Extremismos y propaganda en el conflicto de Israel y Gaza: un análisis sin medias tintas

El gobierno de Benjamin Netanyahu ha impulsado políticas polémicas dentro de Israel; algunas han generado protestas masivas y críticas internacionales.

Por Zarko Pinkas.

La guerra entre Israel y Hamas en Gaza vuelve a poner en evidencia un problema global que trasciende territorios: el radicalismo y la propaganda como herramientas que distorsionan la verdad y perpetúan el conflicto. No se trata de legitimar crímenes de guerra o violaciones de derechos humanos de ninguna de las partes, ni de caer en simplificaciones. Se trata de reconocer que la desinformación y el extremismo son hoy tan destructivos como las armas.

El gobierno de Benjamín Netanyahu ha impulsado políticas polémicas dentro de Israel, algunas con un marcado giro autoritario, que han generado protestas masivas y críticas internacionales. Ese hecho no debe confundirse con una condena total al Estado de Israel. Israel es una democracia, con oposición política y con libertad de prensa, que cuestiona incluso a su propio gobierno. Esa es una diferencia fundamental frente al poder que controla Gaza.

Israel tiene además un trasfondo histórico que condiciona sus decisiones: la memoria de los pogromos europeos y, especialmente, del Holocausto, ha generado una visión de supervivencia que se traduce en alta desconfianza y en la defensa absoluta de su identidad judía. Desde su creación en 1948, Israel fue atacado por países árabes vecinos que se negaron a aceptar la coexistencia de dos Estados y, posteriormente, volvió a ser atacado en conflictos como la Guerra de los Seis Días y la guerra de Yom Kippur. Esta historia explica, en parte, la firmeza y la cautela de sus políticas de defensa.

Hamas gobierna Gaza desde 2007, tras una elección que nunca más permitió repetir. Desde entonces ha instaurado un régimen autoritario islamista , que persigue los derechos de mujeres, la oposición política, la libertad de expresión y cultura, reprime a la comunidad LGTBI y elimina toda disidencia. Su programa político no está construido sobre la búsqueda de desarrollo o convivencia, sino sobre el rechazo absoluto a la existencia de Israel y la exaltación del antisemitismo como motor ideológico. Su relación con Irán refuerza su capacidad militar y radicaliza su visión, mientras que la izquierda radical occidental, por ignorancia, fanatismo o antisemitismo encubierto bajo el antisionismo, suele alinearse con Hamas en discursos que carecen de un análisis crítico profundo.

Foto: Cortesía.

La actual guerra comenzó con un ataque de Hamas en octubre, un hecho que no puede minimizarse. Desde ahí, la población civil de Gaza vive bajo una doble tragedia: las bombas que caen desde afuera y el control asfixiante de una organización que los mantiene secuestrados, bajo miedo o bajo propaganda. La información sobre muertes, hambre y desplazamientos proviene en su mayoría de fuentes controladas por Hamas, lo que no anula el sufrimiento humano, pero sí obliga a un análisis con cautela.

Gaza ha recibido miles de millones de dólares en ayuda internacional en las últimas décadas. Escuelas, hospitales y viviendas se han levantado para luego ser destruidos o abandonados, mientras la organización que controla el territorio invierte más en túneles de guerra que en proyectos de desarrollo. La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que tanta ayuda no se haya traducido en prosperidad?

La propaganda y el extremismo moldean el relato más que los hechos. Organismos internacionales y ONGs, con agendas marcadas por visiones de izquierda, concentran sus denuncias en Israel, mientras minimizan o ignoran la represión interna de Hamas. Este sesgo ideológico crea una ilusión de equilibrio donde, en realidad, una población entera vive bajo el control de un grupo terrorista.

El escritor Salman Rushdie, víctima durante décadas de la violencia islamista, lo advirtió con crudeza: si hoy se formara un Estado palestino, lo gobernaría Hamas, lo que lo convertiría en un “Estado similar al talibán, un Estado cliente de Irán”.¹ La reflexión es incómoda, pero evidencia la contradicción de ciertos movimientos progresistas en Occidente que, en nombre de la justicia social, terminan apoyando a un grupo que reprime los derechos de las mujeres, persigue disidentes y glorifica la violencia.

Por otro lado, el columnista Thomas Friedman, del The New York Times, ha destacado que el apoyo de partidos de extrema derecha religiosos  en Israel a políticas de expansión y a la permanencia de Hamas como enemigo político interno, refleja un uso calculado del conflicto para fortalecer su poder y consolidar alianzas con sectores religiosos radicales.²

Hoy es posible observar cómo estas dinámicas se reproducen en redes sociales. En Facebook, Instagram, TikTok y YouTube se difunden abiertamente discursos antisemitas que ni siquiera se habían visto con tanta visibilidad desde los tiempos del nazismo. Este odio histórico hacia los judíos se reactiva y se presenta como defensa de un grupo terrorista, perpetuando la violencia y la manipulación de la población.

En busca de un camino hacia la paz

El escenario en Israel, Gaza y Cisjordania es complejo y doloroso, pero no imposible de analizar con claridad. Para acercarse a una paz momentánea, se requiere, en primer lugar, la liberación de los rehenes y la desarticulación de Hamas y otros grupos terroristas que controlan los territorios palestinos. Solo desmantelando estas estructuras de violencia y propaganda será posible comenzar un proceso de estabilización.

A la par, cualquier avance político requiere que Benjamín Netanyahu y su grupo de extrema derecha se desliguen del poder, para que la gobernanza no dependa del mantenimiento de un conflicto que fortalece sus intereses. La paz no llegará mientras las décadas de manipulación y desinformación sobre el antisemitismo sigan alimentando el odio en la población civil de Gaza y Cisjordania, un odio dirigido no contra Israel como Estado, sino específicamente contra los judíos.

Foto: Cortesía.

Estos grupos se han nutrido del antisemitismo y del apoyo internacional, mientras mantienen un ciclo de guerra que les genera recursos y poder. Netanyahu, al mantener relaciones tácticas con Hamas y otros actores, ha reforzado su control político interno, situación que, a juicio histórico, debería ser revisada y procesada, tal como se hizo con líderes tras la guerra de Yom Kippur.

Israel, pese a todo, sigue siendo una democracia pluralista. Su sistema está en riesgo, sí, pero conserva instituciones que podrían sostener la paz y la convivencia. Gaza y Cisjordania representan núcleos poblacionales moldeados por el odio hacia los judíos y por décadas de rechazo a la idea de dos Estados. Hoy, la probabilidad de que acepten esa división es baja. Una solución duradera requerirá, además, educación, reeducación y desmantelamiento de estructuras ideológicas que perpetúan el conflicto.

En suma, la paz futura depende de medidas concretas: liberación de rehenes, desarme y disolución de grupos terroristas, cambios políticos en Israel que rompan el vínculo con el conflicto como herramienta interna , la separación de lo político y religioso  y un trabajo profundo de reconciliación y educación en los territorios afectados. Solo así será posible imaginar un  probable futuro donde la propaganda, el odio y el extremismo no dicten la vida de millones de personas.

¹ Salman Rushdie, comentario en podcast de la emisora Rundfunk Berlin-Brandenburg, citado en The Guardian, 20 de mayo de 2024.
² Thomas Friedman, The New York Times, 2022-2023.