Por Nelson López Rojas
“Esto si era música, no como la porquería que suena hoy en día”. Cálmese, maitro. Es normal que a usted no le guste que su hija perree con Drake ni con Bad Bunny, pero recuerde que hace 30 años usted bailaba con Renato y El General y después la Lambada y hasta twerkeaba con Ying Yang. ¡Esa sí era música! Y probablemente su mamá lo regañaba por esa música que solo picardía tiene, no como la de Elvis. Y su abuelo se quejaba de ese tal Aniceto Molina, mientras su mujer criaba a 12 hijos que no nacieron gracias al espíritu santo y sí a Agustín Lara.
Cada época tiene su monstruo y no solo es la música. Hubo un tiempo en que fue la traducción de la Biblia, la imprenta, después la electricidad. Más tarde la calculadora, la computadora y hasta la internet. Hoy, para muchos, ese monstruo se llama inteligencia artificial.
Las razones del temor son comprensibles, pues años de trabajar con inteligencia emocional me han enseñado que le tememos a lo que desconocemos. Por primera vez estamos construyendo instrumentos capaces de participar en tareas que durante siglos considerábamos exclusivamente humanas como hacer música, traducir, escribir, interpretar, diagnosticar, planificar, conversar e incluso tomar ciertas decisiones. Hoy no se trata simplemente de una máquina más eficiente, pues la tecnología parece acercarse al territorio de la misma inteligencia humana.
La pregunta importante aquí no es qué pueden hacer las máquinas o si se van a rebelar como en Terminator, no. ¿Qué queremos hacer nosotros con las tecnologías?
Se dice que Dios crea el mundo y entrega al hombre el libre albedrío, una cosa tan valiosa como peligrosa. Con esa tal libertad que te da la capacidad de elegir, aparecen la creatividad, el amor y el progreso, pero también el error, la violencia y la destrucción. Toda libertad contiene múltiples posibilidades. el Papa León XIV publicó su primera encíclica, titulada Magnifica Humanitas la cual exhorta que la IA debe servir a la persona humana y no reemplazarla, que la dignidad, la conciencia moral, la libertad y la relación con Dios siguen siendo exclusivamente humanas.
Quizás la inteligencia artificial represente una versión moderna de ese mismo dilema. Los seres humanos hemos creado máquinas y les hemos dado nuestro lenguaje y hasta la libertad. Ahora buscamos otorgarles grados crecientes de autonomía. Y, como ocurre con toda creación poderosa, surge una inquietud inevitable que el mismo Frankenstein se planteó: ¿qué ocurrirá cuando aquello que construimos comience a actuar con una independencia cada vez mayor?
Que si el papa tiene o no razón es cuestión muy personal. Si la tecnología viene a reemplazar aquello que nos hace humanos, el panorama es preocupante; si viene a ampliar nuestra capacidad de aprender, trabajar, crear y relacionarnos, entonces puede convertirse en uno de los recursos más extraordinarios de la historia. La diferencia entre ambas posibilidades no estará en la máquina, sino en las decisiones que tomemos respecto de ella. ¿Queremos que nos haga la tarea? ¿Queremos que escriba esta columna mientras me fumo un habano? ¿Queremos que gane premios literarios con un buen prompt? ¿O queremos mantener nuestro humanismo y delegar las tareas mecánicas a la IA?
No sería la primera vez que enfrentamos un desafío semejante. La calculadora amenazaba con hacernos más torpes. Los maestros se empeñaban, con regla en mano, a preguntarnos las tablas de multiplicar y dividir. Cuando se dieron cuenta que en la vida real los contadores usábamos contómetros se dieron cuenta que no se trataba de reducir el riesgo de volvernos estúpidos, sino de aprender a usar ese monstruo a nuestro beneficio. O el miedo que tienen los gringos a que Irán enriquezca uranio para crear bombas y no para usarlo como combustible en las centrales nucleares para generar electricidad. No se elimina la amenaza, pero se aprende a administrarla.
La inteligencia artificial plantea un desafío distinto, aunque comparable en magnitud. La energía nuclear multiplicaba nuestra capacidad de destruir materia. La inteligencia artificial multiplica nuestra capacidad de procesar información y tomar decisiones. Ambas obligan a preguntarnos cuánto poder estamos dispuestos a liberar, dónde, con quiénes y en qué condiciones.
El totalitarismo es el malo. Se debe evitar tanto el endiosamiento o entusiasmo ingenuo como el pesimismo absoluto. La historia humana no está impulsada únicamente por impulsos destructivos. Ya lo dijo Calle 13: “En el mundo hay gente bruta y astuta/ Hay vírgenes y prostitutas/ Ricos, pobres, clase media /Cosas bonitas y un par de tragedias […] Hay tanques de oxígeno y tanques de guerra”. Entonces, también existe una poderosa tendencia hacia la conservación, la cooperación y la creación. No todo es malo ni todo es bueno.
Las sociedades, además, suelen corregirse a sí mismas. Una generación lleva una idea hasta el extremo; la siguiente reacciona; la tercera busca un equilibrio. Son movimientos imperfectos, pero constantes. La regulación casi siempre llega después de la innovación. A lo mejor estemos atravesando precisamente ese momento. La inteligencia artificial avanza a una velocidad extraordinaria mientras las leyes, las instituciones y las normas sociales intentan comprender qué hacer con ella. Es entendible que el desajuste genere ansiedad.
Necesitamos más que una postura religiosa que venga del papa. Tranquilos, la IA no reemplazará la religión. Necesitamos una legislación que promueva la cultura, que valore también la educación, que entrene a los maestros con IA para ser más empáticos y entender las múltiples inteligencias de los educandos, necesitamos promover la creatividad en los estudiantes en el teatro, en la poesía.
Por eso, el futuro de la inteligencia artificial depende menos de las máquinas que de nosotros mismos. La empatía y la responsabilidad no se aprenden con la IA, los límites, las responsabilidades y los valores que deseamos preservar en una época de cambios acelerados son responsabilidad de la casa.