Alonso Rosales
Periodista y analista internacional
Hubo una generación que creció en un mundo que hoy parece pertenecer a otra época. Los nacidos aproximadamente entre 1952 y 1979 fueron testigos de una de las mayores transformaciones sociales y tecnológicas de la historia reciente. Fueron niños de la calle, del barrio, de la bicicleta y de los juegos compartidos, pero también fueron adultos que vieron llegar los videojuegos, las computadoras, el internet y finalmente la revolución de los teléfonos inteligentes.
Por eso puede hablarse de ellos como una generación puente: la última que conoció una infancia prácticamente libre de tecnología digital y, al mismo tiempo, la primera que tuvo que adaptarse progresivamente al nuevo mundo tecnológico.
Jugaban en la calle hasta que caía la noche. Las canicas, el escondite, las cometas y los partidos improvisados de fútbol eran parte de una vida cotidiana en la que el espacio público también era territorio de la infancia. Se iba en bicicleta a hacer un mandado, se visitaba al vecino sin avisar por teléfono y los padres podían pasar horas sin saber exactamente dónde estaban sus hijos.
No había teléfonos móviles para localizar a los niños ni aplicaciones para saber dónde se encontraban. Tampoco existían las redes sociales, los filtros digitales ni el Wi-Fi. La comunicación era más lenta, pero el contacto humano era inmediato.
Aquella generación conoció las radionovelas y las historias que se imaginaban más que se veían. Escuchó discos de acetato que terminaron llenándose de pequeños rayones por el uso. Bebió refrescos en botellas de vidrio, grabó canciones de la radio en cassettes y descubrió el Walkman como una pequeña revolución personal.
Después llegó Atari, llegaron las computadoras y, mucho más tarde, internet.
Cada una de esas tecnologías representó un cambio cultural. Pero quienes nacieron entre 1952 y 1979 tuvieron una particularidad que las generaciones posteriores difícilmente podrán experimentar: conocieron la vida antes y después de la revolución digital.
También conocieron una infancia marcada por la convivencia física. Se compartían dulces comprados en la tienda de la esquina, una Coca-Cola en el mismo vaso y juegos que no necesitaban electricidad. Se raspaban las rodillas, se caían, volvían a levantarse y regresaban a jugar.
Incluso los problemas de aquella época forman parte de la memoria colectiva: enfermedades infantiles, piojos en la escuela, golpes, castigos y largas horas jugando sin la vigilancia permanente que hoy caracteriza a muchas familias.
Desde una perspectiva sociológica, no se trata simplemente de nostalgia. Se trata de observar cómo cambió la estructura de la vida cotidiana.
La calle dejó de ser el principal espacio de socialización infantil. La televisión sustituyó parte de los juegos tradicionales; después llegaron los videojuegos, internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes. El barrio comenzó a perder protagonismo frente a espacios privados y digitales.
Aquella generación aprendió a relacionarse cara a cara antes de aprender a hacerlo mediante una pantalla.
No significa que aquella sociedad fuera perfecta. También existían desigualdades, violencia, discriminación y profundas dificultades sociales. Idealizar el pasado sería ignorar esas realidades. Pero sí existía una forma diferente de experimentar el tiempo, la amistad, el juego y la libertad.
Quizá por eso la expresión “la última generación libre” tenga tanta fuerza.
No porque hayan sido los últimos seres humanos verdaderamente libres, sino porque fueron probablemente una de las últimas generaciones cuya infancia estuvo relativamente al margen de la vigilancia tecnológica, de las redes sociales y de la exposición permanente de la vida privada.
Fueron niños sin GPS, sin celulares y sin internet. Si alguien quería encontrarlos, tenía que salir a buscarlos.
Y, sin embargo, sobrevivieron a todo aquello.
Hoy muchos de ellos llevan un teléfono inteligente en el bolsillo, utilizan WhatsApp, navegan por internet y ven cómo la inteligencia artificial comienza a transformar nuevamente la sociedad. Pero en su memoria permanece otro mundo: el de las calles llenas de niños, las bicicletas, las cometas, los cassettes, los discos de acetato, las radionovelas y las tardes interminables.
Son una generación que vivió entre dos civilizaciones.
La última que salió a jugar sin avisar dónde estaba y una de las primeras que aprendió a entrar al mundo digital.
Quizá esa sea su verdadera riqueza: haber conocido el valor de una infancia sin pantallas y, al mismo tiempo, haber sido testigos del nacimiento del mundo conectado.
El tiempo pasó. Las calles cambiaron. La tecnología transformó nuestras relaciones y la infancia de hoy es diferente.
Pero aquella generación permanece.
Con las rodillas ya no raspadas, pero con la memoria intacta. Con menos juguetes que las generaciones actuales, pero con historias que ninguna tecnología puede fabricar.
Fueron hijos de un tiempo que ya no existe.
Y quizá por eso, cuando recuerdan aquella infancia, no solamente están recordando lo que fueron.
Están recordando cómo era el mundo antes de que el mundo cambiara para siempre.