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Por Alonso Rosales
La reunión de la OTAN en Ankara, prevista para el 7 y 8 de julio, se desarrolla en un contexto de alta tensión geopolítica, marcado por la presión de Estados Unidos para aumentar el gasto en defensa, del conflicto en Ucrania y un clima interno complejo en Turquía. Este encuentro no solo busca reafirmar la unidad de la Alianza, sino también redefinir su papel en un escenario internacional cada vez más incierto.
Uno de los principales ejes de la cumbre será el cumplimiento del compromiso adoptado en 2025 de elevar el gasto militar al 5% del PIB para 2035. Si bien los países europeos y Canadá han incrementado significativamente sus inversiones en defensa en la última década, el verdadero desafío radica en transformar ese gasto en capacidades militares efectivas. La OTAN enfrenta así una transición estratégica: pasar del aumento presupuestario a la consolidación de una defensa operativa capaz de disuadir amenazas, particularmente de Rusia.
La presión de Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, añade un elemento de fricción. Trump ha insistido en que los aliados europeos deben asumir una mayor carga dentro de la Alianza, cuestionando incluso el compromiso de algunos países como España. Su postura refleja una visión más transaccional de la OTAN, en la que la “lealtad” y la contribución económica son factores determinantes para la cooperación.
En paralelo, el apoyo a Ucrania se mantiene como prioridad. Se espera la aprobación de un nuevo paquete de asistencia militar significativo, financiado principalmente por Europa y Canadá. Sin embargo, la ausencia de aportes directos de Estados Unidos evidencia un cambio en la dinámica interna de la Alianza, donde los socios europeos comienzan a asumir un rol más protagónico.
Desde el punto de vista analítico, la cumbre también se ve influenciada por recientes movimientos diplomáticos. Las conversaciones telefónicas de Trump con Vladímir Putin y Volodímir Zelenski sugieren un intento de reactivar canales de negociación, aunque las posiciones siguen siendo divergentes. Mientras Rusia mantiene sus exigencias territoriales, Ucrania rechaza cualquier concesión que comprometa su soberanía.
El contexto interno en Turquía añade otra capa de complejidad. Las medidas de seguridad reforzadas y las detenciones de opositores en los días previos a la cumbre reflejan tensiones políticas que podrían afectar la percepción internacional del evento. Ankara busca proyectar estabilidad y liderazgo, pero enfrenta críticas por restricciones a la protesta y libertades civiles.
Opinión de analistas europeos
Para la analista alemana Claudia Major, experta en seguridad del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP), “esta cumbre marca un punto de inflexión en la OTAN. Europa ya no puede depender completamente de Estados Unidos y debe construir una autonomía estratégica real, no solo en discurso sino en capacidades concretas”.
Por su parte, el analista francés François Heisbourg, asesor en temas de defensa, considera que “la presión de Trump está forzando una transformación necesaria, pero el riesgo es que la Alianza se fracture si esa presión se percibe como imposición. La cohesión política será tan importante como la inversión militar”.
Ambas visiones coinciden en que la OTAN atraviesa una etapa de redefinición. La cumbre de Ankara no solo evaluará compromisos financieros o estratégicos, sino que pondrá a prueba la solidez de la Alianza frente a un orden internacional en transformación.
Fuentes: EFE, AP, Reuters.