La unidad de Groenlandia y Dinamarca ante las intenciones de Trump

Por Alonso Rosales

Las reiteradas declaraciones de Donald Trump sobre la “necesidad estratégica” de Groenlandia han reactivado una vieja discusión sobre soberanía, seguridad y colonialismo en el Ártico. Sin embargo, lejos de fracturar la relación entre Nuuk y Copenhague, la presión estadounidense ha producido un efecto inverso: la consolidación de un frente político común entre Groenlandia y Dinamarca, unido tanto por intereses estratégicos inmediatos como por una compleja historia compartida.

La visita de autoridades danesas y groenlandesas a Washington, en un clima de evidente tensión, dejó en claro una línea roja: Groenlandia no está en venta ni dispuesta a redefinir su estatus bajo coerción geopolítica. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, fue explícito al afirmar que, ante una disyuntiva forzada, la isla optaría por Dinamarca. Esta declaración no implica una renuncia a las aspiraciones soberanistas, sino una lectura realista del equilibrio de poder actual.

El pasado colonial como factor político activo

A diferencia de otros territorios coloniales, el caso groenlandés no estuvo marcado por guerras de independencia ni por una ruptura abrupta con la metrópoli. Esa continuidad permitió a Dinamarca sostener durante décadas una narrativa de colonización “benigna”. No obstante, los procesos de modernización impulsados desde mediados del siglo XX —especialmente la política de “danización”— revelan una forma de dominación estructural basada en la asimilación cultural, el control social y el paternalismo institucional.

Las recientes revelaciones sobre esterilizaciones forzadas, adopciones coercitivas y discriminación sistemática han resignificado el pasado colonial como un problema del presente. Estas prácticas no solo dejaron heridas sociales profundas, sino que hoy funcionan como un catalizador del debate político interno en Groenlandia, reforzando las demandas de reconocimiento, reparación y autodeterminación.

El mea culpa danés: ética histórica y cálculo estratégico

El reconocimiento de responsabilidades por parte del Estado danés no responde únicamente a una revisión moral del pasado. También constituye una estrategia política destinada a preservar la estabilidad del Reino frente a presiones externas. Al asumir errores históricos y abrir la puerta a indemnizaciones, Copenhague busca neutralizar el resentimiento social que podría ser explotado por actores externos, en particular Estados Unidos.

Este giro discursivo coincide con un alineamiento político entre el Gobierno danés y el Ejecutivo autonómico groenlandés, liderado por una coalición moderada que prioriza una transición gradual hacia mayores cuotas de soberanía, sin rupturas abruptas ni aventuras geopolíticas.

Dependencia estructural y límites de la autonomía

A pesar de su estatus de autonomía reforzada desde 2009, Groenlandia continúa inserta en una relación de dependencia económica con Dinamarca. El subsidio anual danés, que representa alrededor del 60 % del presupuesto del territorio, no solo garantiza estabilidad fiscal, sino que condiciona el margen de maniobra política de Nuuk.

Esta dependencia se ve agravada por desafíos sociales estructurales: desigualdad, crisis de salud mental, alcoholismo y una de las tasas de suicidio más altas del mundo. En este contexto, la independencia plena aparece más como un proyecto a largo plazo que como una opción viable en el corto plazo, especialmente sin una economía diversificada y autosostenible.

Estados Unidos y la lógica del poder duro

Las declaraciones de Trump se inscriben en una lógica de poder duro y securitización del Ártico. Groenlandia es clave por su ubicación estratégica, su cercanía a rutas marítimas emergentes y su potencial en recursos minerales y energéticos. Sin embargo, el enfoque transaccional de Washington —que reduce el territorio a un activo geoestratégico— ha generado rechazo transversal en la sociedad groenlandesa.

Lejos de debilitar el vínculo con Dinamarca, la presión estadounidense ha reforzado la cooperación militar y diplomática entre Nuuk y Copenhague, así como la articulación con socios europeos. El resultado ha sido una mayor europeización del debate sobre Groenlandia, en detrimento de la influencia estadounidense.

Identidad, soberanía y tiempo político

El consenso actual en Groenlandia no gira en torno a elegir entre Dinamarca o Estados Unidos, sino a reafirmar el derecho del pueblo groenlandés a decidir su propio futuro. La célebre consigna —“no queremos ser estadounidenses ni daneses”— sintetiza una identidad política en construcción, que busca superar tanto el legado colonial como la instrumentalización geopolítica.

En última instancia, la unidad entre Groenlandia y Dinamarca frente a Trump no cancela el debate independentista, pero sí redefine sus tiempos y condiciones. La soberanía, para Nuuk, no es una urgencia dictada desde el exterior, sino un proceso que deberá surgir desde dentro, cuando las condiciones políticas, económicas y sociales lo permitan.

FUENTE FRANCE 24