René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Fíjate que, como si regresara a la escena del crimen originario, me puse a mirar, en el borde del delirio escatológico, las figuras humanas que se insinuaban en las sombras esparcidas en la calle que dormita frente al hotel. Eran las dos de la madrugada, eso lo supe porque el anacrónico sereno hizo sonar, dos veces, su nostálgico y ronco pito medieval, el que, en sus buenos tiempos, ahuyentaba a los ladrones y sodomitas que se escondían de la luz de los faroles rudimentarios que olían a viruta de pino. En este momento, mi cuerpo arde en llamas, mientras tú vienes a culparme por el olor a cenizas, diría, Dostoievski, de estar aquí. Debe ser la fiebre de nombre impronunciable (pestem nigram murium rubrorum, o algo así), que me empezó a morder desde las cinco de la tarde en punto, y que amenaza con convertirse en una pandemia planetaria peor que la de mediados del siglo XIV.
Fue entonces que me percaté de que ya tenía varios años de no escribirte, y esos son muchísimos días sin saber de vos, y de la gatita blanca que tanto te quiere y que tanto quieres, la Lathe, cuyo ronroneo se coló en el retumbo que suena en mi cabeza. Te escribo una carta tradicional, a mano, para que recuerdes mi letra, y, además, porque soy un anacronismo andando que, por haber sido huésped de una cárcel clandestina, en 1988, siente desconfianza de todo y de todos, hasta de la tecnología, por ser algo impersonal y oscuro. Calculo que, si no hay naufragios de por medio, te llegará en una semana, y hasta imagino que la leerás en medio del jolgorio de la villa navideña del centro histórico que nos hace olvidar el miedo y el dolor acumulados por décadas.
Sí, debe ser la fiebre que me está deshilando las pocas neuronas que aún tengo vigentes, de la misma forma en que lo hacía la burocracia universitaria, la cual cuestioné todos los días, de lunes a viernes, días festivos inclusive, y vos bien sabés que ese cuestionamiento siempre era a muerte, una muerte cerebral que tenía como novenario una larga fila de puteadas y el dedo medio erecto, esas puteadas que, entre carcajadas, repetíamos en las tibias tabernas de Berlín Oriental, las Kneipen, cerca del Marx-Engels Forum, tabernas que nos gustaron tanto por su luz silenciosamente opaca, y porque, en el sótano, hacen su propia cerveza, sin más preservantes que la cultura y la melancolía utopista que se niega a morir después de haber probado una bockwurst, acompañada con un sauerkraut de receta tan milenaria como desconocida.
Por eso fue que, tiritando por la fiebre, salí a contemplar las sombras que, sin explicación oportuna, se extendían hasta Caracas y Nueva York. Esa manía de descifrar sombras la tengo desde niño, cuando lo hacía para digerir los castigos de la profesora de segundo grado, o para nutrir mis incipientes demonios literarios, sin sospechar que éstos harían, del tiempo-espacio, un laberinto del que nunca podré salir. Por eso, y por la fiebre que no encuentra un oasis que la alivie, es que te escribo, porque vos siempre fuiste, sos y serás –sobre todo después del exilio feroz que vivimos cuando la delincuencia se adueñó de todo- un destello de imaginación y liberación de mis ilusiones, lo que es injusto para vos, porque no te pedí permiso.
¿Cuánto tiempo ha pasado? El calendario perpetuo de mi abuela no puede responder esa pregunta, por falta de hojas, y porque el pobre sólo sabe del tiempo lineal de Newton… ¿o será por la fiebre? En realidad, no importa, lo importante es que aquí estoy, escribiéndote de nuevo –con fiebre, dolor de huesos y todo lo demás- después de tantos años, para recordar aquel exilio transoceánico que los escuadrones de la muerte nos impusieron vivir juntos, aunque estábamos separados en el tiempo-espacio. Y es que yo siempre he creído que he estado junto a vos, incluso desde antes de conocerte, y eso es como ir y venir en el tiempo, y esa es una arbitraria singularidad temporal cuya anomalía es la utopía como narrativa del amor colectivo que fluye en los ríos.
Te escribo porque las sombras dibujan recuerdos con olores y rostros familiares. Recuerdos de mi juventud en la que vos no estabas físicamente, pero, quien sabe cómo o por qué, tu recuerdo halló la forma de mezclarse con ellos y, desde ese instante, todo me pareció entrañable, pues me vi rehaciendo el rompecabezas de mi pasado con las piezas de tu presente.
Los recuerdos dominantes son los del exilio, aquí y allá, ayer y hoy, penuria que juramos no contársela a nadie. ¿Te acordás que ni siquiera quisimos que nos sellaran el pasaporte, en el aeropuerto de Paris, para que la única prueba de ese exilio fueran las metáforas que inventé para protegerte del mal de ojo? Disculpa el desorden narrativo con el que te escribo, pero es que la fiebre sigue de necia, y hasta he llegado a creer que sos vos la que está mal de salud, y que es tu fiebre la que me está abrazando y abrasando.