In memoriam de mi hijo, Dennis Aarón Hernández
Por Neris Amilcar Hernández
En la narrativa bíblica existen lugares cuya importancia trasciende su dimensión geográfica. Son espacios que, además de señalar acontecimientos históricos, adquieren una profunda resonancia simbólica. Lodebar es uno de ellos.
Mencionado principalmente en el relato de 2 Samuel 9, Lodebar aparece asociado con la vida de Mefiboset, hijo de Jonatán y nieto del rey Saúl. Una lectura exclusivamente histórica del pasaje puede dejar en segundo plano una de sus posibilidades interpretativas más sugerentes: Lodebar como metáfora de la existencia humana después de la pérdida, del desplazamiento interior producido por el sufrimiento y de la posibilidad de recuperar un sentido de pertenencia después de la tragedia.
Conviene, desde luego, establecer una distinción. La Biblia no presenta explícitamente a Lodebar como una alegoría del duelo. Esa interpretación pertenece a una lectura simbólica personal y es precisamente ahí donde reside la riqueza de la literatura bíblica, donde determinados relatos pueden conservar su significado histórico y, simultáneamente, adquirir nuevas dimensiones cuando son confrontados con nuestra experiencia humana.
El relato de Mefiboset está construido sobre una cadena de pérdidas. Mefiboset es descendiente de Saúl, pertenece a la familia de Jonatán y, por tanto, forma parte de una genealogía asociada con la realeza. Sin embargo, su existencia queda radicalmente transformada por la muerte de su padre y de su abuelo.
2 Samuel 4:4 registra además un acontecimiento decisivo: cuando Mefiboset era todavía un niño, su nodriza huyó al conocer la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán; durante la huida, el niño cayó y quedó lisiado de ambos pies.
En el relato, encuentro una paradoja muy profunda: un hombre perteneciente a una casa real termina viviendo en un lugar apartado, marcado por una tragedia que no provocó y definida por una condición que no eligió.
La tragedia no solamente modifica su circunstancia; altera su posición dentro del mundo. Mefiboset es, en cierto sentido, un sobreviviente y los que aprenden a sobrevivir saben que tienen que aprender a convivir en un mundo que algunas veces, se vuelve muy hostil, aunque parezca continuar siendo el mismo y es en este punto donde Lodebar puede adquirir una dimensión simbólica porque no necesariamente puede representar pobreza, abandono o miseria. No. Su significado metafórico puede ser más amplio: representa el espacio existencial al que el ser humano es desplazado cuando una pérdida fundamental modifica su relación con la vida y esa pérdida, que es el duelo puede producir precisamente esa experiencia.
Después de una pérdida significativa, la persona continúa habitando el mismo mundo, pero ya no lo experimenta de la misma manera. Las calles son las mismas, la casa puede ser la misma, los objetos permanecen en los mismos lugares y el calendario continúa avanzando. Sin embargo, algo esencial ha desaparecido.
El filósofo Martin Heidegger describió en su libro, El ser y el tiempo a la existencia humana como un estar-en-el-mundo donde la muerte de alguien profundamente amado altera ese estar-en-el-mundo porque modifica las relaciones, los significados y las expectativas mediante las cuales construimos nuestra experiencia cotidiana.
Por eso el duelo no consiste únicamente en experimentar tristeza. Implica una reorganización radical del significado para el doliente, para quien el mundo continúa existiendo, pero el mundo que conocíamos ya no existe exactamente para nosotros.
Ese podría ser, metafóricamente, nuestro Lodebar.
En la historia, hay otro elemento particularmente significativo: Mefiboset parece haber desaparecido de la memoria de la casa real, pero David formula una pregunta:
“¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?”
(2 Samuel 9:1)
Aquella pregunta era mucho más importante de lo que parecía, porque no preguntaba simplemente quién aún vivía; preguntaba, quién quedaba y aquí, la diferencia es fundamental porque existe una dimensión particularmente cruel en la experiencia de la pérdida: el temor de que aquello que amamos termine desapareciendo no solamente de nuestra presencia, sino también de la memoria.
La muerte separa físicamente, el olvido también es una amenaza, por eso, recordar constituye una de las formas más profundas de resistencia humana frente a la muerte.
Cuando recordamos a quien murió, afirmamos que su existencia tuvo significado. Decimos, de alguna manera:
“Estuviste aquí. Tu vida ocurrió. Formaste parte de nuestra historia. Tu ausencia no puede borrar tu existencia.” En ese sentido, la memoria es una forma de justicia y resistencia hacia la muerte y el olvido.
La estructura narrativa del capítulo 9 introduce entonces una inversión extraordinaria: Mefiboset no busca a David. David busca a Mefiboset. Esta inversión da un giro y permite una lectura teológica de la esperanza, es decir, el ser humano herido no siempre posee la capacidad de encontrar por sí mismo una salida de su sufrimiento, porque hay dolores que paralizan la voluntad, experiencias que fragmentan el sentido y pérdidas que hacen difícil imaginar un futuro.
La esperanza, entonces, no consiste necesariamente en la capacidad humana de imaginar un mañana mejor. A veces consiste simplemente en la posibilidad de ser encontrado.
David dice a Mefiboset: “No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre.” Y posteriormente añade: “Yo te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa.” (2 Samuel 9:7)
La respuesta de David resulta significativa porque no intenta negar la tragedia de Mefiboset. No le devuelve a su padre, no le devuelve a su abuelo, no borra su discapacidad. No reconstruye el pasado. Hace algo diferente: le devuelve un lugar en el presente y es aquí en donde aparece probablemente la imagen simbólica más poderosa del relato: Lodebar puede representar el alejamiento, la mesa, la pertenencia y Lodebar representa la invisibilidad, una existencia al margen, pero al mismo tiempo, la mesa representa una existencia nuevamente integrada.
La Biblia no dice que Mefiboset recuperara aquello que había perdido. Dice que recuperó un lugar y es esta distinción la que posee una enorme importancia para comprender el duelo: es la esperanza auténtica de que no siempre se puede recuperar lo perdido porque algunas pérdidas irreversibles, en algunos casos, la muerte, porque es irreversible y no puede ser negociada mediante el deseo.
La esperanza, por tanto, tiene que buscar otro horizonte. No puede decir: “Todo volverá a ser como antes.” Una esperanza más madura puede decir: “Aunque ya nada vuelva a ser como antes, todavía puede existir un después.”
En la experiencia humana, durante mucho tiempo se ha utilizado la expresión “superar una pérdida” como si el duelo fuera una enfermedad de la que eventualmente debiéramos curarnos, pero el duelo profundo no funciona de esa manera. Cuando muere alguien a quien amamos, especialmente un hijo, no existe una verdadera “superación” en el sentido de dejar atrás la relación. Lo que cambia es la forma de relacionarnos con esa persona.
Antes existía una relación basada en la presencia. Después de la muerte, la relación se transforma en memoria, la voz se convierte en recuerdo, el abrazo se convierte en ausencia, la conversación se convierte en diálogo interior, la presencia física se convierte en legado, y el amor, lejos de desaparecer, tiene que aprender una nueva gramática.
Por eso, recordar no significa permanecer atrapado en el pasado, puede significar exactamente lo contrario: incorporar el pasado a nuestra manera de continuar viviendo. Quizá por eso, Lodebar puede adquirir para mí una resonancia particularmente dolorosa. La muerte de mi hijo, Dennis creó un antes y un después. Creó una frontera invisible que divide la vida.
Antes estaba su presencia. Después, su ausencia y entre ambos territorios existe un espacio que solamente quienes han perdido a alguien profundamente amado pueden comprender.
Ese espacio es Lodebar, porque allí conviven muchas cosas: el amor, la memoria, las preguntas, la culpa, la nostalgia, los recuerdos y esa extraña necesidad de continuar hablando con alguien cuya voz ya no podemos escuchar. Pero quizá el desafío no consiste en abandonar Lodebar como quien abandona un lugar que debe ser olvidado. Consiste en aprender a regresar de él llevando algo consigo: la memoria, las enseñanzas, las fotografías, las historias, el nombre y lo más importante, el amor y así, transformar, poco a poco, la ausencia en legado.
Para mí, la esperanza bíblica no es una negación de la muerte. La Biblia no pretende que el ser humano ignore la realidad de la pérdida. El cristianismo, de hecho, coloca la muerte en el centro mismo de su narrativa. La esperanza cristiana surge precisamente porque afirma que la muerte, aunque real, no posee la última palabra. Por eso Pablo puede escribir: “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.” (1 Tesalonicenses 4:14) Y más adelante: “Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Corintios 15:22)
Estas afirmaciones pertenecen al ámbito de la fe. No constituyen una explicación racional de la muerte ni eliminan el sufrimiento de quienes permanecen, pero ofrecen una categoría distinta para pensar la ausencia: la muerte no sería una desaparición absoluta, sino una frontera cuyo significado último permanece fuera de nuestra comprensión y es ahí donde comienza la esperanza.
Tal vez todos nosotros, en algún momento de nuestra existencia, terminamos hospedándonos en Lodebar. Algunos llegan después de la muerte de un hijo, otros después de la muerte de un padre, otros después de la pérdida de un matrimonio, de una vocación, de un sueño o de una parte fundamental de sí mismos. (Lodebar tiene muchas formas), pero la historia de Mefiboset introduce una afirmación fundamental: Lodebar puede ser un lugar de permanencia temporal, pero no necesariamente un destino definitivo. Mefiboset salió de allí y no fue porque hubiera olvidado su pasado, o porque sus heridas hubieran desaparecido o porque la muerte de su padre pudiera ser reparada. Salió porque alguien lo llamó y encontró una mesa.
Quizá esa sea la metáfora más profunda de toda la historia, porque la esperanza no siempre consiste en encontrar nuevamente aquello que perdimos. A veces consiste en descubrir que, después de la pérdida, todavía existe un lugar para nosotros en la vida. Un lugar donde podemos sentarnos, un lugar donde podemos recordar, un lugar donde podemos llorar, un lugar donde podemos volver a pronunciar el nombre de quienes amamos, y finalmente, un lugar desde donde podemos levantarnos y continuar caminando. No para dejar atrás a quienes partieron, sino para llevarlos con nosotros. Entonces, quizá, el verdadero final de Lodebar no sea olvidar, quizá sea aprender que el amor puede transformar la ausencia en memoria y la memoria en legado y tal vez, algún día, cuando comprendamos que continuar viviendo no significa abandonar a quienes amamos, descubriremos algo que Mefiboset también descubrió: que después de Lodebar todavía existe una mesa.