Escrito en una servilleta: Mortiferum delirium

"El mortiferum delirium es cruel e inhumano, porque me lleva a la isla misteriosa, poblada de Amatillos y farolitos rojizos": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

A veces, cuando estoy bebiendo un café -sin más compañía que la vocecita de la memoria que se abre paso en medio de un mar de personas que no saben dónde están paradas, ni de dónde proviene la sangre dulce de sus venas amargas-, he llegado a la conclusión de que, en realidad, estoy en la sala de cuidados intensivos de la utopía, aferrado a un respirador de palabras, y, en los días extremos, hasta he llegado a creer que estoy muerto, pero que nadie me lo ha dicho para no agriarme el momento de la contemplación de la sabiduría. Quizá por eso, sin que me lo pregunten, ando contando que sé lo que es morir varias veces, y que sé, también, cuál será el día de mi muerte, una muerte que no me quitará la vida si deja respirando mis palabras.

La vida, al borde de la muerte, me convirtió en un Turritopsis dohrnii; en un barco que naufragó en tierra firme; en un espectro que no se cansa de recordar que no debe olvidar. Enterrado en una ciudad enterrada, y desterrada, escarbo entre los escombros de la utopía de los farolitos y su luz de ojos almendrados que me obligan a ser, lo que hago por cambiar lo que soy.

Y entonces, la pregunta no es qué soy, sino quién soy. Soy: un escritor sin rancia estirpe, adicto a la pócima de las palabras con 180 grados de alcohol alcanforado; un corazón que no delata que le duele la sangre interrumpida, aunque lo estruje la virgen protectora del decoro; el lazarillo de la metáfora que, por caridad, se desnuda bajo el Amatillo de la nostalgia sin fundamento; el pregonero que le exige, al justo juez de la noche, que le haga un juicio abreviado a las estrellas que se rebelaron contra sí mismas; que le quite la venda a la justicia, para que los labios de las víctimas quemen los besos de Judas del victimario; que elija a los miembros del jurado entre quienes saben dictaminar el dolor de los sufrientes, de lesa humanidad, que se asoman por los intersticios de la casa de encino en la que, sin tabús culturales, duerme la ilusión colectiva que se niega a quitarse los coturnos para evadir el flagranti osculum del delirante demonio que no sabe cómo salir del purgatorio.

Quien dice que, el delirium tremens, sólo lo provoca el alcohol, no sabe lo que es delirar, pero delirar en serio, hasta llegar a la lamentable y drástica condición del mortiferum delirium por beber el agua salada de la necesidad de ver, oír, hablar y tocar; no sabe lo que es emborracharse con las injusticias trasegadas que castran la solidaridad.       

Y, para hacer más delirante este mortiferum deliriium del ir y venir de lo que soy -sin saber si soy un muerto sin conocimiento de causa- añado que también sé lo que es dormir tapado con una utopía con sábanas inconclusas; merodear en el portal de la multitud de los insultos y aplausos; crucificarse en la página en blanco con renglones torcidos por los ladrones que cuelgan de sus márgenes; viajar en el tren de lo imposible que, en la estación de lo prohibido, se detiene para bajar un Espartaco encadenado; divagar, por los suburbios de Marte, los miércoles de Gloria que lleven a la escalinata del faro de Alejandría; intercambiar historias con el pálido ascensorista de las pirámides de Egipto; refugiarse, del peligro genocida, en “el calzoncito” y “el cedazo” de la zona rosada.

¿Acaso no son esos los delirios más tremendos que se puedan sufrir? Y eso que no he mencionado la angustia de la ropa usada que se remienda con telarañas y se perfuma con naftalina; ni el embrujo de la gatita blanca que juega a ser tigresa de bengala cuando maúlla en la ventana; ni al escorpión que le pone la tilde ortográfica a las palabras agudas y le dibuja las diéresis a los pleonasmos; ni la petición del hombre de hojalata de que sus palabras tengan las venas abiertas; ni las cucarachas soplonas que, de puntitas, peregrinan en la máscara del fantasma de la ópera; ni la difuminación del espejo que acentúa mis cicatrices sin heridas previas, para que quepamos en él: mis historias frustradas y yo.

Ya pasé por todos los estados de la materia social: fui masa, milicia, guerrilla urbana, dirigente estudiantil, pregonero de la denuncia social, tonto de la colina, militante del tiempo que es tragado por el agujero negro de la utopía; anunciante de la reinvención del país. Rechacé las lecciones del catecismo del cura pedófilo; exigí cadena perpetua para los que, con sus canciones guturales, asesinaron la música, a sangre fría; deambulé, sin rumbo, por ciudades tan inhóspitas como el olvido, y contemplé el anochecer en las plazas públicas que me conocían, sin saber quién era yo, sin saber que yo sólo sabía vivir sintiéndome muerto.    

Cuando, por nostalgia, me voy al Café Bella Nápoles a degustar un café y una malagueña, y contemplo a la abuela desalmada que inspiró a García Márquez, siempre llego a la conclusión de que, en realidad, estoy en el purgatorio de la utopía confesando un pecado no cometido. Y viene a mi mente el palacio nacional, como sucursal del infierno pasado que fue pintado, con sangre de aceite, por los que tenían miedo de no sentir miedo. El mortiferum delirium es cruel e inhumano, porque me lleva a la isla misteriosa, poblada de Amatillos y farolitos rojizos, pero no me deja poner un pie y una mano en ella, para que la sensación de lo indecible la reclame como efímeramente suya. Sin duda, soy un muerto que se cree vivo, un espectro que se cree tangible.