayó como un telón de plomo y el grito comenzó exactamente a las tres de la madrugada. No era un sonido humano; era la vibración del metal oxidado arrastrándose sobre piedra húmeda, mezclado con el estrépito de un bosque entero partiéndose por la mitad. El aire de la habitación se volvió gélido, congelando mi aliento en cristales de hielo. Galvarino, con el lomo erizado y las pupilas dilatadas, se pegó a mis tobillos. Ambos nos deslizamos con desesperación debajo de la cama de hierro, pegando los cuerpos contra el suelo mugriento.
A través de las rendijas del somier, la pesadilla se materializó en la habitación. El horror físico de la criatura era insoportable: sus extremidades eran ridículamente largas, terminadas en garras delgadas que repiqueteaban contra la madera; su rostro carecía de ojos, reemplazados por órbitas vacías de las que brotaba un humo denso, y su boca era una herida vertical repleta de dientes como agujas. Vi cómo sacaba a los huéspedes uno por uno.
Primero arrastró a la anciana del cuarto tres; la mujer llegó a gritar su propio nombre dos veces antes de que un crujido húmedo e hidráulico apagara su voz. Luego fue el turno del herrero, cuyo cuerpo pesado golpeó las paredes, seguido por el tierno llanto del niño que vendía pan en la plaza. Cada vez que una puerta se abría, la atmósfera se saturaba de un olor a ozono y sangre descompuesta, y el grito del monstruo se volvía más espeso, más asfixiante, más cercano.
El demonio no tenía prisa. Olía nuestro miedo, lo saboreaba en el ambiente como un buitre planeando sobre la carroña. Debajo de la cama, yo contaba mis propias respiraciones en un estado de pánico puro: una, dos, cincuenta… No moverse, no respirar demasiado fuerte, no dejar que el espanto detuviera mi corazón.
Entonces, el colchón sobre nosotros comenzó a hundirse con un crujido agónico. La tela vieja se abrió como una boca podrida, desparramando lana rancia, y una pata negra, peluda y armada con garras afiladas cayó pesadamente a milímetros de mi rostro. El corazón me dio un vuelco salvaje, pero al fijar la vista, descubrí que la pata pertenecía a Galvarino, cuyo tamaño parecía haberse distorsionado en la penumbra.
—Levanta la mano, imbécil —retumbó una voz dentro de mi cabeza.
No salió de su boca felina; resonó directamente en mi cráneo con el tono insolente, rasposo y antiguo de una criatura vieja que te considera un idiota, aunque en el fondo te tenga cierto aprecio. Sin dudarlo, le tomé la pata. El felino tiró de mí con una fuerza sobrenatural hacia el interior del colchón roto. El mundo se volvió un torbellino de tela rasgada, polvo sofocante, claustrofobia… y, de repente, una explosión de luz.
Caímos de bruces en otro Saint-Élme. Allí no había nieve ni frío cortante, y las paredes de las casas lucían perfectas, sin una sola grieta. Las calles empedradas olían a pan recién horneado y a lluvia limpia de primavera. La gente caminaba despacio, se abrazaba sin motivo aparente y cantaba melodías olvidadas en la plaza iluminada por un sol cálido. Los niños reían con total libertad, sin el temor latente a ser silenciados por la oscuridad. Era la visión de una ciudad que nunca había aprendido a temer.
—Esto es lo que pudieron ser —murmuró Galvarino a mi lado, sus ojos brillando con una fijeza extraña, casi dolorosa.
De pronto, el gato comenzó a reír. Fue una risa desesperada, humana y rota; de esas carcajadas amargas que nacen cuando uno comprende, con brutal claridad, que la broma cruel del universo siempre estuvo dirigida hacia uno mismo.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un escalofrío psicológico que calaba más hondo que el frío físico del hostal. —Nada —respondió el gato, dándome la espalda—. Solo que aquí tampoco me quieren si me quedo demasiado tiempo.
El idilio se desmoronó. Desperté de golpe en la habitación del hostal, sintiendo el peso real de Galvarino sobre mis piernas entumecidas. La calidez del sueño se había esfumado; el cuarto apestaba a sangre seca, moho viejo y sudor frío. Afuera, en la penumbra del amanecer, el eco debilitado del grito todavía recorría las calles desiertas.
Al salir, el alcalde y tres hombres demacrados me esperaban frente a la entrada. Llevaban los rostros desencajados, sosteniendo antorchas temblorosas, cuchillos de caza y cuerdas gruesas.
—Esta noche lo matamos —dijo el alcalde con una voz quebrada por el insomnio—. Dormiremos todos juntos en la plaza. Lo encerraremos dentro del sueño colectivo y lo quemaremos allí mismo.
Había una chispa de esperanza en sus ojos abiertos de par en par. Esa clase de esperanza desesperada y ciega que siempre apesta a funeral inminente.
—Váyanse —les respondí con frialdad, ajustándome el abrigo—. Salgan hoy mismo del pueblo. Quemen sus casas al marcharse y, por lo que más quieran, no miren atrás.
Me observaron en silencio, juzgándome como si estuviera loco. Tal vez tenían razón y la cordura me había abandonado en aquel sótano de Praga y en los boques de Parral. Galvarino nos contemplaba desde el alféizar de una ventana rota, con sus bigotes blancos fijos en la escena.
Cuando finalmente abandonamos Saint-Élme, el pueblo ya comenzaba a vaciarse en un desfile silencioso de carretas. La gente cargaba con lo poco que el horror les había dejado conservar. Nadie me dio las gracias al pasar a mi lado; nadie tenía por qué hacerlo, yo no era su salvador. Avanzamos hacia la espesura del bosque bajo una nevada incipiente que crujía bajo nuestras botas como si pisáramos huesos viejos. Galvarino caminaba unos pasos delante de mí, con la cola erguida, desafiando al viento.
—Terrible destino el de este pueblo —comentó la voz en mi mente. Sonreí con un cansancio que me deformaba las facciones. —Sí.
Dentro del bolsillo de mi abrigo, mi mano derecha apretaba con fuerza el mango frío del cuchillo de la madera de la higuera. Sabía perfectamente que esa arma no servía mucho contra los demonios en el mundo tangible, donde sus cuerpos son sombras y humo. Pero en el territorio de los sueños… ahí la madera de la higuera muerde, desgarra y corta de verdad.
Si el destino me obliga a volver a dormir en Saint-Élme, no voy a esconderme otra vez debajo de la cama a temblar como un cobarde. Esta vez voy a dejar que me encuentre de frente. Y cuando el colchón vuelva a abrirse como una herida supurante, no buscaré refugio en la ciudad hermosa del pasado. Voy a tomar a Galvarino, apretaré la madere negra y descenderemos juntos.
Hacia abajo. Hacia el fondo de la pesadilla física. Donde vive el grito. Donde se alimenta mi culpa.
Que arda Saint-Élme si es necesario. Que arda el mundo entero. Porque algunos pueblos no están hechos para ser salvados; solo se entierran para olvidar lo que albergan dentro. Y yo, después de tantos años de huida, me he vuelto un maldito experto enterrando cosas.