En el cerro de Ligera, las niñas dejaron de dormir casi al mismo tiempo. Primero desapareció una cabeza de muñeca en una casa cercana al barranco norte. Después fueron tres más en otra calle. Al terminar la semana, el pueblo entero comenzó a llenarse de cuerpos de plástico abandonados en patios, cocinas y habitaciones infantiles.
Zarko Pinkas |
En el cerro de Ligera, las niñas dejaron de dormir casi al mismo tiempo. Primero desapareció una cabeza de muñeca en una casa cercana al barranco norte. Después fueron tres más en otra calle. Al terminar la semana, el pueblo entero comenzó a llenarse de cuerpos de plástico abandonados en patios, cocinas y habitaciones infantiles. Las muñecas aparecían decapitadas, con los cuellos rotos y los vestidos sucios de tierra húmeda, como si algo diminuto hubiese entrado de noche para arrancarles únicamente el rostro.
Las niñas reaccionaron peor de lo que cualquiera esperaba. Algunas despertaban gritando en mitad de la madrugada asegurando que escuchaban pasos pequeños dentro de los armarios. Otras se negaban a dormir solas porque juraban que sus muñecas seguían mirándolas aun sin cabeza. Hubo una que comenzó a peinar el aire vacío frente a ella durante horas enteras, como si todavía sostuviera una muñeca invisible entre las manos.
Las madres de Ligera, acostumbradas desde hacía años a convivir con historias de aparecidos, animales deformes y sombras que cruzaban los techos durante la madrugada, intentaron al principio encontrar una explicación lógica. Buscaron ratas, ladrones, adolescentes haciendo bromas pesadas. Pero todo dejó de parecer una travesura cuando comenzaron a aparecer las cabezas.
Las encontraban alineadas en los postes eléctricos, dentro de macetas, en las gradas de la iglesia y sobre las tumbas del cementerio viejo. Siempre estaban limpias. Siempre parecían acomodadas por alguien que sentía una extraña devoción por ellas. Algunas tenían mechones de cabello humano amarrados al cuello con cintas rojas.
Una tarde, el mecánico del pueblo descubrió algo peor. Colgando de la antena de una camioneta abandonada había una larga cadena de cabezas de muñeca unidas por cabello. El viento las hacía girar lentamente bajo el sol. Sus ojos de plástico parecían observar la calle.
La fotografía recorrió Ligera en cuestión de horas.
Esa misma noche, las madres se reunieron en la pulpería de doña Marta, una construcción vieja levantada al borde del cerro, donde el viento siempre olía a tierra mojada y flores podridas. El ambiente estaba cargado de miedo y cansancio.
—A mi hija le desaparecieron siete muñecas en una sola noche —dijo Sandra, golpeando la mesa con rabia—. Siete. ¿Quién diablos roba cabezas de muñeca?
—La mía ya no duerme —respondió otra mujer—. Se despierta diciendo que alguien le habla desde el armario.
Doña Marta permaneció callada unos segundos antes de encender otro cigarro.
—Esto no son animales —murmuró—. Las ratas no acomodan las cosas como si fueran altares.
El silencio cayó sobre el grupo.
Todas pensaron lo mismo, aunque ninguna quiso decirlo primero.
Ligera llevaba quince años enfermo.
Todo comenzó después de las primeras historias sobre sombras apareciendo en las carreteras del cerro y personas encontradas hablando solas en idiomas desconocidos. Con el tiempo surgieron brujos, espiritistas y exterminadores de criaturas. Algunos eran farsantes. Otros dejaban pueblos enteros cubiertos de ceniza y sangre. La gente aprendió a vivir sabiendo que había cosas peores que los asesinos.
Por eso llamaron a Ofelia Rojas.
Llegó pasada la medianoche conduciendo una camioneta negra cubierta de barro seco y símbolos hechos con sal. Vestía botas militares, una falda larga de cuero oscuro y llevaba colgando del cinturón pequeños frascos con dientes, semillas y huesos de animales diminutos. Sobre la espalda cargaba un bolso lleno de amuletos de madera de higuera.
Las mujeres la esperaban frente a la alcaldía.
—¿Usted es la exterminadora? —preguntó Sandra.
Ofelia observó las calles vacías antes de responder.
—Depende de qué sea esto.
Entraron al salón comunal mientras las madres hablaban todas al mismo tiempo. Contaron lo de las muñecas, las voces, los sueños de las niñas y las cabezas encontradas en distintos lugares del pueblo. Ofelia escuchó sin interrumpir. Después pidió ver una de las cabezas recuperadas.
La sostuvo bajo la luz durante varios segundos.
Entonces frunció el ceño.
—No es un demonio normal.
—¿Entonces qué es? —preguntó doña Marta.
Ofelia pasó el dedo por el rostro plástico de la muñeca.
—Es algo hecho de pensamientos. De obsesiones. Eso suele ser peor.
Las mujeres intercambiaron miradas nerviosas.
—No entiendo qué quiere decir —susurró una de ellas.
Ofelia levantó la cabeza lentamente.
—Las cosas humanas también se pudren. El miedo. La vergüenza. La necesidad de parecer otra persona. A veces esas cosas terminan creciendo solas.
Nadie respondió.
Porque en el fondo todas comprendieron un poco lo que intentaba decir.
La búsqueda comenzó esa misma madrugada. Ofelia siguió pequeños rastros de cabello sintético encontrados cerca de varias casas. El camino las condujo hasta la parte vieja del pueblo, donde una boutique llamada Luna Rosa permanecía abierta pese a la hora.
Los maniquíes del escaparate parecían observarlas desde detrás del vidrio empañado. La puerta estaba apenas entreabierta y desde el interior salía un sonido húmedo, parecido a cientos de personas murmurando al mismo tiempo.
—Dios mío… —susurró una de las madres.
Ofelia levantó la mano para detenerlas.
—Nadie entra hasta que yo lo diga.
Empujó lentamente la puerta.
Y el interior respiró.
Las paredes estaban cubiertas de cabezas de muñeca unidas unas con otras mediante cabello, raíces oscuras y una carne blanquecina que palpitaba lentamente. Algunas lloraban maquillaje negro. Otras movían los labios sin emitir sonido. Todas parecían formar parte de una sola criatura gigantesca adherida al techo y a los probadores de ropa.
En el centro de aquella masa había algo parecido a un rostro humano construido con cientos de caras infantiles deformadas.
Cuando habló, todas las bocas se movieron al mismo tiempo.
—Por fin vino alguien que entiende.
Las madres comenzaron a rezar en voz baja. Ofelia avanzó sola entre los maniquíes.
—Tú robaste las cabezas.
—No las robé —respondió la criatura—. Las liberé.
Los cabellos comenzaron a moverse lentamente sobre el piso.
—Les enseñan a las niñas a odiarse desde pequeñas. Les enseñan a desear otro rostro antes de aprender quiénes son realmente.
Una pequeña cabeza atrapada en el centro abrió los ojos.
—Yo era la favorita —susurró—. La niña me peinaba mientras decía que odiaba su cabello real.
Las madres bajaron la mirada.
Otra cabeza habló desde un costado de la masa.
—Una quería ser más blanca.
Otra añadió:
—Otra dejó de comer porque quería parecerse a nosotras.
La boutique comenzó a vibrar suavemente. Las lámparas colgantes se balancearon mientras el viento golpeaba la puerta principal.
Ofelia permaneció inmóvil escuchando. Durante años había visto monstruos nacidos del odio, rituales antiguos o enfermedades extrañas. Pero aquello era diferente. Aquella cosa había nacido de algo cotidiano. De algo repetido tantas veces que terminó pudriéndose.
La criatura volvió a hablar.
—Yo recogí cada deseo enfermo. Cada vergüenza. Cada niña que creyó que debía convertirse en otra persona para merecer amor.
Ofelia sintió un escalofrío. Porque entendía. Y eso era peor.
—Salvarlas deformándote no es salvación —dijo finalmente.
La masa entera tembló.
—¿Y ustedes qué hicieron por ellas? —preguntó la criatura—. Las llenaron de espejos. Las condenaron a compararse toda la vida. Yo solo hice visible la enfermedad.
El silencio cayó sobre la boutique. Las madres permanecieron inmóviles, incapaces de responder.Afuera, la neblina cubría lentamente el cerro de Ligera mientras los maniquíes parecían inclinarse hacia la criatura como si la adoraran.
Ofelia observó aquellos rostros unidos unos con otros y comprendió algo terrible: los monstruos de Ligera ya no nacían solamente de la oscuridad. Ahora nacían de las grietas invisibles dentro de las personas.
Cerró los ojos durante un instante. Después sacó la daga de madera de higuera y la clavó en el centro palpitante de la criatura.
No hubo gritos. Solo un largo suspiro colectivo. Miles de voces exhalando al mismo tiempo.La masa comenzó a derretirse lentamente. Los rostros se deformaron como cera caliente y el cabello cayó al suelo convertido en raíces negras que se hundían entre las grietas del piso.
Antes de desaparecer por completo, la criatura habló una última vez.
—Volverán a crearme, susurró.
Ofelia no respondió. Porque sabía que era verdad.
Al amanecer, las niñas despertaron tranquilas. Muchas ya no quisieron volver a tocar una muñeca. Otras pidieron que las guardaran para siempre dentro de cajas cerradas.
Las madres enterraron las cabezas sobrevivientes lejos del pueblo, cerca de los barrancos donde crecen las higueras salvajes.
Y desde entonces, en Ligera, algunas mujeres comenzaron a enseñarles algo distinto a sus hijas frente al espejo: que un rostro no era una condena, que la belleza también podía pudrirse y que los monstruos más peligrosos casi nunca nacen en la oscuridad, sino dentro de las pequeñas ideas crueles que las personas repiten todos los días hasta convertirlas en verdad.